Meretrice EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—No se había casado ni tenía hijos, y no tardó en acudir a mi llamada.

Fue conmovedor ver su reacción al conocer a Chloe, apenas podía contener las lágrimas ante ella.

Yo ya estaba postrado en un lecho, y se sentó a mi lado jurándome cuidar de mi hija, ya casi adolescente.

Arreglé los papeles para que fuera su tutor, convencido de que lo que le entregaba acabaría siendo una esposa.

Y entonces me fui en paz, sabiendo que no podía estar en mejores manos, pues me consta que la amó nada más verla, por ti, por ella, por lo que fuera, pero su mirada me confirmó que había hecho lo correcto.

—¿Nunca volviste a Venecia?

—No, nadie allí supo que había regresado de la guerra. Preferí esconderme y terminar mis días donde pudiera verte en cada rincón. Y así fue, hasta que mi vida se apagó.

Me abracé a él y, en ese instante, una feroz punzada me atravesó las lumbares. Exhalé un gemido sorpresivo y agrandé la mirada abrumada por la intensidad del dolor.

—¿Qué ocurre? —inquirió alarmado.

—Ha llegado la hora —respondí.

Luca me miró angustiado y me tomó en sus brazos.

—Puedo caminar —me quejé.

—Eso no impide que quiera llevarte yo.

Otra punzada me dobló en dos. Me abracé a su cuello apretando los dientes.

—Aguanta, cariño.

Aceleró el paso, y allí, bajo la nieve, grité de dolor contra su pecho.

—¡Maldita sea! Son muy seguidas, ¿no?

Jadeé y aspiré profundamente entre los intervalos, preparándome para la siguiente contracción.

En realidad, había pasado la noche con soportables y regulares dolores que le había ocultado para no preocuparlo más.

Luca también jadeaba por el esfuerzo, pero no me soltó. Alargó las zancadas en un trote ansioso que por fin nos llevó hasta el claro frente a nuestra casa.

El coche estaba estacionado delante. La nevada se intensificó, al igual que las punzadas.

Cuando me depositó en el suelo para abrir la puerta del vehículo, me fallaron las rodillas. Supe que no llegaría a tiempo al hospital.

—Llévame adentro y llama a emergencias —pedí inclinada contra la puerta del todoterreno.

Luca abrió la boca atónito. Su mirada se veló sobrecogida.

—Llegaremos —aseguró ansioso—. Sube, no puedo arriesgarme a que no vengan. La nevada en la montaña dificultará los accesos. Y, por como cae, no tardará en acumularse en el camino.

Negué con la cabeza resollando. Un torrente líquido emergió incontenible de mi cuerpo.

—No quiero dar a luz en un coche.

Él titubeó inquieto. Miró hacia el sendero de entrada, ya cubierto por una esponjosa capa de nieve que no tardaría en engrosarse.

Me erguí y caminé hacia el porche de entrada. Luca se apresuró a alcanzarme, me abrió la puerta y, de nuevo, me alzó en brazos.

—Todo va a ir bien, cariño —susurró intentando tranquilizarme, aunque en realidad era él quien más lo necesitaba.

Me llevó a nuestra alcoba y me depositó en la cama.

Luego miró aturdido a su alrededor sin saber muy bien qué empezar a preparar.

—Toallas —fue lo único que se me ocurrió.

Luca asintió y corrió al cuarto de baño mientras llamaba a emergencias.

Otra contracción me atravesó con la virulencia de un látigo cortando mi piel. Gemí dolorida, aguantando estoica mientras estrujaba entre mis puños la colcha.

Sentí deseos de empujar, pero algo me decía que aún no era el momento. Me mordí el labio inferior hasta que pasó.

Luca asomó con las toallas, una palangana con agua caliente, una esponja, unas tijeras y una pinza.

—No se me ocurre nada más —masculló inseguro.

Me giró con delicadeza para colocar las toallas debajo y me ayudó a desvestirme. Cuando llegaban las contracciones, me abrazaba con fuerza y me acariciaba el pelo, susurrándome alentador.

Pero cuando se separaba de mí, era tan apreciable su miedo, por mucho que se esforzaba en ocultarlo, que entonces era yo la que deseaba consolarlo.

—No va a pasarme nada —murmuré confiada—. El bebé está colocado según la última ecografía. Y vienen de camino. Todo irá bien.

—Sí, todo irá bien, porque no permitiré que sea de otra manera.

Sonreí ante su vehemente afirmación y ante su entrañable gesto de niño terco y asustado.

—Jooodeeerrr... —exclamé desgarrada por una puñalada abdominal de la que hasta esperé ver salir sangre.

Todo mi cuerpo se tensó abruptamente durante unos largos segundos. Apreté los dientes y jadeé agónica.

Clavé las uñas en el brazo de Luca, que se encogió sobre mí como si su cuerpo pudiera hacer de barrera del dolor.

—Gírate —pidió de repente. Lo miré aturdida y jadeante—, voy a masajearte las lumbares. Leí que aliviaba el dolor.

—Pues ya puedes darles fuerte a esas manos, porque esto me está matando.

Cerré de inmediato la boca reprochándome mi inoportuno comentario, puesto que Luca palideció y su rostro se crispó atemorizado.

—Es sólo una expresión —aclaré, y él asintió seco.

—Si pudiera cambiarme por ti, te juro que no lo dudaba —repuso frustrado.

—Te aseguro que ahora mismo compartiría esto contigo si con eso se repartiera el dolor —confesé presintiendo otra contracción—, como yo deseé hacerlo contigo cuando estuviste en el hospital.

Comprendía su malestar y su angustia a la perfección, así como la impotencia de no poder más que animar y mimar en momentos como ése.

—Si tú no hubieras estado a mi lado, no habría tenido motivos para luchar.

—Y ahora tú estás al mío, y vamos a traer a nuestro hijo juntos.

Ninguno habíamos querido saber el sexo del bebé. Aunque en mi fuero interno, y creo que en su caso también, deseaba una niña.

El rostro tenso de Luca forzó una sonrisa que se desvirtuó en una mueca indefinible.

Agradecí su masaje en la parte baja de mi espalda. Tras cada contracción, él se afanaba por aliviar mi dolorida musculatura.

En la siguiente, el deseo de empujar me devastó, rindiéndome a él.

Luca se pasó las manos por el cabello impotente, bufó furioso y se puso en pie.

—Date la vuelta y ponte de rodillas. Agarra el cabecero, incorporándote lo que puedas.

Lo miré como si hubiera perdido el juicio.

—Es la mejor posición para el trabajo de parto, y la más lógica —explicó sacando su faceta más pragmática—.

Lo leí en alguna parte, y tiene sentido.

La gravedad te ayudará a la expulsión. Tumbada en la cama sólo oprimes el canal del parto y dificultas el proceso natural. Desde tiempos inmemoriales...

Proferí un grito que interrumpió su ilustración.

—No voy a cuestionar tus fuentes, te lo aseguro. Ayúdame a darme la vuelta, tengo la flexibilidad de un zompo.

Luca sonrió ante mi ácido humor y me ayudó a posicionarme.

Ciertamente, las contracciones en aquella pose eran más soportables. Aunque parecía estar reclinada en un confesionario, con las rodillas separadas y las nalgas alzadas. Y rezar, rezaba, una imprecación tras otra.

—No sé si volveré a dejar que me toques —siseé exhausta tras la última punzada.

—No te lo crees ni tú —replicó arrogante y mordaz.

Lo fulminé con la mirada y, a cambio, me secó el sudor con mimo.

Comencé a reservar mis ganas de empujar aprovechándolas durante las contracciones. En una de ellas, sentí la cabeza que emergía de mi interior.

—¡Ya sale! —anuncié con un gemido roto.

Apreté la mandíbula al máximo mientras empujaba con todas mis fuerzas.

Luca se puso tras de mí para recibir al bebé y, en un último y desgarrador empellón, sentí cómo el pequeño cuerpo se deslizaba por el canal de parto hacia el exterior. Acompañé su llegada con un quebrado gruñido furioso y me abracé completamente extenuada al cabecero.

Temblaba por el esfuerzo, sudaba profusamente, y sentí unas irrefrenables ganas de llorar.

Miré hacia abajo y vi a al bebé estirarse sobre la toalla.

Luca estaba cortando el cordón umbilical, tras haberlo apresado con la pinza.

Y, después de envolver al bebé y dejarlo a un lado, me ayudó a darme la vuelta y a tumbarme.

Luego lo tomó entre sus brazos y lo observó maravillado.

Su afectada expresión me acarició el corazón.

Cuando nuestros ojos se encontraron, se inundaron de lágrimas.

—Es una niña —anunció con conmovedor orgullo.

Y, con tierna solemnidad, la depositó sobre mí.

Miré el diminuto rostro de mi hija y me inundó el pecho un amor tan profundo que sollocé de pura felicidad.

Luca nos abrazó y permanecimos un instante así, asimilando todas las emociones que nos embriagaban.

Cuando me aparté para mirarlo, un sollozo roto escapó de los labios de aquel hombre que lo era todo para mí.

Su miedo a que se repitiera lo que ya había vivido y recordaba se liberó en su llanto, besándome el rostro y besando a su hija.

—¡Dios santo, te amo tanto..., tanto, que no puedo demostrártelo en una vida ni en dos!

—Luca, mi amor...

Limpié con mis besos sus lágrimas y besé sus salados labios.

Acariciamos la cabecita de la niña y, cuando nos miramos, ambos pronunciamos el mismo nombre:

—Alonza.

Sonreímos entre lágrimas.

★ ★ ★

Un par de meses después, una furgoneta de reparto se detuvo frente a nuestro porche. Por la ventana vi un mensajero bajar de ella y llamar al timbre.

Dejé a Alonza en su cuna tras amamantarla y bajé la escalera. Luca ya cerraba la puerta con un paquete en las manos.

Me sonrió impaciente y dejó la caja en la mesa del recibidor.

—Por fin ha llegado.

Intrigada, descendí los últimos escalones y me acerqué a él.

—¿Qué es?

—Una promesa cumplida —respondió enigmático.

Su semblante complacido me arrancó una sonrisa.

—Interesante —comentó curiosa.

—Ábrelo, es el nuevo miembro de la familia. Llevo tiempo buscándola. No fue fácil encontrarla ni barato adquirirla, pero ésta debe ser su nueva casa.

Comencé a abrir el paquete arrancando las cintas adhesivas y las tiras de embalaje.

—¡Cuidado! —previno Luca arqueando una ceja, aunque tan impaciente como yo—. Es una pieza muy delicada.

Cuando por fin logré liberarla de todo el relleno de seguridad que llevaba, descubrí una figura que me robó el aliento.

Era una exquisita hada de cristal con las alas abiertas y el rostro alzado al cielo.

Era Alonza, tal como la había moldeado Leonardo.

Los delicados rasgos, la fluida pose y la admirable minuciosidad de cada detalle le conferían un realismo que subyugaba.

La pureza del cristal refractaba la luz en todas las direcciones, como si en verdad la magia de aquella hada se proyectara por toda la estancia, iluminándola.

—Es tan hermosa... —proferí cautivada.

Acaricié la fría tersura del cristal y algo en mi pecho se sacudió.

—Ahora es mi turno de cuidarla, de cuidaros —repuso con reverente gravedad.

—Y el mío de hacerte el hombre más feliz sobre la Tierra.

Luca se acercó a mí con esa mirada gatuna que me secaba la garganta.

—Ya lo haces, desde que supe que compartíamos el mismo aire.

—Y ahora me lo robas con esa mirada —murmuré prendida de su rostro.

—Pienso robarte algo más que el aliento —prometió tentador—. Ahora mismo voy a arrancarte la ropa, a ceñirte contra esa pared y a demostrarte lo loco que me vuelves.

—Veo que hoy es día de promesas cumplidas...

Tomó mi boca con posesión mientras me conducía a la pared más próxima. Sus manos se cerraron en torno a mis nalgas y las oprimió con fuerza.

—Y de juramentos —añadió apasionado—, porque te juro que cada día pienso marcarte a fuego, para que me recuerdes eternamente.

Atrapé con desesperación su boca y él gimió enfebrecido. Luego me aparté y lo miré retadora.

—Ya me marcaste: esa condenada sonrisa me perdió desde el día en que la vi en tus labios.

—Esa condenada sonrisa sólo la provocas tú.

Nos besamos ardientes, ávidos y enloquecidos, sabiendo que ese fuego nunca se apagaría, que ese amor nunca se extinguiría y que la felicidad que ahora nos colmaba el alma era la recompensa no de una vida, sino de dos.