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¿Era una broma? No podía ser real.
—¿Estás bromeando? —espetó Garrett con agresividad—. Porque te juro que te golpearé si juegas con algo así.
—No, Garrett. ¿Cómo se te ocurre que bromearía con esto? Vengan, tienen que verla con sus propios ojos —insistió Nick.
—Espera —balbuceé con dificultad—. Nick, ¿cómo es que está viva? ¿En qué condiciones se encuentra?
Él suspiró, con la mirada cargada de una mezcla de alivio y pesar.
—Se encuentra bien físicamente, aunque su memoria falla. A veces te nombra, pero vive inmersa en el pasado. Richard Baudin es su esposo ahora; él es quien la cuida.
—¿Y dónde está él?
—En la comisaría. Me pidió que viniera para asegurar que ella estuviera bien.
Caminamos hacia la casa con el corazón en un puño.
Cuando Nick abrió la puerta, me recibió un aroma a bizcocho recién horneado.
Fue un impacto sensorial; aquel olor trajo consigo mi infancia entera.
Los ojos se me nublaron al ver a una mujer de espaldas, sacando el molde del horno.
Se veía más adulta, con el cabello rubio surcado por hebras canosas, mientras silbaba una melodía que yo apenas recordaba haber escuchado antes de dormir.
Al sentir nuestra presencia, se giró. Vio a Nick y le dedicó una sonrisa de cortesía; luego observó a Garrett y frunció el ceño con extrañeza.
Pero cuando sus ojos se posaron en mí, se quedó paralizada.
Fue presa de sus propios recuerdos, sumergida en un esfuerzo por comparar mi rostro con el de la niña que dejó atrás.
—¿Hija? —murmuró con un hilo de voz.
No supe qué responder. Mi cuerpo se tensó, sentí un frío intenso recorrer mi espalda y mi cabeza comenzó a latir con fuerza.
Mi corazón estaba al borde del colapso ante la magnitud de la verdad que tenía frente a mí.
Sin embargo, las palabras no fluyeron. Me di la vuelta y salí de allí corriendo, envuelta en un mar de lágrimas.