CARTA DE AMOR #2
El partido había terminado, las gradas comenzaban a vaciarse, pero la tensión en el aire era más densa que nunca. A un costado del campo, en ese espacio donde las luces ya empezaban a apagarse, las voces subieron de tono.
Mika y Leah. Frente a frente. Las palabras cruzadas se hicieron insuficientes.
El primer empujón vino de Mika. La rabia la cegaba.
—¡Eres una cualquiera! ¡Vienes a robar lo que no es tuyo!
Y Leah, que no era de quedarse callada, respondió.
—¡Lo que no es mío? Lo que tú nunca supiste valorar, Mika.
El sonido fue brutal. Un jalón de cabello, un grito ahogado. Las uñas de ambas dejaron marcas en brazos, en mejillas. El caos. Las porristas se dispersaron, los chicos del equipo se giraron, sorprendidos.
Yo quise intervenir. El instinto de protegerla me quemaba. Pero Jeremy me sujetó del brazo.
—¡Noah, no! ¡No caigas otra vez! ¡No lo arruines por ella!
Yo forcejeaba, mi corazón latía desbocado. Las vi: Mika con el cabello revuelto, con la furia en los ojos; Leah, defendiéndose, su rostro encendido por la rabia, pero sin soltar su dignidad.
Y entonces, como un trueno, la voz de Sara.
—¡BASTA!
Su figura se alzó entre todas. La capitana. Nuestra reina del control. Se acercó directo a Mika, sin titubeos.
—¿Sabes qué, Mika? ¡Ya estoy harta de tus estupideces! Lo que hiciste en las vacaciones no tiene nombre. Lo que eres... lo que hiciste... ¡te vendiste al primero que te ofreció un trago! Y ahora vienes aquí a arrastrar a todos en tu caos.
Mika la miró, congelada.
—Sara...
—¡Cállate! ¡No quiero tus excusas! La próxima, Mika, la próxima vez que armes un circo como este... ¡quedas fuera del equipo! Fuera. Y créeme que lo haré. Porque lo único que haces es manchar lo que con esfuerzo hemos construido.
Mika respiraba agitada. Pero no dijo nada. La humillación la había desarmado.
Leah, aún con el cabello alborotado, se mantuvo firme. Y entonces, como si el universo quisiera cerrar la escena, la lluvia empezó a caer. Fina. Lenta. Apagando el calor de la pelea.
Jeremy soltó mi brazo.
—¿Lo ves? Sara puede más que nosotros juntos.
Yo solo respiré hondo. Porque esa noche, aunque el campo se vaciaba, el verdadero partido se había jugado ahí. Y Sara, Sara había marcado el gol definitivo.
La pelea había dejado marcas. No solo en la piel, sino en el ambiente. El director no tardó en tomar cartas en el asunto: Mika, suspendida por una semana. El informe fue claro: ella empezó.
Ese mismo día, cuando el campo por fin quedó en silencio, yo me acerqué a Leah. La vi frotándose el brazo, disimulando el dolor.
—¿Estás bien? —le pregunté, la voz suave, el corazón apretado por la preocupación—. ¿Te duele? ¿Quieres que vayamos a que te revisen?
Leah suspiró, los ojos aún brillantes por la rabia.
—Noah, estoy furiosa. Pero no por los golpes... —hizo una pausa, tragando saliva—. Es porque me di cuenta de que puedo plantarme frente a alguien así. Todo este tiempo me dejé pisotear en mi antigua escuela... y hoy, hoy entendí que no debía haberlo permitido.
Yo solo la miré, con un orgullo silencioso.
La acompañé hasta su casa, el trayecto lleno de miradas, de ese cariño que crecía con cada paso. Nos despedimos con un beso que supo a calma, a promesa de más.
Y esa noche, en mi habitación, volví a sumergirme en el proyecto de mi padre, las cifras, los códigos... Pero la imagen de Leah, su fuerza, su valentía, me distraían.
Al día siguiente: el golpe del pasado
El aula estaba iluminada por el sol de la mañana. Yo estaba ansioso por verla entrar, por volver a ver su sonrisa. Y entonces, la puerta se abrió.
Y el infierno se desató.
Allí estaban. Él y ella. El exnovio. La traidora. Los agresores de Leah.
Vi cómo la sangre se le fue del rostro. Sus ojos abiertos de par en par. El temblor de sus manos.
—Leah... —susurré, pero ella no reaccionaba.
Me levanté de un salto, crucé el salón, la tomé de la mano y la saqué de allí.
La enfermera fue clara: ataque de pánico. Llamaron a sus padres. Vinieron de inmediato, la abrazaron, la envolvieron en seguridad y se la llevaron.
Yo me quedé allí, helado. Inútil. Lleno de preguntas y de rabia.
El final del día: la batalla inesperada
La rutina escolar se arrastró como un castigo. Jeremy fue el primero en saberlo todo. Durante el entrenamiento intenté concentrarme, pero era imposible. Y al salir...
Jeremy no estaba.
Lo busqué. Y entonces lo vi.
En las gradas. Peleando. Con él. Con el maldito ex de Leah.
Y Mika... Mika se trenzaba en golpes con la otra. La furia en sus ojos, la rabia desbordada.
Me quedé paralizado. Era como un mal sueño. Pero reaccioné. Corrí.
—¡Basta! ¡Deténganse! —grité, interponiéndome entre ellos, separando cuerpos, deteniendo puños.
Jeremy respiraba agitado.
—Noah... no iba a dejar que hablaran así de Leah.
Y Mika, despeinada, con un hilo de sangre en el labio, escupió las palabras que nadie esperaba.
—¡La única que puede molestar a Leah soy yo! ¿Entendido?
El silencio fue brutal. Un instante que lo dijo todo.
Y allí estábamos. Un equipo, un caos, un comienzo de algo nuevo.
Leah y Mika volvieron a entrar a la casa. Yo me hice el desentendido, aunque estaba claro que había estado asomado a la ventana viéndolas conversar en el patio.
Leah se cruzó de brazos, con esa media sonrisa traviesa que tanto me gustaba.
—¿Tu nuevo deporte favorito es espiarme o qué, Noah?
Yo levanté las manos en señal de rendición, conteniendo la risa.
—Lo confieso, señorita detective. Sí, me dedico a eso... solo cuando la vista vale tanto la pena.
Leah se sonrojó un poco y negó con la cabeza, divertida.
Entonces me acerqué, más serio.
—¿Todo bien? ¿Quieres tiempo? ¿Quieres que hablemos de lo que pasó... de ellos?
Ella suspiró, jugando con un mechón de su cabello ondulado.
—Noah... estoy bien, de verdad. Solo fue un golpe al corazón ver a dos personas que en su momento fueron todo para mí, y luego... bueno, ya sabes. Lo destrozaron sin piedad.
Antes de que pudiera decir algo más, Mika alzó las manos con ese brillo en los ojos que anunciaba travesura.
—¡Ya sé! ¿Y si hacemos una pijamada? Para celebrar que no nos rompimos la cara allá afuera.
Yo arqueé una ceja.
—¿Una pijamada? ¿En serio, Mika?
—¡Sí, Noah! ¡Anímate! —saltó Leah, dándome un codazo suave—. Vamos, podría ser divertido.
Y así, sin darme cuenta, estaba atrapado. Los padres de Leah lo aprobaron encantados, felices de ver a su hija sonreír. Nos surtieron de pizzas, botanas y hasta helado.
La sala quedó llena de cojines y mantas. Y claro, a alguien ( Mónica, seguramente ) se le ocurrió la brillante idea:
—¡Veamos terror! ¡Que se arme con La Monja!
Y allí estábamos: Jeremy, Mónica y Leah muertos de risa cada que saltaba en la pantalla esa cara demoniaca. Y Mika, pegada a mi brazo, igual de asustada que yo.
—Genial —murmuré, encogiéndome en el sillón cuando se apagaron las luces en la película—. De todas las películas, La Monja.
Mika me miró, los ojos como platos.
—Noah, si gritas, grito contigo.
—Trato hecho —le dije, mientras las carcajadas de los otros tres llenaban la habitación.
Y así, entre sustos, bromas y demasiada pizza, la noche se volvió mágica a su manera. Un recordatorio de que, a veces, incluso después del caos, la vida nos regala momentos de risa y paz.
Miedo entre otras cosas
La madrugada nos envolvía en un silencio que solo rompían las respiraciones acompasadas de quienes, agotados de tanto reír, habían caído rendidos sobre los cojines y las mantas esparcidas por la sala.
Las luces de la televisión parpadeaban en negro; la película había terminado hacía un buen rato, pero nadie se molestó en apagarla.
Me desperté sin saber bien por qué. Tal vez fue un suspiro, tal vez el eco de un recuerdo, o tal vez el vacío. Miré a mi alrededor: Jeremy roncaba suavemente, Mónica acurrucada contra una almohada, y Mika... Mika dormía tranquila, o eso parecía.
Pero Leah... Leah no estaba.
El hueco donde había estado su manta me pareció de repente demasiado frío. El corazón me dio un brinco. Me incorporé con cuidado, procurando no hacer ruido, y empecé a recorrer la casa en penumbra.
—Leah... —susurré, pero no hubo respuesta.
Pasillo tras pasillo, miré por la cocina, el patio, incluso me asomé a la ventana por si acaso. Nada. La brisa nocturna me golpeó el rostro, y por un segundo el miedo me invadió.
¿A dónde había ido? ¿Por qué se había ido?
Me quedé un momento allí, de pie en medio de la oscuridad, con el peso de la incertidumbre oprimiéndome el pecho. La noche parecía más larga de lo que era, y el silencio... el silencio dolía.
Y así, con la casa dormida y mi mente llena de preguntas, el capítulo se cierra: con un Noah buscando en la noche lo que el corazón no puede perder.