Muerte en el torneo (Los misterios de Armand Delacroix 12) Capítulo 23 — El torneo que no terminó
62%

Capítulo 23 — El torneo que no terminó

Henri Delaunay recibió la noticia sentado.

Tal vez fue mejor así.

Lo habían llevado al vestíbulo después del hallazgo de la segunda bola.

No esposado, no todavía, aunque el agente que caminaba a su lado lo hacía con esa proximidad exacta que convierte la libertad en una cortesía provisional.

Henri llevaba el cuello de la camisa abierto, el cabello revuelto y el rostro de un hombre que había pasado demasiadas horas encerrado con una sola frase en la cabeza.

Yo he esperado la campana.

Al ver las dos bolas sobre la mesa, se detuvo.

No hizo falta que nadie le explicara demasiado.

Henri Delaunay entendía de golf, de presión y de pequeñas diferencias capaces de decidirlo todo.

Miró primero la bola manchada de sangre, la de la línea roja continua.

Luego la segunda, la de la raspadura fina, la que Renard había encontrado escondida en la grieta del poste. Después miró a Baptiste Marin.

—¿Cuál era? —preguntó.

Su voz sonó baja, casi rota.

Baptiste no respondió de inmediato. Tal vez porque la pregunta, formulada así, no era solo técnica.

—La de la raspadura —dijo al fin—. Adrien venía usando esa desde el quince.

Henri cerró los ojos.

Durante un segundo, pareció aliviarse.

Solo durante un segundo.

Luego abrió los ojos y el alivio se transformó en algo mucho peor. Porque la inocencia, cuando llega tarde, no siempre limpia. A veces ilumina mejor el lugar donde uno había dejado su vergüenza.

—Entonces alguien la cambió —dijo.

—Sí —respondió Marchand.

—Alguien puso la otra allí.

—Eso parece.

—Alguien hizo que Adrien se quedara donde mi golpe podía alcanzarlo.

—Sí.

Henri se llevó una mano a la boca. No lloró. No gritó. Se limitó a quedarse inmóvil, como si acabaran de quitarle un peso del pecho solo para enseñarle que debajo había otro.

—Me usaron —murmuró.

Nadie respondió.

El vestíbulo estaba lleno de personas que fingían no estar formando un tribunal.

Élodie Marceau permanecía junto a la escalera, con una mano sobre la barandilla.

Madeleine Vasseur estaba a unos pasos de ella.

Lucien Morel se había quedado cerca de la biblioteca, pálido, los ojos demasiado abiertos.

El doctor Savary, escoltado por un agente, parecía haber envejecido diez años desde su confesión junto al lago.

Octave Renard estaba sentado en una silla, vigilado, con la espalda vencida y las manos juntas, como si rezara a un dios administrativo que acabara de retirarle la licencia.

Beaumont, en silencio, observaba todo con una tristeza antigua.

Delacroix miró a Henri.

—Sí, monsieur Delaunay. Alguien lo usó.

Henri dejó caer la mano.

—Pero yo quería golpear.

—Estaba jugando un torneo.

—No. No así.

Delacroix no contestó.

Había confesiones que no debían apresurarse. A veces salían solas cuando el hombre que las llevaba dentro descubría que nadie podía absolverlo de lo que realmente le dolía.

Henri miró la bola de la raspadura. La verdadera. La que Adrien había lanzado. La que había desaparecido del lugar donde debía estar.

—Cuando sonó la campana, sentí alegría —dijo.

Marchand alzó la vista.

—Monsieur Delaunay…

—No. Déjeme decirlo. Ya he callado demasiadas cosas por vergüenza y mire qué bien me ha ido.

El brigadier no lo interrumpió.

Henri respiró hondo.

—Sonó la campana y sentí alegría. No alivio, como he dicho antes.

Alegría. Porque por fin podía golpear. Porque Adrien estaba abajo, oculto por la loma, y yo no tenía que ver su sonrisa mientras lo intentaba.

Porque necesitaba hacer el mejor golpe de mi vida y durante un instante creí que la vida, que suele comportarse como una acreedora borracha, me concedía una última oportunidad.

Lucien bajó la mirada.

Élodie no se movió.

—Golpeé con todo —continuó Henri—. Con técnica, sí.

Con precisión, sí. Pero también con odio.

Quería que la bola volara como una respuesta.

Quería que atravesara ese maldito hoyo y le dijera a Adrien lo que yo no podía decirle sin quedar como un animal delante de todos.

Quería vencerlo. Quería herirlo. No con sangre. No así. Pero quería herirlo.

Marchand anotaba en silencio.

Delacroix observaba.

Henri rio una vez, sin humor.

—Qué diferencia tan fina, ¿verdad? Los hombres civilizados tenemos muchas maneras de desear daño sin admitir que deseamos daño. Luego el daño llega con puntualidad y uno se ofende porque no ha elegido la forma.

—Desear una herida no es lo mismo que preparar una muerte —dijo Delacroix.

—Quizá para usted.

—Para la ley, desde luego.

—¿Y para los muertos?

Nadie respondió.

Henri se acercó a la mesa. El agente dio un paso, pero Marchand le hizo un gesto para que esperara. Henri no tocó las bolas. Solo las miró.

—Esa nota —dijo.

Delacroix no movió un músculo.

—¿Qué nota?

—La que recibió Adrien.

Marchand se incorporó.

—¿Sabe algo de ella?

Henri tragó saliva.

—Sí.

El silencio del vestíbulo cambió de forma.

Baptiste Marin levantó la cabeza.

Renard cerró los ojos.

Lucien Morel palideció aún más.

Delacroix permaneció quieto, aunque por dentro sintió que el tablero volvía a moverse.

—Explíquese —dijo Marchand.

Henri volvió hacia él con una expresión extraña. No parecía un hombre que iba a salvarse. Parecía un hombre cansado de sujetar su propia ruina.

—La escribí yo.

La frase cayó como una copa rota.

Madeleine Vasseur exhaló.

Lucien dio un paso atrás.

Marchand lo miró con dureza.

—¿Usted escribió la nota que decía «En el diecisiete sabrás lo que cuesta ganar»?

—Sí.

Baptiste cerró las manos.

—No.

La palabra salió del caddie sin que pareciera decidirla.

Henri lo miró.

—Sí.

—Esa nota estaba escrita en papel de caddie —dijo Marchand.

—Paul la consiguió.

Desde el pasillo, el joven caddie de Henri, que había sido llamado junto a él, se quedó helado.

—Monsieur…

Henri alzó una mano.

—No fue culpa suya. Le pedí papel. Nada más. No sabía para qué.

Paul abrió la boca, pero no encontró defensa.

—¿Por qué la escribió? —preguntó Marchand.

Henri se pasó una mano por el rostro.

—Para provocarlo.

—¿Provocarlo?

—Adrien llevaba dos días haciéndolo conmigo. La trampa del hoyo nueve, las amenazas, las insinuaciones. Yo quería devolverle algo. Quería que llegara al diecisiete pensando que allí podía perder. Que, por una vez, dudara. Que sintiera un poco de lo que me hacía sentir a mí.

—¿Cuándo la escribió?

—Esta mañana. Antes de salir. En el cuarto de palos.

—¿Con tinta?

—Sí.

—¿La dejó usted en su casilla?

—No. Se la hice llegar.

—¿Cómo?

Henri miró a Paul.

El muchacho parecía a punto de desmayarse.

—Le pedí a Paul que dejara el papel en la casilla de Adrien. Le dije que era una broma deportiva.

—¡No sabía lo que decía! —exclamó Paul—. Lo juro, monsieur Delacroix. Monsieur Delaunay me dijo que era para poner nervioso a Marceau, nada más. Yo no…

—Cállate, Paul —dijo Henri, sin dureza—. Ya es suficiente.

Marchand dio un paso hacia el joven.

—¿Es cierto?

Paul asintió con los ojos húmedos.

—Sí, brigadier. Dejé la nota. Pero no sabía… no sabía que…

—¿Quién lo vio? —preguntó Delacroix.

Paul miró alrededor, desesperado.

—No lo sé. Había gente en el cuarto. Caddies, empleados. Monsieur Renard entró un momento. Baptiste quizá estaba fuera. No recuerdo.

Baptiste habló con voz baja.

—Yo no lo vi.

—No he dicho que lo viera —respondió Paul, casi suplicante.

Marchand volvió hacia Henri.

—¿Por qué no dijo esto antes?

Henri soltó una risa seca.

—¿De verdad necesita preguntarlo?

—Sí.

—Porque una nota amenazando a Adrien en el hoyo diecisiete, escrita por el hombre cuya bola lo mató en el hoyo diecisiete, no parecía una contribución útil a mi defensa.

—No era una amenaza —dijo Delacroix.

Todos lo miraron.

Henri también.

—¿Qué?

—No era una amenaza. Al menos no para Adrien. Era un desafío.

Henri tardó en responder.

—Sí.

—Por eso sonrió al leerla.

—Supongo.

—Adrien creyó que usted quería jugar con su vanidad.

—Eso quería.

—Y alguien más leyó esa nota, o supo de ella, y la convirtió en parte del crimen.

Henri palideció.

—No.

—Sí.

—No. Yo no… yo no sabía que alguien…

—Precisamente por eso fue útil.

Henri retrocedió un paso, como si Delacroix lo hubiera golpeado.

Quizá, en cierto modo, lo había hecho. La culpa que hasta entonces le pesaba por el golpe acababa de adquirir una forma nueva.

Ya no había sido solo instrumento físico.

Había ofrecido también el lenguaje del crimen.

La frase. La provocación. La promesa deportiva que otro transformó en sentencia.

—Yo no quería matarlo —dijo.

Esta vez sonó menos como defensa y más como súplica.

—Lo sé —respondió Delacroix.

Marchand no compartió de inmediato esa generosidad.

—Monsieur Delaunay, queda usted bajo custodia formal hasta nuevo aviso.

Henri lo miró.

—¿Detenido?

—Bajo custodia. Escribió una nota que anticipaba el lugar de la muerte de Marceau, tenía motivo, golpeó la bola mortal y ocultó información fundamental durante horas.

—Pero la segunda bola…

—La segunda bola demuestra que alguien manipuló la escena. No demuestra que usted no participara.

Henri se quedó quieto.

—No participé.

—Eso lo investigaremos.

Paul empezó a llorar en silencio. Nadie le prestó demasiada atención, lo cual quizá fue una misericordia. Los jóvenes sufren peor cuando tienen público.

Delacroix se acercó a Henri.

—Dígame una cosa más.

—¿Qué más queda?

—Cuando escribió la nota, ¿usó alguna firma, inicial, marca?

Henri frunció el ceño.

—No.

—¿Ningún nombre?

—No.

—¿Ninguna palabra antes o después de la frase?

—No. Solo eso.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Entonces el «Mar» de la tarjeta no procede de una firma suya.

Henri negó.

—No.

—¿Vio a Adrien leerla?

—Desde lejos. Sí.

—¿Qué hizo?

—Sonrió. Luego miró hacia mí.

—¿Está seguro de que lo miró a usted?

Henri se quedó inmóvil.

—Eso creí.

—¿Y si miró más allá?

—¿A quién?

Delacroix no respondió.