Capítulo 9
Caleb
Laney entró sin llamar al timbre, esta vez.
No hubo ningún «¡Servicio de mayordomo!» desde la puerta, ni pausa cortés.
Entró por la puerta de servicio, pulsó el interruptor de No Molestar y se metió con paso decidido en el dormitorio, donde Theo y yo estábamos despatarrados en la cama, con los pantalones de chándal puestos, viendo un programa de cocina sin sonido.
Se había cambiado y llevaba vaqueros y una camisa de franela gris y suave, el pelo suelto y aún húmedo en las puntas, y una bolsa de papel marrón agarrada por las asas, colgando de dos dedos.
—Theo hizo un pedido —dijo—. ¿Tenemos planes para esto?
Theo se incorporó tan rápido que tiró el mando de la cama.
—El lubricante siempre va bien —dijo él—. Con tanta gente. Tríos, ya sabes.
Dejó caer la bolsa sobre el edredón, entre los dos.
—Por fin he pillado el lubricante que pedisteis el lunes. Se me ocurrió que alguien podría calarnos la mentira. En el pueblo no hay sex shop, así que, después de dejarle las fotos a mi jefe, paré en una farmacia de Old Town, de camino a casa para ducharme y cambiarme.
—¿Esto significa que te quedas a dormir? —pregunté, porque no lo había hecho desde el domingo y ahora la cama se nos quedaba demasiado grande a Theo y a mí.
Si dos noches sin ella ya parecían demasiadas, ¿qué íbamos a hacer de vuelta en Denver? Aparté ese pensamiento.
Theo volcó la bolsa sobre la cama.
Rodó fuera un bote de lubricante, de los grandes con dosificador. Luego un pequeño vibrador morado del tamaño de un pintalabios.
Theo cogió el lubricante y le dio la vuelta en la mano.
—Ambicioso —dijo con aprobación.
—Era lo único que tenían —dijo Laney—. Así que ¿cuál de los dos va a dejarse follar?
La cara me ardió tanto que el calor me llegó hasta el cuero cabelludo.
—Era para un trío —dijo Theo—. Tú en el medio.
—Ah. —Laney parecía un poquito decepcionada. Theo también lo captó, porque me lanzó una mirada rápida y algo pícaro y cálido le asomó a la cara.
—Pero, si no, encantado de follarme a Caleb —dijo Theo—. Si eso te pone.
—Theo —dije.
—Solo lo pongo en el menú —dijo Theo.
Se echó hacia atrás, apoyado en los codos, y me recorrió despacio con la mirada, de la cara al resto del cuerpo y otra vez hacia arriba.
—Tú, todo precioso, a cuatro patas. Abierto en dos por mi polla.
Las palabras me atravesaron. El calor se me acumuló en el bajo vientre, la polla me dio un tirón dentro del chándal y no pude hacer nada por disimular cómo se hinchaba, dura y lista.
Llevaba un rato pensándolo, si era sincero.
Desde que me había picado con el tema, desde que me había arrodillado en la alfombra con Theo en la boca y la mano de Laney en mi polla.
Lo había pensado en la ducha y en la sauna esa misma tarde, con su puño alrededor de los dos.
Simplemente no lo había dicho en voz alta.
Laney se sentó en el borde de la cama, a mi lado. No se burló. Solo me miró con la cabeza inclinada, igual que me miraba cuando teníamos diecinueve años y yo intentaba contarle algo difícil.
—¿Caleb? —dijo ella.
Miré el bote de lubricante en la mano de Theo.
—Quiero hacerlo —dije.
Ya estaba dicho. Ya estaba en la habitación. Nadie se rio.
—¿Seguro? —preguntó Laney.
—Llevo un rato pensándolo. Decidme qué hacer. Los dos. Hacedme vuestro, vuestro…
Dejé la frase a medias, mirando a Laney.
—Nuestro buen chico —susurró ella.
A Theo se le fueron las cejas a la frente. Me miró, miró a Laney y volvió a mirarme.
—¿Es sumiso?
—Sí, lo descubrimos en el último curso —dije, con las mejillas rosadas—. Me pone que me controlen. Que me usen.
Nunca lo había admitido en voz alta, ni siquiera entonces, y se me cerró un poco el estómago mientras esperaba su reacción.
—Joder, qué sexy.
Las palabras de Theo, quedas y llenas de aprobación, lo arreglaron todo de golpe.
—Lo es. —Laney me puso la mano en la rodilla—. ¿Te acuerdas de tus palabras de seguridad? Rojo significa parar —dijo—. Amarillo, más despacio. Verde, adelante. Dices rojo y todo se detiene, sin preguntas y sin que nadie se lo tome a mal. ¿Vale?
—Vale —dije.
—Repítemelo.
—Rojo significa parar —dije, y noté que los hombros se me bajaban de las orejas.
—Buen chico —dijo Laney. Luego bajó la voz, más grave, más serena—. Fuera la ropa. De rodillas.
Me temblaban las manos y me hice un lío con el cordón del chándal.
Theo se estiró y me lo desató sin decir una palabra, lo que de algún modo lo empeoró y lo mejoró todo a la vez.
Luego me subí al centro de la cama y me puse a cuatro patas, desnudo, la polla ya dura, dándome contra el vientre, el agujero al aire.
Laney se desnudó también, sin prisa, y dobló la camisa de franela sobre el sillón. Luego se recostó contra las almohadas delante de mí y abrió las piernas.
—Pon la cara aquí —dijo, y se dio una palmada en el muslo—. Puedes ir trabajando mientras él te prepara.
Me dejé caer sobre los antebrazos entre sus piernas. Eso me dejó el culo en pompa, hacia Theo, y nunca en mi vida me había sentido tan desnudo.
—¿Lo has hecho antes, Theo? —preguntó Laney por encima de mi cabeza.
La cama se movió detrás de mí cuando Theo se arrodilló entre mis pantorrillas.
—Sí. Pero nunca con nadie que me importara de verdad —murmuró Theo.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Arqueé la espalda sin querer y levanté más el culo. Theo tomó aire de golpe a mi espalda.
—Dios, Caleb —dijo—. Eres jodidamente sexy.
Laney me enterró las manos en el pelo, abrió los muslos y tiró de mí hacia abajo.
—Sé un buen chico y haz que me corra mientras te follan.
Gemí y le recorrí el coño con la lengua, ansioso por complacerla. Ya estaba mojada. La lamí despacio y con la lengua plana, como a ella le gustaba, y ella suspiró y me agarró la cabeza con más fuerza. Por un segundo me perdí en su sabor familiar.
Entonces el tapón del bote de lubricante se abrió con un clic a mi espalda y él me echó un chorro de lubricante frío por la raja. Gimoteé contra Laney, y ella me acarició el pelo.
—Vas a estar guapísimo mientras te follan.
El dosificador volvió a sisear. Cuando sus dedos por fin me tocaron, estaban resbaladizos y calientes, y me extendió el lubricante por el agujero en círculos lentos que me hicieron temblar los muslos.
Nadie me había tocado nunca ahí. Ni yo me había tocado nunca ahí, no así, a propósito, despacio, con sensualidad. Cada círculo lento de la punta del dedo de Theo me recorría la columna con una sacudida extraña y luminosa.
Luego apretó un dedo contra mí y me contraje tan fuerte que se me bloqueó todo el cuerpo.
—Suelta el aire —dijo Laney con suavidad. Me acarició el pelo con los dedos—. Suelta el aire, Caleb. Déjalo entrar. Lo necesitas dentro, cariño, ¿verdad?
Solté el aire contra su muslo.
—Sí —susurré.
Theo empujó el dedo y sentí una plenitud densa y extraña con la que mi cuerpo no sabía qué hacer. No dolía. Tampoco era placentero. Solo era mucho, como si todo el cuerpo me estuviera prestando atención a ese único punto.
—¿Bien? —preguntó Theo. Sonaba nervioso. Theo nunca sonaba nervioso.
—Sí —dije contra el muslo de Laney—. Raro. Es raro.
—¿Raro bueno o raro malo?
—Todavía no lo sé.
—No dejes de lamerme —dijo Laney.
—Perdón —dije, y volví a pegar la boca a ella.
Era difícil concentrarse. Theo movía ya el dedo, despacio, dentro y fuera, y cada vez que empujaba, mi cuerpo intentaba expulsarlo, y cada vez que lo sacaba, intentaba retenerlo.
Le lamía el clítoris a Laney. Luego el dedo de Theo se hundía más y me olvidaba de que estaba haciendo algo, y solo respiraba caliente y con la boca abierta contra ella.
—Caleb —dijo Laney, divertida, tirándome del pelo—. Concéntrate. Puedes hacer dos cosas a la vez.
Me reí contra ella, lo que la hizo soltar un gemido, lo que me hizo reír otra vez. Se me soltó parte de la tensión de los hombros.
—Ahora dos —le dijo Laney a Theo—. Despacio.
El segundo dedo escoció un poco al entrar. Siseé entre dientes, y Theo se quedó inmóvil, y Laney me acarició la nuca hasta que asentí. Entonces empujó, más despacio, un estiramiento que me llegó hasta el fondo del estómago.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo Theo, casi en un murmullo—. Joder, Caleb, estás tan estrecho. Lo estás haciendo muy bien.
Curvó los dedos.
Algo se encendió dentro de mí, una descarga eléctrica caliente que subió directa por la columna y salió por la punta de la polla, tan de golpe que todo el cuerpo me dio un brinco. Grité contra el muslo de Laney. La polla me dio una sacudida y goteó sobre las sábanas.
—Oh —dijo Theo, muy satisfecho de sí mismo—. Lo he encontrado.
—Cállate —dije, sin aliento.
—¡Lo he encontrado! —le dijo Theo a Laney.
—Estoy muy orgullosa de ti —dijo Laney, y yo le pasé la lengua de un lado a otro, de pronto desesperado por darle las gracias por esto.
Volvió a hacerlo, follándome con los dedos, abriéndome y estirándome.
Gemí contra su coño, y ella se arqueó contra mi boca, y esta vez no perdí el hilo.
Esta vez todo era una sola cosa: los dedos de Theo dentro de mí y el sabor de Laney en la lengua y esa presión brillante cada vez que Theo rozaba ese punto.
—Condón —dijo Laney, sin aliento—. Y luego más lubricante.
Levanté la cabeza.
—Sin condón —susurré.
Los dedos de Theo se quedaron quietos dentro de mí. Laney se quedó quieta bajo mis manos.
—Quiero decir —dije. Me ardía la cara—. Los dos nos hacemos pruebas, ¿no? Confío en ti, tío. Y ya te has corrido en mi boca más de una vez.
Hubo una larga pausa a mi espalda.
—Sin condón —dijo Theo tras un instante—. Me hago pruebas y estoy limpio.
—Yo también —susurré.
Me sacó los dedos y gimoteé al sentir el vacío. El dosificador de lubricante volvió a sisear. Luego la punta roma de la polla se apoyó contra mi agujero, resbaladiza y caliente y muchísimo más grande que sus dedos. Empujó solo un poco y me quedé sin aire.
—Amarillo. Espera —gimoteé.