Meretrice CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

No llamé, abrí y la sorprendí de espaldas mirando por la ventana.

Llevaba su largo cabello negro trenzado.

.. La luz cobriza de un ocaso temprano incidió en su perfil cuando giró levemente la cabeza hacia mí.

La miel de sus ojos se tornó más dorada, y entre las sombras anaranjadas que se proyectaban en su rostro, me pareció una estatua de cobre bruñido, regia y con carácter.

No obstante, en su faz, la tristeza rompía esa fuerza que solía esgrimir su porte y le otorgaba un matiz vulnerable que me desconcertó.

Y allí, bajo aquel atardecer vibrante de fuego, aquella mujer de piedra daba la impresión de derretirse en la dura nostalgia de un pasado que parecía revivir, por cómo tardó en girarse hacia mí.

Pude ver que había lidiado con los recuerdos y que aún batallaba por alejarlos de ella.

En aquellos hermosos ojos, y por un fugaz instante, vi un sufrimiento añejo débilmente contenido y una furia primigenia que me abrumó por su intensidad.

Fui testigo de su lucha, de cómo implantaba nuevamente el control sobre sus emociones, imponiendo aquel escudo con que se protegía, manteniendo a raya cualquier signo de debilidad.

A continuación, desplegué la mirada sobre su revuelta mesa, y un extraño documento llamó mi atención poderosamente; se hallaba diseminado entre varios sobres y notas similares.

Recordé aquel emblema, un ojo envuelto en jirones de niebla.

Incliné sutilmente la cabeza para leer el encabezamiento, que, como suponía, rezaba «Sociedad de la Niebla».

Había oído hablar de ella en susurros en la privacidad de algún encuentro de caballeros con sus meretrices, entre copas y cuchicheos.

Por lo que pude entender en aquella ocasión en la que me había esmerado en fingir que no atendía, era una sociedad secreta que parecía buscar miembros con prudente discreción entre las altas esferas de la cúpula veneciana.

Que ese documento estuviera sobre la mesa de Carla me planteó diferentes cuestiones. Ella no podía ser miembro, pues no admitían a mujeres, por lo que la posibilidad de que utilizara aquel secreto documento para chantajear a alguno de sus adeptos era la más factible.

—Siéntate —pidió sin moverse de la ventana.

—Estoy bien así.

—Sin embargo, yo quiero que te sientes.

Nos sostuvimos la mirada en un pulso duro. Con aquella simple petición, ella implantaba su autoridad, su dominio sobre mí; con mi negación, yo la retaba.

—Te gusta desafiarme —pronunció con frialdad—, tal vez si supieras lo que me provoca tu rebeldía serías más sumisa.

—Incluso así, lo dudo.

Carla esbozó una leve sonrisa mordaz que la hizo parecer un gato taimado.

Se acercó lentamente, manteniendo aquella sonrisa ladina, con andares felinos y mirada depredadora. Yo permanecí imperturbable en la misma posición, con gesto desafiante, alzando el mentón con orgullosa altivez.

Cuando llegó a mi altura, cogió mi barbilla y me obligó a mirarla.

—¿Me estás retando? —susurró con voz rasgada y sensual.

—No, pero no voy a doblegarme, ni ante ti ni ante nadie.

—Todavía sigues bajo mi tutela, y todavía no has pagado mi inversión.

—Sabes que lo haré, pero como una igual, no como una sierva.

—Tu rebeldía es refrescante, Alonza, pero no pienso tolerarla.

Alzó la mano con intención de abofetearme, pero yo aferré su muñeca y contuve el golpe, mirándola furiosa.

—Ni se te ocurra ponerme la mano encima —silbé amenazante—. Me juré no recibir un solo golpe más sin devolverlo. Y no quiero golpearte.

Sus ojos refulgieron indignados, pero bajó el brazo y se desasió de mi mano con un gesto brusco y seco.

—Me necesitas, Carla, no soy como las demás y lo sabes —musité grave—.

Por tanto, no me trates como al resto. Si quiero sentarme me sentaré, si quiero cualquier otra cosa la haré, mientras cumpla con el contrato.

No soy la esclava de nadie, muy a pesar tuyo.

Pero también sabes que no sólo pagaré hasta el último escudo invertido, sino que llenaré tus arcas y seré tu cómplice, tu amiga —lancé una significativa mirada al documento en cuestión y añadí—: y tu confidente.

Mi firme sentencia le hizo apretar los dientes. Ella fijó sus ojos en el pergamino y me observó con dureza.

—No, ciertamente no eres como las demás.

—Pareció serenarse y se giró hacia su mesa, tras la que se sentó con un suspiro largo y resignado—.

Y espero que soportar tu impertinencia me resulte rentable.

Sin embargo, no pienso consentirla en presencia de las demás.

Tampoco te conviene crear más enemistades de las que ya tienes.

—Imagino que la buena de Francesca ha estado hablando contigo —murmuré con sorna.

—Imaginas bien, no pierde oportunidad de cargar contra ti. Sólo que esta vez lleva razón en sus sospechas. —Entornó los ojos y me observó maliciosa—. ¿Dónde habéis estado esta tarde?

—Chloe no se encontraba bien y salimos a dar un paseo. Sigue mareada y le he aconsejado que se metiera en cama.

—Y ¿ese paseo acabó en la botica de Lanzo?

Debería haber imaginado que me seguirían tras el enfrentamiento con Francesca.

Respiré hondo y sostuve su acusadora mirada.

—Espero al menos que le hayan arrancado a ese bastardo de las entrañas —profirió con crudeza.

Estrangulé mi asombro y mi furia, y busqué el modo de solventar el problema volviéndolo a mi favor.

—¿Cómo sabes que...? —inquirí con la única intención de ganar tiempo y elaborar un plan eficaz.

—Francesca me advirtió de que algo extraño estaba pasando, que Chloe parecía enferma y débil, y que os habíais marchado.

Subí a vuestro cuarto, y en las sábanas descubrí una mancha de sangre.

Suelo estar al tanto de los días de la mujer de mis chicas, y no era el caso, y por la posición de la mancha estaba claro de la parte del cuerpo que procedía.

Fue fácil imaginar que estaba embarazada y que sufría una expulsión no sé si provocada o natural, pero lo único que me importa ahora mismo es saber si han terminado el trabajo.

La observé pensativa y ceñuda, seleccionando cada palabra de mi intervención.

Sabía que, si Carla descubría que Chloe deseaba tener a su hijo, las consecuencias serían determinantes para ella.

Sería expulsada sin miramientos, y si su conde no la rescataba de la calle, estaría perdida.

La opción de mantener el engaño tampoco era viable, pues no tardaría en ser visible si acaso no lo perdía antes.

Sólo me quedaba una salida: negociar con ella.

—Sigo aguardando una respuesta. Y espero que sea de mi agrado.

Volví a fijar mi atención en el documento de la sociedad secreta y ella se apresuró a darle la vuelta para ocultarme su contenido. Pero yo ya había leído un nombre: Fabrizio Rizzoli.

—Tengo algo más que una respuesta para ti. Tengo un trato.

Carla alzó una ceja y me calibró perspicaz.

—Tendrá que ser muy bueno para que acepte lo que temo vas a proponerme.

—Yo también lo espero.

—Adelante.

—Quiero retirar a Chloe del negocio, quiero mantenerla a ella y a su hijo.

—Sus ambarinos ojos se agrandaron asombrados y pude comprobar cómo crecía paulatinamente su indignación.

Su ceño se acentuó peligrosamente y sus mejillas enrojecieron congestionando su bello rostro con una máscara de furia—.

Está enamorada de Massimo Conti y quiere tener a su hijo, la acepte él o no.

—¡Es una estúpida, y tú otra! —bramó Carla encendida.

—¡Escúchame! —exclamé contundente alzando el tono—.

Poseo información valiosa que pronto canjearé por monedas, y esos ingresos, al igual que mi responsabilidad en todo esto, son sólo míos.

Con ellos, proveeré a Chloe de un hogar confortable y de sustento, pero de momento te pido que la sigas acogiendo bajo tu techo. En nada te afecta, Carla.

—Pierdo una de mis chicas —replicó irritada—, pierdo parte de sus ingresos.

—Yo los compensaré, pásame su lista de clientes.

Carla me escrutó con gesto taimado, y, aunque su ceño persistía, su rictus se distendió perceptiblemente.

—¿Ése es tu trato?

Aguanté su mirada, rogando no tener que sacar mi última baza.

—Pues no es suficiente —sentenció rotunda.

Asentí exhalando despacio, madurando mi propuesta y asumiendo su riesgo.

—No, mi proposición es callar lo que sé.

—Y ¿qué es exactamente lo que sabes?

—Que piensas chantajear a los miembros de la Sociedad de la Niebla con cartas anónimas.

Me fulminó con una mirada acerada que me secó la garganta. Sus fosas nasales se dilataron y sus labios se oprimieron en una delgada línea conteniendo su furia. Dio un golpe en la mesa y se puso en pie apoyando las palmas de las manos en el tablero para encararse a mí.

—¡Maldita sea! —rugió encolerizada—. ¿Me estás chantajeando tú a mí?

—Has sido tú la que ha dicho que mi pacto era insuficiente —barboté clavando mis ojos en los suyos sin un ápice de temor en ellos.

Carla gruñó fuera de sí, de un brusco movimiento se giró volcando su silla y se encaminó rumbo a la ventana de nuevo.

Intentaba controlar su furia apretando los puños y respirando pesadamente. Me mantuve inmóvil y en silencio, con el corazón encogido, aguardando que amainase la tormenta.

La tarde había ido cayendo y, con las sombras, hebras blanquinosas pendían en el ambiente como ondulantes volutas de humo. De manera casi premonitoria, aquella incipiente niebla flotó sobre el canal como una traslúcida capa que velaba el horizonte.

Carla posó una mano en el cristal de la ventana y apoyó la frente en él con la mirada perdida en el exterior. La línea de sus hombros se suavizó y permaneció un largo instante absorta en sus pensamientos.

—¿Acude en mi auxilio esta niebla o sólo desea engullirme? —murmuró con honda pesadumbre.

Se volvió hacia mí y me miró resentida aunque serena.

—Me tienes en tus manos, Alonza, pero no porque me hayas puesto en esta maldita tesitura, sino porque en verdad no quiero perderte, y sé que te irás si expulso a Chloe.

Demuestras de nuevo tu brillante inteligencia y tus agallas, y ya que has descubierto mi plan, condenada bellaca, participarás en él.

—Hizo una breve pausa y añadió—: Voy a contarte algo muy grave, algo que se esconde entre la niebla y que, juntas, debemos eliminar.