Capítulo 28
El restaurante principal, acertadamente llamado Restaurante Coral, estaba tan concurrido como siempre.
El maître, vestido con su traje color crema impecablemente confeccionado, destacaba entre los demás camareros, que vestían traje negro y pajarita blanca.
Asignaba mesas o tomaba nota de los comensales que llegaban con rapidez y eficacia, y luego indicaba a los camareros que los acompañasen.
Mientras esperaba en la cola, Rachel aprovechó para admirar la enorme extensión del restaurante de dos plantas que se extendía desde el centro del barco y ocupaba la parte trasera de la cubierta cuatro.
Del techo colgaban lámparas de araña que proporcionaban una iluminación resplandeciente a todo el restaurante.
En varios puntos se erigían altas columnas de mármol grabado, que contribuían al efecto suntuoso.
A derecha e izquierda, o a estribor y babor, como los llamaba Sarah, había ventanas rectangulares de cristales impolutos con los bordes redondeados.
Este era el lugar donde comía la gente que quería arreglarse para la noche, antes o después de asistir a un espectáculo o de disfrutar de cualquiera de las otras múltiples actividades que se ofrecían a bordo.
Rachel ahora pensaba en el Coral Queen como si fuera un pueblo con una población de unas cinco mil quinientas personas.
La población principal del pueblo era la tripulación.
Luego estaban los lugareños, que pasaban el mayor tiempo posible en el barco: eran los cruceristas habituales, ¡algunos de los cuales casi vivían a bordo!
Por último, estaban los visitantes, unos tres mil quinientos pasajeros que navegaban por primera vez o con menos frecuencia que los habituales.
Esta forma de ver el barco la hacía sentirse más como en casa.
Para ella, ir de crucero se estaba convirtiendo en algo parecido a visitar a la familia, con la diferencia de que, cada vez que lo hacía, la ventaja era que descubría lugares y conocía a gente nueva.
A pesar del desconcertante asesinato de la señora Flanders, del ataque a Sunita Chowdry y de la preocupación por que Robert estuviera en una prisión australiana, sentía que estaba viviendo el crucero de su vida.
Australia había estado a la altura de su reputación y el tiempo era divino, excepto esa noche.
El barco empezaba a balancearse y a escorar a medida que se acercaba la tormenta prevista.
No pasará mucho tiempo antes de que muchos pasajeros den por terminada la noche y se acuesten antes de caerse redondos. Rachel se rio para sus adentros.
—Señorita Prince, es un placer verla esta noche. ¿Está disfrutando del crucero? —El maître era el mismo Colin Bell que había conocido en varios cruceros.
—Hola, Colin. Muchísimo, gracias.
»—¿Cenará en su mesa esta noche o con nuestros invitados especiales? —Los ojos le brillaron y las arrugas de expresión que los rodeaban revelaban su amor por la gente.
—Con sus invitados especiales, por favor.
—En ese caso… —Con un gesto del brazo que no desentonaría entre la realeza, la invitó a seguir a un camarero que esperaba impaciente—. Mesa 507 —informó al camarero, sonriendo a Rachel y desviando después su atención hacia los siguientes clientes de la cola.
El restaurante estaba abarrotado y lleno de risas mientras los comensales disfrutaban de su cena de cinco platos. Rachel se alegró de ver el habitual espacio vacío junto a Deep y se preguntó por primera vez por qué estaba siempre ahí, antes de darse una palmada mental en la frente.
¡Claro! El sitio se había reservado para la señora Flanders.
Qué duro debía de ser para Deep sentarse allí cada noche.
Le sorprendió que no hubieran retirado el cubierto, pero la terrible realidad golpeó a Rachel: lo mantenían para ella.
Al darse cuenta de que podría estar agravando el dolor de Deep, se sintió fatal, pero, a la vez, conmovida por que el grupo la acogiera tan bien como para tenerle siempre un sitio.
A Glenis se le iluminaron los ojos cuando vio a Rachel e inmediatamente dejó de hablar con Emma, lo que le valió una mirada asesina de la mujer larguirucha y una mueca por parte de Rachel. No obstante, se alegró de que Glenis pareciera haber superado lo que fuera que le había molestado.
—Rachel, te unes a nosotros esta noche. Qué maravilla.
Las cabezas se volvieron en su dirección mientras los hombres se ponían de pie y esperaban a que se sentara, una vieja costumbre que este maravilloso grupo aún conservaba. El camarero le retiró una silla y ella tuvo que reprimir una risita cuando los hombres se sentaron al unísono.
Madura, Prince , se reprendió a sí misma.
—Siento habérmelo perdido anoche, pero estaba con mi amiga Sarah. Había tenido un día de trabajo muy largo, así que cenamos juntas. —Rachel omitió mencionar que se había desmayado y había acabado en la enfermería.
La mirada de Deep era tan penetrante como de costumbre y el arqueo de una de sus cejas le indicó que él sabía que ella estaba siendo parca en detalles. La verdad es que le recordaba a su padre, que podía ver a través de ella, pero siempre le permitía contárselo todo cuando estuviera lista.
—Me alegro de que hayas podido acompañarnos esta noche —dijo Deep—. El sitio a mi lado parece vacío sin ti. —Sus ojos melancólicos confirmaron lo que Rachel había sospechado. Por supuesto, la señora F. habría sido la que elaborara el plan de asientos de la mesa para el grupo del viaje.
Un destello de reconocimiento de que esto era significativo se instaló en el cerebro de Rachel. ¿Era esta la lista de principales sospechosos de la señora F., todos sentados a la misma mesa? Si era así, ¿iba la mujer por buen camino? Era algo que exploraría más tarde.
—¿Qué tal el día? —le preguntó a Deep. Glenis estaba ahora ocupada con Prudence, y Emma se estaba llenando la copa de vino, un paso en falso en este grupo, donde los hombres preferían servir las bebidas a las damas.
Rachel se había percatado de esto la primera noche.
Era un mundo diferente a aquel en el que había crecido, y le gustaba.
Algunas feministas podrían oponerse a ese comportamiento, y Rachel, una mujer de mentalidad independiente, tenía sentimientos encontrados al respecto, pero no parecía haber frenado a estas mujeres.
Muchas de ellas eran expertas en su campo y habían ocupado puestos de gran éxito en los negocios.
Otras, sin embargo, puede que hubieran dependido en exceso de sus cónyuges o parejas y carecieran de oportunidades para ser vistas como iguales.
—Pareces sumida en tus pensamientos, Rachel —observó Prudence mientras el camarero esperaba de pie detrás de su hombro derecho a que pidiera los entremeses.
—Oh, perdona, estaba en las nubes, mirando ese cielo morado. —Rachel se fijó, justo a tiempo, en el cielo tormentoso pero hermoso y morado que se veía por una de las ventanas.
—Los cielos australianos pueden ser magníficos, señora —dijo el camarero—, pero los cielos de África son difíciles de superar. —Su acento sudafricano sugería que podría ser un poco parcial, pero ¿qué sabía ella?—. ¿Entremeses, señora?
Rachel pidió anchoas seguidas de ensalada César y, de plato principal, lubina con coliflor y setas silvestres.
Patty parecía tan confundida como siempre, mirando alrededor de la mesa como si no supiera lo que estaba pasando y preguntando repetidamente por qué estaba allí y dónde estaban.
—Estamos cenando, Patty. De vacaciones, ¿recuerdas?
Patty claramente no lo recordaba. —¿De vacaciones? Ah, ya veo. —La mujer, aturdida, parecía pensar que podría ser una trampa—. Si tú lo dices, pero ¿quién es esta gente? No todos son ingleses. —Lanzó una mirada fulminante a Deep, sugiriendo que podría ser racista. Deep le sonrió con compasión.
—No, querida —intervino Glenis—. Para empezar, yo soy galesa. —Esto provocó una risita entre los que habían estado escuchando la conversación.
—Lo siento —dijo Patty, con los ojos todavía moviéndose ansiosamente de un lado a otro.
—Estás en un barco frente a la costa de Australia, Patty. Todos lo estamos. Vamos de camino a Nueva Zelanda, pero mañana tenemos otro día de navegación. —La voz de Glenis subió bastantes decibelios, como si pensara que, al alzarla, podría hacer que la mujer confundida lo entendiera mejor.
—Qué bien. Me gusta el mar, ¿verdad, Emma?
—¿Ah, sí? Sí, claro que te gusta. —Emma había aprovechado para servirse otra copa mientras la atención de todos se centraba en Patty.
Cuando las conversaciones derivaron hacia otros temas y Emma distrajo a Patty, Glenis se inclinó sobre la mesa.
—Ha estado bastante lúcida hoy, y ahora esto. Pobrecita, parece que entra y sale de la realidad.
Rachel asintió; no se le ocurría nada que decir. Su experiencia con enfermos de demencia era, afortunadamente, limitada, y se inclinaba hacia aquellos con paranoia violenta que a menudo requerían la atención de la policía.
—Te has vuelto a ir, Rachel. —Esta vez fue Deep quien la sacó de sus cavilaciones.
—Vaya, lo siento. Estaba pensando en una experiencia del trabajo.
—No nos has dicho a qué te dedicas, Rachel. —El interés de Glenis se había despertado.
—Y tampoco debería —respondió Deep en nombre de Rachel—. De lo contrario, todas estas viejas cotillas acribillaríamos a la chica a preguntas ad nauseam . Está de vacaciones, dejemos que guarde algunos de los secretos de su vida. Acaba de enseñarme su anillo de compromiso.
Eso funcionó. Rachel le dijo «Gracias» a Deep con los labios mientras los demás volvían a admirar su anillo y querían saberlo todo sobre el amor de su vida, así que Rachel sacó una foto de Carlo en su teléfono móvil.
—¡Dios mío! Sí que es guapo, casi me pongo celosa —dijo Prudence con una mirada coqueta hacia Charles.
Entre lanzamiento y lanzamiento de dardos a Rachel con la mirada, Emma aprovechaba cada oportunidad para rellenarse la copa a escondidas y se volvía más venenosa con cada copa adicional. Nadie le hacía caso, así que se tomó otra más, mirando a Rachel con hostilidad.
Después de la cena, Rachel se disculpó, pero prometió unirse a los de la lista de deseos en el Salón de Baile Stars al día siguiente para la siguiente ronda del concurso de canto. Ya se habían reducido a doce, y Prudence seguía en la competición.
La tristeza de Deep preocupaba a Rachel.
Estaba claro que sufría y anhelaba volver a casa y olvidarse de todo el episodio de Florence Flanders, pero por ahora le habían prohibido abandonar el barco.
Sin embargo, la idea que se le había ocurrido durante la cena le dio a Rachel la esperanza de poder resolver el caso pronto.
Enderezando los hombros, se dirigió de vuelta a su camarote para investigar un poco.