Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo quince
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Capítulo quince

Dallas

Solo había una cosa peor que despertar de un sueño apacible, y era que un harén de hombres de mediana edad, privilegiados y blancos, con suficientes papadas entre ellos para esculpir a otra persona te despertaran bruscamente de un sueño apacible.

—¿Es ella? —No reconocí la voz.

—Por desgracia. —Esa respuesta cortante solo podía pertenecer a una persona.

Abrí los ojos, despacio. Claro que sí, dos hombres que no conocía se cernían al final de mi cama junto con otro hombre que conocía pero desearía no conocer: mi prometido.

Me senté, me apoyé en el respaldo de la cama y me froté los ojos, bostezando.

Si había esperado que Romeo estuviera desaliñado y somnoliento después de pasar varias noches fuera de su casa estaba muy equivocada.

Apareció tan fresco como el chicle que ahora mascaba, con un traje gris claro, camisa de vestir azul y un reloj Panerai.

Miró la hora.

—Son casi las seis de la tarde.

Me llevé una mano a la clavícula.

—Dios mío, sabes leer la hora. ¿Qué otras cualidades especiales ocultas, cariño?

—La mirada que me lanzó podría congelar el Ártico de nuevo a su estado previo al calentamiento global.

Miré entre sus dos acompañantes. Ya sabía quiénes eran.

Mi padre me había mandado un mensaje informándome.

Un mensaje al que aún no había respondido, a pesar de sus frecuentes súplicas para que le devolviera las llamadas.

Me hundí de nuevo en el colchón, cerrando los ojos—.

Bueno, ha sido divertido. No olvides apagar la luz cuando salgas.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Dormir.

—¿En medio de nuestra conversación?

—¿Eso era una conversación? —Me subí la manta hasta los hombros—. Como seguramente recuerdes, una vez me acusaste de no tener sueños. No puedo soñar sin dormir. —Bostecé, despidiéndolos con un gesto—. Bueno, a perseguir mis sueños entonces. ¡Adiós!

Romeo me arrancó la manta de encima.

—Este es Jasper Hayward, mi abogado. Y este es Travis Hogan, tu abogado. Vamos a firmar un acuerdo prenupcial esta noche.

Se acercó a las ventanas, abriendo las cortinas en un movimiento brusco. Incluso el atardecer me quemaba.

—Me has contratado un abogado. —Salí de la cama con el mismo camisón que había llevado los últimos seis días y caminé hacia él—. Qué generoso por tu parte. Estoy segura de que tendrá en cuenta mis intereses.

Romeo me miró con desdén.

—Tu padre aprobó el contenido del acuerdo esta mañana. Puedes estar segura de que está a la altura de los acuerdos prenupciales estándar.

Sus palabras eran tan reservadas y cuidadas que quería darle una paliza. Agarrarlo del traje y zarandearlo hasta que sus inhibiciones rodaran por el suelo como monedas.

—Relájate, cariño. Confío en ti. —Avancé hacia el carrito de bebidas, sirviéndome un poco de whisky del decantador, sabiendo que no lo aprobaría—. Hasta ahora, no me has hecho nada malo.

Si el sarcasmo fuera veneno, ya habría muerto unas cien veces.

—Bebiendo de día. —Frunció los labios—. ¿Me atrevo a preguntar si es un hábito?

Podía contar con una mano las veces que había bebido en mi vida, habiendo crecido bajo reglas religiosas tan estrictas. Pero él no necesitaba saber eso. Suspiré, removiendo la bebida.

—Relájate. Podría ser peor. Podría ser adicta a la cocaína. —Di un sorbo—. Desafortunadamente, la cocaína no huele a nada. ¿Te lo puedes creer? Quinientos dólares que nunca recuperaré. Esperemos tener más suerte con el crack .

Jasper tosió con fuerza. Travis le dio palmaditas en la espalda, mirando cualquier cosa menos a mí. A juzgar por la mirada impasible de Romeo, sabía que había comenzado a arrepentirse de su decisión de casarse conmigo, al igual que sabía que era demasiado tarde para retroceder.

—Vístete. —Sus ojos catalogaron cada mancha que yo había adquirido en Potomac—. Pareces una basurera.

—¿Ropa? —Fruncí el ceño, haciéndome la tonta—. Pero, cariño, no tengo ropa. ¿Recuerdas que tuvimos que correr al aeropuerto para poder estar juntos? No tuve tiempo de hacer las maletas.

—La tarjeta de crédito que te di no era de adorno.

—¿No lo era? —Chillé, poniendo unos ojos como platos—. Pero queda tan bien en la mesa de la cocina. En fin, estaba demasiado ocupada suspirando por ti como para usarla.

Los dos abogados se miraron entre ellos, confundidos. Jasper ajustó su maletín.

—¿Les gustaría tener unos momentos a solas?

—Sí —dijo Romeo al mismo tiempo que yo levantaba la copa en el aire, anunciando:

—¿Momentos? Me encantaría tener toda una vida a solas con este galán.

—Jasper y Travis huyeron, intercambiando miradas incómodas.

Cuando solo quedábamos Romeo y yo en la habitación, me sentí más pequeña.

No tan valiente. Aun así, di un paso adelante y quedé cara a cara con él.

Cuanto antes se diera cuenta de que le haría la vida imposible, antes me dejaría ir—.

¿Dónde estabas, cariño? —Añadí un acento georgiano frito que sabía que lo volvería loco, levantando la mano para arrastrar el vaso húmedo por su mejilla—.

Quería revisar catálogos de boda contigo.

Estoy pensando en peonías para las flores.

Temática de purpurina. Estarías guapísimo con un traje de lentejuelas.

Verano en Portofini. Para honrar tu herencia italiana, ya sabes.

—Portofino. —Me cogió el whisky y lo deslizó entre mis tetas.

Me recorrió un escalofrío—. La ceremonia tendrá lugar a fin de mes en el jardín de von Bismarck, y la lista de invitados ya está cerrada, seleccionada por nuestras familias.

—Sus palabras cortantes y duras me marearon.

Había una fecha. Y un lugar—. Puedes tener tus peonías y tus lentejuelas.

Si crees que un traje horrible me hará cambiar de opinión, no has estado prestando atención.

Inclinó el vaso hacia abajo y dejó que unas gotas de whisky corrieran hacia abajo, resbalaran por mi estómago y desaparecieran en mi ropa interior a través de mi camisón.

Fue erótico, enloquecedor y exasperante al mismo tiempo.

Respiré más fuerte solo para que las puntas de mis pezones rozaran su pecho cada vez que exhalaba.

—No puedo esperar —logré articular.

—Perfecto. Tienes otro evento que adorarás. Vas a ir a casa de mis padres poco después de firmar el acuerdo prenupcial, donde te comportarás bien, lo que posiblemente signifique usar cubiertos y abstenerse de olerles el culo a modo de saludo.

Lo miré con todo el odio del mundo, temblando de rabia. Su indiferencia me derribó. Era el hombre más frío y despiadado que había conocido. Sus ojos pasaron de mi rostro a mi camisón. Mi pecho se agitaba. No llevaba sujetador y mis pezones se erizaron, duros por la descarga de adrenalina.

—No puedes contenerte, ¿verdad? —Un destello sádico brilló en sus ojos pálidos—. Eres tan básica. —A través del tejido de satén, pasó el borde helado del vaso sobre mi pezón rígido, llevándose el móvil al oído con la mano libre.

No podía moverme. Ni siquiera respirar. La sensación era tan intensa e increíble que todo mi cuerpo se convirtió en arcilla.

Con este simple toque, parecía que él poseía cada centímetro de mí.

El calor se agitaba debajo de mi ombligo.

Mis pechos estaban llenos y sensibles, rogando que los acariciaran.

—¿Cara? —Romeo dibujó un círculo perezoso alrededor de mi pezón con el vaso.

Resistí la tentación de pegarme a él. De rogar por más.

Por milésima vez, maldije a mi padre por mi educación recatada.

Si hubiera sido menos inocente, Romeo no tendría este control sobre mí—.

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Talla pequeña. —Dejó el whisky y extendió la mano, cubriéndome todo el pecho derecho—. Talla de sujetador: 80B.

Había acertado. Maldito bastardo.

Sujetando el hueso de la cadera, me giró para que le diera la espalda. Sentí sus ojos en mi culo. Su mano se deslizó bajo la bata desde atrás, acariciando mi pecho desnudo.

—Talla de pantalón: treinta y cuatro.

—Treinta y seis, idiota. —Una extraña sensación de hormigueo entre mis piernas hizo que mi piel vibrara de expectativa. El pensamiento de resistirme cruzó por mi mente, pero sabía que, si lo hacía, tal vez nunca volvería a explorar este placer.

Cara dijo algo que no pude descifrar a través del teléfono. Ardía de vergüenza. Estaba hablando con otra mujer mientras jugaba con mi cuerpo como si fuera su juguete, sin embargo, me gustaba demasiado la forma en que me hacía sentir como para detenerlo.

—Bota corta para los pantalones. Es de la altura de un gnomo de jardín.

—Romeo me pellizcó el pezón, lo que hizo que mis rodillas temblaran.

Reprimí un gemido. Tenía la sensación de que me estaba provocando sexualmente solo para demostrarme que podía.

Otro de sus juegos de control. Presionó su erección contra mi culo, apretó mi pecho y deslizó su mano desde mi pezón hasta mi cuello, lo sujetó y me levantó la cabeza para que lo mirara—. ¿Cuál es tu número de pie, Galletita?

¿Mi número de pie? Ni siquiera podía recordar mi segundo nombre con su polla entre mis nalgas.

Piensa. Lo sabes.

—Treinta y ocho. —Mi voz salió gruesa y ronca. Soltó mi garganta de inmediato, retrocedió, para nada afectado por mi cuerpo. Por mi disposición para él.

—Treinta y ocho. Por favor, entrega todos los artículos en dos horas.

El tiempo es esencial. —Colgó. Me giré para quedar cara a cara, decepcionada conmigo misma por dejar que me tocara el cuerpo como un instrumento.

Otra vez. ¿No había aprendido nada?—. Esta noche te presentarás ante mi familia como una dama digna y sensata.

—Agarró el Macallan M por el cuello, y lo confiscó—.

Si tienes éxito en engañarlos para que piensen que eres, de hecho, material matrimonial, te recompensaré adecuadamente y te liberaré de tu frustración sexual acumulada.

—¿Quieres decir que lo que acabas de hacer ha sido para chantajearme para que me comporte bien y podamos follar esta noche?

El latigazo que supuso su última frase me quemó las mejillas. Realmente pensaba que sería su pequeña muñeca sexual solo porque los trucos que usaba me provocaban curiosidad. Puso una mueca de desaprobación.

Dios, qué arrogante.

—Todavía no estamos casados, señorita Townsend. Me refería a favores orales.

—¿Favores orales? —Arrugué la nariz, notando que hablaba como si acabara de salir de las páginas de un romance histórico. Que casualmente era mi género menos favorito—. ¿Y por qué hablas como si hubieras huido del elenco de Bridgerton ?

No tenía sentido decirle que no habría favores orales, ni cena cordial, ni prometida digna esta noche.

—Nuestros abogados deben estar perdiendo la paciencia. —Bebió whisky directamente de la botella—. Y yo también.

«No te preocupes, cariño», pensé mientras pasaba por su lado, negándome a parecer angustiada. «Cuando acabe contigo, saldrás corriendo, punto».