Mi Marido Cree Que Estoy Muerta Valeria Cruz
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Valeria Cruz

Valeria salió de la casa a las ocho y veinte de la mañana.

No llevaba a Sofía. Vestía un traje color crema, zapatos negros y el cabello recogido. Condujo hacia una zona de restaurantes corporativos en San Pedro, donde ejecutivos, abogados y funcionarios podían sostener conversaciones privadas rodeados de personas demasiado educadas para escuchar.

Camila y yo la seguimos en vehículos distintos.

Yo iba en un taxi solicitado desde un teléfono desechable.

Camila conducía el auto rentado y se mantuvo dos cuadras atrás.

Habíamos acordado que no entraría al restaurante a menos que yo enviara un mensaje específico.

Si aparecía la camioneta negra, debía marcharse y activar las copias de seguridad.

Valeria estacionó frente a un edificio de vidrio oscuro.

La seguí hasta el vestíbulo y después subí por las escaleras mientras ella utilizaba el elevador. El restaurante ocupaba el último piso. Tenía mesas separadas por paneles de madera, música instrumental y ventanas desde las que se veía la ciudad extendiéndose hasta las montañas.

Elegí una mesa detrás de una celosía.

Valeria ya estaba sentada.

Arturo llegó cinco minutos después.

No se saludaron con afecto. Él ocupó la silla frente a ella y dejó el celular sobre la mesa, con la pantalla hacia abajo. Un mesero sirvió café sin que ninguno hiciera un pedido.

—Dijiste que tendríamos acceso esta semana —comenzó Valeria.

—Buenos días para ti también.

—No estoy de humor.

Arturo tomó la taza.

—Eso se ha vuelto habitual.

Valeria abrió una carpeta delgada.

—La cuenta de Laredo continúa bloqueada. El administrador no responde mis mensajes y Beltrán dejó de contestar.

El nombre del médico me hizo inclinarme hacia la celosía.

—Beltrán responde cuando es necesario —dijo Arturo.

—Necesito los movimientos completos.

—Necesitas paciencia.

—Llevo tres años teniendo paciencia.

Arturo sonrió, pero no había calidez en el gesto.

—Y dentro de once días formarás parte de la familia. Después de la boda hablaremos de lo que te corresponde.

—Eso no fue lo acordado.

—Los acuerdos cambian cuando cambian las circunstancias.

Valeria cerró la carpeta con cuidado.

—No voy a casarme con Daniel para descubrir que moviste todo antes de que pudiera revisarlo.

La frase confirmó al menos una parte de mis sospechas. La boda no era solo una boda. Existía una cuenta en Laredo, un acuerdo previo y algo que Arturo mantenía fuera del alcance de Valeria.

No sabía si discutían sobre dinero robado, pruebas o pagos por mi desaparición.

Arturo bebió café.

—Te casarás con Daniel porque eso es lo que decidiste.

—No confundas una decisión con obediencia.

Durante unos segundos ninguno habló.

La expresión de Arturo cambió apenas. Había visto aquella mirada en reuniones de consejo cuando alguien lo contradecía. No levantaba la voz. Esperaba hasta que la otra persona comenzaba a dudar de su propia posición.

—Sofía ha vuelto a hablar de su madre —dijo.

Valeria no respondió de inmediato.

—Es una niña que perdió a alguien.

—Es una niña que recuerda cosas que no debería recordar.

—¿Qué cosas?

—Tú deberías saberlo. Pasas más tiempo con ella que cualquiera.

Valeria apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Puedo manejar a la niña.

La frase me produjo una oleada de calor en el pecho.

Manejarla.

Como si Sofía fuera una cuenta difícil, una empleada problemática o un documento que debía mantenerse bajo control.

Arturo bajó la voz.

—Ya dijiste eso cuando aparecieron los primeros dibujos.

—Los dibujos no prueban nada.

—No necesito que prueben algo. Necesito que dejen de aparecer.

Valeria miró hacia la ventana.

—Daniel no permitirá que la interroguen otra vez.

—Daniel permitirá lo que sea necesario cuando entienda las consecuencias.

—No es tan fácil de controlar como crees.

Arturo soltó una risa breve.

—Llevas tres años a su lado y todavía no comprendes lo fácil que es controlarlo.

Pensé en la fotografía de la funeraria, en la mano de Arturo sobre el hombro de Daniel y en el dinero depositado días después.

Valeria permaneció en silencio.

Arturo sacó un documento de su portafolio y lo colocó sobre la mesa.

—Firma esto.

Ella no lo tocó.

—¿Qué es?

—Una autorización preliminar.

—No firmo documentos que no he revisado.

—Entonces revísalo.

Valeria leyó la primera página. Su expresión no cambió, pero uno de sus dedos se detuvo sobre una línea.

—Esto transfiere facultades sobre la cuenta.

—Temporalmente.

—A una empresa que no conozco.

—Conocerla no es necesario.

Valeria cerró el documento.

—No.

Arturo apoyó la espalda en la silla.

—La boda debe celebrarse antes de que podamos completar el resto.

—¿Por qué?

—Porque después tendrás la posición adecuada para hacerlo sin llamar la atención.

—¿La posición de esposa?

—La posición de familia.

Valeria lo observó con una intensidad que me hizo pensar que lo odiaba.

También podía estar fingiendo.

—Quiero ver primero los archivos de Laredo —dijo.

—Después de la boda.

—Quiero saber qué ocurrió con la cuenta anterior.

—Después de la boda.

—Y quiero que Sofía quede fuera de esto.

Arturo inclinó la cabeza.

—Entonces consigue que deje de recordar.

Valeria no respondió.

Arturo se levantó, abotonó su saco y dejó el documento sobre la mesa.

—Tienes hasta mañana.

Se alejó sin mirar atrás.

Esperé que Valeria guardara el papel o llamara a alguien. En lugar de eso, permaneció sentada, con las manos alrededor de la taza.

Parecía cansada.

No asustada. No exactamente.

Esperó hasta que Arturo desapareció en el elevador. Después miró hacia ambos lados, sacó el celular y fotografió cada página del documento. Tomó imágenes rápidas, inclinando el papel para evitar el reflejo de las luces.

Aquello no encajaba con una socia que ya conocía el contenido.

Podía significar que Arturo no confiaba en ella.

También podía ser una representación preparada para cualquiera que los observara.

Valeria guardó el celular y dejó el documento exactamente donde Arturo lo había colocado. Luego se levantó y caminó hacia los baños.

Yo abandoné la mesa antes de que regresara.

En el elevador envié un mensaje a Camila con la palabra acordada. Nos reunimos tres calles más abajo, junto a una farmacia.

—¿Qué pasó? —preguntó cuando subí al auto.

Le conté la conversación.

—¿La cuenta de Laredo podría estar relacionada con Lucía?

—Podría estar relacionada con cualquier cosa.

—Valeria fotografió el documento.

—Quizá Arturo no le permite conservarlo.

—O quizá quiere que pensemos que investiga.

Camila arrancó.

—Eso supondría que sabe que la observas.

Miré por la ventana.

—Me vio en el hotel.

—No te reconoció.

—No podemos saberlo.

Seguimos a Valeria desde una distancia mayor. En lugar de regresar a la casa o dirigirse a Salgado Norte, condujo hacia el cementerio.

El vehículo oscuro no apareció.

Valeria estacionó cerca de la sección norte. Bajó con un ramo pequeño envuelto en papel y caminó sola hacia mi tumba.

Camila detuvo el auto detrás de una fila de árboles.

—¿Por qué vendría hoy?

—Tal vez porque sabe que alguien estuvo aquí ayer.

—El cuidador pudo llamarla.

—O Arturo.

Esperamos dentro del auto. Desde nuestra posición apenas alcanzábamos a verla entre los fresnos.

Valeria dejó las flores frente a la lápida. No se arrodilló ni tocó mi nombre. Permaneció quieta durante casi un minuto, mirando el suelo.

Luego sacó algo del bolsillo.

Un objeto verde.

Mi respiración se volvió superficial.

El cuidador había descrito un dije de esmalte verde colocado sobre la tumba durante el funeral. Valeria sostenía uno igual.

Lo dejó junto a las flores.

Después miró alrededor.

Camila y yo nos agachamos al mismo tiempo.

Valeria regresó hacia su auto. Esperamos hasta que salió del cementerio y dejamos pasar otros cinco minutos antes de bajar.

El ramo contenía flores silvestres, no las rosas blancas que Daniel solía dejar allí.

El dije estaba parcialmente cubierto por una hoja.

Era ovalado, de esmalte verde oscuro, con un borde dorado. Tenía una pequeña bisagra en un costado.

—Es un relicario —dijo Camila.

Me puse los guantes que llevaba en el bolso y lo levanté.

—El cuidador dijo que desapareció después del funeral.

—Quizá Valeria lo recuperó.

—¿Y por qué volvería a dejarlo?

Abrí el broche.

Dentro había una fotografía diminuta, recortada para ajustarse al marco.

Reconocí el rostro de inmediato.

Lucía Herrera aparecía sonriendo junto a otra mujer cuyo rostro había sido eliminado del encuadre. La fotografía era antigua. Lucía parecía más joven que en el expediente laboral y llevaba el cabello recogido.

Detrás de la imagen había una fecha escrita a mano.

Seis años antes de nuestra desaparición.

Camila observó la foto sobre mi hombro.

—Valeria conocía a Lucía.

—Sí.

—Podrían haber sido amigas.

—O familiares.

Guardé el relicario dentro de una bolsa transparente.

En el restaurante, Valeria había exigido acceso a una cuenta en Laredo. Había dicho que llevaba tres años esperando. Arturo vinculaba la boda con algo que ella recibiría después. Ahora sabíamos que Valeria tenía una relación personal con la mujer que posiblemente yacía bajo mi nombre.

Eso podía convertirla en cómplice.

También podía significar que llevaba tres años intentando averiguar qué le ocurrió a Lucía.

Miré las flores frente a la lápida.

No sabía si Valeria estaba ocupando mi lugar o infiltrándose en él.

Pero ya no podía tratarla solo como la mujer que iba a casarse con Daniel.

Valeria Cruz había llegado a mi funeral por Lucía.