Capítulo 33. Carolina
— ¿Qué boda, Mariano?
—La nuestra. —Deja las tazas en la mesa como si acabara de decir «va a llover»—. El catorce. Aquí.
—Tú estás mal de la cabeza. —Cierro la puerta porque los vecinos ya tienen bastante teatro gratis—. Yo no he dicho que sí. No me lo has pedido. ¡No hay boda que organizar!
—Te recuerdo tus palabras exactas. —Cuenta con los dedos—. «Te esperamos aquí». Aquí. Así que boda aquí. Con las reglas de aquí. Nada de imperios.
—¡Eso fue una frase!
—Eso fue una condición. La he cumplido. —Se quita el abrigo, tranquilo, el muy sinvergüenza—. Aquí. Reglas de aquí. Notario de aquí. Lo único que no especificaste fue cuándo, así que la fecha la he puesto yo.
—¡Porque no habíamos quedado en nada!
—Habíamos quedado en todo. —Me mira, y baja la voz un grado—. Solo faltaba el papeleo.
—¿El papeleo? —Me río de pura rabia—. ¿Me acabas de llamar papeleo?
—Te acabo de llamar mi mujer. Lo del papeleo es el resto.
—Nadie. Me ha. Preguntado.
—Te voy a preguntar. —Da un paso—. Como es debido. Antes del catorce. Y te aviso: la señora ya tiene encargada la tarta y Nora se ha comprado un sombrero.
—¿Nora tiene sombrero? —Me fallan las defensas por el flanco más tonto—. ¿Desde cuándo?
—Desde el martes. El pueblo entero lo sabe, Carolina. Faltas tú.
—¿Y si digo que no?
—Entonces el catorce habrá una fiesta con tarta y sin boda. —Se encoge de hombros—. El pueblo no pierde nunca.
Lo miro. El pelo revuelto, el certificado de mi padre todavía en mi mano, la caja de la tía en la mesa, y este hombre imposible que ha organizado mi boda sin preguntarme y me sostiene la mirada sin un gramo de culpa.
—Te odio —le digo.
—Lo sé. —Da el último paso—. Llevas tres años odiándome fatal.
Y lo agarro yo del jersey. Yo primero. Que conste.
Me besa contra la puerta del pasillo, y esta vez nadie cuenta hasta nada.
Tres años. Cinco, si cuento los del despacho, y los cuento, porque mi cuerpo los lleva apuntados todos. Cada carpeta entregada con los dedos a dos centímetros de los suyos. Cada «buenas noches, señorita Winter» que me duraba hasta el ascensor. Todo eso está aquí ahora, en esta puerta, en sus manos.
—Dime que pare y paro —dice contra mi cuello, y la voz le sale rota.
—Ni se te ocurra.
Me levanta como si no pesara, y yo le rodeo la cintura con las piernas, y el pasillo se nos queda corto y el dormitorio lejísimos. Llegamos igual. A trompicones, riéndonos contra la boca del otro, tirando un abrigo, una bota, el mundo.
Me deja en la cama y se queda un segundo de pie, mirándome, con el pecho subiendo y bajando.
—¿Qué?
—Nada. —Se quita el jersey por la cabeza—. Que llevo cinco años prohibiéndome esto. Dame un segundo para el despido.
Me ríe el cuerpo entero. Y después ya no me río.
Me desarma el recogido horquilla a horquilla, despacio, mirándome caer el pelo como se mira ganar un pleito.
Me busca con las manos por debajo de la blusa, y las tiene frías, y yo me arqueo igual, hacia el frío, hacia él.
Su boca baja por mi cuello sin prisa, cobrándose el invierno entero, y cuando digo su nombre lo digo bajito, y él levanta la cabeza igual, siempre lo oye.
—Otra vez —pide.
—Mariano.
—Otra vez.
Lo demás es su espalda bajo mis manos, mi risa corta contra su hombro, su «mírame» en voz baja. Y lo miro. Lo miro todo el tiempo, porque a este hombre ya no pienso perderlo de vista, y él me mira como si yo fuera la obra de su vida y acabaran de darle la licencia.
Lo demás no se cuenta. Se firma. Con el cuerpo, esta vez, y con intereses.
Después, a oscuras, sudados y en paz, con mi cabeza en su pecho y su corazón todavía a carreras bajo mi oreja, pregunta contra mi pelo:
—¿Eso ha sido un sí?
—Eso ha sido un adelanto. —Le busco la mano—. El sí se pide de rodillas, Ferrante. Reglas de aquí.
—Tomo nota. —Y sé que sonríe en la oscuridad—. Siempre tomo nota.
No me duermo todavía. Hay una cosa más, y si no la hago esta noche, no la hago nunca.
Enciendo la lamparita y busco el teléfono. La nota se llama «Cosas que no le voy a contar». La empecé una madrugada de biberones, hace tres años, y creció sola.
Se la pongo en la mano sin una palabra.
La lee entera, despacio, con el pulgar subiendo línea a línea. Que son dos. Que Leo estornuda de tres en tres, como estornudaba alguien en un despacho con vistas. Que Mia se duerme si le sujetan la mano, y que a mí me la sujetaba mi tía. Todo lo que no le conté, en el orden exacto de no contárselo.
Cuando termina no dice nada. Deja el teléfono en la mesilla con cuidado de documento y me esconde la cara en el cuello, y se queda ahí un rato largo, respirando raro.
—Cámbiale el título —pide al final, ronco.
Lo cambio delante de él: «Cosas que ya sabe».
—Falta una línea —digo, y la escribo con su barbilla en mi hombro: que nunca dejé de quererlo. Ni un día de los mil.
Después guardo el teléfono. Ya no hace falta la nota: a partir de ahora se lo cuento todo en persona.
La mañana siguiente amanece con sol de mentira y un frío que muerde.
Abro la puerta a por la leña y ahí está. Al pie de mis escalones, con dos cafés y una caja pequeña.
—Buenos días. —Me tiende un café—. Traigo un asunto pendiente de anoche.
—Mariano...
—Una cosa no sabes. Una sola. —Le tiembla la voz, y no hace nada por sujetarla—. Tu padre tenía una broma con el mío. Se la decía en la misma mesa donde se dieron la mano: cuando mi niña crezca, Vittorio, nuestros hijos se casan. —Traga—. Y resulta que no lo decía de broma.
Se me cae la leña que ya no tengo en las manos.
Y entonces, en la nieve sucia de mi calle, delante del pueblo entero que casualmente ha salido a barrer, Mariano Ferrante se pone de rodillas.
—Yo no vengo a cumplir una broma. —Abre la caja. Oro viejo. Una piedra del color exacto del café con leche—. Vengo a pedirte lo mío. ¿Puedo?
Y en esta casa esa palabra tiene jurisprudencia.
—No. —Se le para la cara, entera, hasta el vaho—. No te levantes todavía. Quiero mirarte así un rato. Por los cinco años de «lo necesito para ayer». Por el comunicado.
—Se me congelan las rodillas, Carolina.
—Lo sé. Por eso vale doble.
Bajo los escalones. Le cojo la cara helada con las dos manos, como él me la cogió a mí en este mismo porche.
—Concedido.
Alguien silba. Creo que es Nora. Lleva el sombrero puesto para barrer.
Los días siguientes, el pueblo se vuelve raro.
Aparecen luces. Guirnaldas de bombillas cruzando la calle principal, lazos rojos en las farolas, y hasta la vaca de plástico de la cafetería estrena bufanda. Boyd pinta los bancos de la plaza, «que ya tocaba». La emisora del condado pone canciones de amor entre los precios del heno.
—Este año os habéis pasado con San Valentín —le digo a Nora, de camino a la guardería.
Nora entorna los ojos hacia las bombillas. Despacio. Con oficio.
—Sí —dice—. Este año ha quedado muy bonito.
Y sigue barriendo, y yo sigo andando, y lo raro se me olvida entre dos recados, porque quedan mil cosas y una boda pequeña que preparar.
Isabella llega a su hora de visita con una caja de cartón vieja bajo el brazo, atada con cordel de panadería. No se quita el abrigo. Deja la caja en la mesa de la cocina como quien deja un paquete que pesa más de lo que parece.
—Hoy no vengo a leer a la vaca. —Se quita los guantes, dedo a dedo—. Vengo a deshacerme de algo.
Dentro hay partituras. Papel grueso, amarillo en los bordes, con el sello del Conservatorio de Milán y notas a lápiz en una letra joven y apretada.
—Cuatro años de conservatorio. —Pasa las hojas con el dorso de los dedos, sin mirarlas—. Me casaron antes de terminar el quinto. El piano de mi casa de Nueva York lleva cerrado desde la boda. Lo abrillantan cada semana. No lo abre nadie.
Debajo de todo hay una sola partitura con el título escrito a mano, en una tinta que ya es marrón: «Primavera en la vía Brera».
—¿Es suya?
—Lo único que he compuesto en mi vida. —Se le tuerce media sonrisa—. Era malísima. Diecinueve años, mucha primavera y poca armonía.
Mia lleva un rato mirando desde su mesa. Ahora se baja de la silla, cruza la cocina y se sube a la de al lado de su abuela sin pedir permiso, que en ella es la forma más alta de interés. Ladea la cabeza sobre el papel, como hace con las hojas nuevas antes de archivarlas.
Pone un dedo encima de una nota.
—¿Qué es?
Isabella se queda quieta. Es la primera pregunta que le hace mi hija.
—Una nota. —La voz le sale más baja que de costumbre—. Dice cuánto dura un sonido. Esta, mucho. Esta, poco.
—¿Y esta? —El dedo se mueve a un hueco con un signo raro.
—Esta es un silencio. También se cuenta.
Mia lo piensa. Después coge la partitura con dos dedos, como los documentos importantes, la coloca encima de las demás, alineada con el borde de la caja, y le da una palmada pequeña. Asunto resuelto.
—Archivo —dictamina.
Isabella me mira por encima de la cabeza de mi hija. Venía a tirarla. Se le nota en la cara que ya no puede.
—Entonces es tuya —le dice a Mia—. Con una condición de abuela: el archivo se guarda abajo, donde tú alcances.
Mia baja la caja de la mesa con las dos manos, se la lleva por el pasillo con pasos contados y la deja en la balda de abajo de su cuarto, junto a sus hojas. Vuelve sin decir nada y se sienta otra vez al lado de su abuela, por si quedan notas que preguntar.
—Tóquela en la boda —le digo a Isabella.
—No.
—Lo sé. Tóquela igual.
No contesta. Se pone los guantes despacio, dedo a dedo. Y en la puerta, sin girarse:
—Es malísima, Carolina. Avisada queda.
La boda es a mediodía, en la guardería, con las mesas apartadas, las sillas pequeñas en fila y medio pueblo de pie al fondo, porque las sillas de verdad se acabaron en diez minutos.
El pueblo ha cerrado. Entero. La ferretería de Boyd, con un cartel a mano: CERRADO POR BODA.
La gasolinera, igual, con el hurón de guardia en la ventana.
La señora clausuró ayer la cafetería «para cocinar en condiciones», y hasta la emisora del condado ha prometido pasarse «después de los precios del heno».