CAPÍTULO 38 #2
Me dediqué a su brazo, y me admiró que sólo apretara los dientes fugazmente ante la aplicación de la solución, que blanqueó los contornos de la herida.
Aun así, estaba tan absorto en sus cavilaciones que apenas reparó en la cura.
Vendé con mimo la brecha, pensando que necesitaba unos puntos, y la afiancé con una tira de esparadrapo.
Entonces me fijé de nuevo en las palabras, y a mi mente acudió resplandeciente la última frase del diario que había leído. Abrí los ojos desmesuradamente ante la revelación que se cernía luminosa frente a ellos.
Exhalé un gemido sorpresivo y Luca alzó la vista hacia mí.
—¿Qué ocurre?
Lo miré penetrante y boquiabierta. Su ceño se acentuó.
—¡Tengo la solución!
Su faz se estiró en una mueca atónita y miró sus papeles y a mí alternativamente, tan incrédulo como intrigado.
—¡No es posible!
—Lo es, acabo de leerla.
Agrandó estupefacto los ojos y formó una graciosa «O» con la boca.
—¿En el diario?
—Claro, ahora mismo, en el patio, antes de que me llamara Gina.
—¿Te ha llamado Gina? —barbotó turbado.
—Sí, para advertirme sobre ti.
—¡Joder! —se lamentó furioso—, soy el objetivo que hay que batir.
Bufó exasperado y puso los ojos en blanco.
—Y ¿por qué no has subido a decírmelo en lugar de rebuscar entre mi hiedra? —inquirió molesto, alzando perspicaz una ceja.
—Pensaba decírtelo —aseguré—, pero tu hiedra es muy tentadora.
Suavizó el gesto ante mi tono burlón.
Acerqué mi rostro al suyo y fijé la vista en su boca.
—Aunque lo son más tus labios —confesé en un susurro meloso.
—Nada te impide rebuscar en ellos.
Rocé mi boca con la suya y atrapé su labio inferior. Luca dejó escapar un gruñido satisfecho entreabriendo los labios e introduje mi lengua buscando la suya. Me enredé en ella, liberando en el beso todas las inquietudes que me nublaban como una pesada nube negra.
Dejé campar aquel lobo hambriento que me dominaba, más allá del temple de la contención, de la esclavitud de aquel deseo que me prensaba cuando lo tenía cerca, sumiéndome en una hipnótica bruma azul, y fui tras las huellas de aquella necesidad, ansiosa por colmarla en su boca.
Cuando me separé admiré su arrobada expresión. Todavía con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, resultaba tan sensual que me tentó besarlo de nuevo.
Abrió los párpados y me embebí de su enamorada mirada. Lo que veía no podía ser una ensoñación, ese brillo era real, esa intensidad era abrumadora. Sus sentimientos eran palpables y acariciadores, verdaderos.
—Mira dentro, Alessia —murmuró ronco—, jamás me había abierto así. Mira mi verdad, mi corazón, mi alma. Mira quién soy... Soy yo.
Aquella afirmación me estremeció visiblemente, un escalofrío recorrió mi espina dorsal erizando toda mi piel. El tono de su voz, su penetrante mirada y el anhelo que brillaba en su rostro removieron piezas desconocidas en mi interior, piezas ocultas que apenas comenzaba a vislumbrar.
Aparté turbada la mirada y me erguí inhalando una profunda bocanada de aire.
Me sentí confusa y desazonada de repente, como si algo nuevo y desconocido hubiera despertado dentro de mí, algo que me encogía el estómago y me aturdía.
Sacudí la cabeza y retiré un mechón de mi rostro acomodándolo tras la oreja, como si aquel gesto cotidiano me devolviera a la realidad más rápidamente, alejando aquellas desconcertantes sensaciones.
Carraspeé para encontrar la voz y para terminar de disipar mi desasosiego. Luca observó atento mi reacción, y cuando logré recomponerme percibí desilusión en su faz. Oprimió los labios resignado y asintió para sí.
—¿Qué te dijo de mí?
Su mirada se tornó grave y su pose, rígida.
—Que fuiste a visitarla la noche que pasamos en aquel hostal —respondí resuelta a no dejar más cabos sueltos entre nosotros, al menos por mi parte—. Que te acompañaba Sofia Rizzoli y que le pediste que os dejara escenificar una serie de pistas para que yo recordara algo.
Cerró lentamente los ojos y resopló ofuscado.
—Vaya con Gina... —se limitó a mascullar en tono irritado.
—¿Es cuanto se te ocurre decir? —increpé, sintiendo que se me aceleraba el pulso—. Pues no resulta muy alentador.
—Está claro que está con ellos —rezongó escueto.
—¿Quiere decir eso que no es verdad? —insistí de forma incisiva.
—Quiere decir que buscan alejarte de mí.
Tomé aire en busca de paciencia, sus respuestas imprecisas me alteraron.
—¿Por qué estás tan esquivo? —acusé disgustada—. ¿Acaso no ves que tu actitud les está dando la razón?
Se pasó la mano por el pelo y me clavó una mirada nerviosa. A sus ojos asomó un incipiente fulgor indignado que comenzó a crecer a falta de respuestas que darme.
—La razón... Me abro a ti, y no ves nada, ¡sigues ciega, maldita sea!
, y la frustración me desgasta —profirió alzando la voz—.
No..., no sé ya ni qué decirte. Quieres argumentos, respuestas concisas, todo me acusa y yo no me defiendo como debería, pues vamos a culparlo, ¿no?
Así todo es más fácil. Adelante, hazlo, mándame al carajo si es lo que te nace hacer.
Mis mejillas ardían y mi ánimo comenzó a ser beligerante.
—Quiero la verdad, es cuanto pido y creo que merezco.
Te estoy dando tiempo para revelarme en qué demonios estoy metida.
No te haces idea de la cantidad de preguntas que me atormentan, y que aparto porque te quiero.
Sólo deseo saber si todo esto es una descomunal pantomima para enredarme en un juego infernal que va a acabar con mi cordura. ¿Fuiste o no a ver a Gina esa noche?
—Sí, fui a verla.
Aquel jarro de agua fría me paralizó. No supe cómo gestionar aquello ni qué interpretación darle, excepto la evidente: él también estaba con ellos y, en efecto, jugaban conmigo.
—Se acabó —musité trémula y furiosa—. Me largo de aquí.
Me giré rumbo a la puerta, pero no llegué a ella. Luca casi había saltado de la silla para detenerme. Me atrapó entre sus brazos y me ciñó a la pared.
—¡No vas a ir a ninguna parte, joder!
Comencé a revolverme contra él. Forcejeamos hasta que comprendí que no podría escapar por la fuerza. Luca aferró entonces mi mentón y me obligó a mirarlo. Sus oscuros ojos refulgían tan iracundos como angustiados.
—¡Suéltame! —exigí empujándolo con todas mis fuerzas.
Pegó su frente a la mía inmovilizándome contra la pared.
—Escúchame —suplicó afectado—. Debemos llegar juntos al final de todo esto. Si... si cuando sepas toda la verdad quieres alejarte de mí, no te lo impediré. Pero te ruego que confíes en mí a pesar de que todo parece acusarme. Jamás te haría daño.
—Luca... —gemí abatida.
—Nena..., mi corazón no miente, créelo a él.
—Entiende que... no puedo continuar así. Actúas a mis espaldas, me ocultas cosas, me confundes continuamente. Fuiste con ella... Intentas hacerme creer que es nuestra enemiga y luego vas con ella a casa de Gina. ¿Qué quieres que piense que eres?
—Que soy un granuja manipulador, o algo mucho peor. Piensa lo que quieras de mí, pero debemos seguir unidos en esto.
—Es lo único que te importa, ¿verdad? El maldito tesoro de Alonza.
Intenté zafarme de nuevo, y él introdujo una pierna entre las mías, aferró mis muñecas, las ciñó a la pared y me impuso su cuerpo como si fuera un muro.
—Quieta...
Jadeábamos, mirándonos retadores a los ojos.
Pude apreciar su palpitante deseo presionando el vértice de mis piernas.
—¿Quién eres, Luca Vandelli?
—He intentado decírtelo en cada beso, en cada gesto y en cada caricia.
—Deja de embaucarme.
—Alessia, esto está resultando más duro para mí que para ti. Todavía no lo entiendes, pero...
—No puedo entender algo que te niegas a explicarme —lo interrumpí ceñuda.
Sus ojos me escrutaron con aquella intensidad que me desbordaba.
—Todavía no es el momento, Alessia, y te juro por mi vida que estoy más ansioso que tú por revelártelo todo.
Su semblante pasó de la ofuscación a la aflicción.
—De acuerdo —cedí.
Tras un resoplido largo y aliviado, todo su cuerpo se distendió en el acto. Aun así, no se apartó, tan sólo soltó mis muñecas. Bajé los brazos y él apoyó las palmas en la pared, acercando su rostro al mío. Su cálido y dulzón aliento me golpeó, acuciando el deseo de atraparlo en mi boca.
—Necesito que vuelvas a besarme —susurró contra mi boca. Su tono agónico hizo vibrar mi alma como las cuerdas de un violín.
Antes de que pensara si era buena idea, mis labios ya estaban sobre los suyos, demostrándome que yo necesitaba ese beso tanto como él.