5 Reeve
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REEVE
Después de salir de la casa de Gia, decido pasar por el ring de boxeo para desahogarme del encuentro con ella.
Es tarde y, en general, ha sido una semana larga. Estoy cansado y, sin embargo, estoy tan alterado que ni pensar en dormir ahora.
Así que me aseguro de librarme de la energía sobrante antes de conducir a casa y dar por concluido el día de hoy.
Antes habría ido a alguna fiesta para desahogarme y ahogar mis frustraciones en alcohol. Ahora ya sé que ese comportamiento estúpido solo trae consecuencias negativas.
En su lugar opto por el deporte y normalmente funciona de maravilla.
Esta noche no puedo concentrarme.
Estoy distraído y recibo algunos golpes dolorosos hasta que mi compañero de sparring se quita los guantes y me da una palmada en el hombro mientras niega con la cabeza.
—Lo siento, Reeve pero hoy realmente no estás centrado. Si continuamos, voy a acabar partiéndote la cara, porque tu guardia está en otro estado. ¿Quieres contarme qué ocurre?
Richard, el propietario del club de boxeo, tiene sesenta y tantos años y ha sido un fiel compañero durante muchos años.
Sé que puedo confiarle cualquier cosa.
Pero esta noche no me apetece hablar.
¿Qué podría decirle?
Ni yo mismo entiendo muy bien lo que me pasa y por qué reacciono tan intensamente a Gia.
No nos habíamos visto durante diecisiete años y hasta hace unas horas eso estaba bien para mí.
Bueno, a decir verdad, cuando ella dejó de contactarme de la noche a la mañana después del instituto, estuve bastante deprimido durante un tiempo.
Después de todo, pensaba que lo que teníamos era una relación con un futuro prometedor, aunque siempre tuviéramos que mantenerla en secreto por la familia de Gia.
A diferencia de Gia, yo no vengo de una familia modelo y acomodada, sino de un destartalado parque de caravanas.
Un chico sin nada en el equipaje excepto músculos, rapidez, destreza y la voluntad férrea de dejar atrás la pobreza.
No exactamente alguien con potencial de yerno.
Sobre todo para personas tan adineradas y políticamente comprometidas como Enzo y Patricia Santana.
Cuando después del instituto recibí una beca de fútbol americano para el Riverside College en Boston, mientras que la familia de Gia quería tenerla cerca y por eso ella debía asistir a la Atlanta University, ambos éramos conscientes de que sería casi imposible mantener nuestra relación a esa distancia.
Aun así, me hubiera gustado que al menos lo hubiéramos intentado. Incluso le propuse casarnos y fugarnos juntos a Boston.
Pero el día de nuestro baile de graduación fue el último día que oí, vi y hablé con Gia.
Intenté llamarla. A menudo. Muy a menudo. Le escribí, aun a riesgo de que nuestra relación prohibida quedara al descubierto.
Nunca obtuve respuesta.
Finalmente me di por vencido y me consolé con las tentaciones de la universidad: alcohol, fiestas y chicas guapas. De todo eso había más que suficiente para mí como miembro del equipo de fútbol americano.
Y con cada semana que pasaba, el dolor se fue desvaneciendo un poco más, hasta que finalmente fue reemplazado por rabia, vanidad herida y obstinación, y Gia desapareció de mi vida y de mis pensamientos.
Pensé que la había superado. Que era producto de mi pasado. Una parte de mi juventud olvidada hace mucho tiempo.
Cuando esta noche estuve frente a ella, supe que me había equivocado enormemente en ese aspecto.
Realmente hubiera deseado sentir indiferencia hacia ella.
En su lugar tengo preguntas. Preguntas que aumentan por hora.
Aunque todo eso ya no importa en absoluto.
Lo que pasó, pasó. Por qué dejó de contactarme entonces, hoy es completamente irrelevante. Ambos hemos seguido nuestro camino y, por lo que parece, a ambos nos ha ido bastante bien.
¿Por qué mirar atrás entonces?
De todos modos, ya no podemos cambiar nada.
—¿Reeve? —repite Richard, que todavía está esperando una respuesta de mi parte.
—Lo siento, Rich. Hoy no es mi día. Me voy a duchar y lo dejo por hoy.
—Está bien, chico —gruñe Richard y me da una palmada en el hombro—. Sea lo que sea: no te lo tomes tan a pecho.
Vaya... eso es más fácil decirlo que hacerlo, cuando el origen de mi mal humor es mi corazón, que se rompió hace muchos años y cuyas cicatrices mal curadas ahora amenazan con abrirse de nuevo.
Me doy una ducha fría, porque el dolor de los aguijones punzantes que caen sobre mi piel me distrae del carrusel de pensamientos en mi cabeza y del tirón en mi corazón, y después conduzco malhumorado a casa.
Al llegar, me propongo acostarme a dormir pero como después de media hora sigo sin encontrar la calma, cojo mi portátil del despacho y lo enciendo.
En contra de mi buen juicio, abro el navegador y escribo el nombre de Gia.
Esto es lo que debería haber hecho antes de presentarme en su casa y entregarme a la absurda idea de que podría alegrarse de verme después de todos estos años.
Ahora, cuando he puesto todas mis cartas sobre la mesa, es un poco tarde para esta investigación. Sobre todo porque ya no puedo engañarme diciéndome que lo hago únicamente por interés profesional.
Me sumerjo en internet y voy encajando la información que descubro como piezas de un rompecabezas, una por una.
Sorprendentemente, Gia no obtuvo un título de la Atlanta University. De hecho, parece que no tiene ningún título universitario en absoluto.
Me quedo perplejo y no logro entenderlo.
¿Cómo es posible?
Gia ya era entonces una estudiante brillante. Podría haber ido sin esfuerzo a una universidad de élite si sus padres no hubieran insistido en que se quedara en Florida para seguir controlándola.
Que haya abandonado la universidad sin un título es, por tanto, inconcebible para mí.
¿Por qué lo haría? ¿Qué demonios podría haberla motivado?
No será que...
Hago cálculos mentales y con el resultado al que llego, surge una sospecha en mi interior.
Tommy.
Debió ser concebido durante el primer año de Gia en la universidad.
¿Puede ser que él sea la razón por la que abandonó sus estudios?
Sigo escarbando por internet, pero en ninguna parte aparece nada sobre el padre de Tommy.
Recuerdo que Caden Willis mencionó que el padre de Tommy era desconocido.
Probablemente, como yo, no era lo suficientemente bueno para la familia de Gia y lo apartaron.
O quizás la familia de Gia le pagó para que desapareciera.
No me sorprendería.
Que Gia sea tan fría y distante no es casualidad.
Es un mecanismo de defensa inevitable para poder sobrevivir en el mar helado que rodea el imperio de su familia.
Así que sería perfectamente concebible, incluso probable, que se quedara embarazada sin planificarlo y que el padre de su hijo no fuera aceptable para la familia Santana.
Sin embargo, sigo sin entender por qué Gia habría abandonado sus estudios por eso. Los Santana son inmensamente ricos. Podrían haber contratado sin problema a siete niñeras, una para cada día de la semana, que se ocuparan del bebé para que Gia pudiera dedicarse a sus estudios.
Hasta donde recuerdo, tenían grandes planes para su hija. Se suponía que debía incorporarse a la empresa y algún día dirigirla junto con su hermano Ernesto.
Por lo que parece, nada de eso sucedió. De hecho, según la web de la empresa, Gia no tiene ninguna relación con el grupo Santana.
Ernesto, sí. Ahora es el subdirector. ¿Pero Gia? Ni rastro.
Extraño.
Me recuesto en mi cama y me froto la frente pensativamente.
Aunque no es asunto mío, mi interés está despierto y estoy firmemente decidido a arrojar luz sobre este misterio.
Por supuesto, puedo convencerme de que este interés es puramente profesional, porque necesito saber todo sobre mis jugadores y sus orígenes para evaluar a qué me enfrento.
Pero no soy tan estúpido como para engañarme a mí mismo. Eso solo atraería problemas y complicaciones. Una huida condenada al fracaso desde el principio ante una realidad inevitable, por así decirlo.
Así que mejor me lo admito de una vez: Gia Santana ha vuelto a mis pensamientos. A mi vida. Y a mi corazón.
Más aún: es como si nunca se hubiera ido del todo, como si simplemente hubiera estado esperando en las sombras el momento de volver a entrar en mi conciencia para poder ponerlo todo patas arriba. Con bombos y platillos.