Capítulo 1 #3
Tenía mucho tiempo sin sentirme así de aliviada. Es como si todos y cada uno de mis músculos recuperaran su fuerza. Como si la pinza que atenazaba mi pecho hubiese sido retirada con mucha lentitud.
El camino al consultorio médico en el que trabajo es más largo de lo que espero; pero, cuando llego, nadie hace ningún comentario.
Avisé esta mañana que tenía unos asuntos personales qué resolver y que por eso me demoraría más de lo normal en llegar a la oficina.
Al principio, creí que lo primero que recibiría sería una reprimenda, pero no fue así.
De hecho, a nadie parece haberle molestado el hecho de que he llegado unas cuantas horas más tarde de lo normal.
El resto del día pasa a una velocidad impresionante.
Paso mis horas laborales sentada tras un gran escritorio, justo frente a la entrada principal del consultorio.
Mi trabajo es relativamente sencillo: recibo llamadas, organizo la agenda de los tres médicos que se asociaron para poner en marcha este lugar y coordino cualquier clase de compromiso que cualquiera de ellos pudiese llegar a tener: desde las reuniones más importantes hasta las más rutinarias.
Con todo y eso, el cambio que ha sufrido mi rutina ha sido radical. Comparada con la actividad excesiva que tenía en el Joe’s Place, mi día a día es menos ajetreado; sin embargo, ahora tengo un poco más de responsabilidades.
Alrededor de las seis de la tarde, estoy lista para irme a casa. Ha sido un día emocionalmente agotador debido a mi visita al apartamento de Harry, así que lo único que quiero hacer en este momento es recostarme en mi cama y dormir hasta que el sol salga mañana por la mañana.
El camino al edificio donde vivo es lento y tedioso, ya que el tráfico de la ciudad apenas permite que el autobús avance; pero, cerca de las siete de la noche, estoy de vuelta en casa.
Kim y yo hemos tenido la suerte de encontrar un apartamento en un suburbio tranquilo de San Francisco. El espacio es mucho más pequeño que el del lugar que ella compartía con Will, pero hemos sabido distribuir nuestros muebles para hacerlo acogedor.
Subo las escaleras a paso cansino y, por unos instantes, me veo tentada a quitarme de los pies los zapatos altos que debo llevar obligatoriamente al trabajo. De no ser porque llevo medias delgadas que pueden romperse a la primera de cambios, lo habría hecho ya hace rato.
Una vez en el piso donde vivo, avanzo por el pasillo y rebusco en mi bolso por las llaves. Acto seguido, cuando me encuentro afuera del apartamento, retiro el seguro del cerrojo y abro la puerta solo para detenerme en seco ante lo que encuentro frente a mí.
Jeremiah está de pie a mitad de la sala y, delante de él, está Kim con la pequeña Hayley entre los brazos.
Ambos me miran desde sus posiciones y no me pasa desapercibido cómo palidecen en el instante en el que se percatan de mi presencia.
Jeremiah luce visiblemente preocupado y Kim luce como si estuviera a punto de vomitar.
Mi ceño se frunce en confusión, pero me las arreglo para esbozar una sonrisa.
—¿Qué les sucede? —medio río—. Tienen cara de haber visto un fantasma.
Mi amiga cambia el peso de Hayley a su cadera derecha y le lanza una mirada fugaz a Jeremiah antes de aclararse la garganta.
—Llegaste temprano —dice, nerviosa.
Mis cejas se alzan al cielo y mi sonrisa se ensancha mientras me encamino al interior del apartamento.
—Actúan como si tuviesen un amorío y no quisieran que yo me enterara —bromeo, pero debo admitir que la presencia de Jeremiah en nuestra casa me saca de balance. Él nunca viene sin saber de antemano que estaré aquí—. No me importa si es así, ¿sabían?, prometo que no me molestaré.
—Sabes que, si ocurriera algo entre nosotros, serías la primera en saberlo
—Kim argumenta, con irritación—. No es lo que crees.
Me encojo de hombros.
—Si tienen algo, les prometo que soy feliz por ustedes —insisto y lo digo con toda la honestidad del mundo.
Debo admitir que no puedo imaginarlos juntos de esa manera, porque son personas completamente diferentes, pero la idea no me incomoda en absoluto…
Aunque tampoco es como si ellos necesitasen de mi comodidad o aprobación para tener algo.
—Maya… —Jeremiah habla, pero hago un gesto desdeñoso para restarle importancia al asunto y dejo mi bolso sobre uno de los sillones.
—Adelante. Ustedes sigan en lo suyo, yo…
—Maya… —Jeremiah insiste, pero ya he comenzado a avanzar en dirección al pasillo que da a las habitaciones.
—Maya, Harry ha vuelto —suelta mi amigo de golpe en ese momento, y mis entrañas se aprietan con violencia. Mi vista se vuelca con brusquedad hacia él y el pánico se arraiga en mi sistema.
—¿Qué? —Mi voz sale en un susurro tembloroso e inestable y, de pronto, no puedo respirar.
«¡No! ¡No, no, no, no, no! Eso no es posible. Él se entregó. Hace un año se marchó para entregarse a la policía».
—Será mejor que te sientes, Maya —dice mi amigo, pero no puedo moverme—. De una vez te lo digo: esto no va a ser agradable.
«¿Qué demonios está pasando?