CAPÍTULO 34 #2
—Un momento —comencé irguiéndome y mirándolo ceñuda—, si todo es una confabulación y Gina está con ellos..., ¿no será esta carta falsa? Porque si se la han llevado será por algo, digo yo.
—No, esta carta es la que Lanzo escribió, es absolutamente él —opinó Luca con singular convencimiento.
—Gina debe de haberla releído muchas veces para recordarla tan al detalle —murmuré con cierto asombro.
Luca negó con la cabeza, dobló la carta con parsimonia y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.
—Es muy extensa, dudo que Gina posea tanta memoria a su edad, y tampoco dispuso de tanto tiempo. Lo que me lleva a pensar que ya la tenía copiada antes de que nosotros llegáramos. Y, esta vez, tengo una prueba irrevocable para mi suposición: el papel no es el mismo que le diste.
Alcé las cejas desconcertada y lo miré inquisitiva.
—Las hojas de tu bloc de notas tienen una fina línea rosa por donde se separa del cuaderno. Ésta es completamente blanca. Ya lo tenía todo preparado.
—Pero... —argüí confusa—, si es la carta de Lanzo, ¿por qué no nos ha dado la original?
—Evidentemente porque en el pergamino original, además de estas conmovedoras palabras, hay algo más. Un párrafo que han querido ocultarnos, una clave, o algo transcendental para ellos.
Fruncí el ceño aturdida. Seguía sin comprender qué era lo que pretendían.
—Y ¿no habría sido mejor no darnos nada? Con decir que se habían llevado la carta o no decir ni que existía habría bastado. No entiendo por qué nos copian el contenido, a excepción de lo que hayan querido ocultar.
—Tampoco yo —admitió suspicaz—, y no dejo de darle vueltas, pero debe de haber una razón de peso.
Ahora mismo sólo se me ocurre que quizá nos copió esto para hacernos creer que estaba dispuesta a colaborar y no sospecháramos de ella.
No obstante, yo le pedí que la transcribiera, y esta carta ya estaba preparada.
Tengo la sensación de estar en un maldito laberinto para cobayas, deambulando por los pasillos que nos abren.
—Quizá lo estemos, quizá nada es lo que parece.
Me miró pensativo, su faz se ensombreció con una conjetura que le acentuó el ceño. Se pasó una mano por el cabello, alborotándolo, y aquel gesto me despertó las ganas de atusárselo. Me detuve impávida y una sensación extraña me recorrió la espina dorsal. Aquel gesto..., mi respuesta...
—¿Ocurre algo? Parece que hayas visto un fantasma.
Forcé una sonrisa y negué con la cabeza, sin lograr sacudirme completamente aquel estremecimiento.
—¿Qué pensabas? —pregunté intentando desviar su atención sobre mí.
—Pues que si todo no es lo que parece, puede que nadie sea realmente quienes nos hacen pensar que son.
—Ese «nadie», ¿a quién engloba exactamente?
—Pues a todos los implicados en este asunto —respondió terminando su copa de un largo trago.
—¿Incluido tú?
La mirada que me lanzó evidenció su disgusto; no obstante, asintió ante mi desconcierto.
—Incluido yo.
Escrutó curioso mi reacción frunciendo ligeramente el ceño. Pareció analizar mi asombro y mi confusión como si buscara algo escondido en el fondo de mi ser. Y lo hizo con tal intensidad que sentí un repentino estremecimiento y un desasosiego inquietante.
—¿No eres quien me haces pensar que eres? —inquirí molesta, y resalté mi desagrado con una mirada recelosa.
—Soy mucho más de lo que piensas.
—¿Es acaso otro jodido acertijo? —murmuré indignada.
Su expresión se tornó grave y su mirada se oscureció.
—Toda mi vida lo es. Desde siempre llevo intentando averiguar quién soy, el acertijo más enrevesado y complejo al que me enfrentaré.
Desde que tengo uso de razón, todas mis energías y mis pensamientos los he dedicado a encontrar mis orígenes, a mirar dentro de mí y también fuera, y a desentrañar la maraña que me envolvía.
Los recuerdos de una niñez solitaria e inestable flotaron en sus ojos, velándolos por un instante.
—Pude acceder a los registros del hospital donde me abandonaron e hice un listado con las mujeres que se sometían a sus controles prenatales allí y tenían como fecha de término más o menos la semana en que me encontraron a mí.
Es una pista bastante vaga, ya que quizá mi madre ni siquiera se sometió a control alguno, pero a mí me resultaba igual de esperanzador.
Me llevé el listado a mi pequeño apartamento y traté de localizar a todas las mujeres.
En aquel entonces era un solitario estudiante que se pagaba los gastos trabajando en restaurantes.
Recuerdo acechar a cada una de ellas sólo para descubrir si compartían algún rasgo físico conmigo, o quizá si mi intuición me alertaba ante su cercanía.
Pero nada de eso ocurrió, y con cada nombre que tachaba esa esperanza languidecía.
Cuando me quedó sólo una de ellas, no fui capaz de continuar.
Sus labios se apretaron tensos y la línea de su cuerpo se tensó. Respiró profundamente y me observó expectante.
—Te parecerá una incoherencia, pero en realidad fue pura cobardía —aclaró en un extraño hilo de voz, como si se avergonzara de aquello—.
Preferí seguir abrazado a la duda por no soltar la esperanza.
Si descubría que aquella última mujer no despertaba nada en mí, o no hallaba parentesco físico alguno, mi ilusión moriría irremisiblemente y quizá me arrastrara a un vacío que me había esforzado por evitar.
Si me quedaba con la incertidumbre, al menos podría soñar que aquella última mujer era ella.
Sí, suena absurdo y quizá estúpido, pero para alguien que no tenía a nadie en la vida esa incertidumbre era suficiente para seguir adelante.
Era preferible despertar cada día con la pregunta de si sería o no al convencimiento de que no lo fuera.
—Pero ¿y si realmente lo era? —espeté mirándolo con ternura.
—Esa pregunta me acompañó muchos años, y por fin le busqué respuesta cuando acabé la universidad. Regresé de nuevo a aquella última dirección y aceché durante días, pero nadie salió de aquel portal.
Bajó los ojos, quizá escondiendo a aquel Luca vulnerable que fue en aquel tiempo.
Alargué la mano y acaricié con el dorso de los dedos su mejilla.
Él la atrapó y se la llevó a los labios, besando mi palma.
Me mantuve en silencio aguardando que continuara, asumiendo por su expresión que no era fácil para él.
Cuando alzó la vista, la tristeza que brilló en ella me encogió el corazón.
—Cansado de esperar, un día llamé a la puerta, pero nadie abrió.
Llamé a la puerta de al lado y pregunté.
La mujer que vivía en aquella casa había muerto hacía seis meses.
Y entonces supe lo cara que pagaría mi cobardía, pues comencé a flagelarme cada maldita noche, preguntándome si era ella, recriminándome no haber tenido el coraje de arriesgarme.
Sólo hallé un consuelo: averiguar más sobre ella, visitar su tumba.
—Hizo una breve pausa, sumido en los recuerdos.
Su mirada se empañó y su rictus se tiñó apesadumbrado—.
Y allí, incrustada en su lápida de mármol, miré sus ojos, exactos a los míos.
—Luca..., debió de ser muy duro —musité tomando su mano entre las mías.
—Le llevo flores desde entonces. A veces, me siento en el banco que hay frente a su tumba y le hablo.
Le cuento cosas de mí, de mi niñez, de mis sueños, de mis penas y de mis alegrías.
—Sonrió tristemente y sacudió la cabeza—.
De cuánto la extrañé y de cómo la soledad corroía cada noche en el orfanato mi alma.
Cuando uno está tan solo, sumido en la oscuridad y en silencio, la mente se abre y te ilumina con sensaciones e imágenes que te alejan de la locura.
Cuando era un niño, evocaba a mi madre abrazada a mí, susurrándome que fuera fuerte, que ella estaba a mi lado, y yo.
.. yo me dormía entre lágrimas, pero feliz.
Cuando crecí, sentí otra presencia, una muy diferente, una que despertaba mi cuerpo y mi corazón.
Nunca pude verle la cara, pero podía sentirla.
Quizá por eso las chicas que conocía no terminaban de llenarme, porque sentía que ese hueco ya estaba lleno.
—Idealizaste a una mujer irreal y, claro, nadie pudo competir con eso.
Luca amplió la sonrisa y negó con la cabeza.
—Era muy real, sólo que incorpórea. Pero por fin se materializó.
Su penetrante mirada burbujeó en mi pecho. Me acerqué lentamente a su boca y lo besé apasionada. Él abarcó mi rostro con las manos y profundizó el beso estremeciendo hasta la más recóndita fibra de mi alma.
Cuando nos separamos, descubrí que la misma emoción que me constreñía a mí lo aprisionaba a él, que sus ojos brillaban como los míos y que su rictus grave mostraba en toda su plenitud el mismo sentimiento que afloraba por cada poro de mi piel.
Y entonces me dije que no importaba quién fuera realmente, sólo quién era para mí.
Y día a día se abría a mí, dejándome conocerlo un poco más, y cuanto más lo conocía, más me enamoraba.
Mis sentimientos eran ya tan intensos que, pasara lo que pasase con nosotros, sabía que jamás saldría ya de mi corazón.
—Si alguna vez el amor tuvo otro nombre, fue el nuestro —repitió la despedida de Lanzo en apenas un susurro que me erizó la piel, despertando una miríada de mariposas que revolotearon inquietas en mi interior.
Pagó la cuenta y nos marchamos cogidos de la mano.
Con el corazón todavía ingrávido, me sentí flotar por las empedradas calles de una ciudad mágica, con el convencimiento de que el legado de Alonza no era otro más que el amor que ahora inflamaba mi pecho e iluminaba todo mi ser.
De alguna sobrenatural manera, sentía que me había pasado el testigo.