CAPÍTULO 12
Las grietas del silencio
Sentí un golpe seco en el pecho. Esa marca no podía estar en el diario por casualidad.
—Emma… —susurré. El nombre salió cargado de una mezcla de dolor, incredulidad y esperanza.
Y mientras lo decía, lo entendí: Emma había visto este diario.
“Era su diario” Lo había tocado. Se había relacionado, de algún modo, con todo esto…
antes de desaparecer. Entonces, ¿qué era exactamente lo que me estaba persiguiendo?
¿Una persona? ¿Un imitador? ¿Una sombra sin rostro?
¿O una historia que había empezado mucho antes de que yo la conociera?
Me levanté bruscamente. Tenía que moverme.
Pensar andando. Respirar en espacios abiertos, aunque fueran tan húmedos y fríos como este Londres que parecía oprimirme más cada día.
Cogí el diario, lo metí en la chaqueta y salí al pasillo del edificio.
Pero antes de que cerrara la puerta de mi piso, lo sentí otra vez.
Ese olor. Tinta vieja. Papel húmedo. La marca silenciosa de algo que se mueve sin hacer ruido.
Me giré. El marco de la foto que había caído anoche estaba ahora…
de pie. De vuelta en su sitio. Perfectamente alineado.
Como si nunca hubiera caído. Como si alguien —o algo— hubiera entrado mientras dormía y lo hubiera colocado con una precisión casi obsesiva.
Un sudor helado me recorrió la espalda. Ya no se trataba de un indicio.
No se trataba de paranoia. Ni de coincidencias.
Había una presencia. En mi casa. En mis pasos.
En mis pensamientos. Y quizá también en la sombra de Emma.
Respiré hondo, apagué la emoción y dejé que emergiera algo más frío, más útil: determinación.
Tenía que seguir el rastro. Tenía que entender qué significaba ese símbolo.
Y tenía que averiguar por qué alguien quería que yo lo viera.
Porque una cosa era evidente: Emma me estaba diciendo algo.
Desde donde fuera que estuviera. Desde lo que fuera que la retenía.
Y yo iba a encontrarla. Aunque tuviera que seguir la huella del eco hasta el corazón más oscuro de Londres.
El mundo giró levemente. El frío se volvió más intenso.
Y una pregunta me atravesó como un cuchillo: ¿Emma había estado allí?
¿Esa misma noche? ¿O esa misma mañana? No.
No podía ser. Ella estaba desaparecida. Desaparecida de forma completa, inexplicable, imposible de rastrear.
A menos que… a menos que no estuviera escondiéndose de mí, sino de algo más.
O de alguien más. Tragué saliva y guardé el papel en el bolsillo interior de mi chaqueta, junto al diario.
Ambos parecían calientes, como si irradiaran una energía que no era física.
Entonces escuché pasos detrás de mí. Dos, luego tres.
Pausados. Firmes. Pesados. Me giré. Y lo vi acercarse por el borde de la plaza: Halloway.
El abrigo negro, el rostro cansado, el caminar de alguien que carga demasiados secretos.
Pero lo que me hizo tensar el cuerpo no fue su presencia.
Fue su expresión. No era sorpresa. No era molestia.
No era profesionalidad. Era algo mucho peor: reconocimiento.
Como si supiera exactamente qué había encontrado y por qué estaba allí.
—Michael —dijo con voz baja, controlada—. Tenemos que hablar.
Halloway se detuvo frente a mí con ese modo suyo de ocupar espacio sin alzar la voz.
El viento que cruzaba la plaza hacía crujir las ramas del árbol viejo, creando una banda sonora de huesos secos rozándose entre sí.
—¿Qué haces aquí, Michael? —preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.
Guardé silencio. Tenía el papel en el bolsillo, todavía caliente, como si la tinta recién escrita siguiera respirando.
Halloway me observó con los ojos entornados, como si quisiera descifrar qué parte de mí sabía demasiado y cuál seguía a oscuras.
—Has estado revisando cosas que no deberías —continuó.
Mi mandíbula se tensó. —Emma estuvo aquí —solté.
Un músculo se movió bajo la mejilla del inspector.
Pequeño. Controlado. Pero visible. Era la primera confirmación involuntaria que había conseguido desde que empezamos a hablar de Emma.
—No digas eso —contestó, casi en un susurro.
—Lo sé. —di un paso hacia él—. Sé que estuvo aquí.
Desde hace días, desde antes de desaparecer.
¿Cuánto tiempo lo sabías tú? Halloway apartó la mirada un instante, como si observar el horizonte húmedo y gris le diera unas milésimas de segundo más de control.
—Hay cosas que no entiendes, Michael. —Haz que las entienda.
Su silencio fue peor que cualquier amenaza.
Finalmente se frotó las manos, gesto extraño en él.
El inspector Halloway no era un hombre nervioso.
Nunca lo había visto inseguro. Hasta ahora.
—Emma Watson… —empezó a decir, con una lentitud casi dolorosa— …
no es la única persona que ha dejado rastros como este.
Sentí un golpe en el estómago. —¿A qué te refieres?
Halloway suspiró, un suspiro tan cargado de cansancio que parecía arrastrar años enteros de peso.
—Ese símbolo —dijo—. Las tres líneas. La barra horizontal.
No es nuevo. No es suyo. Es algo… que se repite.
Miró el árbol, como si imaginara todo lo que ese lugar había visto antes de nosotros.
—En 2012 —continuó—, apareció en otro caso.
Una mujer de 29 años. Maestra también. Y el mismo símbolo apareció en su diario, en una nota oculta, incluso en su taquilla.
Como si alguien lo hubiera colocado para que la policía lo encontrara tarde.
Demasiado tarde. Mi piel se erizó. —¿Qué pasó con ella?
—pregunté. Halloway no respondió de inmediato.
Ese silencio lo decía todo. —Desapareció —admitió al fin—.
Nunca fue encontrada. Mi respiración se volvió más pesada.
Las piezas, aunque incompletas, empezaban a encajar con una violencia aterradora.
—Y no solo fue ella —prosiguió—. Hay otros casos.
Otras mujeres. De profesiones distintas, edades distintas…
pero todas con ese patrón. Todas con ese símbolo apareciendo donde no debería.
Todas con notas, mensajes, advertencias.
Mi voz salió ronca: —¿Y los investigadores?
¿La policía? ¿Tú? Los ojos de Halloway se movieron hacia mí como si cargaran un secreto desagradable.
—Todos chocamos con lo mismo —respondió—.
Con algo que no se puede nombrar en un informe.
Algo que no se puede justificar en un tribunal.
Algo que no sigue ninguna lógica criminal conocida.
Me acerqué un poco más. —¿Eso es lo que crees que está persiguiendo a Emma?
Halloway negó lentamente con la cabeza. —No.
Lo que está detrás de Emma… no persigue.
Elige. Un escalofrío me recorrió entero.
—¿Qué significa eso? —Que si has llegado hasta aquí —dijo, con voz grave— … ya estás dentro también.
Mis dedos volvieron a tocar el papel en el bolsillo, temblando.
La letra de Emma. El símbolo. La advertencia.
“No me sigas.” Demasiado tarde. Ya no estaba siguiéndola.
Estaba entrando en el mismo camino que ella recorrió antes de desaparecer.
Un camino que Halloway conocía. Un camino del que nadie regresó jamás.
—Dame toda la información —le exigí. Halloway me sostuvo la mirada.
Sus ojos estaban marcados, cansados, pero había una sinceridad brutal en ellos.
—Michael —dijo en voz baja, casi paternal—, si sigues adelante, nada volverá a ser igual.
Ni para ti… ni para ella. Sentí un nudo en la garganta.
—No tengo elección —respondí. Halloway cerró los ojos un instante, como si lamentara la respuesta que acababa de escuchar.
—Entonces esta noche… —susurró— …te mostraré lo que nadie quiso ver.
Halloway se alejó unos pasos de mí, como si necesitara poner distancia entre lo que estaba a punto de decir y el hombre que debía escucharlo.
El viento atravesó Brereton Square y levantó un remolino de hojas húmedas que sonaron como un susurro rasgado.
Ese tipo de sonido que hace la ciudad cuando quiere advertirte…
o cuando quiere esconder algo. —Esta noche —repitió— te mostraré lo que nadie quiso ver.
Había peso en esas palabras. Peso real. Peso peligroso.
El tipo de peso que te cambia la vida. Pero antes de que pudiera responder, un ruido cortó la quietud de la plaza.
Un golpe metálico. No fuerte. No escandaloso.
Pero lo justo para helar la sangre. Ambos giramos hacia el origen del sonido.
La farola más cercana parpadeó dos veces y luego quedó fija, iluminando un objeto pequeño en el suelo.
Algo que no estaba allí cuando llegué. Halloway tensó la mandíbula.
Yo avancé antes que él. Era un colgante.
Un colgante que conocía demasiado bien. Una pequeña pieza ovalada, color cobre, con una forma irregular como si hubiese sido moldeada a mano.
Le di la vuelta con cuidado. Y sentí el golpe en el pecho.
Dentro había una diminuta inicial grabada: E.
Emma. Mi respiración se rompió. —¿Cómo…?
—susurré. Pero la pregunta se evaporó antes de terminar.
Porque, en ese mismo instante, los dos escuchamos otro sonido.
Dudoso. Inquietante. Como pasos. Pero no pasos de una sola persona.
Pasos suaves, múltiples, desordenados. Como si varias figuras caminasen en la oscuridad, alrededor de nosotros, sin querer mostrarse todavía.
Halloway dio un paso hacia atrás y murmuró con una voz apenas audible: —No puede ser…
Yo levanté la vista. Y allí estaban. Figuras.
Siluet as apenas distinguibles entre la neblina.
Tres. Cuatro. Quizás cinco. Quietas. Observando.
Sin forma definida. Sin rostro. Y cuando la farola volvió a parpadear, una de las figuras avanzó un paso.
Su sombra no se extendió. No proyectó ninguna forma.
Nada. Vacío. El Hombre Sin Sombra. O uno de ellos.
No es uno. No es un hombre. Es un patrón.
Un eco. Multiplicado. Mis músculos se tensaron instintivamente, mientras el aire se volvía más denso, casi irrespirable.
Halloway puso una mano en mi brazo, como si quisiera evitar que hiciera algo inútil.
—Michael —susurró con urgencia—. Escúchame.
Estas cosas no persiguen… se acercan cuando ya has sido elegido.
La silueta más cercana inclinó ligeramente la cabeza.
Un gesto casi humano. Casi amable. Pero sin vida.
Su voz llegó como un viento que no soplaba desde ninguna parte: —Michael…
La misma voz. La misma cadencia. La voz de Emma.
Me quedé paralizado. Un hilo de terror y esperanza me desgarró por dentro.
Halloway apretó mi brazo con fuerza. —No respondas —ordenó con un tono grave—.
No es ella. Nunca respondas cuando usen su voz.
Pero la silueta dio otro paso. Y entonces, sin previo aviso, el colgante en mi mano empezó a calentarse.
No como un objeto metálico. Como algo vivo.
Una luz mínima, ínfima, como el latido de una luciérnaga atrapada, se encendió dentro del colgante.
Y las figuras se detuvieron. Todas. Como si estuvieran…
reaccionando. Halloway retrocedió aún más.
—Michael… ¿qué llevas ahí? No pude responder.
La pequeña luz dentro del colgante palpitó de nuevo.
Y entonces, las figuras sin sombra hicieron algo que jamás había visto hacer a ningún ser humano: retrocedieron todas al mismo tiempo.
Un paso. Dos. Tres. En silencio. Sin romper su alineación.
Si n variar su cadencia. Hasta que desaparecieron entre la neblina.
Como si nunca hubieran estado allí. Como si el colgante…
las hubiera obligado a retirarse. El silencio que quedó fue antinatural.
De esos que no entiendes hasta que estás dentro.
Halloway se acercó a mí con los ojos abiertos, llenos de una mezcla de miedo y sorpresa que jamás le había visto.
—Michael… —dijo en voz baja, casi temblorosa—. Ese objeto… no debería existir.