Meretrice CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Una vez en el patio, paseé mi vista en derredor, descubriendo detalles que me abrumaban.

El rosal enredado en el espino, la madreselva escalando el único muro que no formaba parte de la vivienda y que parecía ocultar una puerta, seguramente al pequeño canal trasero.

La pared de piedra punteada de macetas con hierbas diversas, el banco encajado entre dos columnas, y la fuente central redonda, con forma de concha.

Por un instante me faltó el aliento, subyugada por aquel reconocido entorno.

Caminé abstraída hasta las macetas de la pared y luego lo miré inquisitiva.

—Plantas aromáticas y medicinales —respondió.

Tragué saliva y cerré los ojos un momento, asimilando aquella verdad que asomaba insidiosa y que no se diluía por mucho que la tachara de inverosímil.

—¿Te gustan?

—Sí.

Volví a mirarlo y su intensidad me secó la garganta. Parecía sereno, expectante e incluso paciente. A mis labios acudió un nombre que me esforcé en tragar.

Volví a prestar atención a las variopintas hierbas, con un nudo en el estómago y el corazón en un puño... ¿Acaso era posible...?

—¿También te gusta dibujar?

—Desde niño.

Cerré los ojos y aspiré lentamente. Trémula, me giré para mirarlo.

—Pasaba horas mirando por la ventana de mi cuarto en el orfanato el huerto de las monjas, dibujando las plantas y averiguando para qué se utilizaban. Solía estar castigado y me aburría.

—¿Por qué te castigaban?

—Por insolente. No acostumbro a estar callado ante lo que veo injusto o no entiendo. No suelo consentir abusos ni desprecios hacia los que no saben defenderse o no pueden. La rigidez de las hermanas chocaba con mi visión del mundo.

—Un niño especial —murmuré enfatizando el adjetivo con una mirada penetrante.

—Un niño raro —corrigió en tono sombrío.

—Un niño valiente y maravilloso —apunté enternecida.

Y en aquel instante sentí la profunda soledad que siempre debía de haberlo acompañado, la incomprensión de su entorno y la desolada tristeza de un niño desprovisto de lazos. Me acerqué a él con el imperioso anhelo de abrazarlo.

Me senté entre sus piernas y lo estreché dulcemente entre mis brazos.

—Ya no estás solo.

Lo sentí temblar y lo abracé con más fuerza.

—Nunca estuve realmente solo —afirmó con voz afectada—, ya te pensaba incluso antes de conocerte.

Incluso antes de comprender qué significabas.

Ya te soñaba entonces, ya me hacías compañía, ya te hablaba y te esperaba, ya suspiraba por ti y ya me imaginaba entre tus brazos.

Creo que eso fue lo único que me dio fuerzas para agarrarme a una vida vacía y gris.

La emoción me constriñó, mis ojos se humedecieron y me aparté para sumergirme en su mirada, para empaparme de su rostro, para embriagarme con su esencia.

—Jamás, en toda mi vida, nadie había logrado acariciarme el alma como lo haces tú —murmuré cautivada—. Nunca imaginé que pudiera latirme el corazón tan rápido, ni que mi estómago girara tan vertiginosamente. Ni que pudiera sentirme desfallecer aguardando un beso.

Un quebrado suspiro manó de sus labios aproximándose a los míos.

Entreabrí la boca exhalando un gemido anhelante, y él.

.. él la tomó trémulo, derramando en mi interior cuanto sentía.

Y ese torrente incesante de sentimientos se enlazó al mío propio, fundiéndonos en un vínculo más allá de la razón, de la comprensión y la realidad.

Hubo una entrega casi mística en aquel beso.

Casi sentí crepitar cada terminación nerviosa, me pareció levitar, y aquella ingravidez exaltó todos mis sentidos, desdibujando mi alrededor.

Cuando nos apartamos, ambos continuábamos con el alma prendida. Incapaces de hablar, nos acariciamos el rostro, como un ciego que delinea las facciones con delicadeza y curiosidad, como si nos viéramos por primera vez.

Bajo mis yemas, el tacto de su piel se grabó a fuego, en mis pupilas cada ínfimo detalle de su rostro, y en mis sentidos, aquel amor que me rompía por dentro, dejando mi corazón en carne viva.

—La primera vez que te vi fue en una fotografía —adujo embebido en mi rostro—, y fue suficiente para reconocerte.

—¿Reconocerme? —murmuré confusa.

—Sí, la presencia que nunca permitió que la soledad me tragara.

—¡Dios..., Luca..., ni yo misma puedo creer cuánto te amo!

—Amor mío —susurró él en aquel tono que hacía vibrar el aire y untaba mi piel de besos volátiles—, fui paciente todos esos años que te espié, nutriéndome de tu rostro, de tu manera de caminar, de tu sonrisa, de tu ceño, de esa nostalgia tan similar a la mía, de tus gestos y tu mirada.

A veces creí languidecer ante el impulso de tropezarme contigo, de aparecer en tu vida y arrancarte de ella para llevarte lejos de todo.

Pero resistía, porque no eras mía y, sin embargo, así te sentía.

—Su mirada se rasgó tortuosa ante la remembranza de aquellos años—.

Alguna vez, cuando mi necesidad de ti me desgarraba, marcaba tu número y escuchaba tu voz, tu respiración, y yo.

.. cerraba los ojos y apretaba el auricular contra mi boca y pronunciaba en silencio lo que en aquel momento me nacía antes de que colgaras la llamada.

Sus carnosos labios se estiraron en una sonrisa tímida que nunca había visto.

—Por eso ahora... no puedo reprimir dar voz a lo que tanto tiempo callé.

Lo abracé de nuevo, inmersa en lágrimas de felicidad, de asombro, de gratitud, de amor.

Me apoyé en su pecho, entre sus gráciles piernas, sentada en aquel mismo banco de piedra que siglos atrás contempló un amor tan profundo como el que ahora nos unía, y comprendí que mi razón de ser se reducía a ese momento.

Ya sabía quién era Luca Vandelli: era lo que yo siempre había anhelado, lo que siempre me había faltado y lo que daría gracias eternamente por encontrar.

Tras un largo silencio plagado de confesiones, tan sólo roto por el regular gorgoteo del agua y el sofocado murmullo de la ciudad, me incorporé y le sonreí enamorada. Luca suspiró arrobado y me miró triunfal. Besé la punta de su nariz y reparé en el bloc de notas que había caído al suelo.

—¿Qué hacías?

—Cábalas.

—¿Los acertijos?

—Sí, todavía estoy esperando la solución del que te cedí.

—Y ¿cuál es el cuarto?

Se inclinó para recoger el bloc y lo abrió por sus apuntes.

—Dice así: «En un reino, uno de los bufones quería llegar a ser un sabio del rey y se propuso como tal.

El monarca le contestó que, para ello, debía resolver un enigma, y era descubrir las edades de sus tres hijas.

El bufón estuvo de acuerdo y pidió una pista.

Primera pista: “El producto de las tres edades de las hijas es treinta y seis”.

El bufón hizo cálculos y pidió una segunda pista.

Segunda pista: “La suma de las edades es igual al número de diamantes de la corona del rey”.

El bufón nuevamente hizo cálculos y dijo necesitar otra pista.

Tercera pista: “La menor tiene los ojos verdes”.

En esta ocasión, el bufón dio las tres edades sin equivocación.

¿Cuáles son las edades de las tres hijas? ».

—Un bufón muy listo —espeté hojeando sus anotaciones—, casi tanto como tú.

Luca sonrió mordaz y me arrebató el cuaderno para repasar sus notas.

—También soy muy bufón.

—Y más cosas que adoro.

—Me haces gruñir, nena...

Mordió mi cuello y proferí un gritito por la sorpresa que lo hizo reír.

—Será mejor que te centres, éste parece difícil.

—No creas, es cuestión de lógica y cálculo.

—Y ¿cómo es posible que nadie más lo haya logrado? Imagino que el señor Zanetti habrá consultado a más expertos, Stefano entre ellos, ¿no?

—La verdadera dificultad no radica en resolver los acertijos por separado, sino en hallar una solución con sentido a la suma de las cuatro respuestas. Está claro que es una frase codificada. Eso es lo que verdaderamente debo resolver, lo otro es tan sólo, digamos, un juego previo.

—Que también entraña dificultad, a mi juicio.

—Quizá para los profanos, mi mente analista y mi experiencia logística y matemática cuenta con ventaja.

—También tu talento, pues otros criptógrafos no lo han conseguido.

—¿Quieres otro mordisco? —bromeó risueño.

—Lo quiero todo de ti.

—Lo tienes todo de mí.

Me besó vehemente, ronroneó contra mi cuello y miró complacido la página con el cálculo.

—¿Y bien? ¿Tienes la respuesta?

—Sí: dos gemelas o mellizas de seis años y una bebé de uno. Simples matemáticas.

Arqueó una ceja y me contempló expectante, con cierta mordacidad en su gesto.

—Y tú, ¿tienes la tuya?

—Pues sí, la tengo —respondí orgullosa, apuntándolo con mi dedo índice y gesto vanidoso.

—Adelante, mi preciosa Watson.

—La respuesta al acertijo del paraíso sobre cómo el hombre reconoció a Adán y Eva entre miles de parejas desnudas de la misma edad es fácil: son los únicos que no tienen ombligo.

—Exacto, nena.

—Me vas a aficionar a los acertijos.

—Prefiero aficionarte a mí.

—Ya soy adicta a ti.

—Y espero que no te desintoxiques nunca.

Enlacé mis brazos a su cuello y lo miré seductora.

—No mientras no me falte una buena dosis de ti.

—Nena... —ronroneó mordisqueando el lóbulo de mi oreja.

Sus manos recorrieron mi cintura ciñéndome a su cuerpo.

Comenzó a puntear mi cuello de besos cortos y suaves. Incliné la cabeza hacia atrás y gemí cuando mordió mi garganta.

En aquel momento sonó la vibrante melodía procedente de su teléfono móvil. Luca rebuscó en el bolsillo de su pantalón sin dejar de besar mi piel.

Cuando lo abrió, apartó su rostro de mí y contestó:

—¿Diga?

La respuesta que recibió hizo que se tensara súbitamente y que su rostro mostrara alarma.

—Tranquilícese, y, por favor, no llame a la policía, vamos ahora mismo.

Me miró con rictus grave y maldijo entre dientes.

—Se me han adelantado. Anoche entraron en casa de Gina.

Abrí los ojos como platos, consternada y preocupada.

—¿Está bien?

—Asustada. Temo que llame a la policía si no acudimos de inmediato para calmarla y convencerla de que deje el caso en mis manos.

—No perdamos tiempo —apremié poniéndome en pie.