Capítulo 38 El Lienzo en Blanco #2
Frente al ventanal principal, descansando sobre el caballete de ciprés macizo que yo había terminado de construir dos días atrás con formón y escuadra, se erguía un bastidor nuevo de gran formato: un metro veinte de alto por noventa centímetros de ancho.
La tela de lino de grano grueso estaba perfectamente tensada, asegurada con una hilera geométrica de tachuelas de latón clavadas a intervalos idénticos sobre el canto de la madera.
Valeria sostenía una paletina ancha de cerdas suaves con la que acababa de extender la última mano de imprimación. Al escuchar mis pasos sobre la tarima de madera, detuvo la muñeca en el aire, pero no se sobresaltó.
—Llegas justo a tiempo —dijo sin volverse, deslizando suavemente el dorso de los dedos sobre la superficie para comprobar el secado homogéneo de la capa—.
La mezcla de gesso de Bolonia y cola de conejo ha tirado a la perfección con la brisa seca de esta mañana.
No ha quedado una sola microburbuja en todo el lino.
Di dos pasos hacia ella y me detuve a su espalda.
Deslicé los brazos alrededor de su cintura, atrayéndola suavemente contra mi pecho.
Valeria soltó una exhalación larga y tibia, dejando caer la cabeza hacia atrás para apoyar la nuca en mi hombro derecho.
El calor de su cuerpo me traspasó la camisa de trabajo.
Acerqué los labios a su sien, aspirando el olor a resina y ese aroma limpio e inconfundible que pertenecía exclusivamente a ella.
—Tiene un sonido perfecto —murmuré, rozando con el pulgar la madera del marco—. Cuando tensaba el lino con las tenazas de boca ancha sonaba como el parche de un tambor militar.
Valeria dejó escapar una risa baja, un murmullo templado que vibró contra mi pecho y disipó de golpe cualquier vestigio de la vieja tensión.
Dejó la paletina sobre una bandeja de zinc y se dio la vuelta entre mis brazos, rodeando mi cuello con las manos.
Sus dedos todavía guardaban una fina pátina blanca de polvo de yeso en las yemas.
Sus ojos castaños me miraron con una fijeza tranquila, limpia de la desconfianza y el terror que durante meses habían nublado su mirada en cada estación de tren y en cada muelle de carga.
—Eso es porque el carpintero calculó los ensambles a media madera con una precisión milimétrica —respondió ella, acariciando con el índice la línea de mi mandíbula—. Se nota que pusiste empeño en que los ángulos quedaran a noventa grados exactos.
—El carpintero sabía que la restauradora no perdonaría un solo milímetro de descuadre —repliqué, sonriendo mientras la apretaba contra mí—. Demasiados años viéndote rechazar marcos por un defecto de medio grado.
Valeria bajó la mano despacio hasta posarla sobre la cicatriz de mi hombro izquierdo.
Sus dedos palparon el relieve de la carne cerrada con una suavidad paciente, acostumbrada a evaluar la solidez de maderas antiguas y a reparar los estratos más delicados de obras de arte.
Para ella, aquella marca no era un recordatorio de violencia gratuita, sino el testimonio de una lealtad que había resistido el impacto de una bala de nueve milímetros en medio de una noche sin luna.
—Has estado afuera mucho rato —dijo en voz baja, mirándome a los ojos con esa intuición afilada que nunca fallaba—. Has hablado con Ramos.
Asentí con un movimiento leve de cabeza.
—Ramos envió la confirmación final. El Tribunal Supremo cerró la causa de mi padre.
Su expediente está limpio en los registros oficiales y la sentencia absolutoria ya es de dominio público.
Se acabó, Valeria. Antonio Torres es solo un nombre en una lista de activos incautados por el Estado, y Duarte Santos está cumpliendo condena en una prisión de alta seguridad cerca de Coímbra sin posibilidad de reducción de pena.
Valeria permaneció en silencio durante varios segundos, asimilando el peso de mis palabras.
Apoyó la frente contra mi pecho, justo encima del latido firme de mi corazón, y cerró los ojos.
Sentí cómo la última gota de rigidez acumulada en sus músculos se disolvía por completo, transformándose en una calma honda y serena.
—¿Y nosotros? —preguntó con un hilo de voz.
—Nosotros no existimos en ningún archivo judicial —respondí, pasando la mano por su espalda y sintiendo la calidez de su respiración—.
Para los informes de Interpol en Lisboa y Madrid, los dos cuerpos recuperados en el incendio de la dársena de Viña del Mar cerraron la causa por fallecimiento de los sospechosos.
Las identidades que Leonor nos gestionó a través de sus contactos consulares son limpias y legítimas.
Nadie nos busca. Nadie va a llamar a esta puerta con una orden de registro ni con un silenciador en la recámara.
Valeria levantó el rostro y me miró con una intensidad serena.
En sus facciones no quedaban restos de la muchacha acorralada que conocí en aquel taller oscuro de Madrid, forzada a trabajar bajo amenazas de muerte para enriquecer a un círculo de coleccionistas sin escrúpulos.
Había recuperado el dominio absoluto de su destino, y sus manos ya no pertenecían a ningún patrón clandestino.
—Durante diez años me dediqué exclusivamente a camuflar el daño ajeno —dijo con voz pausada, girando la cabeza para contemplar el gran bastidor blanco sobre el caballete—.
Me pasé la juventud aplicando ligroína con hisopos de algodón para retirar barnices oxidados, sentando capas de color levantadas por la humedad con espátulas calientes y rellenando lagunas de pintura al 'fratino' para que los compradores de Torres creyeran que adquirían una obra intacta.
Mi vida entera fue una falsificación continua: fingir que lo roto no tenía fracturas mientras por dentro todo se venía abajo.
Me acerqué a la mesa de trabajo, tomé la loseta de mármol negro y la acerqué a la luz del ventanal.
Sobre la superficie pulida de la piedra descansaban los montículos de pigmento que ella había preparado con esmero: una porción de azul ultramar obtenido del lapislázuli más puro, un ocre dorado de textura sedosa extraído de las canteras de tierra arcillosa de la costa y una pizca de bermellón intenso.
—Esto no es una reparación pericial, Valeria —le recordé, colocándome a su lado y depositando la moleta de cristal junto a los minerales—.
En este bastidor no hay barnices amarilleados que retirar con disolventes, ni madera carcomida que consolidar, ni firmas falsificadas que proteger bajo luz rasante.
Valeria tomó el gotero de cristal y dejó caer tres gotas de aceite de linaza decolorado sobre el polvo azul de lapislázuli.
Apoyó la base de la moleta sobre la mezcla y comenzó a batir el pigmento con un movimiento circular amplio y regular de la muñeca.
La fricción del cristal contra el mármol produjo un crujido fino y continuo.
Poco a poco, el polvo opaco absorbió el aglutinante, transformándose en una pasta densa y luminosa, un azul tan profundo y vibrante que parecía reflejar la inmensidad del océano que rompía allá abajo contra las rocas.
—Es la primera vez que me enfrento a una tela sin historia previa —confesó ella, observando la textura brillante del color en el mármol—.
Siempre hubo un soporte preexistente, un trazo ajeno que respetar o una trampa técnica que urdir para salvar la vida.
Tener un espacio completamente virgen impone un respeto extraño.
—No hay reglas que romper ni inspectores a los que engañar —le dije, tomando del paño de lino el pincel de pelo de marta más fino y depositándolo en su mano derecha—.
Puedes pintar lo que quieras. Una línea, una figura, una mancha de color o el horizonte entero. Ya no le debemos explicaciones a nadie.
Valeria cerró los dedos sobre el mango de madera del pincel.
Su pulso era completamente firme, sin la más mínima vacilación.
Impregnó las cerdas en la pasta de azul ultramar recién nacida, retiró el sobrante en el borde pulido de la loseta de mármol y dio un paso resuelto hacia el caballete de ciprés.
Me quedé un paso por detrás, apoyando una mano sobre el montante de madera del caballete, observando el perfil de su rostro iluminado por la luz limpia del atardecer.
Afuera, el sol comenzaba a descender hacia el agua, tiñendo el cielo de franjas cobrizas y violetas, mientras las olas continuaban su curso inmutable contra el acantilado.
Valeria alzó la mano derecha, apoyó con suavidad la punta del pincel en el centro exacto del lino blanco y trazó una primera pincelada firme y continua, abriendo un camino de color azul intenso en medio de la superficie inmaculada.
Contemplé el trazo sobre la tela y sentí una paz absoluta que me recorrió el cuerpo entero. El contrato que nos unió en la oscuridad había terminado, pero la vida que habíamos conquistado a sangre y fuego empezaba en ese instante, tan limpia y abierta como el lienzo que teníamos delante.
Fin.