Mierda, me enamoré de ti LA DUDA #3
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LA DUDA #3

El avión despegó, y desde la ventanilla vi cómo nuestra ciudad se hacía pequeña, mientras el sueño se hacía grande.

Al llegar al campus, la realidad superó todo lo que había imaginado. Las instalaciones, los campos, los salones... era un mundo nuevo, enorme, lleno de posibilidades.

Un guía del equipo nos mostró el plan de estudios, las metas deportivas, las expectativas. Nos habló de horarios, de exigencias, de la disciplina que se esperaba de nosotros.

Jeremy y yo nos miramos, y sin decir nada, supimos que ese era nuestro lugar.

Y en mi mente, una imagen: la de Sara, sonriendo, diciéndome te quiero, dándome fuerza a la distancia.

Esto, sí... era apenas el comienzo.

Stanford no era solo un campus. Era un mundo. Cada edificio, cada pasillo, cada campo tenía esa grandeza que solo los lugares donde nacen las leyendas pueden tener.

Jeremy y yo caminábamos en silencio, no por falta de palabras, sino porque el asombro nos llenaba por dentro.

El guía, un exjugador del equipo convertido en mentor, nos iba mostrando todo:

—Aquí están los dormitorios de los atletas. Tienen todo lo que necesitan: gimnasio propio, salas de estudio, áreas de descanso.

Pasamos frente a la biblioteca, y me detuve un segundo a mirar sus enormes ventanales.

—Ahí es donde pasarán noches largas antes de los exámenes —bromeó el guía, con una sonrisa cómplice.

Llegamos al campo. El lugar donde los sueños se jugaban en cada partido. El césped era perfecto, las gradas imponentes, el aire olía a desafío.

—Aquí entrenamos. Aquí se hacen los campeones.

Jeremy me dio un codazo, con esa mirada suya de hermano, este lugar es nuestro.

—Y aquí vamos a escribir historia —dije, convencido.

El guía nos mostró también el plan de estudios:

—Como atletas becados, tienen que mantener el rendimiento académico. Las clases son exigentes, pero aquí hay apoyo para ustedes. Tutores, horarios flexibles, todo lo que necesitan para cumplir en ambos campos: el académico y el deportivo.

Nos habló de metas:

—La expectativa es alta. Queremos campeonatos. Queremos excelencia. Pero, sobre todo, queremos hombres que sean ejemplo dentro y fuera del campo.

Al final del recorrido, nos dejó solos en el campo. Me senté un momento en el césped, mirando el cielo californiano.

—Lo logramos, Jeremy. Aquí empieza todo.

Él se sentó a mi lado, serio, emocionado.

—Y lo vamos a hacer juntos. Como siempre.

En mi cabeza, la imagen de Sara otra vez. Su sonrisa. Su fe en mí. Su amor. Y supe que todo lo que venía lo haría pensando también en ella.

El primer entrenamiento en Stanford fue como soñar despierto. El campo, los entrenadores, la intensidad... todo lo que alguna vez imaginé, ahora estaba frente a mí. Jeremy y yo corríamos, pasábamos, entrenábamos como si el mundo nos mirara.

—Hermano —me dijo mientras nos quitábamos los cascos al final—, estamos donde debemos estar.

—Y esto es solo el principio —le respondí, jadeando pero feliz.

La primera noche en el campus fue mágica. El silencio del lugar, las luces suaves de los edificios, las nuevas habitaciones que pronto serían nuestro hogar. El futuro estaba ahí, a la vuelta de la esquina.

Pero la vida, como siempre, tenía un giro listo.

El baile de primavera (antes de Stanford definitivo)

La escuela, que había pospuesto su baile de invierno por los líos económicos, al fin pudo realizarlo, ahora bajo el nombre de Baile de Primavera. El gimnasio estaba decorado de luces, flores y esa ilusión que solo las noches de baile traen.

Todo iba bien. Los chicos, los amigos, las bromas, las fotos. Sara, a mi lado, tan hermosa que el mundo podía caerse y yo no lo notaría.

Hasta que él apareció. El mismo que me había quitado a Leah, ahora tenía el descaro de acercarse a Sara, de invadir ese espacio que no le correspondía.

El aire me ardió en el pecho. Ni palabras esperé. Solo vi su sonrisa provocadora y los golpes llegaron como tormenta.

El caos fue inmediato. Las luces, la música, todo quedó opacado por el ruido de la pelea. Puños, empujones, gritos.

Sara me tomó del brazo, con esa voz que aún podía calmar mis demonios.

—Noah, basta. Por favor. No caigas en esto.

Supe que tenía razón. Me detuve, jadeando, con la sangre hirviendo, pero la razón volviendo.

Mis amigos nos rodearon, sacándome de ahí antes de que la ira hiciera más daño. Jeremy, Mika, Mónica, todos apoyándome, protegiéndonos.

Y entonces el prefecto:

—¡Benedetti! Esto es imperdonable. Le informaré a Stanford. Tu beca está en riesgo.

Lo miré. Y por primera vez, reí.

—¿Beca? No tengo beca, señor. Mi lugar en Stanford no depende de un papel. Mi carrera la pago yo. Así que búsquese otra amenaza.

El prefecto, mudo de rabia, nos vio alejarnos mientras Sara, tan digna como siempre, lo miraba con desprecio.

—Mañana mismo hablo con el director. Esto no se queda así —dijo.

Nos fuimos. Al único lugar donde la paz siempre nos encontraba: la playa.

La brisa calmó la sangre caliente. La arena fue testigo de nuestras risas, de las historias del primer entrenamiento en Stanford, de los sueños compartidos bajo el cielo.

Ahí, con Jeremy, Sara, Mika y Mónica, supe que esa noche sería un recuerdo que el tiempo no borraría.