Capítulo 11
Theo
—¿Necesitas que te follen?
Caleb se quedó inmóvil. Desde que Laney se había ido a pasar por el trabajo, no había dejado de recorrer la habitación de un lado a otro, nervioso. Se metió las manos en los bolsillos, señal inequívoca de que se le había puesto la polla medio dura, y se quedó mirándose los zapatos.
—No puedes… decir eso así, sin más.
—Pero lo necesitas. Te tranquiliza, y ahora mismo no estás nada tranquilo.
Me miró de reojo y luego puso los ojos en blanco.
Lo intenté otra vez.
—Yo tampoco estoy listo para irme todavía.
Resopló.
—No sé cómo pedírselo. O, no sé, ¿qué le estamos pidiendo exactamente? ¿Vamos a ser un trío? ¿A distancia?
Me encogí de hombros.
—Tampoco está tan lejos. Y, total, Dana quiere que trabajemos todos en formato híbrido. Podría funcionar.
Caleb me miró fijamente un buen rato y luego sonrió un poco.
—¿Podría?
De repente, el nervioso era yo.
—Sí, claro. O sea, ¿si tú quieres?
—Quiero —dijo Caleb con una sonrisa leve—. De verdad que quiero. Esta semana ha sido…
—¿Dilatadora? —bromeé.
—Reveladora. O sea, cuando Nana tuvo el derrame, yo… —Se tiró del pelo—. No sé. Me destrozó, todo ese año.
Me acerqué más, le rodeé la cintura con los brazos y le besé la frente.
—Tranquilo, cariño. Lo entiendo. ¿Quieres que hable yo con ella, por los dos? ¿Que le diga que estamos enamorados de ella?
Caleb abrió mucho los ojos.
—¿Lo estamos?
—Bueno, yo sí. Y daba por hecho que tú también. Si no lo estás…
Negó con la cabeza.
—No. No, sí lo estoy. Enamorado de ella. Y de ti. —Parpadeó y me dedicó media sonrisa—. Perdona, ha sido una declaración horrible.
Luego se acercó, me apoyó la mano abierta en el pecho y me miró sin la media sonrisa. Solo me miró.
—Te quiero —dijo Caleb—. Siempre te he querido.
Abrí la boca. No salió nada. Yo era el tío que lo hablaba todo, y ahí estaba yo, plantado en medio de un montón de camisetas sin deshacer, con las orejas ardiendo.
—Vale —dije—. Vale. Guay. Yo también te quiero. —Lo besé para dejar de hablar—. ¿Por qué no te metes en la ducha y yo pienso un plan?
—¿De verdad se te dan bien los planes? —preguntó Caleb, y yo me reí, lo cogí por los hombros y lo llevé al baño. Puede que sus nervios no estuvieran del todo calmados, pero los míos sí, al menos un poco. Porque si Caleb quería intentarlo, solo me faltaba conquistar a Laney y todo iría de maravilla.
Empezó a correr el agua de la ducha y yo me puse a recoger: cables del portátil, cargadores y aparatos a las mochilas; el resto de la ropa limpia, apretujada en la maleta.
El timbre sonó una vez.
—Servicio de mayordomo —anunció Laney, y la puerta de servicio se abrió y entró ella.
Estaba igual que cuando se había marchado esa mañana, con el uniforme, negro sobre negro, el pelo recogido en su moño bajo, y traía un ramo enorme envuelto en papel marrón, lirios blancos de tallo largo y rosas de un rojo oscuro. Parecían sacados directamente del arreglo floral del vestíbulo.
Metí en la maleta el montón de camisetas que tenía en las manos para tener algún sitio donde mirar que no fuera ella.
—Una despedida, de mi parte y de parte del hotel —dijo Laney, y me tendió las flores.
Se las cogí y me quedé ahí plantado con un ramo de lirios en medio de una suite de hotel, como si acabara de ganar un concurso de belleza. Laney me las quitó de las manos, las dejó en la mesa de centro y se fijó en cómo había metido la ropa a lo bruto en la maleta.
—Dios mío —dijo.
Cogió una camiseta, la sacudió y la dobló con precisión, en tres y luego por la mitad. La dejó en mi maleta.
—Eso también lo hacías en casa —dije—. Doblarme las cosas.
—Porque doblas como un mapache —dijo.
—Los mapaches no doblan.
—Exacto —dijo Laney.
Cogí otra camiseta para tener algo que hacer con las manos. Me la quitó de las manos y la dobló también.
—Caleb sale en un minuto, y entonces tenemos que hablar de algo.
Asintió y luego sonrió.
—Antes esperábamos a Caleb, ¿te acuerdas? Cuando tenía esa clase de programación que odiaba. Tú te libraste de alguna manera, ¿no?
—La hice el semestre anterior.
—Aquella vez nos pasamos cuatro horas en el porche, hablando sin más.
—Cinco horas —dije.
Levantó la vista hacia mí. Yo sabía exactamente cuántas horas, porque había mirado el móvil cuando por fin entramos.
La una cuarenta de la madrugada, Caleb escribiendo sigo depurando, lo siento mucho, no me esperéis, y Laney acurrucada en el columpio del porche con la sudadera de Caleb, y yo en los escalones con una cerveza que había dejado de beber dos horas antes.
Habíamos hablado de todo. Cosas que no le había contado a nadie, ni siquiera a Caleb.
Había habido un montón de noches así.
—Antes me sentía culpable por esas noches —dije—. Como si no tuviera derecho a pasármelo tan bien con la chica de mi mejor amigo.
—Yo deseaba que Caleb llegara tarde —dijo ella—. No es que no quisiera verlo, pero era la única vez que me hablabas.
Se lo dijo a la maleta, no a mí. Se le habían puesto las mejillas rosadas.
Se me cerró la garganta.
—Yo también —dije. Me falló la voz a mitad de frase—. Y después, cuando vosotros dos os íbais a dormir, yo me quedaba despierto en la cama y me sentía el peor amigo del mundo.
—No pasó nada —dijo Laney.
—Yo quería que pasara —dije.
Ella alzó la vista hacia mí. Tenía los ojos azules llenos de lágrimas.
—Lo sé —dijo—. Yo también. Pero lo quiero a él, así que era un puto lío estar enamorándome de ti también. Puede que por eso decidiera marcharme, porque no entendía qué podíamos llegar a ser.
Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto. El agua de la ducha seguía corriendo. Todo ese tiempo había estado convencido de que le robaba algo a Caleb. Todo ese tiempo había tenido tantísimo cuidado de no tocarla nunca.
—Bueno, vale —dije—. Mira, el caso es… He estado… o sea, hemos estado pensando. Caleb y yo. En la logística. Y en lo, eh. Lo que se tarda en coche…
Laney me arqueó una ceja.
—¿Sabes qué? Olvídalo —dije.
—Theo —dijo ella.
Me senté en el borde de la cama y me froté la cara con las dos manos, y cuando las aparté ella seguía allí de pie, con mi camiseta doblada, esperando.
No iba a permitir que me escabullera con una broma.
En el porche, a las dos de la mañana, ella se limitaba a esperar hasta que se me agotaban las gracias y yo soltaba lo que de verdad pensaba.
—Caleb y yo estamos de acuerdo —dije—. Si quieres intentarlo, sea lo que sea esto, nos apuntamos. Esto no se ha terminado.
Laney no se movió.
—Theo —dijo despacio—. Tú vives en Denver.
—Está solo a tres horas —dije. Ahora me salía todo de golpe: el discurso se me desbordó por fin, pero en el orden equivocado—. Eso no es nada. Y solo tenemos que ir a la oficina dos o tres días a la semana.
—Mi casa es diminuta. Es un estudio con una cama abatible —dijo Laney.
—Caleb me lo ha contado —dije—. Estoy más que dispuesto a dormir en una cama abatible. Siempre que pueda teneros a los dos.
Ella me miró un buen rato.
—O sea. Supongo que estoy dispuesta a intentarlo.
—No parece que creas que vaya a funcionar.
Se quedó un momento con la vista perdida en la ventana.
—Hay algo que pasa siempre con los romances de vacaciones. Te arrastra el torbellino de la emoción. Pero vuelves a casa, se impone la realidad y, de repente, ya no parece tan posible.
—A nosotros no nos pasaría.
—¿Qué no os pasaría? —dijo Caleb, apoyado en la puerta del dormitorio, mirando cómo Laney doblaba mis camisetas, que la verdad es que no hacía ninguna falta doblar.
Laney sonrió, se acercó y lo besó.
—Dale un saludo a Nana de mi parte, ¿vale?
Caleb sonrió.
—Voy a verla mañana.
—¿Cómo está? —preguntó Laney.
—Bien —dijo Caleb—. Ahora tiene novio. Walt. Lleva corbata de bolo.
—Un caballero muy apuesto —dije.
Laney se rio.
—Me alegro por Nana. Os voy a echar de menos. Siempre os echo de menos.
—No por mucho tiempo, porque vamos a volver. ¿Y a lo mejor puedes venir tú a vernos a Denver? Tampoco es que Caleb pudiera subir aquí entonces, con todo lo que estaba pasando —dije. Y entonces vi la cara que puso Caleb—. Ah. Nana.
Laney, que estaba cerrando la cremallera de mi neceser, levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
Caleb se mordió el labio.
—Aquel julio. Unas semanas después de que te mudaras. Nana tuvo un ictus.
Laney se quedó completamente quieta.
No sabía que no se lo había contado. Todo este tiempo había creído que ella conocía la historia completa, y resultaba que ella pensaba que cada uno había elegido su carrera antes que al otro.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Laney, tan bajito que casi no la oí.
—Porque habrías vuelto —dijo Caleb.
—Habría vuelto —dijo Laney.
—Lo sé —dijo Caleb—. Y no quería frenarte. Tenías todo un plan. Y mírate, ya lo estás cumpliendo.
—No te correspondía decidir eso por mí —dijo Laney.
Caleb hizo una mueca.
—Lo sé. No debí hacerlo. Estaba ahogándome, Lanes. El hospital, el trabajo, no verte, y cada vez que pensaba en contártelo pensaba en lo feliz que eras en el Antler, y en cargarme tu sueño solo porque yo necesitaba algo, y tomé la decisión equivocada. Lo siento.
Algo en su cara cedió. La vi imaginárselo: Caleb con veintidós años en una silla de hospital, con el móvil en la mano, sin llamar.
Laney se sentó en el borde de la cama y Caleb se acomodó a su lado.
Ella se quedó mirando fijamente la pared de enfrente y luego apoyó la cabeza en su hombro.
Entrelazó los dedos con los de él, se llevó su mano a los labios y le besó los nudillos.
Di un paso atrás, un poco incómodo, como si estuviera entrometiéndome en un momento que era solo de ellos.
Pero entonces se volvió y me miró.
—Y no podía imaginarme dejar atrás a Theo. Sentía como si me partieran el corazón en dos, y supongo que no entendí por qué hasta ahora, hasta que hemos estado los tres.
No podía respirar.
Me quedé allí plantado en medio de la suite, con la sudadera en las manos. Caleb me miraba de frente, con la mirada firme y el gesto abierto. Se había quedado por Nana. Y se había quedado por mí.
Me escocían los ojos. Le puse la mano en el hombro, porque no me salían las palabras, y él levantó la suya, cubrió la mía y la apretó.
Entonces sonó el timbre.
—Servicio de botones —anunció Tiny desde el otro lado de la puerta.
Laney se levantó de golpe y se secó los ojos con la base de las manos. Después abrió la puerta y Tiny entró con su carrito. Cargó nuestras dos maletas de ruedas ya viejas y nuestras dos mochilas sin decir una sola palabra.
En la puerta se detuvo, me miró por encima del hombro y me dedicó la sonrisa más pequeña del mundo.
Y se fue.
Caleb se puso de pie. Le cogió la cara a Laney con las dos manos.
—Esta vez voy a volver —dijo—. Theo y yo vamos a volver.
Laney se agarró a sus muñecas y lo miró con los ojos otra vez húmedos, y no dijo absolutamente nada.
Luego me tocó a mí. La rodeé con los dos brazos y la apreté, y ella me apretó también, con la cara hundida en mi cuello. Olía al jabón del hotel y a los lirios, y temblaba un poco.
—Volveremos pronto por aquí —le dije contra el pelo, y le besé la coronilla.
Sonó el timbre.
Laney se separó y se pasó la mano por las mejillas. Caleb la cogió de la mano antes de que pudiera irse, la atrajo hacia él y la besó una vez más, rápido. Después ella abrió la puerta.
A Priya le bastó una mirada a la cara de Laney.
—¿Me lo explicas? —preguntó Priya.
Laney se puso pálida y nos lanzó una mirada a los dos. Yo sonreí, di un paso adelante y le estreché la mano a Priya.
—Tienen una mayordomo encantadora. Y, casualidad de las casualidades, resulta que la conocemos.
Priya se volvió hacia Laney.
—¿Es verdad? ¿Por qué no me lo dijiste?
Laney me lanzó una mirada y abrió mucho los ojos.
—Bueno, yo no participé en la selección de los ganadores del concurso, así que me sorprendió un poco. Aunque sí compartí el concurso en mi Instagram, así que supongo que tampoco es tanta sorpresa que algunos amigos se apuntaran. Fuimos todos juntos a la universidad.
—Ah —dijo Priya, sin dejar de estudiarme con la mirada. Tiré de Caleb para pegarlo a mí, y esta vez vino sin resistirse y me pasó un brazo por la cintura como si ese fuera su sitio.
—Laney se quedó un poco de piedra al enterarse de que Caleb y yo nos habíamos enamorado —dije, recurriendo a mi encanto de siempre—. Los dos somos bisexuales y, en la universidad, ella no conocía realmente ese lado nuestro.
Caleb asintió.
—Laney y yo incluso salimos un tiempo. Ha sido todo un salto al pasado, una gozada volver a verla. Y estamos impresionadísimos con el nivel de servicio que ofrece aquí.
La jefa de Laney nos miró a los dos, luego miró a Laney y suspiró.
—Bueno, no creo que tengamos ninguna norma que obligue a declarar que te has cruzado con un exnovio.
Subía a decirles a todos que en el departamento de marketing están encantados con sus fotos y que las vamos a usar en la web.
¡Qué ilusión! En cualquier caso, espero que hayan disfrutado de su estancia.
—Muchísimo —dije. Y Caleb asintió y me apretó un poco contra él. Y Priya nos acompañó a los tres hasta el ascensor y nos despidió con la mano.
—Bueno —dijo Caleb en voz baja, cuando las puertas se cerraron—, esperemos que nunca se entere del resto.
La sonrisa de Laney siguió exactamente donde estaba. El resto de ella se quedó inmóvil, y no dijo ni una palabra hasta el vestíbulo.
Después de otra ronda de abrazos para Laney, volvimos al coche, y yo me giré en el asiento y la miré por la ventanilla trasera, allí de pie, mientras salíamos a la calle.
Al cabo de un minuto, Caleb dijo:
—¿Nos van a sacar del armario unos folletos de marketing?
Me reí.
—Yo ya salí del armario, tío. Mi familia lo sabe y me apoya.
Caleb soltó el aire y puso el intermitente al incorporarse a la carretera que subía hacia las montañas.
—Menos mal que Nana te adora. Supongo que te vienes a la cena del domingo, ¿no?
Alargué la mano por encima de la consola central, entrelacé mis dedos con los suyos y le apreté un poco la mano, con el pecho caliente y encogido al pensar que ya daba por hecho que me llevaría a casa de Nana ahora que éramos… lo que fuéramos.
—¿Cuántos días faltan para que podamos volver? —se preguntó Caleb.
—Demasiados —dije.