Capítulo cuarenta y tres. Briar
Capítulo cuarenta y tres Briar
La tormenta dentro de mí se negaba a ceder.
Retumbaba entre mis costillas, oscura y turbulenta, mientras regresaba a casa una hora después, procurando ocultar mis emociones. Si las liberaba, nos ahogarían a todos, pesadas y sofocantes, como nubes tercas aferradas a su forma.
Oliver me encontró en el vestíbulo. Él también acababa de entrar a la mansión, al parecer, después de haber ido a correr. Si notó la tempestad dentro de mí, no hizo ningún comentario.
Una gota de sudor le resbaló por la sien hasta caer sobre su camiseta sin mangas empapada.
Se limpió la frente con el borde de la tela, dejando al descubierto sus abdominales definidos y una profunda V.
Podría pasar por un semidiós. El guiño que me lanzó después de sorprenderme mirándolo me dijo que él también lo sabía.
De pronto, una idea me embistió, casi derribándome con el peso de su estupidez. Era horrible, brillante, mezquina y, quizá, lo único capaz de calmar mi tormenta.
—Vaya, vaya. —Oliver sonrió con sorna, haciendo una pausa para beber agua—. Si no es mi guerrera climática vegetariana personal.
Dejó la botella sobre la isla de la cocina al pasar, recorriéndome el cuerpo de arriba abajo con la mirada.
—Vaya, vaya. —Imité su gesto, deslizando los ojos por su cuerpo—. Si no es mi maniático sexual desempleado personal.
Se llevó una mano al pecho.
—No me digas que me has buscado en internet.
—Sí lo he hecho. —Sonreí mientras seguía sus largas zancadas. Intenté no soltar una carcajada cuando casi tropieza al escuchar mi respuesta. Le tranquilizaría saber exactamente lo que descubrí, y justo por eso no pensaba decírselo—. Ni una sola mención a mí. ¿Normalmente me escondes en el ático?
—Jamás. —Exhaló un suspiro dramático—. Ahí guardo a mis amantes. No, a ti simplemente no te gusta la atención.
—A ti tampoco.
Eso no significaba que no la tuviera ya. La gente lo miraba quisiera o no. Venía incluida con tener un nivel de atractivo más propio de un imán.
—¿Pedimos comida? —Se colgó una toalla del hombro—. ¿O es demasiada huella de carbono contratar a un repartidor para que nos traiga la cena aquí?
Me pregunté si las mujeres que vinieron después de mí pensaban que podían cambiarlo. Seguro que sí. Oliver von Bismarck era rico, guapo y divertido. Debía tener suficientes mujeres persiguiéndolo como para montar un equipo de futbol en cualquier momento.
—Pedir comida está bien —lo desestimé, con una sonrisa despreocupada—. ¿A dónde vas?
—A la ducha.
—Qué coincidencia. Estoy planeando hacer yoga caliente en el baño. Te acompaño.
Por instinto, me recorrió con la mirada antes de apartarla.
—No creo que sea buena idea.
Subimos juntos las escaleras hacia el dormitorio principal. Me aseguré de rozarle el brazo, aunque él me daba espacio suficiente para mantenerse alejado.
—Entonces tendremos que admitir que no estamos de acuerdo. —Le robé la toalla y me limpié la nuca—. Me encanta el vapor de la ducha. Me ayuda a respirar mejor, y tu presencia no va a interrumpirme.
—Tú me vas a interrumpir.
—Sobrevivirás, cariño. —Le di una palmada en los glúteos con un guiño.
Dio un salto y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Acabas de darme una palmada en el culo?
—Sí. ¿Por qué? ¿Te he hecho sentir incómodo?
Negó con la cabeza, casi boquiabierto.
Entramos al baño principal.
Podía notar que Oliver quería protestar cuando entré con él, pero le dejé sin palabras en cuanto me quité la camiseta y el sujetador, para después bajarme los vaqueros y la ropa interior de un tirón.
Las prendas salieron volando contra la pared cuando las pateé.
Oliver se quedó frente a mí, mirándome embobado durante al menos sesenta segundos seguidos.
—¿Te está dando un infarto? —Moví los dedos de los pies dentro de mis calcetines blancos altos y estiré los brazos sobre la cabeza, arqueándome con un bostezo.
Como yogui devota, mi flexibilidad rivalizaba con una cuerda elástica—.
Si es así, no te va a molestar que te mande a urgencias con alguien del personal, ¿verdad? La hora punta es horrible.
—Bueno… ¿no soy un hombre con mucha suerte por haberte conquistado? —murmuró, mientras el bulto en sus pantalones grises crecía segundo a segundo.
—El más afortunado —dije, estirando la mano para pellizcarle la mejilla, sabiendo que lo odiaba—. Métete en la ducha. Tengo hambre.
Como no se movió, le di la espalda y bajé a posición de perro boca abajo, regalándole una vista perfecta de mi trasero y mis piernas.
Aspiró con fuerza detrás de mí, tanteó el borde del lavabo y se aferró con los dedos.
—Por Dios, Mimitos —su voz sonó ronca y desesperada—. ¿Estás tratando de matarme?
—¿Por qué? ¿Está funcionando?
El sonido que hizo parecía indicar que casi se ahogaba con su propia lengua.
—¿Mmm? —En un movimiento rápido, pasé a una plancha lateral, deslizando el pie derecho por el interior de mi pierna izquierda hasta el muslo—. ¿Has dicho algo?
Oliver no respondió mientras estiraba el brazo libre hacia arriba. De hecho, no se había movido desde que me había desnudado. Sin previo aviso, levanté la pierna derecha bien alto, ofreciéndole una vista directa de mi coño expuesto.
Mis pezones se endurecieron, tensos por el deseo. La humedad entre mis muslos seguramente brillaba, como una invitación abierta.
Oliver solo se quedó ahí, moviéndose incómodo de un lado a otro, tratando de no tocarse.
—Cariño, ¿puedes abrir la ducha? —Bajé hasta abrirme en split —. Ese vapor no se va a crear solo.
—Totalmente en desacuerdo. —Tragó saliva—. Hay tanto vapor aquí que mis pelotas están a punto de incendiarse.
De alguna manera, logró apartar la mirada y se quitó la ropa, esparciéndola por el suelo. Su cuerpo me hacía querer llorar. Mi centro latía, desesperado por ser llenado. Por ser tocado. Por ser devorado por ese hombre.
Era perfecto. Cada centímetro. Hombros anchos, brazos musculosos y un abdomen impecable.
Tropezó hacia la cabina de cristal y dejó la puerta entreabierta mientras batallaba con el grifo. El agua siseó al salir y empezó a llenar el baño de neblina. La condensación cubrió espejos y paredes.
Oliver apoyó el antebrazo en el cuarzo mientras luchaba por no agarrarse el pene. Estaba absurdamente duro y tenía la punta casi morada. Una perla perfecta de líquido ya coronaba la cabeza.
Sabía que mi plan sería fácil, pero no pensé que tanto.
—Puedes masturbarte, amor. No me voy a molestar. —Le guiñé el ojo y me puse en postura de media luna—. La verdad, yo también quiero tocarme.
Oliver gruñó de dolor y apretó su pene sin moverlo. Bajó la barbilla.
El agua bajaba por su figura imponente como una cascada, pasando por esos rizos rubios que me encantaba agarrar porque olían a verano, a coco y al chico que amaba.
Se limpió el líquido.
—Esto es muy difícil para mí.
—Me doy cuenta. —Mi mirada bajó hasta su pene, que se adhirió a su abdomen como una sanguijuela cuando lo soltó.—. ¿Te molesta si acaricio al gatito?
—¿Eh… qué? —parecía aturdido. Distraído.
—Ya sabes… si pulo la perla. Aprieto el botón.
Parpadeó varias veces, a punto de explotar.
—Tienes sentido del humor.
Parecía sorprendido.
Ah, claro. Porque soy una ambientalista fría y amargada.
—Sentido del humor… y la libido de alguien que acaba de descubrir el sexo. Además, hago la mejor pizza del mundo. Pero eso ya lo sabes, futuro esposo. —Guiñé un ojo, señalando mi entrepierna—. ¿Entonces, puedo?
—Sí. Claro. Si eso es lo que quieres…
—Está haciendo un poco de frío fuera. —Me quité los calcetines—. ¿Puedo pasar? Prometo no tocarte. Respeto que no quieras tener sexo hasta que recupere la memoria.
—En realidad, tal vez no sea buena…
Ignoré sus protestas y entré a la enorme ducha. Cuatro cabezales elegantes salpicaban el techo. Giré una manilla al azar, una que nadie había usado, y activé el modo lluvia.
Con una sonrisa, me apropié del banco en la esquina y abrí las piernas, mostrándole todo de mí.
No solo estaba húmeda.
Estaba empapada.
No había forma de negar que ese hombre me parecía irresistible. Sin importar cómo me sintiera respecto a él, no podía negar la atracción.
Oliver dejó de protestar y de lanzarme miradas miserables. Se deslizó por la pared de azulejos y me observó. El agua se acumulaba en el borde de sus labios rosados y sobre las puntas de sus pestañas.
Tenía los ojos entrecerrados. Ebrio de deseo.
Su pene se balanceaba de arriba abajo, como un péndulo, desesperado por hundirse en algo. En mí. Quería sentirlo dentro. Entero.
Destellos de nuestra primera vez bailaron frente a mí.
Mis uñas clavadas en su espalda, incapaz de contenerme porque era tan grande. Tan grueso.
La deliciosa sensación de estar fundidos.
Llevé la mano a mi clítoris y empecé a masajearlo con el dedo índice, provocando mi entrada con el meñique. Mi vagina hacía sonidos hambrientos, lista para que el hombre frente a mí la conquistara.
Mis pezones estaban tan duros, tan sensibles, que el más leve roce del aire me hacía estremecer.
—Tu coño es tan hermoso —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios—. Ojalá pudiera devorarlo.
—Puedes hacerlo. —Dibujé una sonrisa en mi clítoris con la yema del dedo—. Futuro esposo.
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás mientras volvía a apretar su pene con el puño.
—¿Qué me estás haciendo?
—Oye… —intenté mantener un tono tranquilo. Profesional. Para ocultar cuánto me afectaba. Estaba al borde del orgasmo. Solo por verlo mirarme mientras me tocaba—. Deberías enjabonarte. Ya sabes… para limpiarte.
Tomó una botella dorada de Guerlain y se echó dos chorros en las manos.
—Debería.
Sus dedos fuertes recorrieron sus hombros, espalda y pecho. Aceleré el ritmo en mi clítoris, usando la otra mano para formar una V con los dedos y abrir mis labios. Su pecho subía y bajaba cada vez más rápido.
Gruñó, algo parecido a un gemido.
—¿Te molesta si también limpio mi pene?
—No. —Mi voz salió espesa, melosa, muy distinta a mi propia voz—. La higiene es lo primero.
Mis caderas se movían al ritmo de nuestros latidos. Incluso desde el otro lado de la ducha, podía sentirlo. Su respiración caliente. Su pulso imposible. Sus ojos tocándome en cada parte donde se posaban.
Quería ahogarme en ese hombre y no volver a tomar aire jamás. Podía destruirme si quisiera. De hecho, casi perdí el hilo del plan. Mi propósito. La razón por la que lo había provocado.
La mano de Ollie se deslizó por su pene, desde la base hasta la punta.
—Deberíamos parar.
Aun así, se frotó con el pulgar la abertura en la punta, temblando de deseo, y con los ojos fijos en mí.
—No. —Aceleré—. Estoy muy cerca.
—No puedo. No puedo. —Oliver negó con la cabeza y se soltó—. No está bien. No puedo hacerte esto.
—Estoy muy cerca.
De verdad lo estaba.
Un jadeo profundo escapó de mí. Dibujé un círculo sobre mi clítoris antes de hundir dos dedos dentro. No sabía cómo explicarlo, pero esto era más intenso que cualquier sexo que hubiera tenido y fuera a tener. Solo saber que Oliver estaba ahí. Frente a mí. Perdiendo la cabeza por mí.
Era todo lo que siempre había querido.
Todavía lo era.
Y eso me emocionaba y me deprimía al mismo tiempo.
—Lo veo. —Tragó saliva—. Te ves impresionante cuando acabas.
Fue todo lo que necesité. Mi corazón se disparó, mi piel se encendió, y mis paredes comenzaron a palpitar mientras una ola caliente de placer me recorría desde la cabeza hasta los pies.
Estaba flotando, girando, perdida en ese dulce deseo. Por un instante, mi existencia entera quedó suspendida. Eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y, por una vez, me permití sentir.
Unos momentos después, abrí los ojos. Oliver ya estaba de pie, con una toalla en la cintura. Me miraba con una mezcla de confusión y horror. Entonces lo entendí. Lo cerca que había estado de acostarme con él.
Me levanté, sonreí y caminé hacia él, moviendo las caderas. Su mirada las siguió y bajó hasta el interior de mis muslos. Me detuve frente a él extendí entre nosotros los dedos que habían estado dentro de mí.
Levanté una ceja.
—¿Quieres probar?
—Más que nada en este maldito mundo —dijo con voz ronca—. Pero no puedo. No hasta que recuperes la memoria.
—Oh, bueno.
Aun así, me acerqué más. Mis pezones rozaron su pecho mientras me ponía de puntillas y estiraba el brazo para cerrar la llave del agua. En cuanto se apagó, el aire frío me erizó la piel.
Oliver contuvo el aliento cuando nos tocamos. Embriagada del poder que tenía sobre él, rocé mis pezones contra su cuerpo. Se quedó completamente quieto, sin respirar siquiera.
Cerró los ojos con fuerza y aspiró profundo cerca de mis dedos. Un gruñido salió desde lo más profundo de su garganta.
—Briar.
Me estiré, arqueando mi cuerpo desnudo contra el suyo.
—Tal vez la próxima vez, ¿no?
Mi vagina húmeda rozó su toalla… y la erección palpitante que no lograba ocultar.
—No tengas la menor duda.
Me di la vuelta y me fui.
1-0 para el equipo visitante, idiota.
Yo llevaba la cuenta.
Porque antes, junto al lago que me hizo recordar el lugar donde nos habíamos enamorado, por fin había recordado mi pasado horrible.
Quince años atrás, Oliver von Bismarck me había abandonado.
Esta vez, sería yo quien se marcharía.
Pero no sin antes causarle una herida más profunda que la que él me había dejado.