CAPÍTULO 2 #2
Esa tarde, al volver al depósito, me esperaba un hombre junto a la oficina de control.
Alto, corpulento, abrigo largo, sombrero oscuro.
Su rostro tenía la rigidez de quien ha visto demasiado.
—¿Michael Rowe? —preguntó con voz grave.
—Sí. —Inspector Holloway. Trabajo con la empresa en temas de seguridad.
¿Podríamos hablar un momento? Su tono no pedía permiso.
Me condujo a una sala pequeña, sin ventanas, iluminada por una bombilla amarilla que zumbaba con insistencia.
—No se preocupe —dijo mientras dejaba su sombrero sobre la mesa—.
No está acusado de nada. Pero hemos recibido un aviso anónimo.
—¿Un aviso? ¿Sobre qué? —Sobre usted. Y una pasajera.
El corazón se me detuvo un segundo. Intenté parecer tranquilo.
—No sé de qué me habla. Holloway me observó en silencio, evaluándome como quien mide el pulso de una mentira.
—A veces los conductores olvidan que las cámaras también observan lo que no deberían.
—¿Está insinuando algo? —No. Solo verifico.
El aviso decía que mantiene contacto con una mujer que ya no aparece en su ruta.
Que usted sigue buscándola. Me quedé quieto.
Por dentro, el aire empezó a faltar. —No he hecho nada inapropiado.
—No he dicho eso. Pero dígame, ¿reconoce este nombre?
—Sacó una hoja de su carpeta—: Emma Clarke.
El sonido de su voz al pronunciar su nombre me heló.
Era la primera vez que alguien más lo decía.
Tragué saliva. —Sí. La conozco. Era una pasajera.
—¿Era? —Ya no sube. —¿Sabe por qué? Negué con la cabeza.
Holloway asintió lentamente, como si esperara esa respuesta.
—Le haré llegar un informe en unos días.
Mientras tanto, procure mantener la calma.
Y si vuelve a verla… —¿Qué debería hacer?
—Nada —dijo, levantándose—. A veces, lo que creemos encontrar nos está buscando a nosotros.
Salió sin despedirse. El eco de sus pasos resonó largo rato por el pasillo.
Esa noche, el apartamento se sintió más pequeño.
Encendí una lámpara tenue y abrí el cuaderno donde solía anotar pensamientos dispersos.
Quise escribir, pero no pude. El bolígrafo se deslizó solo, dibujando una palabra que no recordaba haber escrito nunca: Emma.
De pronto, una corriente de aire movió las cortinas.
El móvil vibró sobre la mesa. El mismo número desconocido.
Un nuevo mensaje: “No le digas a nadie que me buscabas.” Sentí un nudo en la garganta.
Me acerqué al espejo del salón. Durante un segundo, juraría que había alguien detrás de mí.
Una silueta, apenas un parpadeo. Cuando me giré, no había nadie.
Solo el reflejo de mi propio miedo devolviéndome la mirada.
No dormí aquella noche. Me pasé horas mirando el móvil, esperando un nuevo mensaje, una explicación, algo que devolviera coherencia al ruido que me habitaba.
Pero lo único que oí fue el golpeteo de la lluvia contra el cristal, repitiendo su letanía constante.
A las seis y media, cuando ya clareaba, decidí caminar hasta el depósito.
El aire estaba frío, cortante, cargado de esa humedad que parece colarse en los huesos y en los pensamientos.
Mientras cruzaba el puente de Vauxhall, recordé algo que había pasado semanas atrás, cuando Emma todavía subía al autobús.
Fue un viernes por la mañana, antes de Navidad.
Llevaba una carpeta repleta de dibujos infantiles.
Me había contado que eran de sus alumnos, y que uno de ellos —un niño que dibujaba casas sin puertas— la preocupaba.
“Soy profesora en una escuela del sur, en Lambeth”, me dijo entonces.
“Hay días en que siento que enseño a respirar más que a leer.” Esa frase me acompañó mucho tiempo.
Tenía en ella la dulzura del cansancio, la ternura de quien da más de lo que recibe.
Emma era así: alguien que parecía entender el mundo solo cuando lo miraba a través de los demás.
En el fondo, creo que eso fue lo que me atrapó.
Esa manera suya de parecer entera mientras se desmoronaba por dentro.
Y ahora, saber que Holloway la había mencionado con tanta precisión me dejaba sin aire.
Al llegar al depósito, el inspector me estaba esperando de nuevo, esta vez junto al café de la entrada.
Tenía el sombrero calado hasta las cejas y un sobre en la mano.
—Rowe —dijo sin preámbulos—. Necesito que vea algo.
Me tendió una hoja plastificada. Era una ficha de personal: Emma Clarke – St. Mark’s Primary School, Lambeth.
Su fotografía estaba en blanco y negro, tomada con luz escolar, el cabello recogido, la expresión serena.
Bajo el nombre, una fecha: Desaparecida desde el 12 de marzo.
El corazón me dio un vuelco. —¿Desaparecida?
—Así es. No se presentó en el colegio. Nadie sabe dónde está.
—¿Desde cuándo lo sabe usted? —Desde antes de venir a hablar con usted —dijo, sin alterar el tono—.
Pero necesitaba confirmar si el vínculo era real.
—¿Y lo es? —Eso depende de lo que no me haya contado todavía.
Me quedé mudo. No era miedo lo que sentía, sino una especie de vértigo interior.
Las piezas encajaban demasiado bien para ser casualidad: los mensajes anónimos, las notas, el hombre que Lena dijo haber visto, y ahora esto.
—¿Cree que tengo algo que ver con su desaparición?
—pregunté, conteniendo la voz. —No —respondió Holloway, con la calma de quien mide las distancias—.
Pero creo que ella tiene algo que ver con usted.
Y no estoy seguro de que sea bueno. Dejó el sobre sobre la mesa y se marchó, dejándome solo con la fotografía.
La miré largo rato. La sonrisa de Emma parecía flotar fuera del papel, como si no perteneciera a la imagen, sino a un recuerdo que se resistía a apagarse.
Esa noche, al volver a casa, no encendí las luces.
Me senté frente al ventanal, observando el reflejo de las farolas sobre el Támesis.
Pensé en su voz, en los niños, en los dibujos de casas sin puertas.
Y en la pregunta que nunca le hice: ¿qué escondía detrás de tanta calma?
El móvil vibró otra vez. El mismo número.
Un mensaje nuevo: “No busques donde enseñaba. Ya no hay nada que enseñar allí.” El texto desapareció de la pantalla antes de que pudiera guardarlo.
El teléfono quedó en negro, como si la lluvia hubiera caído dentro de él.
Afuera, el viento golpeó la ventana. Y durante un segundo, juraría haber visto una silueta infantil, de espaldas, bajo el farol.
Quieto. Sin moverse. Como un dibujo sin puerta.