Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo sesentaZach
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Capítulo sesentaZach

Capítulo sesenta

Zach

Podría escribirse una tesis de mil páginas sobre las maravillas de mis primeros descubrimientos con el sexo.

Cada vez que salía de la entrepierna apretada de Farrow, los treinta y tres años que había pasado fuera de ella me parecían una pérdida de tiempo.

Por desgracia, ella tenía cosas que hacer: una madrastra que arruinar, una medalla que ganar y la demandante esposa de Romeo que afeitar (Ollie los había descubierto en un baño y se las había arreglado para enviar fotos antes de que Rom le tirara el teléfono al triturador de basura).

Así que me encontraba en el club de campo, descargando las frustraciones en la cancha de tenis, golpeando las pelotas que me lanzaba la máquina.

Cuando me detuve para hidratarme, vi a mamá al borde de la pista con un traje de tres piezas impecable, lo cual me confirmaba la sospecha de que no nos habíamos encontrado por casualidad.

—Zachary. —Me golpeó cariñosamente con su bolso Hermès—. Mi querídísimo hijo único.

—Mamá —respondí apartándome ligeramente de ella.

Oh, Constance. Nunca captaba las indirectas, ni siquiera si eran más gruesas que un tronco de árbol. Me había mantenido alejado de la mansión la última semana, y había preferido llevar a Farrow a The Grand Regent y a lugares de escapada que le recordaban a Corea.

—Eres más difícil de encontrar que un Birkin de cocodrilo mate. ¿Dónde has estado?

«Metido en la vulva chorreante de Farrow Ballantine».

—Fui al infierno y volví. —Me colgué la raqueta al hombro y me sequé el sudor de la frente—. ¿Por qué? ¿Qué necesitas?

No estaba de humor para entretenerme con sus deseos y necesidades. De hecho, todo lo que quería era volver a casa con la esperanza de enterrarme dentro de Farrow. Con razón se enfatizaba tanto en el tema de la abstinencia: una vez lo probabas, no podías pensar en otra cosa.

Mamá resopló.

—Esa no es forma de hablar a tu madre.

—Pero sí es forma de hablarle a una mujer que me obliga a casarme con alguien contra mi voluntad.

Nos quedamos los dos paralizados en medio del aparcamiento. Ella, estupefacta; yo, aliviado. Era la primera vez que le decía que no quería casarme con Eileen; que no quería casarme con nadie . Con la verdad expuesta, no pudo reprimir el impulso de contraatacar.

—¿De qué estás hablando? Si es perfecta para ti. —Mamá empezó a enumerar las virtudes de Eileen con los dedos—: Preciosa, amable, inteligente, médica y, por si fuera poco, viene de una gran familia. Los Yang son protectores, caritativos y obscenamente ricos.

—No me importa. —Golpeé la raqueta contra el cemento—.

Yo también soy asquerosamente rico y, ¿sabes qué?

, mi enorme cuenta bancaria y mi cartera de clientes todavía más abultada no me han hecho feliz nunca.

Nada más lejos. He desperdiciado la vida tratando de lograr cada vez más, de ganar más, de poseer más…

Persigo emociones seguras para llenar el vacío que tengo por dentro.

No necesito otro premio para demostrarle al mundo todo lo que he conseguido.

Todo el cuerpo de mamá empezó a temblarle dentro del traje impoluto.

—¿Qué estás diciendo?

Sabía que me había metido en aguas turbulentas. Pero di el salto, listo para ahogarme. Era ahora o nunca. «Para siempre» era mucho tiempo que pasar con alguien a quien no amabas.

—No quiero casarme con Eileen.

—Zachary. No puedes decir eso. —Mamá apretó el collar Buccellati que papá le había regalado en su noche de bodas—. Ya lo anunciamos. Hubo una fiesta de compromiso.

—La gente cancela compromisos todo el tiempo. Oliver y Romeo tienen una apuesta sobre cuándo se cancela el mío.

—¿Qué pasa con la pobre Eileen? Le hiciste una promesa. Se convertirá en el hazmerreír de todo el mundo. ¿Quién va a tomarla en serio después de esto? ¿Y a ti?

Esto me tocó un punto débil. No estaba equivocada.

Tanto Eileen como yo sufriríamos un gran golpe en nuestra reputación si rompíamos el compromiso.

A mí no me importaba demasiado —la única persona cuya opinión me interesaba no sucumbía jamás ante las presiones sociales—, pero no sería justo para Eileen; no después de que yo me hubiese comprometido con ella.

Aun así, pensé, ¿qué dolería más? ¿Empezar un matrimonio en que ninguno de los dos nos soportábamos o un golpe al ego que sería temporal?

—Durante mucho tiempo he dejado que tú y la tía Celeste dirigierais mi vida personal por mí, simplemente porque nunca me importó desarrollarla.

Pero ahora sé que no debo dejar que esto se convierta en una bola de nieve que termine en desastre, tanto para mí como para Eileen.

Hablaré con ella y le haré saber mi decisión.

—Shh . —Mamá miró a su alrededor a los miembros del club que deambulaban por el lugar con sus carritos de golf acolchados—. Habla más bajo que nos oirán.

Me tomó del brazo y me llevó a la parte trasera de una cabaña privada.

Su contacto me abrasó la piel, pero no me dieron ganas de vomitar.

La risa me cosquilleó la garganta. Si no estuviera tan furioso, estaría eufórico.

Farrow me estaba arreglando. Roce a roce, hacía que el contacto con otras personas me resultara menos repulsivo.

Mamá me acorraló contra la pared, abrió su Birkin, sacó un inhalador, se lo puso entre los labios e inhaló tres veces.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tienes?

—Tengo… —el labio inferior se le curvó con gesto disgustado— ansiedad. El doctor Shahi también me dio unas pastillas, que por supuesto no pienso tomar.

Metió el inhalador en el bolso y sacudió la cabeza. Añadió:

—Ah, no pasa nada. No me mires así, Zachary. Ambos sabemos que mi vida no vale demasiado desde que falleció tu padre.

Guerra psicológica barata, pero que funcionaba a las mil maravillas.

La culpa se me deslizó por las entrañas y se derramó como lava.

Pero mamá lo decía en serio. Yo lo sabía.

Ella tenía un propósito en la vida, y ese era yo .

Cada vez que se me olvidaba, bastaban dos segundos para recordar las palabras que le había gritado Ayi aquella vez, y que fueron las que la habían sacado del estado zombi: «¿Y si tu hijo también muere?

¿Vas a dejar que eso suceda mientras te revuelcas en el dolor? Yo no puedo proteger a Zach sola».

—¿Crees que no me doy cuenta de que no amas a Eileen? —Los ojos de mamá se llenaron de lágrimas. Sacó un pañuelo del bolso y se secó los ojos con unos golpecitos suaves—. Yo ya lo sé, hijo, créeme.

En un esfuerzo por tolerar el contacto, llevé a mi madre hasta un asiento cercano tomándola por el brazo.

Los hombros le temblaban con tanta fuerza que ni siquiera se dio cuenta de que la tocaba por primera vez en más de veinte años.

Me pregunté qué veía al mirarme: tan inteligente, tan frío, tan incapaz de rellenar las grietas de mi alma…

Ni siquiera había podido decirle las últimas palabras que había dicho su esposo.

Al final, a pesar de lo mucho que sabía, desconocía lo único que importaba.

Mamá resoplaba y el corazón se me hundía por dentro.

—Pero papá y yo siempre quisimos que vivieras las cosas que hacen que la vida valga la pena: un hogar hermoso, hijos, alguien con quien encontrarte cuando vuelves a casa…

Ese vacío que sientes se irá cuando tengas una familia que lo llene de alegría.

¿O cómo crees que sobrevivo desde que tu padre murió?

—Mamá parpadeó un par de veces, con los ojos enrojecidos—.

Tú y tía Celeste sois mis salvavidas. A menudo, sois lo único que me hace levantarme por las mañanas.

Quiero que tengas eso con alguien responsable.

Alguien en quien se pueda confiar. Alguien seguro.

—Suspiró y jugueteó con el pañuelo—. Eileen es capaz de capear todas las tormentas que la vida te depare.

Es resiliente y muy considerada. Nunca irá en contra de su moral.

Nunca te engañará ni te robará. La elegí con mucho cuidado para ti. Es parecida a ti en todo.

Mamá tenía razón. Pero la verdad del asunto era que Eileen no era la mujer que yo quería.

—Y esa chica… Farrow. La que trajiste a vivir contigo… —Se le torció la boca hacia abajo y levantó un dedo en una señal de detención preventiva—: Me niego a fingir que es tu asistenta. Los dos sabemos lo que es.

Me pasé el pulgar por la mandíbula tensa para masajearme.

—Lo que sea Farrow está fuera de discusión aquí.

—No tanto. —Se dio unos golpecitos sobre la nariz con el pañuelo—. Yo sé que es tu amante. No pasa nada. No hay nada malo en satisfacer los impulsos. Todos tenemos necesidades.

Si hubiese podido encogerme de vergüenza hasta desaparecer en el olvido, lo habría hecho en ese mismo instante. Mamá continuó:

—Pero ella no es del tipo de mujer para casarse. Tú también lo sabes. Ya viste las noticias. Participó en un engaño a cambio de un beneficio económico. ¿Cómo sabes que no está contigo por tu dinero y poder?

No respondí, más que nada porque Farrow había accedido a nuestro acuerdo a cambio de honorarios legales (dinero) y lograr una venganza (poder).

Mamá negó con la cabeza. Y prosiguió:

—Tú eres un trofeo para ella. Si fueras pobre, ¿acaso os habríais conocido? ¿Habríais empezado una relación?

Me quedé en silencio, sabía que tenía razón.

No porque pensara que Farrow fuese una cazafortunas —si algo podía decirse, era que ella era justo lo contrario, pues trataba peor a la gente con dinero—, sino porque entendía las circunstancias en que nos habíamos conocido; me daba cuenta de cómo se veían para el mundo exterior y me parecía lógico que un padre o una madre pudieran preocuparse.

Mamá siguió; percibía la grieta en mi coraza.

—No te digo que no la veas nunca más. Puedes quedártela para las vacaciones y para darte algún capricho de vez en cuando. —Tragó saliva—. Ya lo hablé con Eileen. Está de acuerdo si a ti te complace. Y me dijo que vosotros dos no tenéis intención de tener una relación física.

—¿Cuál es el objetivo de estar juntos si ninguno de nosotros lo desea de verdad ?

—Oh, Zach. Tener una relación no es cuestión de sexo.

Una relación tiene que ver con tener valores compartidos, objetivos en común y algo de amistad.

—Mamá temblaba a mi lado, frágil y pequeña, vomitaba sus argumentos como si estuviera al borde de la muerte—.

La relación que tienes con esa chica, Farrow, es un engaño.

Está construida sobre pilares inestables.

La atracción se desvanece con el tiempo.

El deseo se evapora. Las ansias van y vienen. ¿Pero la amistad? Eso perdura.

En contra de mi voluntad y de todo lo esperado, traté de ver su perspectiva, su lógica basada en la exclusividad mutua de la amistad y la atracción. ¿Y no se le ocurría que yo podía considerar a Farrow una amiga y al mismo tiempo querer acostarme con ella?

«¿Y acaso se te ha ocurrido a ti? Si se te hubiera ocurrido, no le echarías el acuerdo en cara cada vez que las cosas se ponen incómodas con ella».

Mamá se alisó la camisa y tanteó el terreno. Intenté no inmutarme.

—Eileen será buena para ti. Ella no te ve como un medio para conseguir un fin. Para ella, eres una inversión a largo plazo.

Tal vez tenía razón. No en lo de enamorarme de Eileen, eso no me iba a pasar nunca.

Pero tal vez había dejado que mi tiempo con Farrow me nublara el juicio.

Eileen me ofrecía todo lo que necesitaba tildar en mi lista, mientras que Farrow me ofrecía una cuenta atrás, y hasta el precio de eso era muy alto.

—Mamá. —Le apoyé las manos sobre ambos brazos y la llevé un poco más lejos, maravillado del hecho de poder tocar a otra persona sin tener mi cuchillo como barrera protectora—.

Lo siento, pero sería injusto de mi parte darle a Eileen cualquier tipo de esperanza de que podamos ser algo más que dos conocidos.

—Por favor. —Mamá apretó las manos. El bolso salió volando y rodó por el suelo, con todo el contenido derramado como si fueran las tripas.

Ella ni siquiera se dio cuenta—. Por favor, Zachary.

Solo dale una oportunidad más. Por tu madre.

Por tu tía. Por tu padre. Él te habría dicho que al menos lo intentaras. Sabes que te habría dicho eso.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Parecía tan frágil en ese momento, parecía la misma mujer que había llorado a mi lado en mi cama de hospital antes de que el tiempo curara mis heridas físicas y ella se desvaneciera lentamente…

Mamá me pasó la palma de la mano por la mejilla.

Cerré los ojos y luché contra el asco que sentí.

Las náuseas de ahora no eran más que un malestar breve y momentáneo, gracias a Farrow. Mamá siguió insistiendo:

—Por favor, dale una oportunidad a Eileen. —Me apretó el hombro a través de la camisa—. Os he reservado un fin de semana en los Hamptons. La casa está lista. Ella estará allí, esperándote. Solo inténtalo por mí.

Cerré los ojos y me di cuenta de que necesitaba que fuera Eileen la que rompiera esto primero. De acuerdo, iríamos a los Hamptons. Pero la escapada no iba a terminar con campanas de boda.

—Si hago esto —dije con voz ronca—, ¿me dejarás libre?

—Sí. —Mamá apretó el pañuelo entre ambas manos—. Sí, te lo prometo.

—Muy bien. Pues iremos a los Hamptons.