Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 1
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Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco)

Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco)

Por Ariadna Zamora

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Capítulo 1

La intrusa en las sombras

La lluvia en los Bosques Encantados no caía; se arrojaba contra el mundo como una condena líquida.

Elara sentía cómo el frío calaba hasta el hueso, un dolor agrio que le quemaba la piel mientras sus pulmones ardían con cada bocanada de aire húmedo arrancado a gritos por su garganta.

Correr era un acto de pánico, una danza de tropiezos sobre raíces retorcidas y musgo resbaladizo que parecían manos gélidas atrapando sus tobillos para devolvérsela al abismo del bosque.

Detrás, el sonido de los cascos rompía el estruendo de la tormenta.

No era un rumor lejano; era una presencia física, un martilleo rítmico acercándose como el latido acelerado de una bestia hambrienta.

Elara no miró atrás. Mirar atrás era conceder terreno, otorgarles el placer de verla caer.

Se abalanzó hacia adelante, sus dedos rasguñando la corteza de un árbol que brillaba con una luz pálida y antinatural bajo la lluvia, como si las hojas vivas estuvieran vigilantes.

—¡Detén a esa hereje! —La voz de uno de los perseguidores cortó el aire, cargada de furia teológica—. ¡Es sangre del clan maldito! No permitáis que cruce.

Elara reconoció ese tono. Era la voz del hombre que quemó a su hermana en un altar de piedra hace diez años; una memoria ahora más abrasadora que el miedo físico. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no por el frío, sino por la certeza viscosa de que la muerte era tangible y próxima.

Cruzó las piedras rúnicas marcadas en el suelo, runas gravadas en gris oscuro apenas visibles bajo la oscuridad nocturna.

Al poner un pie más allá del círculo prohibido, el aire cambió.

Dejó de oler a tierra mojada y flores exóticas para olerse a ozono y pólvora vieja; como si la atmósfera misma hubiera cambiado su composición química en una fracción de segundo.

Una descarga eléctrica le recorrió la piel, erizando cada vello en advertencia visceral.

Los árboles a su alrededor se inclinaron, no por el viento, sino con deferencia lenta y peligrosa, ramas doblándose como rodillas ante una reina invisible.

Detrás, los cascos se detuvieron en seco.

No hubo frenazo brusco; simplemente, la música de la persecución murió de golpe, cortada por un muro invisible que solo ellos podían sentir pero no cruzar.

El silencio que siguió fue más ruidoso que el galope.

Elara se dejó caer contra el tronco más cercano, sus rodillas temblando con violencia sacudiendo todo su cuerpo.

Respiraba como si hubiera tragado carbones encendidos, manos apretadas al pecho, sintiendo cómo el corazón golpeaba las costillas como un prisionero desesperado por romper los barrotes de su jaula.

Miró hacia atrás a través de la cortina de lluvia.

Los soldados de la Iglesia permanecían al otro lado de la línea rúnica, inmóviles, sus siluetas borrosas bajo capuchas negras.

No se atrevían a avanzar. El aire entre ellos zumbaba con tensión estática, una barrera de poder mágico que los mantenía divididos para siempre.

Una voz resonó desde el lado prohibido, no un grito, sino una declaración grave y fría que hizo vibrar el suelo bajo sus pies desnudos:—Ha cruzado. Avisad al Padre Silas.

Elara cerró los ojos con fuerza, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro.

Ya no tenía miedo de morir a manos de esos hombres.

El miedo había sido reemplazado por una resignación oscura, un vacío donde antes hubo esperanza.

Se llevó la mano a la frente, rozando instintivamente las cicatrices antiguas que surcaban su piel pálida; marcas del sacrificio de su clan que nadie más veía tan claramente como ella misma.

Eran las huellas de su condena, el sello que le decía quién era y qué debía ser: una herramienta para contener lo incontrolable, un receptor maldito.

El bosque a su alrededor pareció susurrar, una melodía de hojas secas y viento entre ramas.

Algo en la oscuridad la observaba. No eran los soldados de la Iglesia.

Era algo antiguo, esperando bajo las sombras mucho antes de que ella naciera.

El brillo tenue de las hojas se intensificó, creando un halo difuso alrededor de su figura temblando, como si la naturaleza misma reconociera en ella a una hermana mayor olvidada.

—Bienvenida al infierno, pequeña —susurró el viento, o tal vez fue solo su mente rompiéndose bajo la presión del terror—. Ahora es tuya. O mía.

Caminó hacia adelante, lejos de la línea rúnica, hacia la silueta oscura y amenazante en la distancia: la Catedral Oscura.

No tenía dónde más ir. El bosque era su hogar pero también su laberinto; el reino de Umbra una tumba prometida por ley divina.

Cruzó hacia lo desconocido, eligiendo el peligro conocido sobre la incertidumbre de la nada.

La puerta de la Catedral estaba abierta de par en par, un agujero negro aspirando la poca luz restante en la noche.

Elara entró, buscando refugio en las sombras más densas del patio interior.

Las columnas de piedra negra se alzaban como costillas gigantes hacia el cielo, ocultando las estrellas bajo su peso opresivo.

El aire olía a incienso pesado y flores marchitas, un olor dulzón que le recordaba la tumba de su madre.

Se acurrucó contra una pared fría, rodeándose los brazos en gesto primitivo de autosofocación, cerrando los ojos mientras el temblor de su cuerpo disminuía poco a poco hasta convertirse en un latido sordo y constante.

No pasó mucho tiempo antes de que la presencia de otro ser llenara el espacio.

No fue sonido de pasos; fue una alteración en la presión del aire, como si alguien hubiera empujado todo el oxígeno hacia un lado para dejar espacio a su propia sombra.

Elara levantó la vista con lentitud, esperando ver a un soldado o inquisidor con antorchas encendidas.

Lysander no llevaba antorcha. Caminaba descalzo sobre las piedras mojadas del patio, su túnica de seda negra arrastrando sin sonido alguno como una serpiente deslizándose sobre agua estancada.

Su piel era pálida como mármol bajo la luz tenue que filtraban los vitrales rojos; sus ojos negros parecían absorber cada rastro de luz en el recinto, dejándola a ella más oscura aún.

No había guardias detrás de él. Solo él.

Se detuvo a tres metros de ella. No dijo una palabra.

Se limitó a observar. Era un examen clínico, pero con hambre latente en el fondo de su mirada que volvía el aire irrespirable.

Elara sintió cómo la sangre le subía al rostro y bajaba hasta los pies, dejándola fría por dentro.

No suplicó. No pidió clemencia. Sus ojos grises, tormentosos y desafiantes, se clavaron en los de él con ferocidad que era su última defensa, el único arma tras haber perdido todo lo demás.

Lysander dio un paso más cerca. Ella no retrocedió, aunque cada músculo de su cuerpo gritaba para hacerlo.

Su respiración contenida se cortó en el aire entre ellos como hoja de navaja afilada.

Él la miró con una intensidad que no era curiosidad política ni interés por prisionera cualquiera.

Era algo más antiguo, un reconocimiento profundo y peligroso que le hizo detenerse en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible dentro de su propia mente.

Se agachó a su nivel, postura fluida y elástica de quien está acostumbrado a dominar espacios con su sola presencia.

Sus ojos negros recorrieron las cicatrices en su frente, trazos blancos que marcaban su linaje proscrito.

No hubo repulsión. Ni compasión. Hubo frialdad calculadora; pero bajo esa capa de hielo, Elara sintió algo que le heló la sangre: fascinación.

—No eres lo que esperaba encontrar esta noche —dijo él. Su voz era baja, áspera, con timbre que resonaba en el pecho de ella como rugido contenido.Elara no dijo nada. No podía. La voz de él había activado algo profundo en su instinto, una alarma primitiva gritándole peligro.

Lysander se inclinó aún más, hasta quedar a centímetros de su rostro.

El aliento cálido de él rozó la piel fría y húmeda de su cuello, creando contraste eléctrico que hizo que ella contuviera el aire con fuerza.

Sus ojos negros no parpadeaban, fijados en los suyos como depredador estudiando presa que acaba de descubrir que tiene colmillos.

—Pero ahora eres mía —susurró. No era amenaza. Era declaración de hechos consumados, ley escrita en el aire entre ellos.

Elara sintió esas palabras como golpe físico en el esternón, rompiendo la última barrera de su resistencia.

No hubo dolor agudo, sino sensación de peso, como si se le hubiera colocado cadena invisible alrededor del cuello que tiraba suavemente pero con firmeza hacia él.

No retrocedió. En lugar de eso, sostuvo su mirada con intensidad que desafiaba incluso a ese hombre que parecía habitar las sombras mismas.

Lysander se levantó lentamente, la túnica moviéndose como agua negra alrededor de sus piernas.

Hizo gesto mínimo con la mano, movimiento casi imperceptible.

De las sombras más profundas del patio, dos guardias aparecieron sin sonido alguno, siluetas imponentes colocándose a los lados de Elara.

No la tocaron, pero su presencia era jaula física que le impedía el escape.

El rey no miró a sus subordinados. Se giró hacia ella, y por un segundo, la máscara del monarca se agrietó, dejando ver inquietud profunda en su rostro.

Había tomado decisión impulsiva al no arrestarla formalmente, al no entregarla a la Iglesia o inquisidores.

Su mente calculaba consecuencias políticas; pero algo más fuerte, algo que él mismo no sabía nombrar, había dictado sus acciones.

Se detuvo en el umbral del interior de la Catedral.

Se volvió parcialmente hacia ella, sin mirarla directamente a los ojos, y caminó pasos lentos hasta estar nuevamente junto al oído de Elara.

El silencio entre ellos era ente vivo, cargado de electricidad estática y promesas implícitas que no podían ser pronunciadas en voz alta por miedo a romper el hechizo.

—¿No lo sientes? —preguntó él en susurro tan bajo que solo ella podía oírlo. El aliento de él rozó la piel de su cuello, caliente y húmedo—. Es el fuego que quema sin quemar. La única cosa real en este mundo de mentiras.

Se alejó sin mirar atrás, desapareciendo en sombras del pasillo principal con elegancia letal.

Los guardias se pusieron a ambos lados de ella, empujándola suavemente pero con firmeza hacia la salida.

Elara caminó entre ellos con espalda recta, negándose a que vieran cómo le temblaban las rodillas.

Sus dedos rozaron una vez más la cicatriz de su frente, buscando algo sólido a lo que aferrarse en ese mar de incertidumbre.

Mientras salía del patio interior hacia el castillo real, Elara sintió que el silencio se rompía no con estallido, sino con vibración constante en sus huesos.

Las palabras de él ardían en su cabeza, promesa sonando más a sentencia y salvación al mismo tiempo.

Sabía que había cruzado línea sin retorno posible; el reino al que pertenecía ya no existía para ella, y el nuevo lugar al que acababa de entrar podía ser tumba o santuario.

Pero lo más aterrador era que, en medio del terror, una parte pequeña y traicionera de su alma susurraba que eso era exactamente lo que había estado buscando toda la vida: alguien que la viera no como pecador a purgar, sino como pieza faltante de rompecabezas oscuro.

El aire fuera el castillo ya no olía a lluvia ni bosque.

Olía a poder, pólvora y algo más antiguo, algo que se sentía en piel como electricidad antes de tormenta.

Elara cruzó umbral del Castillo Real; por primera vez en años, supo que no estaba sola.

Estaba atrapada. Y esa era la única verdad que importaba.

La puerta se cerró detrás de ella con sonido seco que resonó en sus huesos como golpe final. No había vuelta atrás. El juego había comenzado, y las fichas ya estaban sobre el tablero.