CAPÍTULO 24 Aurelio
Aurelio
Tengo veintitrés años y sé contar seguidores mejor que dinero.
Por la mañana doblo camisetas en una tienda. Por la noche fotografío ropa prestada en el dormitorio que comparto con Sofía. Borro enchufes, aliso paredes y recorto la cama para que nadie vea que hay otra a veinte centímetros. Mi vida empieza siempre en el borde que decido dejar fuera.
Aurelio Valdés me conoce en la presentación de un hotel.
No se acerca como un hombre que busca ligar. Se acerca como alguien acostumbrado a que las habitaciones le pertenezcan antes de entrar.
—Eva Rivas —dice—. Cuarenta y ocho mil seguidores.
—Cincuenta y uno.
Sonríe.
—Entonces mis datos están anticuados.
Tiene más de cincuenta años, traje gris y una alianza que no intenta esconder. Sé quién es. Todo el mundo lo sabe. Su apellido está en la fachada, en las tarjetas y en las pulseras del evento.
—Llevas meses escribiendo a Vértice —dice.
—Cinco propuestas.
—Tres.
—Las otras dos no las contestaron.
—Eso no las convierte en propuestas recibidas.
Me molesta. También me impresiona que conozca el dato.
Aurelio me habla de una campaña para una línea joven. Dice que la agencia busca una cara nueva, alguien que parezca haberse hecho sola. La descripción debería ofenderme. En cambio, pienso cuánto pagarían.
—Podría presentarte —dice.
—¿Por qué?
—Porque sabes mirar una habitación y decidir qué quiere desear la gente.
Es la primera descripción de mi trabajo que no suena a una niña haciéndose fotos.
La presentación termina. Los invitados bajan al vestíbulo. Aurelio me muestra una tarjeta con el número de una suite.
—Arriba podemos hablar sin ruido.
No dice que la campaña dependa de subir. No tiene que hacerlo.
Sé que está casado. Sé que no me ha invitado por mi dossier. Sé también que, si me marcho, podré contar la noche como una propuesta indecente rechazada. Una historia limpia y sin campaña.
Subo.
Durante el trayecto en ascensor respondo un mensaje de Sofía.
Pregunta si vuelvo con ella. Escribo ahora te digo y guardo el teléfono.
En el espejo hay una cámara pequeña sobre la puerta.
Pienso que, si todo sale bien, algún día podré pagar una habitación en ese hotel sin pedir permiso.
No pienso en quién conservará el vídeo de mi subida.
En el pasillo, una fotógrafa del evento recoge el equipo. Me reconoce, levanta la cámara por costumbre y dispara mientras camino hacia la suite. Protesto porque no he revisado el maquillaje. Ella promete no utilizarla. Al fondo, Aurelio sostiene la puerta abierta.
Esa fotografía terminará en una carpeta compartida con las imágenes del evento. Carla descargará el archivo completo semanas después. Ninguna de las dos comprenderá lo que contiene hasta que yo necesite que no exista.
La suite es demasiado grande para dos personas. Hay una botella de champán abierta y dos copas que alguien ha preparado antes de que yo decidiera. Ese detalle me acompaña más que el resto: Aurelio no necesitaba saber qué mujer subiría para saber que alguna lo haría.
—Aún puedes irte —dice.
Parece una concesión. También es una forma de hacer que la decisión me pertenezca por completo.
—¿La campaña existe?
—Sí.
—¿Me la darán?
—Puedo conseguir que te escuchen.
—No es lo mismo.
—Nada importante es exactamente lo que uno compra.
Dejo el bolso sobre una silla.
No recuerdo el cuerpo de Aurelio con claridad.
Recuerdo el techo, una mancha pequeña junto al detector de humo y mi teléfono boca abajo sobre una mesa.
Recuerdo pensar que no debía llorar porque nadie me había obligado.
Recuerdo pensar que no debía disfrutar porque entonces no podría llamarlo sacrificio.
Me quedo en un lugar intermedio, fuera de mí, esperando que termine una decisión que sigo tomando durante cada minuto.
Cuando intenta besarme después, giro la cara con la excusa de buscar el vestido. Aurelio no se ofende. Los hombres que compran una decisión no necesitan que la gratitud sea convincente.
Después, Aurelio se sirve una copa.
—La agencia te llamará —dice.
No pregunta si estoy bien. Yo tampoco.
En el baño froto una mancha de maquillaje de la toalla y la dejo doblada para que nadie sepa que he estado allí.
Me visto deprisa, pero no tanto como para parecer arrepentida.
A los veintitrés años todavía creo que la dignidad consiste en conseguir que la otra persona no vea el precio de tus decisiones.
Aurelio me entrega su tarjeta.
—Escribe a este correo mañana. Copia a mi asistente.
—¿Qué pongo?
—Tu propuesta. La misma que llevas cinco veces intentando enviar.
—Tres, según tus datos.
Sonríe. El chiste confirma que la conversación profesional sigue existiendo y me aferro a eso.
—Hazla imposible de ignorar.
Salgo con la tarjeta dentro del bolso. En el ascensor me miro la boca, el pelo y el cuello. No hay ninguna marca. Siento alivio y después vergüenza por sentirlo.
Sofía sigue esperando mi respuesta.
Me ha salido una reunión. Vuelvo sola.
Ella envía una copa y tres signos de admiración. Piensa que estoy celebrando algo. Yo dejo el mensaje sin corregir.
Al llegar al piso compartido, me ducho antes de saludarla. Sofía pregunta por qué huelo a champú de hotel. Digo que la presentación regalaba productos. Durante dos meses, esa mentira será suficiente porque todavía no conoce a la persona a la que puede dañar.
Ocho días más tarde me llama Vértice.
La campaña no me convierte en una influencer.
Me da una puerta. Yo hago todo lo demás: llego antes, aprendo contratos, grabo hasta que la voz se me rompe, contesto comentarios durante la madrugada y convierto una oportunidad comprada en un trabajo que nadie puede quitarme.
Aurelio no vuelve a tocarme. Apenas responde dos mensajes profesionales.
La primera jornada dura catorce horas. La estilista dice que mi cintura rompe la caída de un vestido y yo paso el almuerzo de pie para que no se arrugue.
El fotógrafo me llama «la chica de Aurelio» hasta que corrijo una cifra del guion y descubre que sé más del producto que el director creativo.
Al terminar, vuelvo en guagua con los zapatos dentro de una bolsa porque no puedo pagar un taxi.
Durante meses, cada logro viene acompañado de una pregunta que nadie formula delante de mí: cuánto conseguí por talento y cuánto por haber subido a aquella suite.
Trabajo como si pudiera producir una respuesta matemática.
Si llego antes, si vendo más, si no me quejo, quizá el origen deje de importar.
No deja de importar.
Pero tampoco invalida todo lo que hago después.
Durante diecinueve días consigo creer que la historia ha terminado.
Entonces conozco a Rodrigo.
La fiesta de lanzamiento está en una terraza.
Lo veo junto a la barandilla, un metro noventa de calma entre hombres que se inclinan para parecer importantes.
Lleva el pelo lacio suelto hasta el cuello y una camisa blanca con las mangas dobladas.
Dos mujeres hablan con él. Una le toca el brazo.
Rodrigo se aparta para dejar pasar a un camarero y levanta la vista hacia mí.
El resto de la terraza pierde definición.
No es solo que sea extremadamente guapo. Es que parece no saber el efecto exacto que produce o haber decidido no utilizarlo. Cuando me acerco, una de las mujeres baja la voz. La otra me reconoce y pide una foto. Rodrigo se ofrece a hacerla.
—No cortes los zapatos —le digo.
—¿Son importantes?
—Son prestados.
Mira la pantalla, retrocede un paso y encuadra también la luz del hotel.
—La marca querrá que se vea dónde estamos.
—¿Trabajas en publicidad?
—Arquitectura.
—Eso no explica que sepas lo que quiere una marca.
—Diseño casas para gente que quiere que los demás sepan que puede pagarlas.
Me río. Rodrigo también.
Se presenta como Rodrigo Lago. No menciona a Valdés. Me cuenta que ha pagado sus estudios trabajando en reformas, haciendo planos y sirviendo cenas. Habla de edificios como si pudieran cuidar a la gente. No pide seguidores, contactos ni una presentación con la agencia.
Al final de la noche me acompaña hasta un taxi.
—¿Puedo llamarte? —pregunta.
—Ya tienes mi usuario.
—He preguntado si puedo llamarte.
Le doy mi número.
Rodrigo llama al día siguiente a las diez y cuarto. No escribe primero, no espera tres días y no menciona que me ha buscado en redes. Me invita a ver una obra porque dice que el edificio es más interesante que otro evento.
Voy con zapatos prestados. El lugar está lleno de polvo y no aparece en ninguna guía. Rodrigo me enseña cómo la luz entra por un hueco que todavía no tiene ventana y habla durante veinte minutos de una escalera. Nadie me reconoce. No hacemos fotografías.
Al despedirnos me besa junto a un contenedor de escombros.
Es el primer momento de aquel mes que no intento convertir en una oportunidad.
En la tercera cita, Rodrigo me lleva a un restaurante donde trabajó durante la carrera.
El dueño sale de la cocina para abrazarlo y le recuerda una noche en que lavó platos hasta las cuatro porque faltó un compañero.
Rodrigo se avergüenza del elogio. Yo estoy acostumbrada a hombres que presentan cada esfuerzo como una inversión a cobrar después.
—¿Nunca trabajaste con tu padre? —pregunto.
—No desde los dieciocho.
—¿A qué se dedica?
—Hoteles.
La respuesta es tan amplia que no la conecto con nada. En Canarias, «hoteles» puede significar una recepción, una empresa de reformas o un apellido en una fachada.
—¿Y os lleváis mal?
—Nos llevamos lejos.
No insiste en conocer a mis contactos. No me pregunta por la campaña ni por Aurelio. Me escucha explicar una negociación y señala dos cláusulas que Sofía y yo no hemos entendido. Cuando intento pagar la cena, divide la cuenta. No representa independencia: la ejerce.
Yo me enamoro también de la distancia entre él y el tipo de hombre que acabo de conocer en una suite.
Me enamoro primero de su cara. Después de su independencia. Al final, de cómo me mira cuando no hay una cámara cerca.
Dos meses más tarde, en casa de Ingrid, veo una fotografía antigua. Rodrigo tiene catorce años. A su lado está Aurelio Valdés, más joven, con una mano sobre el hombro de su hijo y la misma expresión con la que posaba frente a sus hoteles.
—¿Qué hace él aquí? —pregunto.
Ingrid tarda demasiado en responder.
Rodrigo entra en la habitación y retira la foto.
—Es mi padre.
Lo dice sin emoción. Después me cuenta lo suficiente: el control, las ausencias, el dinero utilizado como correa, la decisión de usar el apellido de su madre y buscarse la vida solo. Yo escucho con una atención perfecta mientras la suite vuelve a construirse dentro de mi cabeza.
Esa misma noche estamos en el coche y Rodrigo sigue hablando. Nunca lo ha hecho tanto sobre Aurelio. Dice que su padre podía regalar una casa y conseguir que pareciera una deuda, pagar estudios para elegir una carrera y llamar desagradecido a cualquiera que rechazara el trato.
—Hace que todo el mundo crea que ha decidido —dice—. Luego les recuerda lo que costó la decisión.
Tengo la oportunidad exacta. El motor está apagado. No hay niños, contratos ni doce años detrás de nosotros. Solo dos meses de amor y una verdad que todavía cabe en una frase.
—Yo estuve en una presentación de Vértice —empiezo.
—Seguro que él intentó acercarse —responde Rodrigo—. Le gustan las mujeres jóvenes que creen que necesitan algo de él.
No hay celos. Hay asco.
—Me habló de la campaña.
—Claro. No soporta que exista una persona a la que no pueda decir que ayudó.
Rodrigo me toma la mano.
—Si vuelve a ponerse en contacto contigo, dímelo. No quiero que utilice mi relación para comprarte.
Podría contestar que llegó antes. Podría dejar que me mire sabiendo quién soy y permitirle marcharse si no puede soportarlo. En lugar de eso digo que no ha vuelto a escribir.
Es verdad desde un punto cuidadosamente elegido.
Rodrigo me besa los dedos. Yo interpreto el alivio como una prueba de que callar lo protege.
Durante años recordaré esa conversación como el momento en que ya era demasiado tarde. No lo era. Era el momento en que decirlo todavía habría dolido menos.
Esa noche llamo a Sofía.
—Me acosté con su padre —le digo.
Sofía guarda silencio.
—Fue antes de Rodrigo. Yo no sabía quién era.
—Tienes que contárselo.
—Lo perderé.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
No lo sabía. Esa es la verdad que Rodrigo me obligó a mirar: no callé porque supiera qué elegiría. Callé porque no soportaba que pudiera elegir algo distinto de mí.
Durante once años convierto el silencio en protección, el miedo en amor y una decisión aplazada en una decisión que ya no tiene sentido tomar.
Cada aniversario hace más difícil hablar.
Cada hijo hace que la verdad parezca más peligrosa.
Cuando Aurelio muere, acompaño a Rodrigo al funeral y pienso que el secreto ha sido enterrado con el único hombre que podía contarlo.
Me equivoco.
Regreso al presente con la tableta familiar sobre las piernas. Busco el calendario antiguo y aparece una lista de conversaciones archivadas.
Una tiene un nombre que no reconozco.
CUIDAR A EVA.