Capítulo 12 — El secretario y la reputación #5
Mientras Marchand llamaba a Lefèvre para iniciar la revisión, Delacroix se levantó y caminó hacia la pared de llaves.
—¿Esta es la llave de la caseta del lago? —preguntó.
—Sí.
—¿Quién la usa?
—Gérard, algunos empleados, yo.
—¿Baptiste?
—No debería.
—Me gusta esa fórmula. Permite que la realidad se porte mal sin comprometer demasiado al reglamento.
Renard no respondió.
Delacroix examinó la etiqueta. La llave estaba allí. Antigua, de hierro oscuro, colgada en su gancho correspondiente. Junto a ella, la del archivo. El metal de esta última parecía algo más brillante, como si hubiera sido usado con más frecuencia o limpiado recientemente.
—¿Cambió la cerradura del archivo después de que desapareciera la llave?
—No.
Marchand, desde la puerta, se volvió.
—¿Por qué demonios no?
Renard pareció sinceramente agotado.
—Porque habría tenido que explicarlo.
—¿A quién?
—Al comité.
Delacroix se giró hacia él.
—Y el comité habría preguntado por qué alguien quería entrar en el archivo.
—Sí.
—Y entonces habría tenido que hablar de Claire Marin.
Renard cerró los ojos.
—Sí.
Lefèvre entró en el despacho con otro agente. Marchand les indicó que empezaran por los archivadores y la caja fuerte. Renard entregó las llaves sin protestar. El sonido metálico al dejarlas sobre la mesa fue pequeño, pero en aquella habitación tuvo algo de derrota.
Delacroix no se quedó a ver la revisión. Había obtenido lo que necesitaba por ahora: no la carpeta, no una confesión, no una prueba definitiva, sino el contorno del miedo.
Renard temía a Baptiste.
Renard temía a la carpeta desaparecida.
Renard temía, por encima de todo, que el asesinato de Adrien Marceau obligara a mirar de frente la muerte de Claire Marin.
Al salir al pasillo, encontró al coronel Beaumont esperando junto a la ventana. El viejo militar parecía haber perdido parte de su color natural. Miraba hacia el campo con el bastón sujeto entre ambas manos.
—¿Tan malo es? —preguntó.
Delacroix cerró la puerta del despacho detrás de sí.
—Depende de cuánto cariño le tenga a este club.
Beaumont soltó una respiración lenta.
—Le tuve mucho.
—Entonces sí.
El coronel no preguntó más durante unos segundos. Luego dijo:
—Renard siempre protegió Valombre.
—Sí.
—No es un mal hombre.
—Probablemente no.
—Lo dice como si eso no bastara.
Delacroix miró hacia el vestíbulo. Más allá, bajo la tela negra, la pizarra seguía ocultando el nombre de Adrien Marceau. Y en algún archivo vacío, una carpeta ausente seguía ocultando el de Claire Marin.
—No basta, coronel. Casi nunca basta. La mayoría de las grandes indecencias del mundo no las cometen monstruos convencidos de ser monstruos. Las cometen hombres correctos, prudentes, incluso amables, que encuentran una razón impecable para mirar hacia otro lado.
Beaumont bajó la cabeza.
—¿Y Renard miró hacia otro lado?
—No —dijo Delacroix—. Renard hizo algo más peligroso.
—¿Qué?
Delacroix observó la puerta cerrada del despacho.
—Organizó la dirección exacta hacia la que todos debían mirar.
Capítulo 13 — El médico prefiere los accidentes
El doctor Savary había elegido esperar en el salón de fumadores.
Aquello no sorprendió a Delacroix. Había hombres que, ante una muerte, buscaban una capilla; otros, una botella; otros, un despacho con la puerta cerrada.
Savary, por temperamento y por oficio, parecía pertenecer a esa clase de personas que necesitaban rodearse de cuero, humo y madera oscura para convencerse de que el mundo seguía teniendo una forma reconocible.
El salón era amplio, masculino en el sentido más anticuado y menos inocente de la palabra.
Butacas hondas, ceniceros de plata, retratos de antiguos presidentes, una mesa baja con periódicos cuidadosamente doblados y un mueble bar que alguien había cerrado con llave demasiado tarde.
La luz entraba con dificultad por las cortinas pesadas.
Después de tantas horas bajo el sol, aquella penumbra tenía algo casi terapéutico.
Savary estaba sentado junto a una ventana, con un vaso de agua en la mano y una botella de coñac cerrada a pocos centímetros. La miraba de vez en cuando con la misma expresión con que algunos hombres miran a una antigua amante durante un funeral familiar.
—Doctor —dijo Marchand.
Savary levantó la vista.
—Brigadier. Monsieur Delacroix.
—Necesitamos hablar.
—Eso parece ser la actividad favorita de este club desde que murió Adrien.
—Antes también hablaban mucho —dijo Delacroix—. Solo que con menos precisión.
Savary no sonrió. Tenía la barba algo desordenada, la frente húmeda y los ojos enrojecidos. No parecía borracho. Parecía un hombre que lamentaba profundamente no estarlo.
Marchand se sentó frente a él. Delacroix eligió una butaca lateral, desde donde podía ver al médico, la puerta y el mueble bar. La disposición no era casual. Los culpables, los inocentes y los médicos inquietos solían mirar hacia la salida antes de mentir.
—Quiero empezar por la muerte de Adrien Marceau —dijo Marchand.
—Ya di mi opinión.
—Va a repetirla.
Savary dejó el vaso sobre la mesa.
—Impacto directo en la sien derecha. La bola llegó con fuerza suficiente para provocar fractura craneal y muerte casi inmediata.
La posición del cuerpo es compatible con una caída súbita tras el golpe.
No observé señales de lucha, ni heridas defensivas, ni nada que sugiera intervención física directa de otra persona.
—Intervención física directa —repitió Delacroix—. Qué refugio tan cómodo.
Savary lo miró.
—Es terminología médica.
—No lo dudo. La medicina, como el derecho y la administración, tiene palabras magníficas para estrechar la realidad hasta que solo quepa lo conveniente.
—¿Está insinuando que miento sobre la causa de la muerte?
—No. Creo que describe con bastante exactitud lo que mató el cuerpo de Adrien Marceau. Mi duda es si eso le permite ignorar quién mató al hombre.
Savary respiró hondo.
—Una bola lo mató.
—Una bola no toca campanas.
—Eso corresponde a su investigación, no a mi informe.
—Exactamente. Por eso conviene que no use su informe para estorbarla.
Marchand intervino antes de que el tono subiera.
—Doctor, usted insistió desde el primer momento en que se trataba de un accidente.
—Porque lo parecía.
—¿Y ahora?
—Sigue pareciéndolo.
Delacroix apoyó los dedos en el brazo de la butaca.
—¿De veras?
Savary se volvió hacia él.
—Sí, monsieur Delacroix. Por mucho que usted prefiera un crimen, la muerte a veces es torpe. Un jugador golpea después de oír la señal. Otro jugador está donde no debe. Ocurre una desgracia.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La desgracia. En este club se la invoca con más frecuencia que al camarero.
El médico se inclinó hacia delante.
—Usted no entiende lo que hace una muerte accidental a una comunidad. La gente necesita una explicación soportable.
—No, doctor. La gente suele necesitar una explicación que no le exija cambiar de opinión sobre sí misma. No es lo mismo.
Savary apartó la mirada.
Marchand abrió su libreta.
—Hablemos de Claire Marin.
El médico cerró los ojos, apenas un instante.
También él, como Renard, no pareció sorprendido. Cansado, sí. Irritado, también. Pero no sorprendido.
—Han pasado muchos años.
—En Valombre todos empiezan así —dijo Delacroix—. Es casi enternecedor. Como si el tiempo fuera un detergente.
Savary ignoró la frase.
—Claire Marin murió ahogada.
—¿La examinó usted? —preguntó Marchand.
—Sí.
—¿Dónde?
—Aquí. En el club. En una sala de servicio al principio. Después se trasladó el cuerpo.
—¿Quién estaba presente?
—No lo recuerdo con exactitud.
—Inténtelo.
Savary suspiró.
—Renard. Algunos empleados. El padre de Gérard Lenoir, quizá. El brigadier de entonces. Adrien Marceau apareció en algún momento. También su padre.
—¿El padre de Adrien? —preguntó Delacroix.
—Sí. Era miembro del comité.
—Qué oportuno.
—Era una muerte ocurrida en el club. Naturalmente acudió el comité.
—Naturalmente.
Marchand anotó.
—¿Qué observó en el cuerpo?
Savary se frotó la frente.
—Signos compatibles con ahogamiento. Agua en vías respiratorias. Rigor inicial. Ropa húmeda. No recuerdo todos los detalles.
—¿Heridas?
—Pequeñas contusiones. Nada concluyente.
—¿En qué partes?
—Brazos, quizá. Una marca en la muñeca. Un golpe en la rodilla. Pudo producirse al caer o al golpearse contra la orilla.
—¿Pudo producirse al ser sujetada?
Savary miró a Marchand con fastidio.
—Todo puede producirse de varias maneras cuando uno decide mirar el pasado con intención de culpar.
—No le pregunto por la intención. Le pregunto por la posibilidad.
El médico apretó los labios.
—Sí. Pudo.
—¿Lo escribió en el informe?
—No con esos términos.
—¿Con cuáles?
—«Contusiones superficiales compatibles con caída accidental.»
Delacroix dejó escapar una exhalación suave, casi una risa sin alegría.
—Qué frase tan obediente.
Savary se volvió hacia él.
—Era una posibilidad razonable.
—Y la otra posibilidad era incómoda.
—No había pruebas suficientes para sostenerla.
—Porque su informe la dejó fuera.
—Porque no podía afirmar lo que no sabía.
—No le reprocho no haber afirmado. Le reprocho haber estrechado tanto la duda que terminó pareciendo una certeza.
Savary levantó la voz por primera vez.
—¡Era una muchacha muerta, monsieur Delacroix! ¡No un ejercicio de salón! Había una familia destruida, un club entero al borde del escándalo, jóvenes implicados, rumores miserables. ¿Qué quería que hiciera? ¿Que escribiera sospechas en un informe médico?
—Sí —dijo Delacroix.
La respuesta fue tan simple que Savary se quedó callado.
—Sí —repitió Delacroix, más bajo—. Si había sospechas médicas, eso era exactamente lo que debía hacer.
El médico apartó la mirada hacia la botella cerrada.
Durante unos segundos, nadie habló.
Marchand dejó que el silencio terminara de trabajar.
—¿Recibió usted dinero después de firmar el informe? —preguntó.
Savary no se movió.
—Honorarios.
—¿Extraordinarios?
—Fueron honorarios.
—¿Pagados por el club?
—Sí.