Capítulo 10
Laney
Priya giró el portátil sobre el escritorio para que viera la pantalla.
—Mira esto —dijo.
Eran las cuatro y media del viernes, el final de mi turno.
Priya se había quitado los zapatos debajo del escritorio y tenía un pie, enfundado en la media, recogido bajo el muslo, lo que significaba que estaba de muy buen humor.
Pero a mí se me cayó el alma a los pies y un único pensamiento me vino a la cabeza. ¿Lo sabía?
Pero sonreía mientras pasaba las fotos despacio, una a una.
Primero el spa. Caleb y Theo tumbados boca abajo en las camillas de masaje, las sábanas dobladas hasta la cintura, las manos unidas por encima del hueco que los separaba. Había hecho unas cuarenta de esas, y ella había elegido las tres mejores.
Luego el martes por la noche, en el Hearth.
Los chicos en el reservado redondo junto a la chimenea, los dos riéndose de algo que había dicho Theo, Caleb con la cabeza echada hacia atrás.
Después una en la que Theo le daba a Caleb un trozo de tarta de arándanos con su tenedor, y Caleb ponía los ojos en blanco, pero lo dejaba hacer.
Y luego el baile lento, en el restaurante vacío, cuando ya había pasado el ajetreo de la cena. Esa no había sido para la cámara. Lo supe mientras la hacía.
—Has captado el baile lento —dijo Priya, y sonó casi tierna al decirlo—. En el complejo están entusiasmadísimos. Tanner me ha llamado dos veces esta tarde. ¡Dos veces! Quieren hacer toda una campaña de San Valentín.
Una sensación cálida y burbujeante me nació en el estómago y me subió hasta el pecho.
Había convencido a Priya para que me dejara hacer las fotos, y habían salido bien.
Priya no repartía elogios. Repartía correcciones.
Y ahí estaba, sentada en medias, mirándome como si le hubiera entregado en mano su propio ascenso.
Jefa de mayordomos. Desde aquí ya casi lo veía. Siempre que no se enterara.
—Has estado con ellos toda la semana —dijo Priya—. ¿Se lo están pasando bien?
—Sí, se lo están pasando bien. —Me sonrojé al pensar en cómo lo sabía—. Estuvieron en la montaña tres días, y el miércoles pararon para descansar, por lo del spa. Están agotados, pero contentos.
Priya se recostó en la silla, y algo en su cara cambió: pasó de jefa a otra cosa.
—Vete a casa, Laney —dijo—. Se van mañana, y luego tienes cuatro días libres. Te los has ganado.
No me fui a casa. Subí al ático. Porque Priya lo había dicho. Solo me quedaba un día más con ellos antes de que volvieran a Denver.
Entré por la puerta de servicio, todavía con el uniforme, y los encontré a los dos en el salón. Caleb estaba en el sofá con el portátil y las gafas de pantalla resbalándole por la nariz. Theo, despatarrado en el sillón, con las piernas colgando de un brazo.
Los dos levantaron la vista cuando entré, y a los dos se les iluminó la cara al mismo tiempo. Me provocó algo en el estómago en lo que preferí no pensar.
—He acabado el turno —dije—. He pensado que podríamos salir. ¿Ver un poco el pueblo? Hay una ferretería que tenéis que ver. —Era una idea nueva, porque esperaba que quizá les encantara. Que quizá decidieran quedarse. Lo cual era una locura. Esto no era más que un rollo de vacaciones.
—Yo me apunto —dijo Caleb. Ya estaba cerrando el portátil.
Theo miró a Caleb. Luego me miró a mí. Luego se dejó caer otra vez en el sillón.
—Yo me voy a meter en el jacuzzi y a llamar a mi hermana —dijo Theo.
—¿Seguro? —preguntó Caleb.
—Erin me ha estado escribiendo y se lo prometí. Id. Pasadlo bien. Traedme un recuerdo.
Cogimos el autobús gratuito hasta Old Town y nos bajamos en la avenida Yarrow. Era noche cerrada, los viejos edificios de fachada falsa tenían guirnaldas de luces a lo largo de los tejados y la nieve de las aceras crujía bajo nuestras botas.
—Esta es la ferretería —dije, y señalé.
Glen Hardware llevaba en la esquina de Yarrow con la Tercera desde 1958. Tenía un gran cartel de madera con un antílope americano pintado y un escaparate lleno de palas para la nieve y calcetines de lana de cuadros.
Caleb estudió el escaparate con seriedad.
—Es una ferretería muy bonita.
—Es la mejor ferretería —dije—. Te hacen una copia de la llave y, a la vez, te cuentan la historia entera de tu familia.
—¿Y conocen la historia de tu familia?
—Saben que soy de Kansas —dije.
Bajamos hasta el puente sobre Fiddler Creek y nos quedamos junto a la barandilla, mirando el agua helada, blanca y azul y llena de bultos entre los montones de nieve.
—Este pueblo es increíble —dijo Caleb.
—Lo es.
—No pensaba que me iba a gustar. Creía que iba a estar lleno de ricos con abrigos de piel. —Apoyó los antebrazos en la barandilla—. Pero no. Es… acogedor, supongo.
Una mujer que paseaba a un husky se cruzó con nosotros en el puente y dijo: «Hola, Laney». Luego un tío que salía del Paddlewheel gritó «¡Laney!» y me saludó con la cerveza antes de que la puerta se cerrara tras él. Les devolví el saludo a los dos.
—Todo el mundo te conoce —dijo Caleb.
—Trabajo en el hotel. Aquí todo el mundo conoce a todo el mundo.
—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó.
—Me encanta mi trabajo —dije.
—No es eso lo que te he preguntado.
Mantuve la vista en el arroyo helado. Se me estaba cerrando la garganta de una forma tensa e inoportuna, y esperé a que se me pasara.
La verdad era que me encantaba la montaña. Me encantaban la nieve y la luz y la forma en que todo el valle se volvía rosa al atardecer en febrero y lo amable que era todo el mundo. Y llevaba cuatro años viviendo aquí y no tenía a nadie con quien me sintiera cercana. No como Caleb y Theo.
—Mi apartamento está justo ahí —dije en lugar de eso, y señalé hacia la bocacalle.
Al otro lado de Larkspur había un pequeño edificio de ladrillo de dos plantas con una tienda de esquí en la planta baja. Encima, en la primera planta, había una ventana con la luz apagada.
—¿Ahí vives? —preguntó Caleb.
—Ahí vivo.
—¿Puedo verlo? —preguntó.
Las escaleras eran estrechas y empinadas y olían a la cera de la tienda de esquí. Abrí la puerta con llave, metí la mano y encendí la lámpara.
Era una sola habitación. Siempre había sido una sola habitación, y nunca me había importado, pero de pie en el umbral, con Caleb detrás de mí, la miré como la estaba mirando él.
El hornillo en la encimera, al lado de la nevera pequeña.
El escurreplatos con un bol, una taza y un tenedor.
El radiador bajo la ventana, que crujía al despertarse.
La cama Murphy, plegada dentro de la pared detrás de unas puertas de armario blancas.
El plano de pistas de Pronghorn que había enmarcado y colgado encima del hornillo porque no tenía ningún otro cuadro.
—Es pequeño —dije.
—Es fantástico —dijo Caleb.
Dio una vuelta lenta sobre sí mismo en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Miró la única taza del escurreplatos. Luego miró las puertas blancas de armario encajadas en la pared.
—¿Cama Murphy? —preguntó.
Asentí.
Se rio en voz baja. Luego cruzó la habitación hacia mí y me besó.
Me sujetó la cara con las dos manos. Me besó despacio y con cuidado, más como me besaba cuando éramos jóvenes. Cerré los dedos sobre la pechera de su chaqueta y me aferré, y me escocieron los ojos, y le devolví el beso.
Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía. Tenía los ojos cerrados.
—Todavía te quiero —dijo Caleb.
Me quedé allí con la frente pegada a la suya y respiré.
—Yo también te quiero todavía —dije—. Por eso acepté cortar por lo sano. Pensé que dolería demasiado.
Soltó el aire con un temblor. Me apretó más la cara con las manos.
Y entonces, casi de inmediato, faltaba algo. Quería que Theo hiciera alguna broma horrible para romper la tensión, y quería el pecho de Theo contra mi espalda.
Me aparté un poco.
—No es lo mismo sin Theo —dije.
Se me encendió la cara en cuanto lo dije. Era una cosa horrible de decirle a mi exnovio, justo después de que me hubiera dicho que todavía me quería. Abrí la boca para retirarlo. Caleb sonrió. Fue una sonrisa lenta y torcida, con el hoyuelo solo en el lado izquierdo, y le llegó hasta los ojos.
—Está bien que lo hayas dicho, porque creo que yo también estoy enamorado de Theo —dijo—. Y no estoy muy seguro de lo que eso significa.
—¿Él lo sabe? —pregunté.
—No lo sé —dijo Caleb—. No sé si siente lo mismo o si solo se está divirtiendo. Ya sabes cómo es.
El radiador crujió. Un coche pasó por Larkspur y los neumáticos crujieron sobre la nieve.
—Deberíamos volver —dije.
—Sí —dijo Caleb.
Fui al armario y descolgué de la percha el uniforme de mañana, los pantalones negros y la camisa negra, y los doblé sobre el brazo. Luego cogí unas bragas limpias y el cepillo de dientes y me los metí en el bolsillo del abrigo.
Caleb me aguantó la puerta abierta, y cuando pasé por delante de él al rellano, me tocó la parte baja de la espalda.
Nos llevé de vuelta montaña arriba en mi viejo Subaru, con la calefacción a tope, y Caleb me sostuvo el uniforme en el regazo para que no se arrugara. De vez en cuando estiraba el brazo por encima de la consola y me ponía la mano en la rodilla, y luego la retiraba otra vez.
Cuando entramos en la suite, Theo estaba dando vueltas delante de la chimenea con un albornoz del hotel. Tenía el pelo húmedo del jacuzzi. Se paró en seco al vernos, luego hizo un esfuerzo enorme por disimular, como si hubiera estado haciendo otra cosa, cogió un cojín del sofá y lo ahuecó.
—Hola —dijo Theo—. ¿Qué tal la ferretería?
—Bien —dijo Caleb.
—Bien. Genial. Guay. Me encantan las ferreterías. —Theo dejó el cojín y lo volvió a coger—. ¿Vosotros dos…? Quiero decir. ¿Habéis…?
—No decidimos nada —dije.
Se le hundieron los hombros, pero antes de que pudiera averiguar qué estaba pensando, lo tapó todo con una sonrisa.
—Guay —dijo—. Guay, guay. Qué guay.
¿Estaba nervioso?
Lo miré y negué con la cabeza, sonriendo.
—No decidimos nada porque no podemos decidir nada sin ti.
Theo parpadeó y nos miró, primero a mí, luego a Caleb.
Caleb asintió.