Capítulo cincuenta y tres. Briar
Capítulo cincuenta y tres Briar
Eso no salió como lo había planeado.
El plan: presionar a todos para que confesaran sus mentiras y luego largarme de ahí como una chica dura, con la barbilla en alto, como si no me importara lo más mínimo la farsa de Oliver.
No planeé que la « amante» de mi prometido saliera corriendo detrás de mí, llorando.
No planeé que mis supuestas mejores amigas disfrutaran mientras me metía con ellas.
No planeé que los mejores amigos de Oliver me siguieran el juego con mis afirmaciones descabelladas.
Obviamente —y esto me lo llevaría a la tumba— esa gente no era tan horrible. Más bien, lo contrario.
Habían aceptado seguir el absurdo plan de Ollie no porque les divirtiera dejarme en ridículo, sino porque eran personas decentes y no querían arriesgarse a retrasar mi recuperación.
Además, Dallas y Fae no tenían por qué llevarme a Texas para intentar activar mi memoria. Ellas eligieron hacerlo.
De cualquier forma, encontraría un momento para disculparme.
No fueron ellos quienes me abandonaron después de quitarme la virginidad, me obligaron a caminar desnuda por las calles de París y me ignoraron semanas después, solo para, meses después, dedicarse a coquetear abiertamente en redes con una modelo increíblemente atractiva de Instagram, con pechos diez veces más grandes que los míos.
No te importa, no te importa, no te importa.
Superaste a Oliver hace siglos.
Es hora de irte y no volver a verlo jamás.
Arrastré mis dos maletas hacia las puertas dobles de la habitación principal e ignoré a Oliver cuando apareció en el marco. Se había quedado unos momentos más con Frankie, y me pregunté de qué habrían hablado.
No es asunto tuyo, Briar.
Claro. Podían follar hasta reventar, me daba igual.
Y, aun así, la idea de que tuvieran una aventura me erizaba la piel y me revolvía el estómago.
Oliver cerró las puertas detrás de él y me bloqueó el paso. Una serie de emociones cruzaron su rostro. Ira. Sorpresa. Determinación.
Nunca lo había visto así.
Tan… vivo.
—Por favor, déjame pasar. —Me colgué la mochila al hombro, asegurándola en la espalda—. Gracias por el alojamiento, pero quiero irme a casa.
—Has recuperado la memoria. —Sus fosas nasales se ensancharon—. Lo recuerdas todo.
Le ofrecí una sonrisa impaciente.
—Sobre todo la parte en la que te detesto.
—¿Cuándo empezaste a recordar?
—No es asunto tuyo.
—Lo que has hecho ahí abajo ha estado fuera de lugar. —Señaló detrás de él, hacia la cena.
—¿De verdad vamos a hablar de comportamientos fuera de lugar? —Incliné la cabeza y me crucé de brazos—. Porque quizá prefieras sentarte y reservar una hora… o siete.
Entrecerró los ojos, negó con la cabeza y luego alzó las manos en señal de rendición.
—Mira, sé que debes estar enfadada…
—No estoy enfadada. Estoy aliviada. Recuerdo a la perfección en qué punto estamos, y ahora puedo seguir con mi vida sabiendo que nunca volveré a ver tu cara.
—¿No crees que merezco terminar la conversación que dejamos a medias en el Grand Regent después de todo lo que he hecho por ti?
—Recuérdame qué has hecho por mí. —Dejaría caer la mandíbula al suelo, aunque lo más probable era que el suelo estuviera lleno de fluidos humanos en los que prefería no pensar—. ¿Acostarte conmigo, dejarme tirada en un país extranjero, terminar conmigo o…?
—Salvarte la vida, acogerte en mi casa, cuidarte hasta que te has recuperado, traer todas tus cosas en avión para que tuvieras una sensación de normalidad.
—Ah, claro. —Chasqueé los dedos—. Se me había olvidado que te debo la vida por no dejarme morir después de que me lanzaste de cabeza a un obstáculo de agua.
—Junté las palmas—. Gracias… por tu caridad, tu generosidad y, sobre todo, tu humanidad sin límites.
Por cierto, la respuesta a tu pregunta de si puedes tener cierre o no es no.
Si yo no lo tuve hace quince años, supongo que tendrás que esperar al menos quince más para que estemos en paz. Ahora, ¿puedo irme?
—Puedes. —Se hizo a un lado y dejó libre el paso hacia la puerta. Eso me sorprendió un poco. Oliver no era de los que se rendían sin pelear—. Mucha suerte.
Agarré las dos maletas, una en cada mano, y las llevé hasta el borde de la escalera curva. Una barbaridad de escalones me separaba del descansillo. Al menos dos docenas.
Había subestimado mi fuerza.
No estaba de humor para cargar las maletas por las asas, así que las empujé con la punta del pie, y miré cómo se precipitaban dando tumbos hasta la planta baja.
Rebotaron de escalón en escalón, con suerte abollando su preciado mármol en el proceso. Podía soportar algunos golpes.
Se lo merecía.
Bien.
Había dicho lo que pensaba. Habían pasado quince años y yo nunca tuve un cierre. Después de tanto tiempo, no debería importar.
Pero importaba.
Él se había convertido en una persona completamente distinta al chico del que me enamoré, pero yo seguía siendo yo. La chica rechazada por todos los que había amado: su madre, su padre, su padre biológico y su primer amor.
Ese muro que había levantado —lleno de espinas, duro y furioso— era lo único que tenía para protegerme.
Cuando llegué al descansillo, saqué el teléfono y lo revisé. Seb me había dejado varios mensajes.
Pasábamos tiempo juntos siempre que Oliver me daba espacio, y ya se había acostumbrado a que yo apareciera unas cuantas veces al día. Incluso había dejado de esconder el rostro entre las sombras.
La culpa me recorrió la columna.
Irme echaría por tierra cualquier progreso que hubiera logrado.
Lo sabía.
—Por cierto —dijo Oliver desde la barandilla de la segunda planta, con los codos apoyados en la caoba pulida—. ¿A dónde planeas ir, exactamente?
Lo siento, Seb. No puedo quedarme aquí con este cabrón.
—A casa. —Le lancé a Oliver una mirada asesina—. A Los Ángeles.
—Oh. —Hizo una mueca con gran dramatismo—. Sobre eso.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Qué?
—Rescindí tu contrato de alquiler y vendí tu coche —anunció con los hombros encogidos.
Me giré en redondo hacia él.
—¿Que hiciste qué…?
—No tenía opción. Pensé que te quedarías aquí meses. Eso fue lo que dijo el doctor Cohen. Deposité el dinero del coche en tu cuenta de ahorros. Por cierto, deberías cambiar tus contraseñas. Siguen siendo las mismas de hace quince años.
Pateé mi equipaje y apoyé las manos en la cintura.
—No tenías ningún derecho a hacer eso.
—Tuve que tomar decisiones ejecutivas. Ese apartamento no era adecuado para ti, de todas formas. Cero seguridad. Y el coche era más viejo que tú.
—No estoy tan vieja.
—Eres vintage .
—Vete a la mierda.
—¿Qué? Me gusta lo vintage .
Apreté los labios en una línea fina. No quería quedarme ahí discutiendo con él. Tenía problemas más grandes que resolver.
—Adiós, Oliver.
—Adiós, Briar —respondió, con tono ligero y juguetón.
Pedí un Uber en la entrada de su mansión y salí por la puerta principal, consciente de que sus invitados seguían en el otro extremo de la propiedad.
Mi supuesto prometido no salió tras de mí mientras arrastraba mis maletas por el camino de grava, y recorrí los cuatrocientos metros sin que nadie me siguiera.
Me pregunté por qué eso me molestaba.
Era exactamente lo que quería. Dejarlo a él y al pasado atrás.
Y, aun así, se sentía como romper otra vez.
Quizá seguir adelante no es lo mismo que soltar.