Capítulo sesenta y dos. Briar
Capítulo sesenta y dos Briar
No me voy a volver a enamorar de ti. Había conocido estafas piramidales más creíbles que esa estupidez.
—Ay, Briar… —Me pasé los dedos por el cuero cabelludo y enterré la cara en la toalla mientras gritaba—. ¿Qué estabas pensando al dejar que te diera el orgasmo de tu vida?
El espacio entre mis muslos todavía palpitaba. Estaba tan mojada que ya debería considerarse una condición médica. En cuanto me tiré en la tumbona, tuve que envolverme la cintura con una toalla para cubrir la evidencia.
—Oye, chica. —Hazel nadó hasta el borde de la piscina, apoyó los codos en el borde y entrecerró los ojos al mirarme—. ¿Qué tal estuvo la…, eh…, cocina?
Entonces lo entendí. Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo rumbo a algún destino indeterminado en las islas del Caribe.
Hazel había sido quien nos había sorprendido a Ollie y a mí.
Yo acababa de pasar todo su vuelo hasta aquí mandándole mensajes sobre cuánto lo odiaba, y ni dos horas después me había visto mientras él me hacía cosas impuras.
—Para que quede claro…, no vas a meterte a la piscina hasta que te bañes y te cambies el bikini. —Señaló la toalla que llevaba alrededor de la cintura—. Acabas de entrar en las estadísticas. Otro de los ligues de Ollie que contaminan la piscina.
Solo que yo no me creía del todo esa imagen de Oliver como vaquero seductor que se acostaba con todo lo que se movía. La gente puede cambiar, pero el fondo de una persona sigue siendo el mismo.
Por aquel entonces, Oliver había sido quien sugirió que esperáramos para perder la virginidad. Yo no necesitaba las velas, ni las rosas, ni el atardecer romántico. Él sí. Siempre había necesitado conexión para disfrutar la intimidad. Incluso los besos.
—No te preocupes. —Solté la toalla y me subí los minishorts por las piernas antes de que alguien se diera cuenta—. No tengo ningún interés en meterme en la piscina.
—¿Segura? —Hazel me lanzó una sonrisa divertida, moviendo las cejas—. Te vendría bien refrescarte un poco.
Estaba a punto de responderle cuando « This Is How We Do It» empezó a sonar a todo volumen. Giré la cabeza y vi a Dallas entrando con un radiocasete viejo apoyado sobre el hombro.
Llevaba un traje de baño de una pieza con el pecho peludo de un hombre estampado y una tanga alta estilo Borat.
Farrow venía detrás con un bikini negro de tiras, sosteniendo una bandeja de vasitos con pudín de chocolate con Oreo triturada encima y gusanitos de gominola medio enterrados. La mandíbula de Hazel se abrió.
Dallas se detuvo frente a mí y levantó una mano.
—No digas nada todavía. Sé que Farrow y yo la cagamos, pero te he preparado algo.
Mis amigas de Los Ángeles me lanzaron miradas de preocupación. Dallas se comportaba exactamente como parecía: como alguien capaz de quemar el mundo hasta las cenizas y luego limpiarlo todo con una elegante AmEx Black. Me mordí el labio para no reírme. Estaba adorablemente desquiciada.
Sacó un micrófono de su escote, lo encendió y lo golpeó con el dedo.
—Bueno, allá vamos.
El radiocasete chirrió y todas se encogieron.
—Ups —canturreó Dallas—. Aunque, a decir verdad, mi canto no va a ser mucho mejor.
Dejó el radiocasete en el suelo, puso una versión instrumental de «Can’t Take My Eyes Off You», se quitó las sandalias y saltó sobre una tumbona en la orilla poco profunda.
Luego se puso a cantar a todo pulmón, completamente desafinada, al estilo Heath Ledger en 10 razones para odiarte .
Farrow fingía perseguirla mientras Dallas salpicaba agua por todas partes.
Yo me quedé ahí, sorprendida, conmovida y muy divertida, hasta que la risa que tenía en el pecho terminó por escaparse.
La verdad es que sí me gustaban sus locuras. Y ya las había perdonado por sus mentiras. No lo habían hecho por maldad. Lo sabía.
Cuando terminó la canción, Dallas y Farrow hicieron una reverencia frente a mí.
—Escucha —dijo Farrow mientras la señalaba a Dallas y a sí misma—.
La cagamos. Oliver nos dijo que el doctor Cohen quería que las cosas se hicieran de cierta manera y nosotras le seguimos la corriente.
Entiendo por qué te sientes avergonzada y traicionada.
Creo que cualquiera aquí se sentiría igual en tu lugar.
Pero somos cien por cien equipo Briar, ¿entendido?
—Sí —dijo Dallas, vibrando de energía—. Creemos que eres genial y queremos ser tus amigas. Sobre todo, después de escuchar que estás ocupando la mansión de Oliver para darle una lección. —Hizo un gesto alrededor de mi cara—. Vibra total de hermandad Dark Prince Road.
No por nada, ese viaje a Texas sí terminó ayudándome. Recuperé la memoria. Y comí beignets como si no hubiera mañana. También los vomité, pero ese no es el punto.
Habían tratado de ayudar. Eran buenas personas. Personas increíbles. Y no era culpa de ellas que el doctor Cohen —y Oliver— hubieran puesto las reglas.
—Sí. Está bien. —Asentí y señalé la bandeja que Farrow sujetaba—. Siempre y cuando podáis confirmar que esas gominolas son de buena calidad.
Los ojos de Dallas casi se le salieron de las órbitas.
—¿Crees que te haría esa porquería con gominolas asquerosas que se pegan a los dientes como un acosador de primera categoría? —Hizo una mueca—. Señora, quiero su perdón, no una orden de restricción.
—Guau —susurró Tiff—. ¿Todos los ricos son así?
Miré a Fae y a Dallas.
—¿Qué os ha hecho venir hoy a verme?
—¿La verdad? El olor a barbacoa. —Dallas caminó hacia mis amigas y les extendió la mano, presentándose con cada una de ellas en la cocina exterior—. Íbamos a esperar hasta la noche para suplicar tu perdón, pero nunca dejamos pasar una buena hamburguesa triple.
—Tú no dejas pasar una hamburguesa triple —la corrigió Fae, arrugando la nariz—. Mis arterias, en cambio, no pasan la prueba.
Dal ya había apilado tres hamburguesas con queso dentro de un pan.
—Entonces, ¿nos hemos perdido algo?
Hazel salió de la piscina y se envolvió con una toalla.
—Solo ver a Briar y a Oliver frotándose en seco salvajemente en la cocina.
—¿Ah, sí? —Farrow soltó una carcajada—. Te descongelas rápido.
—¿Descongelarme? —Me tapé la cara con las manos—. No he tardado ni dos segundos en ceder y estar en llamas.
Dal hizo un puchero.
—Deberías darle una oportunidad.
—Ni de broma. —Farrow agitó un dedo—. No antes de que demuestre que lo merece.
—Eso lo dices porque tu esposo hizo el ridículo suplicando por ti. Algunas nunca tuvimos ese lujo.
—¿De qué hablas? El tuyo recibió una bala por ti. Casi se muere.
De acuerdo...
—Tranquilas —dije, forzando una risa—. Lo que sea que esté pasando entre Oliver y yo es estrictamente casual.
O al menos, eso me decía a mí misma.
¿Me estaba quedando por Sebastián?
¿O por Oliver?