MONTANA SEAL’S MAIL-ORDER BRIDE (Brotherhood Protectors nº 12) Capítulo 11
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Capítulo 11

Aurelia no podía mentir. Se había muerto de miedo cuando Sassy había enfilado directa hacia la valla.

Aunque había intentado tirar de las riendas, la yegua había sujetado el bocado entre los dientes y no tenía intención de aminorar la marcha.

Había cargado contra la valla cubierta de enredaderas como si supiera exactamente lo que hacía.

Cuando se había elevado del suelo, Aurelia se había agarrado, con las piernas apretadas con fuerza a los costados de la yegua.

Sus años de doma y salto habían merecido la pena al no haber salido volando de la silla y haberse partido el cuello.

Sassy sabía exactamente lo que hacía y había superado la valla sin el menor problema.

Una vez que aterrizaron, Sassy se unió a una manada de caballos al otro lado y se relajó lo suficiente como para zamparse un bocado de hierba.

Emocionada por estar viva y feliz por saber ahora para qué la había entrenado el dueño original de Sassy, Aurelia no pudo evitar sonreír cuando Gavin se reunió con ella.

La expresión severa de su rostro no logró eclipsar la pura alegría de estar al aire libre y montar como lo había hecho en su adolescencia y a principios de la veintena. —Es un día espléndido. Por favor, no te enfades conmigo.

—No estoy enfadado —dijo Gavin—. Preocupado, pero no enfadado. —Frunció aún más el ceño—. Vamos a subir a las montañas. ¿Crees que podrás controlar a la yegua en senderos estrechos?

Aurelia se inclinó sobre el cuello de la yegua y le dio unas palmaditas. —Creo que necesitaba desfogarse un poco. Parece que se ha calmado.

—Improvisaremos sobre la marcha. Si empieza a portarse mal, bajaremos.

—Me parece justo. —Se enderezó y sonrió—. Tú delante, nosotras te seguimos.

Gavin los guio por un sendero de montaña.

A medida que el sol subía, la tierra se calentaba, haciendo que Aurelia tuviera el calor suficiente para quitarse la chaqueta y atársela a la cintura.

Las vistas entre los árboles eran de riscos rocosos, árboles de hoja perenne y valles llenos de preciosas flores silvestres.

Después de mirar por encima del hombro por décima vez para asegurarse de que Sassy no se estaba portando mal, Gavin finalmente se relajó y confió en que Aurelia estaría bien.

Hablar no era una opción mientras subían en fila india por el sendero de la montaña, lo que tampoco ayudaba a saber más sobre el desconocido que iba delante de ella.

Aurelia esperaba que se detuviera pronto para que pudieran seguir conociéndose.

Después de su conversación con Lilianna la noche anterior, Aurelia estaba convencida de que tenía que decirle a Gavin quién era y a qué se enfrentarían si seguían viéndose y finalmente se casaban.

Él necesitaba saber que podría estar en peligro, en caso de que quienquiera que no quisiera que se casara finalmente diera con ella.

Treinta minutos más tarde, Gavin entró en un claro del bosque, cruzó un prado abierto y se detuvo justo antes de una arboleda.

—¿Paramos aquí? —preguntó Aurelia en voz alta.

—Así es. —Gavin se bajó de la silla, cojeando hasta que pudo estabilizar las piernas.

Se apresuró hacia Sassy, extendiendo la mano para ayudar a Aurelia a bajar de su montura.

Ella iba a decirle que no se molestara, pero no fue necesario.

Mientras él se acercaba, Sassy se alejó nerviosa.

En lugar de perseguir al animal, Gavin retrocedió un paso. —Te habría ayudado a bajar…

Aurelia soltó una risita. —Todavía no está lista para la interacción masculina. Necesitará más tiempo para eso. —Se deslizó de la silla de montar y cayó ágilmente al suelo.

Gavin condujo a su caballo a través de los árboles hasta un arroyo y dejó que Ranger bebiera.

Aurelia también acercó a Sassy al agua. —Es precioso este lugar.

—Siempre me lo ha parecido.

—Has estado en otros países… —afirmó Aurelia. Tenía que haberlo hecho si había sido un Navy SEAL—. ¿Qué tal es Montana en comparación?

—De los países que he visto hasta ahora, ninguno es tan bonito como Montana.

Aurelia no dejó que su comentario la molestara. Tenía que admitir que Montana era impresionante. Pero había otros lugares hermosos en el mundo. Montana no era el único. Se agachó para recoger agua en la mano. —¿Has estado en Europa?

—Un par de veces, pero no nos quedamos mucho tiempo. Solíamos parar en Alemania de camino a Oriente Medio.

—¿Tuviste la oportunidad de ver mucho de Alemania?

—No mucho fuera del aeropuerto. Una vez pudimos cenar en Frankfurt. Recuerdo que los edificios eran pintorescos. Y muchas flores en las jardineras de las ventanas. No me importaría volver y explorar más. Me encanta la historia, y en Europa hay muchísima.

Parte de la tensión en sus hombros se relajó.

Estaba dispuesto a viajar. Algunas personas no querían salir de casa.

Jamás. —Me encanta viajar. —Se enderezó y miró a su alrededor mientras una brisa agitaba las hojas de arriba, haciendo que el arroyo brillara con la luz moteada del sol—. Cada país tiene su propia belleza.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó él.

Ella asintió. —En unos cuantos. —Demasiados para contarlos.

Había asistido a muchos actos diplomáticos con sus padres, viajando a varios países para aprender más sobre ellos y para darles a conocer el pequeño país de Lastovia.

Los países pequeños tendían a perderse junto a los más grandes, con su constante cobertura mediática y su impacto económico.

Gavin ató a Ranger a un árbol y quitó la alforja de detrás de la silla. —¿Tienes hambre?

Mientras ataba a Sassy al árbol junto a Ranger, a Aurelia le rugió el estómago. —Sorprendentemente, sí. —Miró hacia el hueco entre los árboles donde brillaba el sol—. No puedo creer que sea casi mediodía. El tiempo vuela cuando estás bajo el sol. ¿Comemos aquí?

—No. Tenemos que caminar un poco más a pie. ¿Te animas?

—Estoy lista —dijo ella. Se preguntó qué tan capaz sería él con una pierna ortopédica.

Se echó la alforja al hombro y le tendió la mano.

Aurelia deslizó la suya en la de él y dejó que la guiara por un sendero que seguía el arroyo río arriba.

Mientras trepaban por las rocas y serpenteaban entre los matorrales, agachándose para evitar las ramas de los árboles, podía oír el creciente sonido del agua corriendo.

Pero el arroyo parecía tranquilo, borboteando a su lado. ¿Qué podía hacer tanto ruido?

Con la curiosidad picada, Aurelia no podía esperar a rodear el afloramiento rocoso.

Y no se sintió decepcionada.

Se quedó sin aliento cuando apareció la fuente del ruido. A más de doce metros de altura, una estrecha cascada caía en una cortina de líquido reluciente sobre una amplia poza azul que finalmente alimentaba el arroyo que habían seguido para encontrar aquel mágico lugar.

La belleza del agua, los árboles y todo el entorno le robaron el aliento. —Espléndido —dijo en voz baja.

Gavin soltó una risita. —Me alegro de que te guste. Aquí es donde vamos a hacer nuestro pícnic.

—No puedo imaginar otro lugar más perfecto. —Y no podía. No era de extrañar que amara tanto Montana. Con joyas ocultas como esta, ¿quién querría irse? La tristeza se coló en su conciencia, robándole parte de la alegría del día—. Gracias por traerme aquí.

Gavin sacó una manta de un lado de la alforja.

Juntos, la extendieron sobre una roca lisa y se sentaron con las piernas cruzadas en el medio.

Gavin sacó las botellas de agua y los sándwiches. —Espero que te guste el rosbif en pan integral.

—Me encanta —dijo ella.

—¿Mostaza o mayonesa? —preguntó él.

—Mostaza.

—Una mujer de las mías —dijo, y le entregó el sándwich con mostaza—. ¿Te gusta la comida picante?

—Sí. El curry indio, el sushi con wasabi y las salsas de habanero mexicanas son mis favoritos.

—Tenemos algo en común. Me gusta la comida que desafía a mis papilas gustativas. Y no me da miedo probar cosas diferentes.

Aurelia sonrió de oreja a oreja. —Eso es bueno. Cuando viajas, no siempre puedes conseguir tus platos de siempre.

—Exacto. —Mordió su sándwich y masticó un rato.

Aurelia dio un bocado al suyo e intentó pensar en cómo podría sacar a relucir la verdad sobre por qué quería casarse, y pronto.

Repasó diferentes formas de presentarlo, repasando una y otra vez cada escenario en su mente mientras comía su sándwich.

Decidió que sería mejor después de terminar de comer que interrumpir la comida.

Así que comió cada bocado lentamente, sabiendo que estaba aplazando el momento.

No quería que aquele momento tranquilo e íntimo terminara.

Después de meterse el último bocado en la boca, supo que era el momento de confesar. Se quedó mirando sus manos, tratando de encontrar las palabras adecuadas que no lo enfadaran tanto como para cancelarlo todo y mandarla a hacer las maletas.

—Tienes mostaza en los dedos —dijo Gavin.

Se concentró y observó la mancha amarilla en su dedo. —Cielo santo —dijo, y se puso de pie de un salto.

—¿Adónde vas?

—A lavarme la mostaza de la mano. —Hizo una mueca—. ¿Imagino que también la tendré por toda la cara?

—No diría que por toda —dijo Gavin.

Por todos los santos. ¿Cómo iba a tener una conversación sincera con Gavin si tenía mostaza en la cara, restándole credibilidad? Se puso de pie de un salto, con las mejillas ardiendo. —Ahora mismo vuelvo.

—¿A dónde vas?

—A lavarme la mostaza de las manos, la cara y cualquier otro sitio donde pueda haber y yo no lo sepa. Luego, tenemos que hablar. —Se apresuró hacia el borde de la poza, avergonzada y nerviosa por la conversación que tendrían una vez que no estuviera cubierta de mostaza.

Gavin soltó una risita y se puso de pie. —Solo tienes mostaza en el dedo, que yo haya visto.

—Soy conocida por ser un poco desastrosa —dijo y se agachó junto a la poza, escudriñando su reflejo en el agua. Ojalá tuviera un espejo.