Capítulo 11 #2
—Te lo dije antes y te lo repito ahora: ya te lo he dicho todo. No hay más —dice, tras un largo momento, y la tristeza se apodera de mí. Todo el coraje y la frustración se transforman en otra cosa. Algo más profundo y más doloroso: decepción. Cruda y fría decepción.
Una sonrisa triste se dibuja en mis labios y mi corazón se estruja gracias a la punzada de dolor que me embarga. Niego con la cabeza.
—¿De verdad crees que me compro todo eso?
—digo, en voz baja y ronca. No sueno molesta.
Tampoco suena como si estuviese reclamándole.
No estoy haciéndolo—. Si hay algo que aprendí a hacer en el tiempo que estuve contigo es conocerte.
A descifrar tus expresiones, a leer tus gestos, tus movimientos…
Es por eso que sé que mientes. Tu boca habla, pero tu cuerpo dice otra cosa, Harry.
—Lo miro con aprehensión—. ¿Por qué no dejas de mentir?
, ¿por qué no puedes ser honesto conmigo y decir la verdad?
Ya nada de lo que digas puede lastimarme más de lo que ya has hecho.
—Una pequeña sonrisa amarga se dibuja en mis labios—. Soy más fuerte de lo que crees que soy.
Silencio.
—Soy más fuerte de lo que alguna vez pensé que sería. He pasado por tanto que siento que he sido curtida en acero —digo, luego de una pausa—. Así que, sea lo que sea que ocultas, puedo soportarlo. Solo, por favor, dímelo…
No ha dejado de mirarme. Sus ojos están fijamente puestos en mí y yo lo observo de vuelta. Mi corazón no ha ralentizado su ritmo ni siquiera un poco y la presión en mi garganta no ha cedido.
—No puedo, Maya —susurra, con la voz enronquecida, luego de lo que se siente como una eternidad—. No puedo darte lo que quieres.
—Entonces, vete. —Trato de sonar determinante, pero más bien lo hago como si estuviese pidiendo misericordia.
—No puedo irme, Maya. No puedo alejarme. No quiero…
Algo dentro de mí parece quebrarse con sus palabras y el dolor intenso que se apodera de mi cuerpo es insoportable.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —Mi voz es un hilo tembloroso, inestable y ronco.
—Lo quiero todo, Maya. —Su voz es ronca y pastosa—. Lo quiero absolutamente todo. Quiero que creas en lo que digo. Quiero que confíes en mí. Necesito que lo hagas.
—No puedo… —Sacudo la cabeza en una negativa.
Llegados a este punto, se siente como si pudiera quebrarme en cualquier momento. Como si pudiese perder el control de mis nervios una vez más.
—Maya, esto es por ti. —Se señala a sí mismo con frustración y soy capaz de notar la ansiedad y la desesperación en sus facciones—.
Siempre ha sido por ti. Por favor, confía en mí.
Estoy haciendo todo esto por ti. Yo me…—Harry, parece que Maya…
—La voz de Kim llena mis oídos y mi atención se vuelca hacia ella con rapidez.
Toda la tensión de mi cuerpo se fuga poco a poco en el instante en el que veo a mi mejor amiga de pie, justo en la entrada del pasillo.
Ella nos mira como si fuésemos los seres más extraños de planeta.
Su cabello mojado cae sobre sus hombros y viste un viejo pantalón deportivo y una playera que le va grande; sin embargo, luce más descansada y fresca que nunca.
—¿Interrumpo algo? —pregunta, con cautela, al tiempo que nos mira de hito en hito—. Porque, si es así, puedo tomar a Hayley y llevarla conmigo a la habitación.
Mi vista se posa en Harry y luego en Kim, antes de darme cuenta de que ambos esperan que sea yo quien responda.
—Estamos bien —digo, haciendo acopio de toda mi dignidad—. Harry ya se iba.
Kim me observa fijamente y sé que puede ver, en la hinchazón de mi rostro, que he llorado. Acto seguido, posa su atención en el chico que se encuentra a pocos pasos de distancia de mí.
—Gracias por cuidar de mi pequeña mientras me duchaba.
No sabes cuánto necesitaba sacar el olor a vómito de bebé de mi cabello —dice, y le regala una sonrisa tensa a Harry.
Sé que está realmente agradecida por el gesto; pero también sé que no le agrada la forma en la que es capaz de poner mis nervios de punta.
Él lo único que hace es asentir con incomodidad y forzar una sonrisa.
—Tu bebé es hermosa, Kim —dice, y me sobrecoge el tono paternal que utiliza—. Will hizo un muy buen trabajo ahí.
Una sonrisa irritada se dibuja en los labios de mi amiga.
—En realidad yo tuve todo el mérito —bromea y le guiña un ojo antes de agregar—: Si lo ves, dile que no sea cobarde y venga a vernos, que Hayley lo extraña y que Maya solo va a estrangularlo por habernos ocultado lo que sabía sobre ti. Dile, también, que prometo impedir que lo mate.
Una pequeña risa brota de la garganta de Harry, pero el brillo triste en su mirada no se va.
—Me encargaré de que se entere de que lo están esperando por aquí. — Asiente en dirección a Kim y luego me mira para decir:— ¿Te llamo esta noche?
—Llámame solo cuando sea necesario —digo. Sueno más dura de lo que pretendo.
La tristeza en su expresión se arraiga, pero asiente y se gira para encaminarse hasta la puerta. Entonces, sin decir una palabra más, desaparece por el umbral.
—¡Nos vemos mañana! —medio grito hacia el pasillo mientras avanzo en dirección a la salida del edificio donde trabajo. No estoy segura de que alguien me haya escuchado realmente, pero no me importa demasiado si no lo hicieron.
Es tarde. Se supone que debí haber salido hace quince minutos, pero no pude hacerlo porque Tiffany, la contadora, no tenía listo mi cheque. Tuve que esperar a que se dignara a dejar de discutir por teléfono con su exmarido para poder pedírselo.
Ahora mismo, lo único que quiero es poner los pies en la calle para encontrarme con Douglas Schneider, quien me llamó por teléfono hace quince minutos para avisarme de que está afuera esperando por mí.
Me siento avergonzada con él por haberlo hecho esperar tanto. Le dije que estaría con él en un par de minutos porque no esperaba que Tiffany fuese a tardar tanto, y ahora no sé cómo demonios voy a verlo a la cara sin querer morir de la vergüenza.
Debe de ser un hombre bastante ocupado, así que me atrevo a apostar que, seguramente, a estas alturas está más allá de lo irritado conmigo.
Yo lo estaría… Me digo a mí misma que debo dejar de angustiarme, que le pediré una disculpa y que él entenderá lo ocurrido; sin embargo, no puedo dejar de sentirme angustiada y azorada por haberlo hecho esperar.
Al salir del edificio, lo primero que hago es tratar de localizar el auto del abogado. No estoy muy segura de recordar el estilo de su coche, ya que solo lo he visto una vez en mi vida; pero creo que se trata del auto rojo que está aparcado en la acera de enfrente.
Todas mis sospechas se confirman en el instante en el que veo cómo la puerta del conductor del vehículo se abre. El abogado aparece en mi campo de visión segundos después y noto cómo alisa las arrugas del saco que viste antes de dedicarme una sonrisa que no toca sus ojos.
Todo en él irradia profesionalismo, así que, cuando cruzo la calle para llegar a donde se encuentra, no estoy segura de cómo debo saludarlo.
Él resuelve ese asunto cuando estira su mano hacia mí para estrecharla.
Después, se dedica a abrir la puerta del copiloto para que suba a su auto. Yo lo hago sin protestar.
El hombre me pregunta cómo estoy, mientras me acomodo en el asiento y me da oportunidad de responder a su pregunta antes de cerrar la puerta y comenzar a rodear el auto para subir a él.
Puedo ver la figura de su cuerpo avanzando por la parte delantera del coche, cuando, de pronto, sucede… Todo pasa tan rápido que no tengo oportunidad alguna de reaccionar. Una silueta familiar aparece en mi campo de visión y noto cómo avanza a toda marcha hacia nosotros.
El abogado mira de reojo un segundo y posa su atención en el chico de aspecto salvaje y cicatrices escandalosas en la cara que se abre paso a toda velocidad hacia nosotros. «¡¿Pero qué demonios?!».