AURORA
Ayudo a Charlotte a entrar en su apartamento. Mientras se acomoda en el sofá, veo la decepción reflejada en su rostro.
—Lo siento, chicos —dice con voz débil—. Sé cuántas ganas teníais de ir al carnaval esta noche, pero no creo que esté en condiciones.
Dan asiente con expresión sombría.
—No pasa nada, Charlotte. Tu salud es lo primero. Además, creo que es mejor no acercarnos al carnaval hasta que se vayan del pueblo.
Tenía muchas ganas de ir al carnaval en la noche de Halloween, sobre todo si el hombre enmascarado de ojos azules era quien había puesto las cámaras en mi apartamento.
—Probablemente tengas razón —respondo con voz firme—. Quien hizo daño a Charlotte y me acosó seguramente trabaja en el carnaval, si llevaba una de esas máscaras. No es seguro que ninguno de nosotros vuelva allí.
Charlotte me toma la mano y la aprieta con suavidad.
—Lo siento, Aurora. Sé cuántas ganas tenías.
Fuerzo una sonrisa, intentando ocultar el torbellino que siento por dentro.
—Nuestra seguridad es más importante que un simple carnaval.
Pero mientras pronuncio esas palabras, el recuerdo del hombre de la casa embrujada sigue presente en mi mente, y no puedo evitar preguntarme si fue él quien hizo daño a Charlotte. El que puso la cámara en mi casa. Al que le monté un espectáculo subido de tono anoche.
Dan carraspea, rompiendo el silencio.
—¿Y si preparo un té? Nos vendría bien a todos para relajarnos un poco.
Asiento, agradecida por la distracción. Mientras Dan va a la cocina, me acomodo en el sofá junto a Charlotte.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto a mi amiga.
Suspira.
—Bien, solo muy cansada. El médico dijo que el cansancio podría durarme una semana más o menos.
Asiento mientras el silencio se instala entre nosotras. Tengo las emociones hechas un lío. Me siento fatal por haberle contado a Charlotte lo que sentía. Si me lo hubiera callado, esto nunca habría pasado.
Dan vuelve con el té. El calor de la taza me reconforta las manos al cogerla, dándome un pequeño consuelo. Dan y Charlotte charlan sobre el trabajo, el tiempo y los últimos cotilleos, evitando con cuidado cualquier mención del acosador o del ataque.
—¿Te has enterado de lo de la nueva panadería en la calle Main? —pregunta Charlotte.
Dan asiente, esbozando una sonrisa.
—Sí, he oído que sus cruasanes están de muerte. Deberíamos pasarnos algún día.
Intento concentrarme en su conversación, pero mi mente vuelve una y otra vez al carnaval y al hombre que no puedo quitarme de la cabeza.
—¿Aurora? ¿Estás bien? —la voz de Charlotte me saca de mis pensamientos.
Fuerzo una sonrisa.
—Sí, estoy bien. Cansada, supongo.
Dan me mira con comprensión.
—Han sido un par de días muy duros para todos. A lo mejor podríamos organizar una noche de pelis cuando Charlotte se encuentre mejor, para desconectar un poco.
A Charlotte se le iluminan los ojos.
—¡Oh, eso suena perfecto! Podemos pedir pizza y darnos un maratón de comedias románticas cursis.
Asiento, agradecida por la distracción.
—Contad conmigo. Me vendría bien reírme un rato.
Mientras debaten qué películas ver, me invade la culpa. Aquí estoy, fantaseando con un hombre que puede haberle hecho daño a mi mejor amiga, mientras ellos intentan organizar una noche de pelis normal para animarnos.
Carraspeo, consciente de que necesito estar sola cuando me pongo así.
—Gracias por el té, chicos. Creo que me voy a ir a casa a descansar un poco.
Charlotte me mira preocupada.
—¿Segura, Aurora? Podemos ver una peli aquí si quieres.
Niego con la cabeza.
—No, tranquilos. Estoy agotada después de todo lo que ha pasado. Os veo mañana.
Dan me mira comprensivo mientras cojo el bolso.
—Cuídate, ¿vale? Y avísanos si necesitas algo.
Asiento y les doy un abrazo rápido a cada uno antes de marcharme.
El camino a casa transcurre sin incidentes, pero tengo la mente a mil.
Debería hacer caso a las advertencias de Dan y Charlotte, pero una parte de mí no puede olvidarlo.
Una vez dentro de mi apartamento, respiro hondo.
No consigo quitarme de encima la sensación de que me estoy perdiendo algo importante.
Sin pensarlo demasiado, voy a mi habitación y rebusco en el armario. Mis manos se mueven casi solas, sacando un disfraz de Halloween atrevido que había comprado por impulso pero que nunca me había atrevido a ponerme.
Antes de poder echarme atrás, me pongo el disfraz, admirando cómo la tela ajustada se ciñe a mis curvas. El top escotado y la falda corta dejan poco a la imaginación.
Me aplico un maquillaje oscuro que me acentúa los ojos y me da un aire sensual. Apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada desde el espejo.
Respiro hondo, cojo las llaves y salgo, con el corazón latiéndome con fuerza. Las calles están llenas de niños pidiendo caramelos y gente que va hacia el carnaval, todos disfrazados.
A medida que me acerco al recinto del carnaval, las risas y la música llenan el aire, atrayéndome. La adrenalina corre por mis venas, una mezcla embriagadora de miedo y excitación.
Sin dudarlo, me cuelo por las puertas, recorriendo la multitud con la mirada en busca de cualquier señal del hombre enmascarado que no se me va de la cabeza.
Me abro paso entre la multitud del carnaval, con la mirada saltando de un rincón oscuro a otro. La emoción y el miedo que corren por mis venas forman un cóctel embriagador. La idea de encontrar al hombre que lleva días ocupando mis pensamientos resulta excitante.
De repente, un grito rasga el aire y me quedo paralizada. No es el grito típico de alguien asustado por una atracción o un actor de terror. No, este grito es diferente: crudo, primitivo y lleno de auténtico terror.
Veo a un grupo de adolescentes que salen corriendo de una zona en penumbra, con los rostros pálidos y los ojos desorbitados por el miedo. Sin dudarlo, me dirijo hacia el origen de la conmoción.
Al doblar la esquina, lo veo. El hombre que he venido a buscar. Es alto e imponente, de hombros anchos y con un aura amenazante que emana de él. Tiene entre sus brazos a una chica morena aterrorizada, con un cuchillo apoyado en su garganta.
Me quedo paralizada, conteniendo la respiración mientras asimilo la escena que tengo delante. El hombre me da la espalda, pero veo el terror en los ojos de ella.
La chica gime y su cuerpo tiembla mientras intenta liberarse de su agarre. Pero él la sostiene con más fuerza y el cuchillo presiona aún más contra su delicada piel.
Desliza el filo del cuchillo por su mejilla y gruñe:
—Grita para mí. Déjame oírte suplicar por tu vida.
Me quedo allí, hipnotizada por la escena que se desarrolla ante mí.
La voz del hombre, grave y amenazante, me provoca escalofríos por todo el cuerpo.
Es la primera vez que lo oigo hablar y tiene la voz tan profunda.
Me sorprende sentir una punzada de celos mientras él estrecha a la chica contra sí, con el cuchillo presionándole la garganta.
—¿Qué coño...?
Las palabras escapan de mis labios antes de que pueda detenerlas, y veo al hombre quedarse inmóvil, con el cuerpo en tensión.
¿En qué demonios estoy pensando?
Sé lo peligroso que es revelarme ante este psicópata. Está claro que está desquiciado, y está igual de claro que tengo ganas de morir.