CAPÍTULO 37 #2
—Quieto, hombre pájaro, estás a mi merced, como tanto te gusta.
—Este juego no es de mi gusto —se quejó airado.
—Pero sí del mío —espeté con una mirada gélida.
Paseé la vara por el enrojecido e inflamado verdugón de su costado y su piel se erizó. Sonreí pérfida.
—¿Qué le hicisteis a Carla?
Abrió los ojos exageradamente. En ellos comenzó a asomar un paño confuso, sus labios se fruncieron disgustados y de nuevo se agitó violento con intención de liberarse.
—Puedes matarme si quieres, porque no hablaré. Pero te aseguro una cosa, Alonza di Pietro, estás firmando tu sentencia de muerte si indagas donde no debes.
—Hablarás, porque ahora yo soy tu verdugo.
Alcé la vara y volví a golpearlo, esta vez con tanta saña que la piel de su pecho se abrió y de ella manó un fino hilo de sangre.
—¡No soy tu enemigo! —bramó furioso—. En aquel momento tuve que hacer lo que me pidieron, no creas que disfruté en modo alguno. Pero ahora, ahora he intentado ayudarte llevando tu caso en contra de los intereses de Fabrizio, bien lo sabes.
Sostuve su mirada expresando con la mía todo mi recelo.
—Alonza —musitó en tono suave y conciliador—, no eres una mujer común, y yo también soñé contigo tras dejarte en aquella infecta isla.
Sangrabas mucho y te creí condenada, lamenté tu destino y nunca pude olvidar tus ojos, tu temple y tu fortaleza siendo tan joven.
Tus últimas palabras me atormentaron muchas noches, y algo en mí cambió.
Me compadeciste, y yo te admiré profundamente.
Saberte viva inflamó mi pecho, y sólo deseé volver a estar junto a ti.
Temí que me reconocieras, pero aquella primera noche, aliviado, descubrí que habías olvidado mi rostro.
—¿Por qué? —inquirí con gesto afilado—. ¿Por qué ya no te debes a Fabrizio?
Comenzó a costarle enfocar la vista, parpadeaba sin cesar, empezaron a castañearle los dientes y dejó de debatirse. El estramonio comenzaba a surtir efecto.
—No voy a hablar de mis asuntos personales —reiteró con voz espesa—. Y... no lo hago sólo por mis votos, sino por ti..., Alonza. Si puedo enmendar de algún modo mis pecados es manteniéndote lejos de... esto.
—Ya es tarde para eso —afirmé circunspecta—. Ya es tarde para mí. Creo que siempre lo ha sido.
Me levanté y me dirigí hacia los candelabros. Fui apagándolos uno a uno, sintiendo la mirada de Gabini fija en mí. Pude ver cómo se estremecía ante la decidida expresión que relucía en mis ojos.
—¿Vas a... a torturarme?
Soplé la última vela y me encaminé pausadamente hacia la ventana y la abrí de par en par. Una húmeda y sibilante brisa agitó mis cabellos. Respiré hondamente y me giré hacia él.
—¿Qué... qué está pasando?
No respondí. Me camuflé en las sombras y aguardé paciente, observando aquel blanquecino cuerpo iluminado por la luna, temblando asustado.
Alzaba la cabeza estirando el cuello y miraba en todas direcciones, buscándome.
Comenzó a gritar, pero, como bien sabía, nadie de su servicio acudiría.
Ya estaban acostumbrados a nuestros peculiares juegos y él había prohibido terminantemente que nos molestaran.
Tras un largo instante, en el que la irrealidad comenzó a apoderarse de él inundándolo de pánico y crispación, me deslicé entre los penumbrosos rincones hasta llegar al saco. Extraje una capa negra con capucha y una máscara de hombre pájaro y me cubrí con ellos.
Tomé una profunda bocanada de aire, me erguí y salí de las sombras avanzando en su dirección.
Cuando reparó en mí, su turbia mirada se cubrió de horror.
—¡No! ¡No he dicho nada, lo juro! —exclamó angustiado.
—¿Dónde has escondido el libro sagrado? —inquirí imperativa, imprimiendo a mi voz un tono ronco y grave que lo estremeció.
—No, maestre, yo no lo tengo, está ahí... —Señaló un punto a mi izquierda y me miró completamente desquiciado—. ¿No lo veis? Sigue en la urna rodeado de velas, siempre vigilado por el ojo.
—No lo veo —negué alzando la voz—. ¿Seguro que no te has equivocado de lugar?
—No, está aquí, en el palacio, en la cámara secreta.
—¿En el palacio del dux?
—Como siempre, maestre —respondió entre escalofríos.
—¿Cómo se llega a esa cámara?
Alzó las cejas confundido, luego abrió y cerró la boca varias veces sin emitir sonido alguno. Finalmente, su vidriosa mirada logró enfocarme y respondió:
—Por el pasadizo secreto que comienza en el patio principal y que conduce a los piombi . En la cámara de los tormentos celebramos las reuniones, y el libro sigue ahí, en la urna.
—Recita tus votos, hermano, y te creeré.
Comenzó a mover la cabeza bruscamente de un lado a otro con los ojos desorbitados y la boca desencajada.
—¡Decidle que se vaya, que deje de picarme...! —suplicó lloroso, convulsionando contra el colchón.
Estaba comenzando a desvariar peligrosamente, no podía perder su atención del tema. Cogí de nuevo la vara y lo golpeé ligeramente con ella. Fue un gesto admonitorio, no le causé dolor.
—Repite tus votos y nada te pasará —insistí endureciendo el tono.
En ese momento, el viento conspiró a mi favor, rugiendo feroz y azotando las cortinas con vehemencia.
Gabini, que se estremecía violentamente como una hoja sacudida por una tormenta, negó con la cabeza y comenzó a recitar para sí de manera ininteligible.
—¡No te oigo! —clamé autoritaria.
— Lumina enim pando lacteae nebulae et fratri scientiam ostendo. Neque umbilicus sum mundi nec numerus ullus.
Fue la primera vez que pude darle utilidad a mi conocimiento de las lenguas clásicas.
Me incliné sobre él y acerqué mi boca a su oreja.
—Fabrizio nos traiciona, hemos de proteger el libro —susurré en su oído.
—No..., no..., no...
Comenzó a sacudirse frenéticamente, preso de espasmos.
Temí haber sobrepasado la dosis, tenía que irme cuanto antes.
Logré ponerle la vara entre los dientes para que no se mordiera la lengua.
A continuación, me desprendí rauda de la capa y la máscara y me fui de allí, preguntándome si al día siguiente recordaría lo ocurrido.
★ ★ ★
Cuando regresé a casa, Carla me esperaba despierta. Fui directa hacia el resplandor que emergía cálido de la puerta entreabierta de su despacho y me adentré en la estancia, descubriéndola sentada a su mesa, lacrando unos sobres.
Alzó el rostro hacia mí y me observó con agudeza.
—¿Lo has conseguido?
—Algo he conseguido, sí, pero no sé si es suficiente —espeté sentándome frente a ella.
Cogí uno de los pliegos que tenía apilados y retenidos con una pieza de cristal piramidal de vidrio ahumado y traslúcido. Distinguí un objeto dentro, parecía una esfera blanca con una mota oscura en el centro. Era la primera vez que veía aquello. Alcé los ojos inquisitiva con la pieza en la mano.
—La he mandado fabricar expresamente —explicó con una sonrisa maliciosa, tildada de orgullo.
—Es un objeto bastante peculiar. No sabía que se podía introducir cosas en el vidrio.
—No es fácil, sólo un habilidoso artesano puede lograrlo. Y creo que he encontrado al mejor. Ha reproducido la pieza tal como se la describí. Su talento es magnífico. Mañana vendrá a recoger su pago. Es muy joven, pero ya posee el grado de maestro, y muy apuesto, por cierto.
—Puedo imaginar la relevancia de este objeto en el caso que nos ocupa. Observándolo con atención, parece un ojo atrapado en la niebla.
—Lo es, es el ojo que vigila el libro sagrado —aclaró—. Un objeto ceremonial, tan místico como simbólico, que se supone actúa como protector de los secretos de la orden.
—¿Cómo lo sabes?
Carla alzó mordaz una de las comisuras de sus labios y me miró con un deje de cinismo que no entendí.
—Lo sé, lo veo cada día.
La miré intrigada, pero no insistí.
—Y ¿cómo piensas usarlo?
—Dentro de pocas semanas se celebra el carnaval.
Habrá una mascarada en la recepción que ofrece el dux y en ella pienso fingir que recibo este objeto de manos de Gabini bien a la vista de Fabrizio, que espero y ruego pierda el control.
Es un hombre astuto, pero muy impulsivo.
Ver este objeto sagrado expuesto como un vulgar regalo desatará su ira.
—Pero será peligroso para ti —aduje preocupada.
—Esta vez pretendo ser yo la peligrosa —murmuró oprimiendo los labios con firmeza.
—Creo que será la noche idónea para que robemos el libro —maquiné con una sonrisa ladina.
—¿Sabes dónde está? —inquirió ilusionada.
Asentí sonriendo triunfal.
—Justo donde se celebrará la fiesta.
Me observó admirada, y creí advertir en su mirada un deje afectivo inesperado. Mojé la pluma en el tintero y me incliné sobre el pergamino escribiendo el voto en latín que Gabini había recitado. Giré el papel y Carla lo tradujo en voz alta.
—«Abro mis ojos a la blanca niebla, y mis conocimientos a mi hermano. No soy ombligo de mi mundo, ni número alguno.»
Ambas sonreímos cómplices.