CAPÍTULO 6
La lista de reproducción de Riley la estaba sacando de quicio.
Llevaba veinte minutos en el metro, con los auriculares a un volumen lo bastante alto como para ahogar el caos de la hora punta vespertina, pero cada canción parecía diseñada específicamente para ponerla de los nervios.
Las alegres le sonaban frenéticas y fuera de lugar, las lentas la hacían pensar en labios suaves y besos controlados, y las furiosas solo le daban ganas de golpear algo.
Cambió a otra lista de reproducción. Luego a otra. Al final se rindió y se guardó el móvil en el bolsillo, mirando su reflejo en la ventana del túnel oscuro mientras el tren traqueteaba hacia su parada.
Tranquila, Morgan. Solo fue un beso. Probablemente un error. Cosa del momento. Sé profesional.
Llevaba tres días dándose la misma charla motivacional, desde que se había marchado de la impecable casa adosada de Vanessa con la cabeza dándole vueltas y el corazón haciendo piruetas en el pecho.
Tres días intentando convencerse de que lo que había pasado no era tan importante, de que podría volver a ver a Vanessa sin que las cosas se pusieran raras.
Tres días de fracaso épico en ambos frentes.
La verdad era que Riley no podía dejar de pensar en ello.
En cómo Vanessa se había movido con tanta deliberación, tanta seguridad, como si lo hubiera estado planeando desde hacía tiempo.
En el calor controlado de su boca, en cómo sabía a café caro y a algo más que Riley no lograba identificar.
En cómo simplemente se había marchado después, como si no hubiera significado nada en absoluto.
Esa era la parte que realmente le afectaba.
No el beso en sí —aunque, Dios santo, eso había bastado para dejarle el cerebro revuelto durante días—, sino la completa falta de seguimiento.
Ningún mensaje de texto, ningún reconocimiento, ninguna conversación incómoda sobre límites o lo que significaba o si iba a volver a pasar.
Solo silencio. Silencio profesional, caro y perfectamente controlado.
A Riley se le retorció el estómago cuando el tren se detuvo en su parada. Se había pasado todo el trayecto intentando mentalizarse para esta sesión, practicando frases casuales para iniciar conversación y respuestas profesionales ante cualquier rareza que pudiera esperarla.
—Hola, Vanessa, ¿lista para el entrenamiento de hoy? —Normal. Amistosa. Sin mencionar besos.
—¿Qué tal la semana? —Educada. Apropiada. Le da una oportunidad si quiere sacar el tema de lo que pasó.
—¿Deberíamos hablar de lo que pasó en tu casa? —Directa. Probablemente demasiado directa. Podría espantarla.
Para cuando Riley llegó al gimnasio, se había puesto en tal estado que las manos le temblaban de verdad mientras pasaba la tarjeta de acceso. Esto era ridículo. Era una mujer adulta con una reputación profesional que mantener, no una adolescente en plena crisis por su primer beso.
Salvo que no había sido un beso cualquiera, ¿verdad? Había sido como el comienzo de algo que podía ser brillante o joderle la vida por completo.
Riley dejó la bolsa en el vestuario e intentó recomponerse. Profesional. Tranquila. Límites. Podía hacerlo.
Estaba colocando las pesas cuando vio una figura familiar junto a las máquinas de cardio. El corazón le dio ese estúpido vuelco que llevaba días dándole, y tuvo que agarrarse al soporte de las mancuernas para no perder el equilibrio.
Vanessa ya estaba allí. No solo puntual, sino con tiempo de sobra. Estaba en una máquina de remo, moviéndose con intensidad, otra vez castigándose.
Pero había algo diferente en ella. Incluso desde el otro lado del gimnasio, Riley podía ver que la versión casual y casi relajada de Vanessa de la casa adosada había desaparecido.
Esta era la Vanessa Reina de Hielo: pelo recogido en esa coleta severa, espalda tiesa como un palo, cada movimiento afilado y controlado.
Riley la observó un momento, intentando leer su lenguaje corporal. Había algo agresivo en su forma de remar, como si intentara huir de algo. O de alguien.
Mierda.
Riley agarró la botella de agua y se obligó a caminar hacia allí, intentando proyectar una confianza que no sentía en absoluto.
—¿Todo bien? —dijo al acercarse, manteniendo un tono casual y ligero.
Vanessa no redujo la velocidad de la máquina. No levantó la vista. Siguió remando con precisión mecánica, la respiración controlada a pesar del evidente esfuerzo.
—Termino en un minuto —dijo, con voz nítida y profesional. No exactamente antipática, pero tan formal que bien podría haber sido un muro de ladrillos.
Riley se quedó allí un momento, esperando algo más. Una sonrisa, contacto visual, algún reconocimiento de que se habían visto fuera de aquel espacio, de que había pasado algo entre ellas que iba más allá de entrenadora y clienta.
Nada. Vanessa siguió remando, con la mirada al frente como si Riley ni siquiera estuviera allí.
—Vale —dijo Riley finalmente—. Voy a... prepararlo todo.
Volvió a la zona de pesas con la sensación de que la había despachado una secretaria particularmente eficiente. Tenía el pecho oprimido por algo que podría haber sido dolor o confusión o ambas cosas.
¿Qué coño era esto? Hacía tres días, Vanessa la había besado en su salón como si fuera lo más natural del mundo. Ahora actuaba como si fueran completas desconocidas que nunca se hubieran visto fuera del ámbito profesional.
Riley intentó quitarse de encima aquella sensación y centrarse en el plan de la sesión.
Había preparado algo exigente pero no abrumador: trabajo de fuerza de cuerpo completo que requeriría atención y concentración.
Quizá una vez que entraran en el ritmo del entrenamiento, las cosas volverían a la normalidad.
Vanessa terminó el calentamiento y se acercó con la misma zancada controlada que había usado el primer día, pura profesionalidad y cero calidez.
—Lista —anunció, como si estuviera presentándose a filas en lugar de saludar a alguien que le había puesto las manos en las caderas hacía menos de una semana.
—Genial —respondió Riley, igualando su tono a pesar del extraño nudo en el estómago—. Empecemos.
Se lanzó a su introducción habitual de la sesión: explicó el entrenamiento, comprobó si había algún problema o preocupación, se aseguró de que Vanessa se sintiera preparada para el nivel de intensidad que había planeado.
Pero mientras hablaba, captó la mirada de Vanessa y sintió una repentina oleada de valor. O de estupidez. A veces costaba distinguirlas.
—Mira, sobre el otro día... —empezó Riley.
—Centrémonos —la cortó Vanessa, con palabras lo bastante afiladas como para hacer sangre—. Hoy tengo poco tiempo.
El rechazo vino acompañado del tipo de mirada fija que Riley le había visto usar el primer día, cuando trataba sus sesiones como adquisiciones hostiles. Fría. Controlada. Completamente cerrada.
Riley cerró la boca de golpe. Vale. Mensaje recibido, alto y claro.
Comenzaron la sesión en un silencio denso y sofocante.
Nada de la charla fácil que se había desarrollado durante las semanas previas juntas, nada de los pequeños momentos de conexión que se habían ido construyendo entre ellas.
Solo Vanessa siguiendo instrucciones con precisión mecánica y Riley intentando no sentir que había hecho algo mal.
El entrenamiento fue intenso: movimientos compuestos que exigían concentración y coordinación, pesos que retaban sin llegar a abrumar. Pero en lugar de la energía cómplice de sus sesiones recientes, todo resultaba clínico. Transaccional.
Vanessa atacaba cada ejercicio con la misma eficiencia agresiva que había mostrado en la máquina de remo, como si intentara expulsar algo de su cuerpo a base de puro esfuerzo físico.
No apartaba la mirada durante los levantamientos, pero no era aquella conexión intensa y electrizante que Riley recordaba.
Era otra cosa. Algo que se parecía más a un desafío.
Riley se descubrió estudiando el rostro de Vanessa mientras trabajaba, buscando grietas en aquella compostura perfecta, alguna señal de la mujer que la había besado con tanta intensidad calculada apenas unos días antes.
Pero no había nada. Solo respiración controlada, técnica impecable y unos ojos que la traspasaban como si fuera parte del equipamiento.
Durante los descansos, no había conversación.
Vanessa se secaba el sudor, bebía agua, miraba el móvil con los movimientos eficientes de alguien que controla cada segundo de su tiempo.
No preguntaba sobre técnica, no bromeaba con los ejercicios, no participaba en ninguna de esas charlas informales que se habían vuelto habituales entre ellas.
Riley empezó a sentirse como un jodido peón en cualquier juego que Vanessa estuviera jugando. Como si la estuvieran gestionando, manipulando, manteniendo en su casilla con la etiqueta de «solo servicios profesionales».
Era humillante. Y lo peor era que Riley notaba cómo se iba alterando, cómo su calma profesional empezaba a resquebrajarse bajo la presión de que la trataran como a una empleada alguien que la había estado besando hacía tres días.
Intentó mantener su energía habitual de entrenadora —alentadora, correctiva, solidaria— pero todo le resultaba forzado. Como si estuviera interpretando el papel de entrenadora personal en lugar de serlo de verdad.
Vanessa, mientras tanto, ejecutaba los ejercicios con intensidad creciente, esforzándose más de lo necesario, sudando más de lo que el entrenamiento justificaba. Pero había algo mecánico en todo aquello, como si intentara usar el agotamiento físico para no tener que pensar en nada más.
Durante la última serie —press de hombros con el que a Vanessa le temblaban los brazos del esfuerzo— Riley lo intentó una vez más.
—Te estás exigiendo mucho hoy —dijo, acercándose para asistirla en el levantamiento—. ¿Va todo bien?
Vanessa completó la repetición con determinación sombría, dejó el peso en su sitio y se volvió hacia Riley con esa misma expresión impasible y vacía.
—Todo bien —dijo con voz neutra—. ¿Hemos terminado?