Capítulo 7
Alguien que conoce la nieve
El perfil del que nunca parece sospechoso
El lunes amaneció gris, con una cobertura de nubes bajas que habían bajado del Port de la Bonaigua durante la madrugada y que borraban las cimas y comprimían el valle hasta convertirlo en un espacio más estrecho y más opresivo de lo que era con cielo despejado.
Marta llevaba veinte minutos en el cauce del Nere cuando la luz cambió de la penumbra azulada del alba a esa claridad difusa y sin sombras de los días encapotados en alta montaña, una claridad que no proyectaba ni revelaba sino que simplemente hacía visible lo que ya estaba ahí esperando ser visto.
Lo que el equipo forense encontró en el cauce del Nere a las ocho menos cuarto de la mañana era lo que todos en el equipo ya sabían que iban a encontrar desde el momento en que Casamitjana había introducido la varilla la tarde anterior y había descrito la alteración del terreno con esa economía de palabras de los que han visto suficiente como para saber que algunos datos no necesitan adjetivos.
Los restos de dos personas. Enterrados a distintas profundidades en la orilla del río, en una zona que durante los meses de mayor caudal quedaba parcialmente cubierta por el agua y que en enero, con el Nere bajo y con los bordes congelados, quedaba al descubierto con la frialdad específica de los secretos que el tiempo no ha podido destruir porque el tiempo tampoco siempre consigue lo que se propone.
Marta se quedó en el perímetro que Casamitjana había delimitado con cinta amarilla mientras el equipo trabajaba en silencio dentro.
No era una escena que requiriera su presencia inmediata sobre el terreno.
Lo que requería era que alguien con autoridad estuviera ahí, que la cadena de custodia no tuviera ningún eslabón débil, que lo que se levantara de ese suelo llegara al laboratorio con la integridad que necesitaría en un proceso judicial que todavía estaba a meses de distancia pero que empezaba aquí, en este punto exacto del mapa, a las ocho menos cuarto de un lunes gris de enero.
Erik estaba a diez metros detrás de ella, fuera del perímetro, sin el cuaderno que en otras circunstancias habría llevado en la mano.
Lo había dejado en el bolsillo del abrigo, como había prometido.
Marta lo sabía sin mirarlo, de la misma forma que sabía dónde estaba Casamitjana y dónde estaban los dos técnicos auxiliares y dónde estaba Puig, que había llegado a las siete y cuarenta con la cara de alguien que ha dormido tres horas y que ha decidido que eso es suficiente para funcionar porque no hay alternativa.
Llamó al sergent major de la demarcación a las ocho y doce, cuando el equipo forense había completado el primer registro fotográfico del hallazgo y Casamitjana le había confirmado en voz baja los datos preliminares.
La conversación duró siete minutos. El sergent major era un hombre al que Marta conocía de nombre y de tres reuniones de coordinación en Lleida, un hombre de los que entienden lo que se les dice sin necesitar que se lo expliquen dos veces y que tienen el hábito de preguntar solo lo que van a poder usar.
Lo que necesitó en esos siete minutos quedó claro a los dos minutos de conversación y los cinco restantes fueron el proceso de poner en marcha lo que tenía que ponerse en marcha: refuerzos de la Unitat Central de Homicidis de Barcelona, coordinación con la Guardia Civil para los aspectos forestales de la investigación, notificación a la fiscalía de Lleida para el nombramiento de un juez instructor que asumiera el caso con la dimensión que ahora tenía.
Cuando colgó, el valle seguía siendo el mismo valle.
Las nubes seguían bajas. El Nere seguía fluyendo bajo la capa de hielo de los bordes con ese ruido sordo del agua que se mueve bajo la nieve, que es uno de los sonidos más difíciles de escuchar cuando lo que has encontrado a veinte metros de ese agua ha estado allí más tiempo del que nadie había querido calcular.
Puig se acercó a ella cuando colgó.
—¿Cuándo llegan los de Barcelona?
—Esta tarde, si pueden. Mañana por la mañana a más tardar.
Puig asintió con la cabeza de los que procesan las noticias difíciles sin tomarse tiempo para procesarlas porque el tiempo que se toma para procesar es tiempo que no se usa para actuar, y en su experiencia actuar siempre era la mejor respuesta a los momentos en que la situación rebasaba lo que tenías preparado para manejar.
—¿Sigo coordinando aquí?
—Hasta que lleguen los de Barcelona. Luego veremos. —Marta lo miró directamente—. Puig. Lo que ha encontrado esta mañana su equipo es el resultado de trabajar bien en condiciones difíciles. Eso quedará en el expediente.
Puig no respondió a eso. Lo registró con la expresión de quien recibe algo que no había pedido y que no sabe todavía si quiere, y se fue hacia Casamitjana para coordinar el siguiente tramo del trabajo.
Marta se giró hacia donde estaba Erik.
Lo que vio en su cara no era la expresión de un periodista en presencia de una historia grande.
Era la expresión de alguien que está en un lugar donde ha estado antes en términos emocionales, donde la profesión y la persona se separan de la forma en que se separan cuando la historia deja de ser una historia y se convierte en algo que te afecta porque no puedes hacer que no te afecte, porque haberlo intentado habría sido una forma de traicionar algo que tiene más peso que la neutralidad.
Caminó hacia él.
—¿Cuánto tiempo llevan ahí? —preguntó Erik, en voz baja, sin apartar los ojos del perímetro.
—El análisis forense lo determinará. El estado de conservación sugiere temporadas distintas. —Marta esperó un momento antes de añadir—: No son los casos recientes.
Erik procesó eso.
—Los catorce expedientes archivados.
—Dos de ellos, probablemente. El resto está todavía bajo la nieve en puntos que el rastreo tendrá que identificar en los próximos días.
Estuvieron callados un momento, los dos mirando el trabajo del equipo forense en el cauce del Nere con la nieve gris alrededor y las nubes bajas que hacían que el espacio pareciera más pequeño de lo que era, más cercano, más sin escapatoria.
—Esta tarde necesito trabajar —dijo Marta—. Lo del perfil. Tengo una consulta con un psicólogo forense con quien trabajo de forma no oficial. Voy a necesitar que me cuente lo que sabe del entorno laboral de la estación.
—¿Cuándo?
—A las cuatro.
Volvieron a Vielha por la carretera que bordeaba el Nere, sin hablar más de lo necesario para coordinar la tarde, con el sonido de las cadenas sobre el asfalto helado como único ruido aparte del motor, y el valle a su alrededor haciendo lo que hacía siempre, existiendo con la indiferencia particular de los lugares que no han pedido que las historias que ocurren en ellos ocurran en ellos.
La habitación de la pensión a las dos de la tarde olía al café que Marta había calentado dos veces sin terminarse ninguna de las dos.
Los expedientes seguían extendidos sobre la cama, pero en un orden diferente al de la mañana, reorganizados durante las horas intermedias alrededor de una pregunta que había estado tomando forma desde el amanecer y que ahora tenía la densidad suficiente como para ser formulada con precisión.
¿Quién es esta persona?
No el nombre. Eso llegaría por otro camino, a través del análisis del perfil digital de la aplicación y de los testimonios que el rastreo de los próximos días produciría.
Lo que Marta necesitaba ahora era la forma de esa persona antes de tener la identidad, porque la forma la orientaría hacia los lugares correctos y la identidad sola, sin la forma, era una respuesta a la pregunta equivocada.
Llamó a Andreu Prats a las dos y cuarto.
Andreu Prats tenía cuarenta y seis años y era psicólogo forense con consulta en Lleida y colaboración informal con la Unitat de Persones Desaparegudes desde hacía siete años.
No tenía vinculación institucional con los Mossos, que era precisamente la razón por la que Marta lo usaba en los momentos en que necesitaba un análisis que no tuviera que pasar por los filtros del protocolo oficial: Andreu le decía lo que pensaba con la franqueza de quien no tiene un expediente personal que proteger y cuya única obligación era hacia la verdad del análisis.
—Tengo un caso —dijo Marta cuando Andreu respondió—. Necesito una hora de tu tiempo esta tarde.
—¿Qué tipo de caso?
—Depredador serial en entorno de turismo de alta montaña. Período de actividad largo, posiblemente más de una década. Método de contacto evolucionado, del presencial al digital. Conocimiento técnico del territorio que supera al de cualquier visitante ocasional.
Una pausa al otro lado.
—¿Cuántas víctimas?
—Con certeza, cuatro recientes. Con probabilidad, catorce más a lo largo de ocho años. Esta mañana encontramos restos que confirman al menos dos de esos casos más antiguos.
—¿Dónde estás?
—En Vielha. Valle de Arán.
—¿Puedes hacer una videollamada a las cuatro?
—Sí.
—Mándame lo que tienes antes de las tres y media. Todo lo que puedas compartir sin que comprometa la cadena de custodia.
Marta pasó la hora siguiente preparando el resumen para Andreu.
Era un ejercicio que hacía con los casos difíciles y que servía como doble función: preparar al consultor y clarificarse a sí misma, porque el proceso de reducir un caso complejo a sus elementos esenciales para que alguien que no lo conoce lo entienda en quince minutos obligaba a identificar qué era realmente central y qué era ruido que el tiempo invertido en el caso había convertido en aparentemente central.
El perfil del perpetrador que emergía del resumen tenía tres características que Marta había marcado en rojo antes de enviar el documento: primero, el conocimiento topográfico específico del corredor forestal y sus puntos ciegos; segundo, la capacidad para construir confianza con víctimas jóvenes en el vocabulario y los códigos del mundo del esquí; y tercero, la invisibilidad funcional en un entorno de alta densidad turística.