Mi enfermera favorita Epílogo
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Epílogo

Amelia

Catorce años después…

Tenía cuarenta y cuatro años cuando me di cuenta de que la vida, contra todo pronóstico, había resultado ser generosa.

Estaba de pie en la cocina de nuestra casa, la misma casa de siempre, aunque ahora con una ampliación y un estudio para Mateo en el jardín, preparando café mientras el sol de la mañana se colaba por la ventana.

Eloy tenía cincuenta y dos, y seguía despertándome cada día con el mismo beso torpe en el cuello, con la misma barba de tres días que me raspaba la mejilla, con la misma pregunta de si había soñado con él.

Pero esa mañana era diferente. Esa mañana, Mateo, que ya no era el niño de seis años con el brazo escayolado, sino un joven de veinte años que me sacaba una cabeza, bajó a desayunar con una sonrisa nerviosa que reconocí de inmediato. Era la sonrisa de quien iba a confesar algo importante.

—Mamá —dijo, y aún me emocionaba que me llamara así, sin prefijos, sin dudas, con la naturalidad de quien siempre me ha tenido—. Papá. Tengo que deciros algo.

Eloy levantó la vista del periódico; sí, seguía leyendo el periódico en papel, aferrado a sus rutinas de viejo, como decía nuestro hijo, y arqueó una ceja.

—¿Estás embarazado? —bromeé, y Mateo se rio, aunque el rubor subió por su cuello.

—¿Qué? ¡No! —dijo—. Es… estoy saliendo con alguien. En serio. Y quiero que lo sepáis antes de que venga a cenar esta noche.

Intercambié una mirada con Eloy. Veinte años.

Estudiaba segundo de Medicina, porque sí: el niño que quería ser policía como su padre había cambiado de opinión a los quince años, después de acompañarme a un turno de urgencias y ver cómo salvábamos a un hombre de un infarto.

«Quiero ser médico de urgencias», me dijo esa noche, con los ojos brillando como cuando tenía seis años y perseguía ladrones imaginarios.

«Quiero ser como tú, mamá. Quiero arreglar corazones. »

Y ahora estaba aquí, nervioso, enamorado, preparándonos para conocer a su chica.

—¿Quién es? —preguntó Eloy, intentando sonar casual, pero con la voz de padre protector que nunca había logrado abandonar del todo.

Mateo respiró hondo.

—Es Lucía —dijo—. La hija de Carolina y Valeria.

El silencio que siguió duró exactamente tres segundos. Luego, Eloy y yo estallamos en carcajadas simultáneas. Mateo se puso colorado, confundido, ofendido.

—¿Por qué os reís? —protestó—. Es en serio. Llevamos dos años juntos. Desde que empezó la carrera de Derecho en la universidad.

—No nos reímos de ti, cariño —dije, acercándome para abrazarlo, oliendo su champú, memorizando su altura—. Nos reímos porque es perfecto. Porque Carolina y Valeria son de la familia, y su hija te adora desde que te conoció y tú le enseñaste a hacer castillos de arena.

—Y porque ahora tendremos que soportar a Carolina diciendo «te lo dije» durante el resto de nuestras vidas —añadió Eloy, poniéndose de pie para abrazar también a su hijo—. Bienvenido al club de los que eligen mal el momento para las confesiones.

—¿Acabo de escuchar que Lucía es mi cuñada? —preguntó Valentina, mi hija de trece años, esa que llegó a nuestras vidas para hacerlas aún más perfectas, si es que eso era posible.

Me quedé embarazada durante nuestra luna de miel, cuando tanto Eloy como yo pensábamos que no tendríamos hijos, cuando habíamos decidido que de ese año no pasaba que me hiciera pruebas dado que él era padre.

Y cuando, una mañana, al despertarme, con el café recién hecho que mi marido me traía en una bandeja con el desayuno a la cama, salí corriendo a vomitar porque ese simple olor que antes me encantaba en ese momento me causó náuseas, los dos nos miramos y supimos lo que pasaba antes incluso de que Marcos me lo confirmara en la clínica.

—¿Por qué sigues escuchando las conversaciones de los mayores, enana? —preguntó Mateo, arqueando la ceja, mirando a su hermana.

—Por favor, Mateo, lo has dicho tan alto que seguro que lo han escuchado hasta los vecinos del principio de la calle —dijo Valentina al tiempo que volteaba los ojos.

Me reí porque no podía no hacerlo, y es que mi hija era justo lo que siempre imaginé que sería, una mini yo en toda regla.

Mismos ojos, mismo pelo, mismos gestos y sí, mismo genio y cabezonería.

Y ella sí que tenía claro lo que quería ser de mayor: no era otra cosa que cirujana, porque había empezado a ver una serie de médicos hacía unos meses y el personaje principal, el de una cirujana empática, con carácter y un humor de lo más sarcástico, decía que le recordaba a mí y que también quería salvar vidas, como hacíamos su hermano y yo.

Valeria decía que Eloy se había quedado sin sucesor y que no habría una larga saga de oficiales Castellanos, a lo que mi marido respondía que mejor así, porque no quería que ningún hijo suyo se jugara la vida en cada nueva operación, como se la había jugado y aún se la jugaba él.

Esa noche, cuando Lucía llegó, una joven pelirroja de diecinueve años, con los ojos azules, a quien Valeria y Carolina habían adoptado hacía ya doce años, los cuatro adultos nos miramos con esa mezcla de orgullo y terror que solo conocen los padres.

Carolina me cogió de la mano bajo la mesa y sus ojos estaban húmedos.

«Somos suegras», susurró, y yo asentí, porque éramos eso y mucho más.

Éramos familia, la que habíamos elegido, la que habíamos construido pedazo a pedazo desde aquella primera tarde en urgencias.

Mis padres, por supuesto, eran abuelos completamente insoportables.

A los sesenta y nueve años, Rafael y Carmen habían alcanzado una categoría de entrometimiento que solo los abuelos que fueron médicos pueden alcanzar.

Llamaban a Mateo tres veces por semana para preguntarle si comía suficiente proteína, si dormía ocho horas, si llevaba condones.

Sí, mi madre le había regalado una caja de condones en su decimoctavo cumpleaños, delante de todos, con una nota que decía «mejor prevenir que curar».

Pero los quería. Los quería por su entrometimiento, por su amor desbordante, por la forma en que habían acogido a Eloy como hijo desde el primer día, sometiéndolo a interrogatorios dignos de una comisaría en cada cena dominical.

Y adoraban a Valentina tanto como a Lucía, ya que, a pesar de no ser familia de sangre, tanto ella como sus madres eran esa familia que se elige para formar parte de tu vida hasta el último día.

Después de que mis padres se llevaran a Valentina a pasar la noche en su casa como solían hacer casi todos los fines de semana y de que Lucía y Mateo se fueran, protestando porque según ellos «los viejos se quedan demasiado tiempo despiertos», Eloy y yo hicimos lo que habíamos hecho durante catorce años. Nos escapamos.

Cogimos el coche y condujimos hasta la Malvarrosa.

La playa estaba desierta, como siempre a medianoche, con la luna llena trazando un camino de plata sobre el agua oscura.

Me quité los zapatos y metí los pies en el agua fría.

Eloy llegó detrás de mí, como siempre, como en cada ritual que habíamos creado a lo largo de los años.

Me envolvió con sus brazos, apoyando la barbilla en mi hombro, y nos quedamos así, mirando el horizonte, sintiendo cómo el agua movía la arena bajo nuestros pies.

—¿Recuerdas —dijo, con su voz grave, y con esas canas que tenía ahora y que le quedaban bien— cuando me dijiste que venías aquí para olvidarte de los problemas?

—Sí, claro que lo recuerdo —susurré, apoyándome en su pecho, sintiendo su corazón latir contra mi espalda.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Sigues viniendo aquí para olvidarte?

Negué con la cabeza, girándome lo suficiente como para mirarlo a los ojos. Esos ojos verdes que seguían siendo mi perdición, que seguían teniendo el poder de detener el mundo.

—No —dije, y sonreí—. Ahora vengo a recordar lo afortunada que soy. Para recordar que el amor llamó a mi puerta cuando menos lo esperaba, y que tuve el valor de abrir.

Eloy me besó y, aunque nuestros cuerpos habían cambiado, con algunas arrugas más, algunos kilos de más y algunas cicatrices que contaban historias, el beso seguía siendo el mismo. El de la urgencia, el de la promesa, el de «estoy aquí y no me voy».

—Viejos —gritó una voz desde lejos—. ¿Vais a estar mucho tiempo comportándoos como adolescentes?

Nos separamos riendo. Mateo y Lucía caminaban hacia nosotros por la arena, descalzos, con las manos entrelazadas y la juventud brillando en sus rostros. Lucía sacudió la cabeza con una sonrisa que era pura Carolina, y Mateo puso los ojos en blanco con una exasperación que recordaba a su padre.

—Papá, mamá, os hemos dicho que vamos a cenar solos —protestó Mateo—. No que fuéramos a hacer de niñeros mientras vosotros os enrolláis en la playa.

—No necesitamos niñeras —respondió Eloy, sin soltarme—. Necesitamos testigos.

—¿Testigos de qué? —preguntó Lucía, curiosa.

—De que el amor existe —dije yo, y era la verdad—. De que dura. De que vale la pena.

Mateo nos miró, y en sus ojos vi algo que me conmovió hasta las lágrimas. Vi reconocimiento. Vi que entendía, que había entendido desde pequeño, que su padre y yo éramos algo raro y precioso. Que habíamos construido un amor que resistía el tiempo, las heridas, los miedos.

—Vale —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Pero no os besuqueéis demasiado. Que da asco.

Se alejaron riendo hacia el chiringuito que aún estaba abierto, dejándonos de nuevo solos bajo la luna.

Miré a Eloy. Él sonrió, esa sonrisa torcida que me había robado el corazón hacía quince años, y yo pensé en aquel día. En aquella primera tarde en urgencias. En el niño con el brazo escayolado que había entrado en mi vida como un vendaval.

Y supe, con una claridad que solo da el tiempo, que no fue Mateo quien aquel día necesitó ser curado.

Fui yo.

Porque él, con sus seis años y su valentía y su padre de ojos verdes, fue quien me devolvió el corazón. Quien me enseñó que no estaba rota, sino que estaba solo dormida. Quien me trajo a Eloy y, con él, a la vida que siempre había merecido.

—Te quiero —dije, y eran las mismas palabras de siempre, pero cargadas de catorce años de risas, de lágrimas, de desayunos compartidos, de noches de miedo y de madrugadas de paz.

—Yo también te quiero —respondió él y me besó de nuevo, bajo la luna, con el mar como testigo, como siempre, como para siempre.

—Siempre serás mi paciente favorito.

—Y tú, mi enfermera favorita.

Y mientras el agua fría acariciaba nuestros pies, supe que habíamos llegado a casa.