Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 12
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Capítulo 12

Posesión sin nombre

El aire en el corazón del Bosque Encantado ya no olía a musgo ni a lluvia; sabía a ozono y tierra quemada, un sabor metálico que se clavaba en la garganta de Elara como una promesa de muerte.

Silas Vane estaba a mitad de su propuesta, sus dedos largos y fríos trazando siglas en el aire que hacían vibrar las hojas secas bajo sus botas gastadas.

Hablaba de venganza, de un poder que no requería sumisión, de una liberación que sonaba a lujuria oscura.

Elara escuchaba con el cuerpo tenso, los músculos preparados para huir o pelear, hasta que un sonido diferente la congeló: el crujido seco de una rama quebrada bajo un peso que conocía mejor que su propio latir.

Lysander emergió entre los árboles como una sombra que cobra vida propia, sin pasos, sin ruido; solo la presencia repentina de su terror contenido y su rabia fría.

No hubo sorpresa en el rostro de Silas; al contrario, sus ojos ceniza se estrecharon con un cálculo que heló la sangre a Elara más que cualquier amenaza directa.

Lo esperaba. Y lo esperaba ahora, no antes.

Los dos hombres se miraron sobre la cabeza de ella, una tensión antigua y cargada de siglos de dolor colapsando en el espacio entre sus pechos.

—No es tan fácil borrar las cuentas con sangre, Lysander —murmuró Silas, sin volverse del todo, su voz un rugido bajo que hacía vibrar los huesos de Elara.

Lysander no respondió con palabras. Avanzó un paso y el aire se volvió denso, pesado como plomo derretido.

Las sombras a sus pies se alzaron, extendiéndose hacia la luz tenue del bosque como garras negras buscando carne.

Silas, en respuesta, expandió su propia magia de oscuridad; no era una defensa, era un ataque puro, una ola negra que buscaba devorar la voluntad del rey.

—Basta —ordenó Elara, pero la palabra se le atragantó antes de salir. La tensión entre ellos era física, palpable como el calor de una hoguera a pocos metros de distancia.

Los dos poderes chocaron en un punto ciego sobre los hombros de Elara y el mundo se rompió.

Las sombras del rey y la oscuridad manipulada por Silas colisionaron con una violencia que hizo temblar el suelo bajo sus pies, agrietando la tierra húmeda con chirridos estruendosos.

Los árboles, centenarios y silenciosos, se sacudieron como si fueran juguetes en manos de un niño furioso; las hojas brillantes comenzaron a vibrar con una energía que no podían contener.

Elara sintió el choque entrar por la piel, un calor abrasante que le quemaba los huesos desde dentro, un rugido sordo resonando en su cráneo.

No hubo tiempo para pensar, ni para calcular el riesgo de morir o de perderse a sí misma en la magia desbocada.

Algo más antiguo que su mente, algo que vivía en sus venas y en la sangre de los linajes proscritos, tomó el control.

Sus ojos se abrieron de par en par y, sin voluntad consciente, abrió su magia completamente.

No fue un escudo activo; fue una rendición total, un vacío absoluto que invitó a todo ese poder destructivo a entrar, a ser consumido.

El impacto fue instantáneo y cegador. La luz blanca estalló desde el centro de ella, expandiéndose como una flor de fuego que quemaba sin dolor.

Las sombras de Lysander y la oscuridad de Silas fueron absorbidas por su propia esencia, neutralizadas por esa capacidad innata de contener y regular que la Iglesia había temido durante generaciones.

El bosque se iluminó con un resplandor blanco, puro y cegador que contrastaba brutalmente con el verde oscuro de las copas, revelando cada grieta en la corteza de los árboles como una herida abierta.

Silas gritó, un sonido gutural de dolor físico mientras el poder que intentaba controlar se volvía contra él.

Su rostro se contorsionó, los músculos del cuello tensándose hasta romper la piel, y dio tres pasos atrás con la velocidad de quien huye de una sentencia inevitable.

Se llevó las manos a la cara, donde las sombras ahora quemaban como ácido, y miró hacia Lysander con una mezcla de furia y miedo calculador.

—Esto no es posible —jadeó Silas, su voz quebrada por el esfuerzo de contenerse. La magia de Elara no solo lo bloqueaba; le estaba mostrando que era un intruso en una ecuación diseñada para otro fin—. No puedes controlar esto con él.

Antes de que pudiera intentar otra cosa, antes de que Lysander pudiera recuperar el control de sus propias sombras y responder, Silas Vane se dio la media vuelta y se retiró entre los árboles con una velocidad que no parecía humana, desvaneciéndose en las sombras como humo dispersado por un viento repentino.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el zumbido residual del aire cargado de electricidad estática y el sonido de la tierra enfriándose bajo sus pies.

Elara cayó de rodillas, sus manos hundiéndose en la tierra húmeda para sostenerse.

Estaba agotada, una fatiga profunda que le pesaba como plomo en las extremidades, pero lo peor era la desorientación emocional: su cuerpo sabía algo que su mente aún negaba.

Su magia había elegido a Lysander sobre el poder oscuro de Silas sin vacilar un segundo.

No fue una elección racional; fue una respuesta instintiva, un reflejo que decía que él era el único capaz de soportar lo que ella contenía.

Lysander se quedó quieto, mirándola caer.

La rabia en sus ojos había sido sustituida por una parálisis absoluta.

Había llegado preparado para la batalla, para la confrontación política o mágica, pero no estaba listo para verla abrirse así, sin defensa, absorbiendo el choque entre dos magos poderosos solo porque su cuerpo lo pidió.

La magia de él se calmó instantáneamente bajo su contacto visual, estabilizada por ella de una forma que le resultaba aterradora y deliciosa al mismo tiempo.

—Lo sabía —murmuró Elara, levantando la vista hacia él con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas—. No tenías derecho a ocultarme eso. Tu silencio... fue un veneno.

Su voz no temblaba. La rabia era limpia, precisa, cortante como una daga de cristal. Lysander dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio la furia en su rostro. Quería tocarla, quería protegerla o poseerla, pero el momento lo había dejado sin armas.

—No —respondió él, con una voz ronca que apenas sonó por encima del silencio del bosque—. No tengo excusas.

Sin defensa. Sin justificación. Solo la admisión desnuda de su culpa.

Eso la desestabilizó más que cualquier argumento; cuando no hay resistencia contra la rabia, esta pierde su dirección y se vuelve una fuerza interna que busca salida en cualquier parte.

El espacio entre ellos colapsó de formas que ninguno de los dos inició claramente, como si el aire mismo los empujara a encontrarse.

Lysander cayó sobre ella, no con suavidad sino con la urgencia de quien se ahoga y ha encontrado una isla flotante.

No hubo caricias, solo la necesidad desesperada de sentir piel contra piel, de confirmar que ella estaba real y que él lo era también en medio del caos.

Fue un encuentro violento y tierno en la misma respiración, una batalla donde ambos perdieron sus defensas y ganaron algo que no podían nombrar sin destruirlo.

Sus bocas se chocaron con furia, mordiendo labios como si quisieran borrar el otro dentro de ellos; las manos de él aferrándose a su cintura con fuerza suficiente para dejar marcas bajo la ropa fina.

Elara devolvió el golpe con igual intensidad, sus uñas arañando la espalda de él, clavándose en la piel pálida y marcándola como suya.

No era amor, no todavía; era la necesidad física de anclarse al único punto firme que quedaba en un mundo que se derrumbaba.

El bosque parecía contener la respiración a su alrededor, las hojas brillantes pulsando con magia residual mientras ellos luchaban contra sus propios demonios sobre el suelo húmedo y cubierto de musgo.

Cuando finalmente se separaron, jadeando, tumbados uno al lado del otro sobre las hojas que brillaban con la luz blanca que aún residía en el aire, no hubo palabras para explicar lo ocurrido.

Lysander giró sobre su costado, mirándola a los ojos con una vulnerabilidad que nunca había mostrado ante nadie.

—Lo supe tres años después —dijo él, con la voz rota por la honestidad forzada—.

Cuando ya era demasiado tarde para hacer algo que no fuera cargar con ello.

Encontré los archivos... el consejo que lo ordenó era el mismo que me rodeaba ahora.

Cargué con esa culpa como una piedra en el pecho cada maldito día desde entonces.

Elara lo escuchó, su respiración aún agitada, el sabor de la sangre en sus labios mezclándose con el olor a ozono del bosque.

No dijo que lo creía, ni que no lo creía.

Simplemente se quedó allí, suspendida entre la desconfianza y un deseo profundo de creerle, en ese lugar peligroso donde el miedo y la certeza luchan por el mismo trozo de alma.

Pero cuando él extendió su mano hacia ella, con los dedos temblorosos pero sin pedir perdón, no lo apartó.

Su cuerpo tomó la decisión mucho antes que su mente: se quedó junto a él, sobre las hojas húmedas del bosque encantado, sabiendo que esa elección era tan necesaria como destructiva, y que no había vuelta atrás posible para ninguno de los dos.