Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo noventa y tres. Oliver
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Capítulo noventa y tres. Oliver

Capítulo noventa y tres Oliver

Día de prueba veinticuatro.

La fuerte dosis de sedantes de hoy vino cortesía de Jack Daniels.

(El imbécil de Eli escondió el Macallan hace dos noches con la esperanza de que no me rebajara a lo que estaba en el estante de abajo).

Por lo general no buscaba consuelo en el alcohol, pero lo necesitaba para evitar hacer algo drástico como abandonar mis responsabilidades y mudarme a LA con Briar.

La niebla en mi cerebro se disipó lo suficiente para registrar el toc-toc de unos zapatos golpeando mi alfombra. Un elegante zapato negro entró en mi campo de visión para mezclarse con las botellas vacías de whisky que me rodeaban.

—Por Dios, Oliver.

Parpadeé hacia arriba desde el suelo, con la mejilla todavía aplastada contra la alfombra.

—¿Papá?

Esto tenía que ser una alucinación. No había entrado a este edificio en más de quince años.

—Lamentablemente.

Se llevó una mano a la nariz arrugada, con un Patek guilloché vintage brillando en su muñeca.

—A decir verdad, Oliver, me avergüenza admitir que tuve algo que ver en crear… —Me empujó el tobillo con la punta del zapato—… esto.

—¿Por qué estás aquí?

¿Y por qué llevas traje?

En los últimos quince años jamás lo había visto usando un traje.

Levantó mi brazo sobre su hombro y me arrastró hasta dejarme caer en la silla de cuero detrás de mi escritorio.

—Sebastian me ha enviado.

Eso no podía ser cierto. Aún me guardaba rencor por el incidente de la cirugía plástica.

Había pasado nuestros últimos tres maratones de Days of Our Lives en silencio, bebiendo de una botella mientras él miraba boquiabierto al demonio que poseía a Marlena sin mí.

Por algún acuerdo tácito, habíamos dejado de reconocer la existencia del otro, salvo por el hecho de que Sebastian hacía arcadas cada vez que yo pasaba.

Ahora estaba seguro de que mi padre era una alucinación.

Me desplomé contra el respaldo de cuero, consciente de que mi oficina —normalmente impecable y ordenada— parecía un campo de batalla.

Papeles sueltos cubrían el escritorio de caoba y algunos incluso estaban esparcidos por el suelo.

Las persianas medio cerradas proyectaban por la habitación sombras que te hacían marear.

¿Era esto normal? Intenté recordar en qué estado habían quedado Romeo y Zach durante sus separaciones de sus esposas. Romeo duró tres días. Zach duró treinta. Ninguno lo logró sobrio.

Papá empezó a recoger las botellas vacías en una bolsa de basura.

—¿Me estás ignorando?

—¿De verdad estás aquí?

—¿Perdón?

—¿A dónde ha ido Eli?

—A plantar un árbol para que lo abraces. Sus palabras, no las mías. ¿Le permites hablarte así?

No estaba exactamente en condiciones de protestar. No tenía energía para discutir con él. Ni siquiera un jabalí salvaje la tendría en ese momento.

—Tú lo contrataste —señalé.

—Para ponerte en forma. Mira el resultado.

Papá hizo un doble nudo en la bolsa y sacó otra, mientras avanzaba hacia las botellas apiladas junto a las ventanas.

—No habría venido si Sebastian no me hubiera mandado. Él nunca pide nada, así que supe que era serio.

Desabroché el botón superior de mi camisa y aflojé la corbata, preguntándome cuánto aguantaría si la usaba de soga.

—¿Por qué no pude alucinar a alguien más guapo?

—Es Briar, ¿verdad? Si la echas de menos, síguela. Yo me encargo de mantener todo aquí en orden.

En el momento en que ese nombre salió de sus labios como una daga, todo se desvaneció. El clic-clac de los teclados fuera. El murmullo bajo de las conversaciones entre mi personal. Los gruñidos incrédulos de papá cada vez que encontraba otro escondite de botellas. Todo desapareció.

Ni siquiera escuché lo que dijo después de su nombre.

Las yemas de mis dedos me ardían por darle la vuelta a la foto que estaba boca abajo sobre mi escritorio.

Eli la había lanzado ahí varias semanas atrás, y nunca me había molestado en girarla, con miedo de que al ver la sonrisa de Briar me subiera a un avión y me apareciera en su rodaje de grabación.

Desafortunadamente, necesitaba demostrarle que podía llevar una relación a distancia.

Y aún más desafortunadamente, parecía que no podía.

—Vete a casa, Oliver. Descansa un poco. Recupérate. —Papá me frotó la espalda con amplios círculos, el primer gesto de consuelo que me ofrecía en casi dieciséis años—. Deja el alcohol.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, en un intento de concentrarme.

—Eso es gracioso viniendo de ti.

—Tienes razón, y lo siento. —Se arrodilló frente a mí y buscó mis ojos bajo el pelo revuelto—.

Siento no haber estado presente desde el accidente de tu hermano.

Siento que hayas tenido que cargar con tanta responsabilidad.

Y siento que tu madre y yo nunca nos detuviéramos a preguntarte si estabas bien.

—¿A qué viene todo esto? —Negué con la cabeza, incapaz de formar pensamientos coherentes. La situación parecía importante. Monumental, incluso. Pero mi cerebro, y mi cuerpo, me fallaban.

La habitación empezó a girar, con colores y formas mezclándose en un caleidoscopio vertiginoso.

Sabía que olvidaría esta conversación en una hora. Y peor aún, que tal vez lo había alucinado todo. Pero debía haber aparecido por alguna razón. Tal vez, en el fondo, necesitaba escuchar esto.

—Tu hermano me hizo entrar en razón anoche.

—¿Sebastian?

—Me hizo una videollamada. Me obligó a mirarlo directamente a los ojos mientras me decía que os había fallado a los dos. Que era mi deber como padre ayudaros a navegar este nuevo mundo, y que no lo había hecho.

La alucinación con forma de papá suspiró y se pasó una mano por el cabello canoso.

—Déjame darte el consejo de tu hermano, hijo. A veces las cosas que nunca sucedieron te persiguen más que las que sí pasaron. No vivas con arrepentimientos, Oliver.

Un dolor nauseabundo surgió de un lugar que creía ya sanado.

Gruñí contra el escritorio.

—Esta alucinación suena mucho a una intervención terapéutica.

Papá juntó mis manos entre las suyas y se rio contra mis puños.

—¿Ollie?

—¿Sí, papá?

—Sé que somos pésimos para demostrarlo, pero tu madre y yo te queremos.

La habitación cayó en un silencio pesado. Recordé la última vez que escuché esas palabras.

Hace veinticinco días.

De Briar.

La única mujer capaz de hacer lo que ningún rival corporativo jamás pudo.

Derribarme.