Mierda, me enamoré de ti PARTE DE LOS DOS #2
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PARTE DE LOS DOS #2

Vi a Sara, sentada con Mika, Mónica, Jeremy, todos riendo, intentando devolverle a la noche la ligereza que se nos había escapado. Pero yo solo veía sus ojos, esos ojos que aún cargaban la sombra de nuestra conversación.

Me acerqué. Y cuando me vio, se quedó quieta, como si esperara lo peor o lo mejor.

—Sara —dije, con la voz que ahora sonaba segura porque el corazón ya había decidido—. Hay algo que entendí.

Ella se levantó despacio, mirándome como solo ella sabía mirar, directo al alma.

—¿Qué entendiste, Noah?

Me acerqué más. Lo suficiente para que solo ella oyera lo que salía del fondo de mí.

—Que no hay nada que deba temer más que no intentarlo. Que la distancia no va a ser lo que nos rompa… si no dejamos que lo sea.

Vi cómo sus ojos se llenaron de emoción, cómo sus labios temblaron apenas.

—¿Eso quieres? ¿Intentarlo?

Asentí, con el corazón latiendo fuerte.

—Eso quiero. Eso somos. Lo que vale la pena. Lo que se pelea.

Ella me abrazó, y en ese abrazo estaba la promesa.

—Entonces lo haremos, Noah. Lo intentaremos. Y vamos a lograrlo.

El grupo nos miró, sonriendo, sin necesidad de palabras. Porque todos entendieron que, aunque el camino fuera difícil, lo habíamos elegido. Y eso lo hacía nuestro.

La noche siguió. Pero yo ya estaba en paz. Porque el amor… el amor había vencido el miedo.

La tarde iba cayendo cuando el rugir del motor elegante del coche de Eric se escuchó llegando a la casa. Todos estábamos aún en ese estado de calma tras la conversación con Sara, el mar, el fuego, los planes.

Mamá se levantó del asiento de la terraza con una mezcla de sorpresa y emoción.

—¡Es Eric!

El auto se detuvo, y ahí estaba él: impecable como siempre, con esa sonrisa suya que podía iluminar un salón entero. Pero esta vez no venía solo.

Del lado del copiloto bajó una mujer que nos dejó a todos sin palabras un segundo.

Piel morena, ojos cálidos, cabello largo y oscuro que brillaba bajo el sol. Tenía un estilo encantador, una elegancia natural, y una mirada que transmitía dulzura y seguridad a la vez.

Eric, orgulloso como pocas veces lo habíamos visto, la tomó de la mano y se acercaron juntos.

—Familia… quiero presentarles a María.

Richard, que pocas veces se quedaba sin habla, soltó una risa nerviosa mientras le daba un codazo a Noah.

—Mira nomás. Creo que por fin vamos a aprender español como Dios manda.

María saludó con una sonrisa que derritió a todos.

—Un gusto enorme. Eric me ha hablado tanto de ustedes que siento que ya los conozco.

Mamá, conmovida, fue la primera en abrazarla, con esa ternura que solo ella sabía dar.

—Bienvenida, hija. Gracias por hacer tan feliz a mi muchacho.

Eric entonces, con ese brillo en los ojos que no le conocíamos, soltó la verdadera bomba:

—Y… bueno, ya que estamos todos juntos, quiero decirles algo más. Nos vamos a comprometer.

La alegría fue inmediata. Abrazos, aplausos, risas. Richard se acercó a María, aún medio embobado.

—Hermana, ya eres parte de esta locura. Prepárate.

María rio, encantadora, y Eric la abrazó por la cintura, feliz, completo.

Y esa tarde, el amor tomó otra forma en nuestra familia. Una que hablaba en dos idiomas y prometía nuevas historias.

La velada con María fue mucho más de lo que cualquiera de nosotros esperaba. La risa fluía natural, las historias iban y venían entre tres idiomas: inglés, español e italiano.

Richard no tardó en intentar coquetear con el español:

—María, ¿cómo se dice “el más guapo de los Benedetti” en español?

Ella, divertida, le respondió:

—Se dice Eric.

Las carcajadas fueron generales, incluso papá y mamá se sumaron, disfrutando de esa chispa que María traía al hogar.

Mamá estaba encantada, hablándole con cariño, preguntando por sus raíces, por su familia. Papá, más observador, sonreía viendo cómo Eric no dejaba de mirar a María como si el mundo se redujera a ella.

La noche avanzó entre recuerdos, anécdotas y planes. Los tres idiomas se entrelazaban como símbolo de lo que éramos: una familia que sabía cruzar fronteras de lengua y de corazón.

Cuando el fuego se apagó y la brisa nocturna nos recordó que el día terminaba, María nos abrazó a todos como si llevara años en la familia.

—Gracias por esta noche. Es un regalo.

Y nos fuimos a dormir sabiendo que ese lazo nuevo estaba ya bien tejido.

El nuevo día: el inicio de las despedidas

La mañana llegó con un aire diferente. El aire de lo que se acaba, de lo que se atesora porque ya tiene fecha de despedida.

Ya no había clases. Solo quedaban los entrenamientos, los últimos, esos que saben a nostalgia.

En el campo, el entrenador de fútbol americano reunió al equipo. Su voz, siempre firme, ahora cargada de emoción:

—No siempre se tiene la suerte de dirigir a chicos como ustedes. Y menos a dos estrellas como Noah y Jeremy. No solo porque ganaron partidos. Porque hicieron de este equipo una familia. Gracias.

Los aplausos fueron sinceros, sentidos. Un nudo en la garganta de todos.

En la cancha de porristas, la entrenadora miraba a las chicas alineadas. Su voz temblaba apenas:

—Cuando el ciclo empezó, nunca imaginé que este equipo lograría lo que logró. Y eso fue por su capitana. Por Sara. Porque unió. Porque guio. Porque demostró que el liderazgo no está en el uniforme, sino en el corazón.

Sara, seria, emocionada, recibió el aplauso de las chicas, incluida Lea, que por primera vez parecía sincera en su mirada.

Y ese día, las despedidas empezaron a sentirse. El inicio del fin. La antesala de la graduación.

El campo estaba vacío. El sol de la tarde caía suave, tiñendo todo de un dorado cálido. Las gradas eran nuestras, como si el mundo nos hubiera hecho un regalo: un instante solo para Sara y para mí.

Ella estaba sentada, con las piernas recogidas, mirando el horizonte del campo que tantas veces había visto llenarse de gritos y gloria. Me acerqué en silencio, con ese cosquilleo en el pecho que solo ella lograba provocar.

—¿Puedo unirme a ti? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Sara sonrió, esa sonrisa que derrite, y asintió. Me senté a su lado, tan cerca que podía sentir su calor, su perfume, su paz.

Me quedé viéndola. Así, sin prisa, como si quisiera memorizar cada detalle.

—¿Sabes? —dije, bajando la voz—. A veces me pregunto qué hice bien para tenerte aquí, así, conmigo.

Ella se sonrojó apenas, y eso hizo que me acercara más, que llevara mi mano a su mejilla, acariciándola con una ternura que no necesitaba palabras.

—Noah…

—Shhh —susurré, pegando mi frente a la suya—. Solo déjame mirarte un poco más. Porque aunque pasen los años, aunque la distancia intente jugarnos en contra, lo que siento ahora, aquí, es lo que quiero sentir siempre.

La besé. Despacio. Con esa mezcla de respeto, amor y deseo que hace que el tiempo se detenga. Sus labios eran el refugio que siempre buscaba sin saber.

Entre beso y beso, le susurré:

—Eres mi sueño, Sara. Y no pienso despertarme.

La tomé entre mis brazos, fuerte pero suave, como quien abraza su mayor tesoro. Y ella, con las manos sobre mi pecho, se dejó llevar por ese momento.

El campo, el cielo, las gradas… todo desapareció. Solo estábamos ella y yo. Y ese amor que, lo sabía, cualquier lectora desearía vivir.

El sol se iba, dejando al cielo teñido de tonos naranjas y violetas. Las gradas, el campo, el mundo entero… todo se borraba salvo ella. Sara.

No sé en qué momento mis manos tomaron su rostro con tanta delicadeza, como si temiera romper un tesoro. Mis pulgares acariciaban sus mejillas, mientras mis ojos se perdían en los suyos.

—Sei tutto quello che voglio, Sara —susurré en italiano, esa lengua que siempre salía de lo más profundo de mí cuando lo que sentía no cabía en el inglés.

(Eres todo lo que quiero, Sara).

Ella lo entendió. Sus ojos brillaron.

La besé de nuevo, más profundo, más real. Y en ese beso estaba mi verdad. Su respiración se mezcló con la mía, sus manos se aferraron a mi camisa, como si ese momento fuera todo lo que necesitáramos para vivir.

—Non c'è distanza che possa spezzare questo —dije entre beso y beso, con la voz temblando de emoción.

(No hay distancia que pueda romper esto).

Su frente se apoyó en la mía, los dos jadeando suavemente, perdidos en ese instante eterno.

Y entonces lo sentí. Lo supe. Ya no había espacio para guardármelo.

Le aparté un mechón del rostro y, mirándola como nunca antes, dejé que saliera.

—Ti amo, Sara. Ti amo davvero.

(Te amo, Sara. Te amo de verdad).

Ella se quedó sin aire un segundo. Lo vi. Lo sentí. Y entonces sus labios buscaron los míos, con más pasión, con más entrega, con todo.

El viento se llevó nuestras risas suaves, nuestros susurros. Y allí, en esas gradas vacías, fuimos solo dos almas que se encontraron y decidieron no soltarse.

Porque el amor, el verdadero amor, estaba dicho. Estaba hecho.

La noche había caído por completo cuando la llevé a casa. El camino fue tranquilo, pero el aire entre nosotros estaba cargado de esa electricidad que deja el amor recién confesado.

Aparqué frente a su casa, y antes de que bajara, tomé su mano. La besé despacio, como si fuera lo más valioso que había tocado en el día.

—Ti amo, Sara —le dije otra vez, mirándola con el alma en los ojos.

Ella sonrió, esa sonrisa que ya sabía que iba a ser mi ancla cuando las cosas se pusieran difíciles.

—Y yo a ti, Noah.

La vi entrar a su casa y me quedé un momento, respirando hondo, grabando ese instante, ese “te amo” que había cruzado el aire entre nosotros.