Capítulo 13 — El médico prefiere los accidentes #4
—La memoria de Valombre parece admirable para clasificar trofeos y bastante frágil para recordar cadáveres.
—No era un cadáver del club.
La frase salió antes de que pudiera corregirla.
Marchand levantó la vista.
Delacroix no dijo nada. No hacía falta. Renard lo comprendió de inmediato y palideció un poco más.
—Quiero decir —añadió— que Claire Marin no era socia. Era personal eventual. Su muerte fue tratada por las autoridades competentes.
—¿Autoridades competentes? —preguntó Marchand.
—La gendarmería local.
—El brigadier de entonces era amigo del presidente del club, ¿verdad?
—No lo sé.
—Yo sí —dijo Marchand.
Renard bajó la mirada hacia sus manos.
—Claire murió ahogada. Eso fue lo que determinó el informe médico.
—Firmado por el doctor Savary.
—Sí.
—¿Sin investigación posterior?
—No había indicios suficientes.
—¿De qué?
—De crimen.
—Qué útil resulta buscar indicios después de decidir que no hacen falta —dijo Delacroix.
Renard volvió hacia él con irritación contenida.
—Monsieur Delacroix, no permitiré que insulte la memoria de este club basándose en conjeturas sentimentales.
—La memoria de este club parece haber sobrevivido perfectamente a la muerte de una muchacha. No creo que mis conjeturas puedan dañarla más.
—Fue una desgracia.
—Esa palabra ha trabajado mucho en Valombre. Deberían darle habitación propia.
Marchand se inclinó sobre la mesa.
—Claire Marin tenía miedo al agua, según su hermano y según Gérard Lenoir.
No bebía, según varios testimonios. Fue vista alejándose con Adrien Marceau.
Apareció muerta en el lago. Adrien escribió después una carta en la que hablaba de ella con una crueldad significativa.
Y la carpeta del incidente desapareció del archivo que usted administra. ¿Quiere seguir llamándolo desgracia?
Renard no respondió en seguida. Se pasó una mano por el bigote, un gesto mínimo que rompía por primera vez su pulcritud.
—Ustedes no entienden lo que era este club entonces.
—Ilumínenos —dijo Delacroix.
—Valombre no era solo un campo de golf. Era la vida de muchas familias. Empleados, proveedores, socios, la ciudad entera. Un escándalo habría destruido reputaciones, matrimonios, trabajos. Claire ya estaba muerta. No podíamos devolverla.
Marchand lo miró con dureza.
—Así que decidieron proteger a los vivos.
—Decidimos evitar más dolor.
—No —dijo Delacroix—. Decidieron elegir qué dolor importaba.
Renard abrió la boca, pero no encontró defensa inmediata.
—Yo no decidí nada —dijo al fin—. Era joven. Obedecí.
—Otra palabra muy trabajadora —dijo Delacroix—. Obedecer. Permite a los hombres firmar silencios con la mano de otro.
El secretario se levantó y caminó hasta la ventana. No había mucho que ver desde allí: el patio de servicio, unas cajas, dos empleados hablando en voz baja, una franja de cielo demasiado azul. Quizá por eso la había elegido. Una ventana que no tentaba demasiado a la conciencia.
—Baptiste Marin vino a verme varias veces —dijo.
Marchand alzó la pluma.
—¿Cuándo?
—Durante años. Al principio con rabia. Después con preguntas. Hace dos meses volvió.
Delacroix no se movió.
—¿Qué quería?
—El expediente de su hermana.
—¿Y usted?
—Le dije que no existía ningún expediente útil.
—No es lo mismo que decir que no existía ningún expediente.
Renard no se volvió.
—No.
—¿Dónde está la carpeta 17-B?
El secretario apoyó una mano en el marco de la ventana.
—No lo sé.
—Esta vez miente mejor —dijo Delacroix—. Pero no lo suficiente.
Renard giró lentamente.
—No la tengo.
—No he preguntado si la tiene. He preguntado dónde está.
—No lo sé.
Marchand golpeó suavemente la mesa con los nudillos.
—Monsieur Renard.
—No lo sé —repitió el secretario, con más fuerza—. Y aunque lo supiera, lo que había allí no cambiaría nada.
—Eso suele decir quien sabe que cambiaría demasiado.
Renard respiró hondo. Por primera vez, Delacroix vio no al secretario impecable, sino al hombre debajo: cansado, asustado, atrapado entre la lealtad a una institución y el miedo a descubrir que había confundido lealtad con cobardía durante media vida.
—La carpeta contenía declaraciones, notas internas, un informe médico, cartas a la familia, quizá algún pago. No lo recuerdo todo.
—¿Pagos? —preguntó Marchand.
Renard cerró los ojos.
—Ayuda económica.
—¿A la familia Marin?
—Sí.
—¿A cambio de silencio?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Delacroix apoyó los dedos sobre el brazo del sillón.
—¿A cambio de qué, entonces?
—De nada. Era ayuda.
—Valombre ayuda siempre con recibo, imagino.
—No sea cínico.
—Estoy intentando no ser ingenuo. Es menos fatigoso.
Marchand anotaba con rapidez.
—¿Quién autorizó esos pagos?
—El comité.
—¿Adrien Marceau?
—Su padre formaba parte del comité.
—¿El doctor Savary recibió dinero también?
Renard se volvió hacia él.
—¿Quién le ha dicho eso?
—Gracias —dijo Delacroix.
El secretario comprendió tarde que había confirmado más de lo que quería.
—Savary emitió un informe —dijo Renard—. Quizá se le pagaron honorarios.
—¿Honorarios extraordinarios?
—No lo sé.
—Esa frase está adelgazando mucho.
Renard volvió a sentarse, esta vez sin rigidez. Parecía menos un administrador que un hombre al que le habían quitado de golpe todos los papeles y no sabía dónde colocar las manos.
—Adrien no mató a Claire.
La frase sorprendió incluso a Marchand.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque no era esa clase de hombre.
Delacroix lo miró con auténtico interés.
—Explique esa frase, se lo ruego. Las defensas morales de Adrien Marceau son cada vez más escasas y conviene conservar las mejores.
Renard se pasó una mano por el rostro.
—Adrien era cruel. Vanidoso. Caprichoso. Egoísta. Pero no era… físico. No era brutal de esa manera.
—Qué absolución tan estrecha.
—No lo absuelvo. Digo lo que creo.
—¿Qué cree que ocurrió?
Renard miró hacia la puerta, como si temiera que el pasado entrara por ella con barro en los zapatos.
—Creo que Adrien jugó con Claire. La sedujo, la humilló quizá, la dejó sola. Ella pudo haber bebido. Pudo haber llorado. Pudo haber corrido hacia el lago. Pudo caerse.
—Demasiados pudo para una muerte tan cerrada.
—Era de noche.
—La noche no firma informes.
—No había pruebas de otra cosa.
—Porque ustedes no quisieron encontrarlas.
Renard golpeó la mesa con la palma abierta. El sonido fue breve, más desesperado que violento.
—¡Porque si hubiéramos abierto esa puerta, no habríamos podido cerrarla!
El silencio posterior fue absoluto.
Incluso el reloj pareció perder autoridad.
Delacroix sostuvo la mirada del secretario.
—Ahí está, monsieur Renard. La primera frase honesta de la tarde.
Renard respiraba con dificultad.
—Usted no entiende lo que significa preservar algo.
—Sí lo entiendo. Por eso me preocupa lo que algunos hombres están dispuestos a destruir para preservarlo.
Marchand dejó la pluma.
—¿Quién retiró la carpeta 17-B?
Renard bajó la cabeza.
—No lo sé.
—Pero sospecha.
—Baptiste pudo haberla buscado.
—¿Tenía llave del archivo?
—No.
—¿Pudo robarla?
—Quizá.
—¿Hace dos meses?
—Quizá.
Delacroix miró la pared de llaves.
—¿Faltó alguna llave?
Renard no respondió.
—Monsieur Renard.
—La del archivo desapareció una mañana.
—¿Cuándo?
—Hace dos meses.
—Después de la visita de Baptiste.
—Sí.
—¿Lo denunció?
—No.
—¿Por qué?
—Porque apareció al día siguiente sobre mi escritorio.
—Qué considerada.
—Pensé que alguien del personal la había usado por error.
—No pensó eso.
Renard cerró los ojos.
—No.
—Pensó en Baptiste.
—Sí.
—¿Y no hizo nada?
—No quería remover lo de Claire.
Delacroix casi sonrió, pero no había humor suficiente en la habitación.
—Qué curioso. Durante años no quiso removerlo para proteger el club. Y cuando tuvo una razón para acusar a Baptiste, tampoco quiso removerlo para proteger el club. Su conciencia es extraordinariamente constante.
Renard no se defendió.
Marchand volvió a tomar la pluma.
—¿Baptiste pudo haber obtenido el expediente?
—Si logró entrar en el archivo, sí.
—¿Y la carpeta desapareció entonces?
—No lo comprobé hasta después.
—¿Cuándo después?
—Semanas después. Quise revisar el asunto. La carpeta ya no estaba.
—¿Por qué quiso revisarlo?
Renard se quedó quieto.
Delacroix respondió por él, con voz muy baja:
—Porque Baptiste le dio miedo.
El secretario no levantó la vista.
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Hablé con Adrien.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas.
—¿Qué le dijo?
—Que Baptiste estaba preguntando demasiado. Que quizá convenía cambiar de caddie para el torneo.
—¿Y Adrien?
Renard soltó una risa amarga, la primera verdaderamente humana que Delacroix le oía.
—Adrien dijo que no pensaba privarse de un buen caddie porque un muerto siguiera teniendo un hermano sensible.
Marchand murmuró algo entre dientes.
Delacroix permaneció inmóvil. La frase no probaba nada y, al mismo tiempo, explicaba demasiado.
Marceau no solo había ignorado el dolor de Baptiste.
Lo había conservado cerca como se conserva una pieza útil, quizá con la satisfacción añadida de saber que el hombre obligado a servirlo lo odiaba sin poder permitirse irse.
—¿Baptiste supo que usted habló con Adrien? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Cambió su comportamiento?
—Baptiste nunca cambia. Esa es una de las cosas que más inquietan de él.
—O de ustedes.
Renard lo miró.
—¿De nosotros?
—Un hombre lleva años caminando por este club con la muerte de su hermana encima, y ustedes consideran inquietante que no haga ruido.
El secretario bajó la mirada.
—No todos somos monstruos, monsieur Delacroix.
—No. Ese es precisamente el problema. Si lo fueran, todo sería más sencillo.
Marchand cerró la carpeta.
—Tendremos que revisar sus registros, pagos, correspondencia y la caja fuerte.
Renard asintió sin protestar.
Aquello, más que cualquier frase, demostró que algo en él se había rendido. No por completo. Los hombres como Renard no se entregaban a la verdad de golpe. Pero sí había dejado de creer que podía mantenerla fuera del despacho solo con cerrar bien las puertas.