Capítulo sesenta y ocho. Oliver
Capítulo sesenta y ocho Oliver
—¿Nos está enseñando a cantar o a parir una cría de ballena del tamaño de un edificio de oficinas?
Al oír mis palabras, la profesora de canto giró la cabeza bruscamente y me lanzó una mirada fulminante antes de salir del salón para una pausa rápida para ir al baño.
Ups. Pensé que ya se había ido. No es mi culpa.
Apenas podía respirar, considerando que Briar y yo habíamos pasado los últimos quince minutos practicando « control», lo que básicamente se traducía en una competencia para ver quién podía aguantar la respiración más tiempo.
En cuanto a su espíritu competitivo, se parecía a Seb incluso más que yo.
Desde el otro lado del diminuto estudio, Briar me sonrió.
—Tenemos que confiar en el proceso.
Detrás de ella, pósters firmados de obras de Broadway decoraban cada superficie, junto con premios y certificados enmarcados. Al parecer, nuestra instructora era toda una estrella.
Ni siquiera recordaba su nombre. Jillian o Jessica.
Algo con J. Yo estaba demasiado concentrado en el hecho de que mi falsa prometida —o la verdadera, dependiendo de qué tan bien funcionara mi plan— se veía absolutamente irresistible mientras se concentraba en la tarea.
Sus labios se fruncían y se movían cada vez que inhalaba.
Siempre supe que era un cabrón calenturiento, pero excitarme por la forma en que alguien respiraba era algo nuevo para mí.
Ah, y sí, estaba dispuesto a casarme con Briar si eso significaba conservarla.
No estaba del todo seguro acerca de lo que sentía por ella. ¿Era amor? ¿Cariño? ¿Ansia? ¿Alivio después de quince años de duelo? Fuera lo que fuera, estaba absolutamente seguro, más allá de cualquier duda, de que nadie más podría rozar siquiera la superficie de lo que ella me hacía sentir.
—Y también hay que tener paciencia. —Briar volvió a atarse su moño alto, sujetando la goma entre los dientes—. Roma no se construyó en un día.
—Nuestra boda es en unos meses. —Me obligué a apartar la mirada de la elegante curva de su cuello mientras aseguraba el moño—. A menos que para entonces nos implanten quirúrgicamente las cuerdas vocales de Lin Manuel Miranda y Mariah Carey…
—Eh, ¿esa opción está cien por ciento descartada? Eres asquerosamente rico.
—Se sabe que en mi vida he comprado cosas poco convencionales...
—¿Ah, sí? —Me miró con curiosidad—. ¿Como qué?
Como todo.
Aparte de su amor, nunca había ganado nada que tuviera valor verdadero.
Todo había sido solo dinero. Lo único que tenía que valía la pena conservar —Briar misma— lo había perdido.
Y cargaba ese conocimiento, ese fracaso, conmigo a todas partes.
Algunos arrepentimientos se convierten en sombras que acechan en la oscuridad dondequiera que vayas.
—Ya sabes. Lo de siempre. —Me encogí de hombros—. Transfusiones de sangre prémium, cráneos de dinosaurio únicos en su especie y una flota de tigres adultos.
—Ya veo que todo vuelve a los animales exóticos traficados que guardas en tu ala secreta.
La verdad, aplaudía su contención. No sabía si yo tendría ese mismo autocontrol si alguien me hubiera dicho que tenía un área ultrasecreta a la que no podía entrar bajo ninguna circunstancia.
—Por última vez, no son traficados. Están perfectamente tranquilos. Estoy medio tentado de llevarte ahora mismo para demostrarte que están ahí relajándose, felices como lombrices. El Tiger King desearía ser yo.
Se mordió el labio inferior para no reírse.
Parecía el momento perfecto para cobrarme el premio de mi apuesta.
En realidad, cualquier momento parecía el momento perfecto.
Quería inclinarme y besarla. Desnudarla.
Arrastrar mis labios desde su boca hasta los dedos de sus pies.
Enterrar la cara entre sus piernas y perderme en ella.
Esta mujer me tenía estúpido. Hecho un completo imbécil.
No uno fingido, esta vez. Uno de verdad.
Y. No. Me. Importaba.
Pero no. No usaría mi premio hasta el momento adecuado.
Nos quedamos mirándonos un segundo, pensando lo mismo.
—Entonces. —Briar negó con la cabeza y se aclaró la garganta—. La boda tendrá lugar y también el dueto.
—Y el baile. No olvides el baile.
—Va a ser vergonzoso —advirtió—. Pero ese es el punto. Es una característica, no un error.
Tonta Mimitos , quise reírme. Nunca podrías avergonzarme.
La profesora abrió la puerta. La innombrable cantidad de pulseras que llevaba en la muñeca chocó en una sinfonía metálica anunciando su llegada.
—Ya he vuelto —canturreó—. ¿Habéis tenido oportunidad de practicar vuestras habilidades?
—Dos veces al día. —Señalé a Briar con el pulgar—. Y eso en un mal día, cuando solo quiere rapiditos.
Mi falsa prometida se puso roja al instante, pero la profesora se echó a reír.
—¡Dios mío! —Jillian-Jessica se abanicó—. Este es un gran partido, ¿eh?
—Cariño, por última vez, no se trata de cuántas veces, sino de la habilidad. —Briar me dio una palmada condescendiente en el brazo antes de lanzarle a la profesora una mirada solemne—. Él se lanza como perro con hueso, como si no hubiera comido en todo el año.
Tosí en mi puño.
—No escuché ninguna queja sobre mi desempeño.
—Eso es porque te gusta meterme tu ropa interior sucia en la boca. Por cierto, me encantaría que dejaras de hacerlo.
Santa mierda. Estaba tratando de avergonzarme más que yo a ella. Ganarme en mi propio juego. Imposible, por supuesto. Yo tenía un doctorado en ser vulgar. Nadie podía superarme.
—Luz de mi vida. —Le acaricié el hombro, y ella se estremeció bajo mis dedos, justo como sabía que pasaría—.
Se llaman trapos de cocina, y no se supone que debas comértelas.
Pero vamos a civilizarte. Ya casi estás ahí.
Casi. —Le dediqué a nuestra profesora una sonrisa triunfante—.
Está completamente entrenada para ir al baño y ya sabe cantar el abecedario, gracias a los consejos de la famosa señorita Rachel en YouTube.
¿Puede creer que es la misma mujer que perdió la memoria hace unas semanas y volvió a su yo de dieciocho meses?
La profesora de canto se llevó una mano al pecho con un suspiro soñador. Briar gruñó y me pisó los dedos del pie. Un gruñido bajo vibró en mi estómago.
—Bien, ¿dónde estábamos? —La profesora miró alrededor, desorientada—. Ah, sí. Íbamos a trabajar en vuestro tarareo.
Hicimos eso durante el resto de la hora. Tararear. Gemir. Gruñir.
Briar permaneció del color de una fresa madura todo el tiempo. Cuando terminamos, se deslizó en el asiento del pasajero y se abrochó el cinturón.
Tan pronto como la profesora nos despidió con la mano a través de la ventana, la sonrisa relajada de Briar se transformó en un ceño fruncido.
Sigue decidida a odiarme, ya veo.
—Mañana voy a Nueva York —anunció.
—Creo que quisiste decir vamos a Nueva York —la corregí—. Ni loco voy a dejar a mi guapísima prometida a merced de los fuckboys de la ciudad sin supervisión.
—Ayy. —Me lanzó una sonrisa falsa—. Qué asco.
Bueno, es por trabajo. Voy a reunirme con los dos actores con los que voy a trabajar en mi próximo proyecto, y necesito estar completamente concentrada para asegurarme de respetar sus necesidades y sus límites.
Como puedes ver, estoy bien y funcionando a la perfección.
Señaló el lugar donde antes estaba su herida.
—No hay razón para que sigamos con esta farsa cuando nadie está mirando, solo para fastidiarnos el uno al otro.
—No lo hago para fastidiarte. —Fruncí el ceño mientras arrancaba el coche—. Solo es un muy buen beneficio extra.
Con un suspiro, abrió la guantera y cogió un chicle.
—De todas formas, no hay manera de que acabes acompañándome a Nueva York.
—Oh, no te preocupes, ya he acabado hace nada con solo verte respirar.
—Asqueroso.
—Romántico.
—Solo dime que de verdad entiendes que no puedes venir a Nueva York mañana, ¿sí? La productora me reservó un hotel para pasar la noche.
—Mi chófer te llevará —negocié, sin responder realmente a su pregunta. No iba a dejar de vigilarla. La mujer acababa de despertar de un coma.
Abrió la boca para discutir, pero luego se dio cuenta de que yo nunca iba a ceder.
—Está bien. Entonces, ¿no vas a venir?
—¿Te he dicho ya que hoy te ves preciosa?
—Deja de esquivar el tema. Dime que lo entiendes.
—Lo entiendo.
—Genial.
—Jodidamente fabuloso.