AURORA
La cabeza me palpita de dolor mientras abro los ojos.
Al intentar reconstruir lo que pasó, los recuerdos me inundan: las poderosas manos de Gage sobre mí, su voz ronca diciéndome guarradas, la intensidad abrasadora de nuestro encuentro en el bosque.
Una oleada de calor me recorre y la piel me hormiguea con el roce fantasmal de sus dedos.
Al girar la cabeza, veo una nota doblada en la almohada junto a mí. El corazón se me acelera mientras la cojo, con los dedos temblándome ligeramente. Desdoblo el papel y leo las palabras garabateadas de Gage.
Lamento no haberme podido quedar. Necesitaba irme antes de hacer algo de lo que me arrepentiría. Te mereces mucho más que el monstruo que soy. Por favor, por tu propia seguridad, aléjate de mí. No merezco que te expongas a la oscuridad que me persigue.
Gage»
Me quedo mirando las palabras con el ceño fruncido de confusión. Después de todo lo que compartimos, ¿cómo puede simplemente dejarme aquí? Una parte de mí entiende sus razones, pero la otra anhela sus caricias, su intensidad y la emoción de estar en su presencia.
Al incorporarme, hago una mueca por el dolor muscular. Al moverme, noto que alguien ha cambiado las vendas que cubren mis cortes. Gage debió de atenderme antes de irse.
Lo sensato sería mantenerme muy lejos de él. Pero el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, la forma en que me hizo sentir libre, es como una adicción de la que no puedo librarme. Necesito más.
Cojo el móvil con los dedos temblorosos mientras busco entre mis contactos. Al encontrar el número de Gage, dudo un momento antes de pulsar llamar. El teléfono suena una, dos, tres veces, pero no hay respuesta. La decepción me invade cuando salta el buzón de voz.
Abro nuestra conversación y escribo un mensaje:
Gage, no puedo alejarme. Lo que tenemos es demasiado intenso, demasiado real para ignorarlo. Por favor, no me apartes. Te necesito.
Pulso enviar y espero ansiosa su respuesta, con el corazón latiéndome con fuerza. Los minutos se me hacen eternos mientras miro fijamente la pantalla, deseando que aparezca su nombre.
El móvil vibra y casi se me cae de la prisa por leer su mensaje:
Gage: Aurora, no lo entiendes. Anoche casi te mato. Perdí el control y no puedo arriesgarme a que vuelva a pasar. No estás a salvo conmigo.
Me tiemblan los dedos mientras leo el mensaje de Gage. Sus palabras me provocan un escalofrío, pero la idea de que perdiera el control, de que casi me quitara la vida, enciende en mí una fascinación oscura. Llega otro mensaje.
Dejaste de respirar después de que te estrangulara hasta el orgasmo, y por suerte la reanimación te trajo de vuelta. No volveré a arriesgar tu vida.
Me quedo mirando las palabras con la mente acelerada. Gage casi me mata, pero la idea de sus poderosas manos rodeándome el cuello me excita. Pensar en él luchando por salvarme, por traerme de vuelta del borde de la muerte, resulta embriagador.
El carnaval se marcha en cuatro días. Tienes que olvidarme. La oscuridad me sigue a todas partes.
Me muerdo el labio, sopesando su advertencia. ¿Olvidarlo? ¿Después de la conexión que hemos compartido, de cómo ha encendido en mí un fuego que no puedo apagar? No, no pienso renunciar a él, no cuando por fin he encontrado a alguien que entiende los deseos que me atormentan.
Respiro hondo y escribo mi respuesta, con los dedos moviéndose con renovada determinación.
No puedo olvidarte. Conozco los riesgos, pero estoy dispuesta a asumirlos. Por favor, no me apartes. Te necesito, con tu oscuridad incluida.
Pulso enviar con el corazón latiéndome con fuerza. Espero su respuesta conteniendo la respiración. Me he desnudado emocionalmente, exponiendo las profundidades de mi deseo, y ahora solo puedo esperar que Gage vea la verdad en mis palabras.
Por fin suena la notificación y abro el mensaje ansiosa.
No puedo controlar la oscuridad. Si vuelvo a fallar, puede que no consiga salvarte.
Leo sus palabras y siento el peso de su significado instalarse en mi pecho. Tiene razón, no comprendo del todo las profundidades de su oscuridad, el peligro que acecha en su interior. Pero eso solo hace que lo desee más.
En lugar de responder, decido que iré al carnaval después del trabajo esta noche y lo buscaré para hacerle entender por qué estamos destinados a estar juntos.
Quizás pedirle que representara una fantasía de violación fue precipitarme demasiado, pero ahora lo sé.
Estoy segura de que puedo ayudar a mantener su oscuridad bajo control.
Entro en la ducha y el agua caliente me cae en cascada sobre la piel.
Al mirar hacia arriba, vislumbro mi reflejo en el espejo mientras el vapor llena el baño.
Abro los ojos de par en par al ver los moretones oscuros que me rodean el cuello, un recordatorio brutal de las poderosas manos de Gage ciñéndome la garganta.
Me paso los dedos por las marcas y un escalofrío me recorre la columna. El recuerdo de sus caricias, de cómo me estranguló hasta el borde de la muerte, me envía una oleada de calor por todo el cuerpo. Estos moretones harían que cualquier otra mujer huyera de él lo más lejos posible.
Pero los moretones son como un collar visible, una marca de su posesión sobre mí.
Mientras el agua me cae en cascada, dejo que las manos me recorran la piel, imaginando que son las suyas.
Me toco, con los dedos deslizándose entre mis piernas, acariciando y provocando hasta que jadeo de necesidad.
El anhelo crece en mi interior, un deseo desesperado de sus caricias, de su posesión.
Mientras me acerco al clímax, imagino las manos de Gage rodeándome la garganta, apretando cada vez más fuerte hasta que me quedo sin aire.
La idea de rendirme a él por completo, de dejar que me lleve al borde de la muerte y me traiga de vuelta, me hace estallar.
Grito su nombre con el cuerpo estremeciéndose por la fuerza del orgasmo.
Al salir de la ducha, tengo la piel sonrojada por el calor y los efectos persistentes de mis fantasías. Mientras me seco con la toalla, vuelvo a ver los moretones del cuello en el espejo. Un escalofrío me recorre y aparto la mirada, concentrándome en vestirme para el trabajo.
Me pongo el uniforme del supermercado y me abrocho el polo hasta arriba para ocultar las marcas del cuello. Lo último que necesito es que alguien en el trabajo vea las pruebas de mi encuentro con Gage y empiece a hacer preguntas.
Cuando llego a la tienda, veo a Dan reponiendo productos en la sección de frutas y verduras. Levanta la vista y me saluda con la mano, sonriendo. Me acerco a él, intentando disimular.
—¡Hola, Aurora! ¿Qué tal tu cita de anoche? —pregunta Dan.
Se me encienden las mejillas al darme cuenta de que había olvidado que me crucé con Dan anoche. —Oh, eh, estuvo... bien —balbuceo, evitando su mirada.
Dan levanta una ceja, claramente sin tragarse mi vaga respuesta. —¿Solo bien? Venga, Aurora, te conozco demasiado bien. ¡Cuéntamelo todo!
Jugueteo con el dobladillo de mi camisa, intentando encontrar las palabras adecuadas. —Bueno... nos acostamos —admito.
Dan abre los ojos como platos y se le dibuja una amplia sonrisa en la cara. —¡No me digas! ¡Enhorabuena, chica!
No puedo evitar sonreír ante su entusiasmo, aunque siento una punzada de culpa.
Si supiera que me acosté con el hombre que hizo daño a Charlotte, probablemente me haría internar.
Pero aparto esos pensamientos y me centro en la dicha de haber experimentado por fin la intimidad que llevaba tanto tiempo anhelando.
—Gracias, Dan —digo mientras me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja—. Fue... intenso.
Dan asiente con mirada cómplice. —Lo entiendo. La primera vez engancha mucho. Solo ten cuidado, ¿vale? Asegúrate de que este tío te trate bien.
Trago saliva, y los moretones del cuello parecen latir con sus palabras. —Lo haré —prometo, aunque sé que el peligro es parte de lo que me atrae de Gage.