Capítulo 37 El Guardián de las Sombras #2
Adrián sostuvo mi mirada con fijeza. En su semblante no quedaba rastro de tensión; la rigidez que antes le marcaba los ángulos del rostro se había disuelto tras semanas de viento austral y noches de descanso ininterrumpido.
—Ramos me preguntó si teníamos intención de reclamar las identidades —añadió él en voz baja—.
Le dije que los certificados de defunción emitidos en Valparaíso tras el incendio del muelle estaban bien donde estaban.
Para los registros de Interpol y las bases de datos de la Policía Nacional, Adrián Silva y Valeria Soto dejaron de existir hace un mes.
Mateo y Lucía no tienen pasado que justificar ni deudas pendientes con ningún juzgado.
—Mateo y Lucía —repetí, probando los nombres que habíamos adoptado al desembarcar en Hanga Roa.
—¿Te parece un trato justo?
—Es el único que tiene sentido.
Tomé de nuevo la figura de toromiro con ambas manos.
La superficie oscura del leño comenzaba a templarse con el calor de mis palmas, despidiendo un aroma sutil a resina seca y a tierra volcánica.
Con la yema del índice recorrí las incisiones de los ojos tallados, donde el artesano de la isla había incrustado diminutos fragmentos de hueso de tiburón pulido para darle una mirada atenta y perenne.
—El padre Hilario me contó la historia de esta talla cuando subió a la colina —comenté, mostrándole el perfil de la pieza—.
Los antiguos talladores no representaban a los antepasados con cuerpos robustos, sino consumidos por la inanición.
Mostraban las costillas y la columna vertebral al descubierto para recordar que solo la estructura más honda resiste cuando el entorno se vuelve adverso.
La carne se agota, pero el leño interior permanece intacto si la raíz fue fuerte.
Adrián observó la figura con detenimiento, siguiendo el relieve con la mirada.
—Nosotros pasamos meses perdiendo capas por el camino —dijo él, apoyando una mano en el canto de la mesa.
—Perdimos lo que sobraba —repliqué, mirándolo con franqueza—. La culpa que cargabas por la muerte de tu padre, la necesidad de vigilar cada sombra y mi costumbre de agachar la cabeza para sobrevivir un día más. Todo eso se quemó en aquel almacén de la costa chilena.
—Te puse en peligro desde la noche en que forcé la cerradura de tu casa en Guadarrama.
—Esa noche me arrancaste de una parálisis que me estaba devorando por dentro —dije con voz templada—. Y en los caminos de tierra del sur aprendí que el miedo se combate con las manos firmes, no escondiéndose detrás de un marco dorado.
Adrián se puso en pie con un movimiento suave.
Rodeó la mesa de trabajo y se situó detrás de mi banqueta.
Colocó las palmas sobre mis hombros y empezó a presionar con los pulgares los músculos cargados de la espalda, buscando con destreza los puntos donde la postura fija del peritaje acumulaba fatiga.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca contra su pecho.
Sentí el latido constante de su corazón bajo el lino de la camisa, marcando un compás regular y apacible que me llenó el cuerpo de una tibieza reconfortante.
Sus manos eran grandes, curtidas por el esfuerzo físico de nivelar las tablas de la casa y asegurar los anclajes del porche, pero se movían con una delicadeza meticulosa que desarmaba cualquier residuo de tensión.
—El párroco también me habló del museo arqueológico de Hanga Roa —dije, disfrutando de la presión pausada de sus dedos sobre mis trapecios—.
Tienen tres tablillas de madera con caracteres rongo rongo guardadas en vitrinas antiguas.
La humedad marina ha empezado a generar colonias de hongos en las incisiones de los glifos.
Quieren que monte un protocolo de desinfección y conservación preventiva.
—¿Aceptaste? —preguntó Adrián, sin detener el masaje.
—Le dije que necesitaba a un socio para el trabajo pesado.
Las vitrinas tienen marcos de hierro oxidado y cerrojos trabados que no cierran de forma estanca.
Hace falta alguien que sepa desmontar herrajes sin dañar los cristales originales y que fabrique juntas de goma vulcanizada para aislar el interior.
Una risa baja vibró en el pecho de Adrián contra mi cabeza.
—Puedo encargarme de los herrajes y los cierres.
—Le aseguré al padre Hilario que Mateo era el mejor carpintero y cerrajero que había llegado a la isla en veinte años.
—Tendré que estar a la altura de la recomendación.
Abrí los ojos y levanté la vista para encontrar su mirada.
Adrián me observaba desde arriba con una calidez serena, sin la sombra de desconfianza que durante tanto tiempo gobernó sus actos.
Se inclinó sobre mi hombro y rozó mis labios con un beso suave, sin apremio, saboreando el aire tibio del mediodía y el sosiego que nos envolvía como un manto protector.
Cuando se separó, señaló hacia la cocina exterior.
—Voy a encender las brasas para los atunes. Traje batatas dulces del mercado de la cooperativa y fruta fresca.
—Limpio los instrumentos y te ayudo —le dije.
Adrián bajó los escalones hacia el patio trasero, donde una pequeña hilera de piedras volcánicas servía de fogón protegido del viento. Lo observé alejarse con paso relajado, admirando la soltura con la que se movía en este nuevo espacio que habíamos hecho nuestro.
Volví a la mesa de trabajo para ordenar los materiales.
Guardé los hisopos usados en un recipiente de vidrio, tapé los frascos de alcohol y coloqué los escalpelos en su estuche de gamuza negra.
Antes de cubrir el Moai kavakava con un paño de algodón seco para protegerlo del polvo, pasé una última vez la yema de los dedos por el torso de toromiro.
La superficie limpia de sales mostraba ahora un brillo satinado y profundo, una madera recuperada que volvería a descansar en su templo sin riesgo de fractura.
El atardecer cayó sobre la bahía de Tahai con una lentitud solemne. Las nubes bajas se tiñeron de tonos violetas y cobrizos, reflejándose sobre la lámina del océano con un resplandor dorado.
Comimos en el porche, compartiendo los filetes de pescado asado sobre madera aromática, las batatas calientes y dos tazones de té silvestre.
No necesitamos muchas palabras. Había entre nosotros una complicidad forjada en los silencios de las guardias, en las carreteras secundarias recorridas a oscuras y en la certeza compartida de haber sobrevivido a un naufragio que debió destruirnos.
Al caer la noche, no encendimos los candiles de queroseno. Dejamos que la penumbra azulada del Pacífico inundara la estancia mientras el rumor de las olas amortiguaba cualquier sonido lejano del camino costero.
Me descalcé y entré en el dormitorio. La habitación olía a lino limpio y a madera de cedro fresca. A través de la ventana abierta, la brisa agitaba las cortinas blancas con un aleteo suave.
Me recosté sobre la cama baja, de costado, sintiendo la caricia fresca de las sábanas contra la piel. En mi flanco derecho, la marca fina donde la esquirla de bala me había rozado durante la huida en Portugal se dibujaba como un trazo tenue, curada por el sol y el aire puro de la isla.
La madera del marco crujió levemente cuando Adrián entró en la estancia. Se quitó la camisa, dejándola sobre la banqueta de mimbre, y se sentó en el borde del colchón. La luz plateada de la luna entraba por el ventanal, recortando los contornos de su torso y la línea de sus hombros.
Estiré el brazo y posé la mano abierta sobre su muslo. El contacto fue natural, directo, sin las vacilaciones de los primeros días en los refugios clandestinos.
Adrián se giró despacio, tomó mi mano entre las suyas y la llevó hasta sus labios, besando el nacimiento de mis dedos con una ternura honda. Luego se acostó a mi lado, pasando un brazo por debajo de mi cuello para acercarme a su pecho.
Apoyé la mejilla sobre su piel templada, escuchando el ritmo pausado de su respiración.
A través de la abertura de los postigos, en la loma oscura que descendía hacia el mar, las figuras colosales de los moáis parecían vigilar el horizonte nocturno con su porte inquebrantable, erguidos frente a la inmensidad del océano como guardianes eternos de la sombra y de la luz.
—¿En qué piensas? —susurró Adrián, acariciando con los dedos mi pelo suelto sobre la almohada.
—En el taller nuevo —respondí en un murmullo, cerrando los párpados para entregarme al cansancio del cuerpo—. En las tablas de palisandro que me esperan mañana en el museo y en el bastidor de lino que tensamos en el salón.
—¿Vas a empezar a pintar?
—Pronto —dije, sintiendo cómo el sueño me ganaba terreno con una dulzura profunda—. Pero esta vez no habrá que tapar ninguna grieta.
Adrián me estrechó con firmeza entre sus brazos, protegiéndome del fresco de la noche con el calor de su cuerpo.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches, Mateo.
Y en aquel rincón remoto del mundo, arropados por el murmullo eterno del mar y la presencia de los gigantes de piedra, nos dejamos llevar por el sueño, libres al fin de todas las sombras que alguna vez intentaron apresarnos.