Mi Amor Es De Peso 37
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Cuando recuperé el sentido, me percaté de que no estaba en el departamento de Garrett ni en el mío. Me encontraba en casa de Abby.

—Ya despertó —escuché un susurro cercano.

—¿Qué sucedió? —pregunté con voz débil.

Apolo saltó sobre la cama, lamiendo mi rostro con alegría. Lo acaricié mientras intentaba que el techo dejara de dar vueltas. Abby estaba sentada a un costado y Garrett al otro; Nick, en cambio, permanecía de pie junto a la ventana, vigilando la calle con cautela.

—¿En qué momento te marchaste? —le pregunté a Abby, con un rastro de sospecha en la voz.

—¿Te refieres al restaurante? Ya te lo dije, Ett: fui al baño.

—¿Y después? ¿Por qué desapareciste?

—Cuando salí, ya no estabas. Te busqué por los alrededores y entonces encontré a Nick.

Él se volvió al escuchar su nombre. Me incorporé con dificultad y lo señalé.

—Muéstrame tu muñeca, Nick.

—¿Mi muñeca? ¿A qué viene eso? —preguntó, confundido.

—Esa no, la otra.

—¿Qué sucede, Ett? —intervino Garrett.

—Estoy segura de que te vi en esa furgoneta, Nick.

Él me mostró ambos brazos; la piel estaba limpia, sin rastro del tatuaje que creí ver.

—¿No recuerdas nada con claridad?

—Recuerdo que estabas allí, secuestrándome —murmuré, aunque mi seguridad empezaba a flaquear—. Primero te perdí de vista, luego recibí esa foto… Alguien me amenazó y, cuando estaban por subirme al vehículo, te vi a ti. Estoy segura.

—Claro que estuve allí —explicó Nick con paciencia—.

Me alejé de tu vista para cambiarme de mesa y vigilarte de incógnito desde atrás.

Vi cómo te tensaste al mirar el teléfono y, cuando ese tipo se acercó para intimidarte, los seguí al estacionamiento.

Esperé el momento oportuno; cuando le arrancaste la mascarilla, intervine.

Relató cada detalle con una calma que me hizo dudar de mis propios sentidos. No tenía el tatuaje ni los ojos pardos del atacante. El cansancio me venció y suspiré.

—Estás confundida porque te drogaron —prosiguió él—. Todo pasó muy rápido. Al verme, creíste que era uno de ellos. Tuve que decidir en fracciones de segundo si debíamos arriesgarnos a subir a la furgoneta para descubrir quién está detrás de todo esto.

—¿Y qué hiciste?

—Me subí, amenacé al conductor con su propia arma y le exigí que me llevara al cuartel general. Pero el tipo prefirió lanzarse del vehículo en plena marcha. No sé si sobrevivió. Activé el GPS de la furgoneta y me condujo a una bodega lejana.

—¿Y qué encontraste allí? —pregunté con ansiedad.

—Nada. Estaba vacía.

—¿Cómo que nada? ¡Tiene que haber algo! —exclamé, bajando de la cama—. ¿Contra quién estamos luchando?

—Ese es el problema: no lo sabemos —dijo Garrett—. Tendremos que esperar a que den el siguiente paso.

Me agaché para buscar mis zapatos y, bajo el borde de la cama, encontré varios aerosoles de pintura. Se me heló la sangre al recordar la palabra que habían escrito en la pared de mi hogar. Tomé uno y se lo mostré a Abby.

—¿Por qué tienes los mismos sprays con los que vandalizaron mi departamento?