Capítulo 31 #2
—Que tengan bonita noche y que se diviertan mucho —canturrea el detective en respuesta, y mi cara rompe en una sonrisa más grande.
—Buenas noches —me despido.
—Nos vemos luego, Tom —pronuncia Harry y, segundos después, finalizo la llamada.
Harry gira el cuello ligeramente y mueve los hombros para liberarlos de la tensión antes de dedicarme una mirada fugaz. Yo extiendo la mano con la que sostengo su teléfono y se lo entrego.
—Creo que hemos perdido nuestra reservación —dice, al tiempo que mira la hora en la pantalla del aparato. Su tono es triste.
Yo me encojo de hombros.
—No me importa en lo absoluto cenar algo de un McDonald’s —digo, porque es cierto.
Su ceño se frunce.
—No voy a llevarte a un McDonald’s en nuestra primera cita. Miro el reloj de mi teléfono y reprimo una risotada.
—Oh, claro que no lo harás —asiento, en acuerdo—. A esta hora ya ni siquiera te dejan entrar. La única clase de servicio que hay es el que ordenas desde el coche y llevas la comida a casa.
—¿Hablas en serio? —Harry suelta con incredulidad, irritación y humor.
—Muy en serio —digo y reprimo una carcajada.
—Esto es una mierda —dice en un quejido que se me antoja infantil.
—Ya te lo dije —encojo los hombros de nuevo—: No me importa en lo absoluto cenar comida rápida aquí, arriba de tu coche. A no ser, claro, que te preocupe demasiado que pueda manchar la tapicería.
Harry me dedica una mirada cargada de fingida irritación.
—Por supuesto que no me molesta —masculla—. Es solo que no quiero comprarte una hamburguesa rápida para cenar.
—No vas a comprarme una hamburguesa rápida. —Sueno casi solemne mientras hablo—. Vas a comprarme una McWhooper.
Una carcajada lo asalta en ese momento y niega con la cabeza con incredulidad.
—¿De verdad quieres cenar eso? —dice, medio riendo.
—Lo que quiero es estar contigo, Harry.
Un suspiro brota de sus labios y sacude la cabeza de nuevo.
—De acuerdo. Busquemos un McDonald’s, entonces.
La lluvia golpea el parabrisas como una canción suave, dulce y relajante, y la voz ronca de John Mayer inunda el auto de Harry con una balada que suena a volumen bajo.
El olor a papas a la francesa se ha apoderado del interior del reducido espacio y las pequeñas bolsas de kétchup están desperdigadas por todo el suelo a nuestro alrededor.
Nuestra cita no ha salido como se supone que debía y, extrañamente, me siento satisfecha por eso.
Esto, el estar dentro de un coche al tiempo que como una hamburguesa con carne de dudosa procedencia y con la radio a volumen bajo, se siente más real que cualquier cosa que hayamos podido hacer en un restaurante.
—No puedo creer que todos mis planes se hayan reducido a esto —dice Harry antes de comerse una patata con aire resignado.
Yo mastico la comida que tengo dentro de la boca y esbozo una sonrisa.
—Yo la estoy pasando de maravilla —replico y él me mira con cara de pocos amigos.
—Nos persiguieron durante casi cuarenta minutos —dice—, perdimos nuestra reservación, nos costó la vida encontrar un McDonald’s con autoservicio en esta zona de la ciudad, comemos dentro de mi coche y, para coronarlo todo, llueve como si el cielo estuviese furioso con el mundo.
—Míralo por el lado positivo. —Me encojo de hombros—.
Ninguno de los dos terminó con una bala en el cuerpo, tu madre está sana y salva, el tipo del Sedán fue detenido y tenemos comida en nuestras bocas.
Si me lo preguntas, creo que las cosas resultaron bien después de todo.
Creí que esta noche iba a terminar en catástrofe, si puedo ser sincera.
Un suspiro brota de su garganta en ese momento.
—Si lo ves de esa manera, estamos en la gloria —masculla, pero no luce satisfecho.
—Ei. —Le lanzo una papa a la francesa que lo golpea en la sien.
—¡Oye! —exclama, con indignación.
—Quita esa cara. —Ignoro su protesta y esbozo un puchero que pretendo que lo haga sonreír.
Me dedica una mirada cargada de frustración, pero hay un asomo de sonrisa en las comisuras de sus labios. Entonces, niega con la cabeza.
—Lo tenía todo planeado, joder —dice al cabo de unos minutos—. No se supone que debía salir de esta manera.
—Si sigues lamentándote, vas a arruinarlo todo para mí.
—Trato de sonar severa, pero no lo consigo—.
No hay ningún otro lugar donde quiera estar ahora mismo.
¿Y qué si no fuimos a un lugar bonito? ¡Ni siquiera me gusta la comida elegante, por Dios!
—Esbozo una mueca que pretende ser exasperada—.
A pesar de que nada fue como esperábamos, lo estoy pasando bien.
Harry mira la hamburguesa que tiene entre los dedos antes de posar sus ojos en mí.
—¿Lo dices en serio? —El gesto en su cara es como el de un pequeño niño esperanzado. Como si su madre le hubiese hecho la promesa de que, llegando a casa, recibirá una enorme rebanada de pastel de chocolate.
—Por supuesto que lo hago —asiento.
Él esboza una sonrisa dulce y posa su mirada sobre mis labios durante una fracción de segundo. Mi cuerpo entero reacciona ante el pequeño gesto, pero trato de no hacérselo notar. Trato de enfocarme en robar una patata a la francesa del pequeño contenedor que ha acomodado sobre su regazo.
Cenamos en medio de charlas bobas y risas sin motivo.
El tiempo pasa, pero ni siquiera me molesto en averiguar qué hora es.
Ni siquiera sé en qué momento ha dejó de llover, ni en qué momento el cielo nocturno comenzó a abrir paso a la mañana; pero, cuando ambos nos percatamos de esto, Harry enciende el auto de nuevo y conduce de vuelta a su apartamento.
Ninguno de los dos dice nada en el trayecto de regreso. No es necesario. Hemos hablado hasta que la garganta nos ha ardido y hemos reído hasta que nos ha dolido el estómago. Ahora mismo lo único que Harry hace es tomarme de la mano mientras conduce.
Para cuando llegamos al apartamento, el sol ya ha salido.
Estoy agotada. Lo único que quiero es tirarme en el sillón donde duermo y no abrir los ojos hasta mañana por la mañana; pero me tomo el tiempo de quitarme los zapatos y amarrar mi cabello en un moño antes de dejarme caer barriga abajo en el sofá.
—¿Qué estás haciendo? —Harry suena divertido, pero ni siquiera alzo la cara del cojín en el que la he hundido.
—Trato de dormir —digo contra el material áspero.
—No te entendí una mierda —medio ríe.
Entonces, con todo el esfuerzo de mi cuerpo, levanto la cabeza.
—Dije que trato de dormir.
—¿Ahí?
—Claro —suelto y dejo caer la cabeza de nuevo—. ¿Dónde más?
Una pequeña risa brota de sus labios y, de pronto, escucho sus pasos acercándose. Sus dedos largos se enredan en mis tobillos y tira de mí con fuerza, haciéndome chillar en el proceso.
—Ven aquí, pequeña —masculla y envuelve su brazo alrededor de mi cintura para incorporarme de golpe.
—¡Harry! ¡Por el amor de Dios! —medio grito, pero él ya me ha hecho girar sobre mi eje. Acto seguido, se agacha para aferrar sus manos a mis caderas y me echa a su hombro de un movimiento limpio.
Trato de bajar, pero apenas consigo moverme un poco. Harry suelta una maldición cuando aferro mis dedos a la pretina de sus vaqueros y los empujo hacia abajo para tener una vista de su trasero y obligarlo a bajarme para vestirse.
—¡Joder, Maya! ¡No hagas eso! —gruñe sin dejar de reír. Entonces, comienza a avanzar.
—¡Bájame! —Mi voz suena más aguda que nunca.
—¡No!
Empujo sus vaqueros un poco más, de modo que puedo ver el inicio de la división entre sus inexistentes atributos.
—¡Maya! —exclama al tiempo que me da una palmada dura en el trasero.
Un chillido escapa de mi garganta y, sin darme tiempo de hacer nada, me lanza con brusquedad. El colchón debajo de mi cuerpo me hace rebotar y una carcajada se me escapa cuando veo cómo acomoda sus vaqueros en su lugar.
—Deja de reírte —masculla y me mira con irritación. A pesar de eso, no ha dejado de sonreír.
—Tienes tanto trasero como yo. —Me burlo y él entorna los ojos en mi dirección.
—No sé si tomar eso como un cumplido o sentirme ofendido —dice y mis cejas se alzan con incredulidad.
—Si vas a decir que no tengo trasero hazlo de manera directa, por favor — suelto, con fingido enojo—. Puedo soportarlo.
—¿Maya?
—¿Sí?
—No tienes trasero.
—Gracias —mascullo medio ofendida, medio divertida. Su sonrisa se ensancha.
—¿Maya?
—¿Sí?
—Eres hermosa.
Mi corazón hace una floritura extraña.
—Gracias —musito, a pesar de que quiero contradecir lo que ha dicho. Él asiente, satisfecho con mi respuesta.
—¿Maya?
—¿Sí?
—Hazme un espacio, que yo también quiero dormir.
Una pequeña risita se me escapa y me arrastro hasta uno de los lados de su espaciosa cama.
Harry se deshace de sus botas y se deja caer a mi lado.
Yo me recuesto sobre mi costado, dándole la espalda, y él se acomoda detrás de mí.
Mi espina está pegada a su abdomen firme y sus rodillas flexionadas están detrás de las mías.
Uno de sus brazos se posa alrededor de mi cintura y me atrae más cerca. Mis párpados se cierran. La comodidad se apodera de mi cuerpo en ese momento y un suspiro brota de mi garganta. Sin pensarlo demasiado, tomo su mano entre la mía y la alzo para depositar un beso en el dorso.
—¿Maya? —Su aliento cálido golpea mi oreja y envía escalofríos a todo mi cuerpo.
Musito un débil murmullo que pretende ser un asentimiento.
Él coloca su mano de vuelta en mi cintura y tira de mí, de modo que quedo casi recostada sobre su cuerpo. Acto seguido, se estira lo suficiente para que nuestros labios se toquen y me da un beso casto y corto.
—Descansa —susurra contra mis labios y mi pecho aletea con violencia.
Entonces, vuelve a acomodarse en la posición en la que estaba y ambos nos acurrucamos aún más cerca.