LA GRADUACIÓN #2
—Richard lo hizo de nuevo. —Le respondí, y me asomé por la ventana, viendo los letreros de neón y el desfile de gente abajo—. Esto va a ser una noche para recordar.
En la habitación de al lado, Sara, Mónica y Mika también se preparaban, cambiando la toga por vestidos que sacaron de sus maletas como si hubieran sabido que Las Vegas sería el destino.
Mónica se miró al espejo y bromeó:
—Si esto es una fiesta de graduación, que me gradúen cada año.
Mika, arreglándose el cabello, rio:
—Richard no hace las cosas a medias.
Sara, retocando sus labios frente al espejo, sonrió con ese brillo en los ojos que solo una noche así podía darle.
En el cuarto de Cale, las cosas eran un poco más caóticas.
—¿Por qué me trajeron aquí? —refunfuñaba mientras buscaba una camisa decente—. ¡Esto no estaba en el plan!
—Relájate, Cale —se escuchó la voz de Richard desde el pasillo—. Vas a agradecerme mañana... o bueno, pasado mañana, cuando te pase la resaca.
El descenso a la fiesta
Las dos horas pasaron volando. Nos encontramos en el lobby como un grupo salido de un videoclip: elegantes, emocionados, listos para la noche.
Richard, impecable, les hizo un gesto al staff del hotel que lo esperaba.
—Chicos, esta noche la ciudad es nuestra. Vamos al casino, luego al club, y ya veremos dónde terminamos.
Salimos al bullicio de Las Vegas, y el aire estaba cargado de esa magia que solo se siente cuando sabes que algo grande está por suceder.
El casino nos recibió con luces, risas, sonidos de máquinas, ruletas girando. Todo brillaba, y nosotros con ello.
Jeremy se acercó a una máquina y bromeó:
—Si me saco el premio mayor, pago la universidad.
Mónica lo jaló del brazo, riendo.
—¡No te emociones tanto, millonario!
Sara tomó mi mano mientras caminábamos juntos entre las mesas y las luces.
—Noah... esto es increíble.
La miré y sonreí.
—No es Las Vegas lo increíble. Eres tú.
Y así comenzó la noche: entre apuestas pequeñas, brindis, risas, bailes... una noche que, lo sabíamos, no olvidaríamos jamás.
Las luces del casino nos envolvían, las risas fluían, el sonido de las monedas cayendo en las máquinas era como música de fondo a una noche perfecta. Brindamos, bailamos, el grupo estaba unido, vibrando con la ciudad.
Entonces pasó.
Entre el bullicio, entre el movimiento de la gente, mis ojos se cruzaron con un rostro conocido. Un rostro que no debería estar ahí.
Leah.
Sí. Leah, en Las Vegas. Con un tipo mayor que la tenía tomada de la cintura, vestido con ropa cara, sonriendo como si todo fuera suyo. Ella también me vio. Se congeló un segundo.
Sara, que iba tomada de mi mano, notó el cambio en mi mirada y siguió la dirección de mis ojos.
—Noah... ¿es ella?
Yo asentí, el corazón latiendo fuerte no por amor, no por celos... por el impacto, por la sorpresa.
Jeremy se acercó, preocupado.
—¿Qué pasa?
—Leah... —murmuré—. Está aquí.
Richard, que no perdía detalle, sonrió y me susurró al oído:
—Hermano, esta es tu noche. Ella es el pasado. Déjala en el pasado.
Pero antes de que pudiera dar un paso, Leah se soltó del tipo y caminó hacia nosotros.
—Noah... —dijo, con una voz que mezclaba sorpresa, culpa y nervios.
El grupo se quedó en silencio. Sara se cuadró a mi lado, firme, como siempre.
Yo la miré. Y fue el momento en el que lo decidí.
Le sonreí a Sara, y sin siquiera mirar de nuevo a Leah, tomé a Sara de la cintura y la besé, un beso seguro, un beso de "aquí estoy, aquí quiero estar".
Las luces de Las Vegas, el ruido del casino, el murmullo de la gente... todo desapareció en ese beso.
Cuando nos separamos, Leah ya no estaba. El pasado, de verdad, había quedado atrás.
Richard aplaudió como si fuera el cierre de un show.
—Así se hace, hermano. Así se hace.
Y la noche siguió, con la fuerza de quienes saben que lo mejor está por venir.
El beso con Sara selló algo en mí. Era el punto final que tanto necesitaba para enterrar el pasado. Nos reímos, el grupo aplaudió, y Richard, cómo no, levantó su copa.
—¡Por nosotros, por esta noche, por el inicio de todo lo que viene!
Y entonces... el ruido. El ruido que nadie espera en una noche así.
Un grito. Un choque de mesas. El sonido seco de algo caer.
Volteamos todos. Un tipo corría por el casino, empujando a la gente, llevando un maletín. Detrás de él, un guardia lo perseguía, gritando:
—¡Alto! ¡Deténgase!
El caos se desató. La música paró, las luces parecieron temblar. La gente gritaba, se apartaba, buscaba dónde esconderse.
Jeremy me jaló del brazo.
—¡Noah, vámonos!
Pero fue demasiado tarde. El tipo tropezó cerca de nosotros. El maletín cayó a nuestros pies. El tipo nos miró con desesperación.
—¡Agárrenlo! ¡No dejen que lo cojan! —gritó, y salió corriendo de nuevo, desapareciendo entre la multitud.
Los guardias llegaron y nos vieron junto al maletín. Uno de ellos lo abrió... y lo que había dentro hizo que todo se pusiera peor.
Dinero. Montones de billetes. Documentos. Algo que claramente no debíamos tener cerca.
—¡Quédense donde están! —ordenó el guardia, mientras hablaba por radio—. Tenemos involucrados en el robo.
—¡¿Qué?! —exclamó Richard, alzando las manos—. ¡Nosotros no tenemos nada que ver!
El guardia no escuchaba razones. La seguridad del casino nos rodeaba. Sara, Mónica, Mika, todos nerviosos, intentando explicar que solo éramos unos graduados celebrando.
Papá y mamá, que ya se habían enterado del alboroto, llegaron al lugar. Papá, con esa voz suya que imponía respeto hasta al más terco:
—Soy Dante Benedetti. Esto es un error. Déjennos aclararlo.
Los guardias dudaron. El apellido Benedetti aún pesaba.
Y en ese momento, Richard, con ese don suyo de salir de lo imposible, tomó el control.
—Caballeros, revisen las cámaras. Miren quién soltó ese maletín. No somos ladrones. Somos los Benedetti. Y cuando nos metemos en problemas, es porque ayudamos a resolverlos... no porque los causamos.
La tensión seguía, pero algo en la voz de Richard, en la presencia de papá, en el hecho de que todos nosotros estábamos claramente sorprendidos y asustados, hizo que el líder de los guardias asintiera.
—Muy bien. Los llevaremos a una sala privada. Esto se va a aclarar.
Y así, la noche que comenzó con un beso terminó con nosotros siendo arrastrados a una sala, envueltos en un crimen que no cometimos... pero del que ahora éramos parte.
En la sala privada, las cámaras no tardaron en hablar por nosotros.
El jefe de seguridad, sudando por la vergüenza, negó con la cabeza al ver cómo el ladrón soltaba el maletín cerca de nosotros y salía corriendo.
—Señores... —dijo con voz apenada—. Mil disculpas. Fue un error. Ustedes no tienen nada que ver. Por favor, acepten nuestras disculpas y el agradecimiento del casino.
Papá lo miró con esa calma que impone sin alzar la voz.
—Cuide mejor a su gente. No siempre tendrá la suerte de que sean los Benedetti los que le limpien el lío.
Nos devolvieron al hotel con todas las cortesías. Pero el brillo de la noche ya se había apagado.
O eso creímos.
Porque Richard, apenas cruzamos el umbral de la suite más grande del hotel, con terraza, con vista a las luces infinitas de Las Vegas, alzó los brazos como quien abre las puertas del paraíso.
—¡Que nadie se me desanime! ¡Aquí empieza la verdadera fiesta de graduación!
Marcó al servicio a la habitación como solo él sabía hacerlo:
—Quiero lo mejor que tengan: comida, cervezas, botellas, refrescos. ¡Que suba todo lo que haya en la carta!
En menos de media hora, la suite se transformó en el centro de la celebración. La mesa estaba llena de bandejas con hamburguesas, tacos, pizzas, botanas, vasos y botellas que brillaban bajo las luces cálidas de la habitación.
Papá apareció un momento en la puerta, sonrió al vernos y tomó la mano de mamá.
—Los dejamos. Esto es suyo.
Y se fueron, dándonos ese espacio que todos sabíamos que necesitábamos.
Entonces Richard se frotó las manos y alzó una botella.
—¡Ahora sí! ¡Verdad o reto con toque Benedetti! Y quien se eche para atrás... ¡que se vuelva a la escuela!
Todos reímos. La tensión se disipó como el humo de un cigarro al viento. El juego empezó.
Los retos fueron subiendo: un shot tras otro, bailes en la terraza, confesiones que hicieron a más de uno ruborizarse.
Mika haciéndole cantar a Cale una canción romántica, mientras él se moría de vergüenza.
Jeremy que cargaba a Mónica como princesa mientras daba vueltas en la sala.
Richard desafiando a todos con preguntas incómodas y retos al límite, como solo él sabía hacerlo.
Y yo, perdido en los ojos de Sara, sin necesitar más reto que el de amarla más en ese momento.
Las luces de Las Vegas allá afuera se rindieron ante la luz que salía de esa suite. Porque esa noche, el verdadero espectáculo... éramos nosotros.
La suite era pura risa, calor y complicidad. La botella giraba en el centro, los vasos ya a medio llenar o vacíos, los ojos brillantes, las mejillas encendidas por el alcohol y la emoción.
Richard, sentado sobre el respaldo del sofá como un rey en su trono, tomó el control:
—¡Turno de Noah!
La botella me apuntaba. Todos me miraban, esperando.
—¡Verdad! —dije, queriendo evitar lo que sabía que vendría si elegía reto.
Richard sonrió como solo él podía hacerlo cuando tramaba algo.
—Muy bien, hermano... verdad: ¿Quién de esta habitación es la persona que más podría romperte el corazón si se alejara de tu vida?
Las miradas se cruzaron, el aire se tensó. Mis ojos buscaron a Sara, que ya me miraba, con esa mezcla de dulzura y miedo por la respuesta.
—Sara —dije, sin dudar. Y sentí que todo lo demás desaparecía.
Los aplausos y los "aww" no se hicieron esperar. Sara se inclinó y me besó con ternura, un beso que fue un pacto en silencio.
La botella siguió girando. Le tocó a Mika.
—¡Reto! —dijo, desafiante.
Richard frotó las manos.
—Quiero que declares tu "amor eterno" a Cale de rodillas frente a todos.
La carcajada fue general. Mika, sin perder el ritmo, se arrodilló frente a su hermano y, con tono dramático, dijo: