CAPÍTULO 28 #2
—Y yo no puedo quedarme hasta que me encuentre yo.
Tomé aliento en una bocanada larga y punzante, me dolía la cabeza y me escocían los ojos. Me sentía mareada y aturdida, y ya era incapaz de seguir enfrentándome a aquella situación.
—Adelante, márchate entonces —musité en un apagado hilo de voz.
Pero, cuando ya me giraba hacia la balconada, él me atrapó repentinamente y me rodeó con sus brazos.
—Jamás amaré a otra mujer, como jamás mi amor ha causado tanto daño a nadie.
No te merezco, Alonza, y tu venganza empieza aquí, en mí, porque estar a tu lado sería recordarte cruelmente la atrocidad que cometieron los de mi sangre contigo.
Ya sufriste demasiado por culpa de los Rizzoli, dudo ya que mi amor logre sanar cuanto te hicieron.
Y yo... yo ahora me siento apenas una sombra rota y desmadejada, tan culpable como ellos y tan sucio que sólo siento repulsión y pena.
No sé si podré redimirme, pero lo intentaré, como también te prometo que, al igual que yo recibo mi castigo con tu pérdida, ellos recibirán el suyo de mi mano.
Me soltó y se marchó de la galería en dirección al interior de la gran sala, y me dejó trémula y confusa.
Me aferré a la baranda y miré la noche. Ya no me quedaban lágrimas, ni corazón libre de cicatrices.
Respiré hondo, plenamente consciente de que aquel reencuentro tan sólo había sido una despedida.
La luna, única testigo de mi congoja, pareció sonreírme cínica, quizá burlándose de mi ingenuidad. No, la Providencia siempre se reservaba el golpe de gracia disfrazándolo de caricia.
Cerré los ojos y apreté la mandíbula. «Golpea, maldita —me dije—, juro devolver cada afrenta.»
Cuando Carla apareció tras de mí, me volví hacia ella forzando un semblante hierático que se descompuso ante la mirada apenada que me dirigió.
Abrió los brazos y me cobijó en ellos; sin embargo, no lloré, permanecí rígida e inalterable.
Aun así, me dejé guiar por ella lejos del salón, de aquel palacio ruidoso y abarrotado, de la burlona luna y de la última brizna de aquella Alonza ingenua que una vez fui.
★ ★ ★
Días después se extendió por toda Venecia el violento altercado sucedido en casa de los Rizzoli.
Según se contaba, Lanzo había intentado agredir a Marco, y la pelea entre hermanos había sido brutal.
En mitad de la reyerta, Fabrizio se había interpuesto entre sus hijos y había resultado gravemente herido de manera accidental.
Marco había podido escapar de la furia de su hermano pequeño, pero Lanzo había sido detenido y encarcelado por la agresión, por la que sería juzgado.
Aguardaba a Carla en su despacho, frotándome las palmas de las manos en el regazo mientras intentaba calmar mis nervios ante la larga espera.
La culpa me ahogaba y la incertidumbre por el destino de Lanzo me angustiaba.
Si no le hubiese contado lo ocurrido, eso no habría sucedido.
Pero ¿de qué otra manera podría haberle explicado el rumbo que había tomado mi vida?
Todavía sentía en mi pecho su afilada mirada condenatoria, sus hirientes reproches y su desolada incomprensión. No obstante, ahora sabía que era mucho mejor que el dolor que le había causado la verdad.
De nada valía lamentarme, ahora sólo importaba intentar ayudarlo a como diera lugar.
Cuando chirriaron los goznes a mi espalda, me erguí en la silla y respiré hondo. Olí el perfume de Carla y entrelacé los dedos para calmar el temblor que los acometía.
Me giré impaciente y el semblante con que me topé agudizó mi malestar.
—¿Qué has averiguado?
Carla tomó asiento con desesperante parsimonia, ordenó los pergaminos diseminados por su mesa, apiló sus libros de cuentas y, por fin, apoyó los antebrazos en la mesa y me miró con gravedad.
—El estado de Fabrizio es delicado, aunque creo que se recuperará —comenzó pausada—.
Marco ha desaparecido de la ciudad, pero dicen que volverá para testificar contra su hermano.
No me dejaron ver a Lanzo, pero fui a ver a Gabini.
En su opinión, su defensa es complicada: hubo testigos de la agresión.
Por fortuna, no hay muertes que lamentar, aunque esos dos no merecen otra cosa.
—¿Entonces? —inquirí ansiosa—. ¿Saldrá en libertad?
—No lo sé. Según Gabini, dependerá de la dirección que tome el juicio. Si quieren quitarse a Lanzo de en medio y declaran que tenía intención de matar a su hermano, cumplirá la condena que estipulen. Si logran demostrar que fue una simple pelea que se les fue de las manos, quizá quede en libertad.
—¿Quién lo va a defender?
—Su amigo, Andrea Caivano.
—Pero si es tan sólo un asistente...
—Del mejor abogado de toda Venecia. Y por llevar la defensa de Lanzo se enfrentará a su maestro, ya que es el abogado de Fabrizio, como te contó Gabini.
Tragué saliva y la miré con honda preocupación.
—No tiene ninguna posibilidad de ganar —lamenté cogitabunda.
—El jurado decidirá, Alonza. Habrá que confiar.
—Debe haber alguna forma de ayudarlo. Yo... yo provoqué esta situación.
Carla negó con la cabeza y resopló discordante.
—No, muchacha, ni tú ni él realmente, ambos sois víctimas de ellos. Y me temo que poco podemos hacer al respecto, excepto rezar por que no agraven los cargos.
Apreté la mandíbula y asentí abatida.
—¿Cómo fue herido Fabrizio?
—No se sabe con certeza. Ambos habían desenvainado sus espadas, tras una pelea brutal a golpes. En ese instante apareció Fabrizio y se abalanzó sobre sus hijos, dicen que fue Lanzo quien clavó su acero en él, pero éste lo niega y acusa a Marco.
—Entonces es la palabra del uno contra la del otro...
—No exactamente: Fabrizio también lo acusó a él.
—Y ¿por qué se ha marchado Marco de la ciudad?
—Porque teme que Lanzo vuelva a atentar contra su vida. Aunque está preso, no descarta que haya contratado a alguien para que lo mate.
—Es un miserable —escupí rabiosa—, yo misma lo mataría de toparme con él.
—Ése no es el modo de acabar con alguien —arguyó Carla intrigante.
La miré sin entender y alcé las cejas inquisitiva.
—La muerte es demasiado piadosa para algunos, y, además, tiene el inconveniente de que hay que ocultar el crimen. Existen más maneras de vengarse de alguien y más tormentosas.
—¿Como por ejemplo?
—Es tan fácil como desproveerlo de cuanto posee y cuanto ama.
Como arrebatarle su dignidad, su orgullo y sus posesiones.
Convertirlo en un ser despreciado por la sociedad, vilipendiado y deshonrado.
Arrancarle el corazón, la dignidad y cuanto lo convierte en hombre, reduciéndolo a un simple despojo.
La observé con cierto asombro y marcada admiración.
Sin duda aquella hermosa mujer pensaba con bastante asiduidad en la venganza, y supe que no se refería a la que a mí me concernía, sino, como bien había sospechado, a la suya propia.
Y entonces comprendí en aquel instante el verdadero motivo de que se erigiera en mi paladín: compartíamos enemigos.
—¿Lo haremos juntas? —pregunté mirándola intencionada, revelando en mi gesto la conclusión a la que había llegado.
—Los Rizzoli aún no son conscientes de las grandes enemigas que se han creado.
Nos sonreímos mutuamente con gesto ladino y mirada cómplice.
—Fabrizio fue tu Marco, ¿no es cierto? —me atreví a barruntar.
Carla permaneció en silencio un largo instante.
Su rostro se tornó severo perdido en amargos recuerdos que fruncieron su rictus con un velo furioso.
Luego cerró los párpados y se esforzó por mantener la serenidad ante la remembranza de su pasado.
Por fin, suspiró largamente y los abrió de nuevo.
La dureza que vi en sus ambarinos ojos me sobrecogió.
—No, fue mucho peor. Quizá algún día tenga los arrestos de dar voz a aquella noche.
Alargué el brazo por encima del tablero de la mesa y cubrí con mi mano la suya. Carla me dirigió una mirada insondable, las comisuras de sus labios se estiraron levemente, dibujando una mueca que pretendía ser dúctil, pero que remarcó la acritud que seguía rezumando de ella.
—No necesito consuelo, Alonza, pero agradezco tu gesto.
Aparté la mano, sentí su incomodidad y me puse en pie con la intención de retirarme.
—Espero que este... contratiempo no impida que continúes con tu aleccionamiento y con tus citas.
—Mi destino, me temo, ya no tiene vuelta atrás.
Esbozó una sonrisa complacida y asintió como despedida.
★ ★ ★
Los días pasaban lentos a la espera del juicio y se convirtieron en desalentadores meses: el tiempo se dilataba, estirando mi agonía.
Mi desazón por el destino de Lanzo me impedía concentrarme en las clases que me impartían por las mañanas.
Había acudido a dos citas, que, a pesar de mis reservas iniciales tras el reencuentro con el hombre al que amaba, paradójicamente me habían servido para aligerar el cúmulo de emociones que me abotargaban.
Descargar en mis clientes toda mi frustración, todo el odio y todo el rencor que rezumaba supuso un enorme alivio que finalmente agradecí.
Ya todo me daba igual, lo había perdido para siempre, y esa certeza me estrujaba las entrañas y constreñía mi pecho con cruel fiereza.
Había sobornado al guardia de la prisión para intentar verlo, pero él se había negado a encontrarse conmigo. Su rechazo, su situación y el dolor por aquel amor truncado me llenaban de una punzante desazón que comenzaba a convertir mi corazón en piedra.
Aquella mañana, enfrascada en un atlas mientras escuchaba las explicaciones del profesor, Carla interrumpió la clase de geografía y me condujo con expresión grave a su despacho.
Caminé tras ella conteniendo el aliento y rogando en silencio por que fueran buenas noticias.
Nos adentramos en la estancia y Carla, tras cerrar la puerta, se encaminó hacia su silla, tomó asiento y me pidió que la imitara.
—Tengo buenas noticias, creo.
Solté el aire contenido y aflojé los hombros.
—Han retirado los cargos contra Lanzo y han levantado la acusación. Esta misma mañana se ha firmado un auto de inocencia y ya ha salido de prisión.
—¡Gracias al cielo! —pronuncié aliviada y sonriente—. Finalmente se ha hecho justicia. Pero no entiendo por qué dudas que sean buenas nuevas.
—Por la condición que Fabrizio impuso para retirar los cargos.
Clavé una mirada impaciente en ella y me encogí de hombros aguardando una aclaración.
—Fabrizio, ya recuperado, acudió a la cárcel para negociar con Lanzo. Estuvieron hasta bien entrada la noche intentando llegar a un entendimiento. Nadie sabe de qué hablaron, pero sí los resultados. Lanzo queda libre de la ley, pero preso en su vida.
Fruncí el ceño, entorné la mirada confusa y volví a encogerme de hombros.
—Lanzo firmó los esponsales en su celda. Dentro de unos días contraerá matrimonio con su prometida, Bianca Lombardi.
Abrí los ojos como platos y, estupefacta, dejé escapar un leve gemido espantado.
—¡No puede ser! Lanzo preferiría mil veces la prisión a su unión con esa víbora.
—Pues es. No se habla de otra cosa en toda la ciudad. El escándalo es ya un jugoso chismorreo que corre como la pólvora de boca en boca.
No, me dije, era imposible, ¡con ella no!
Sentí tal peso en el pecho que creí desfallecer. Reprimí las ganas de gritar, me puse en pie temiendo desmoronarme y salí corriendo hacia mi habitación.
Me topé con las chicas en el pasillo, Chloe me llamó, pero la esquivé y subí apresurada la escalera.
Cuando cerré la puerta tras de mí, jadeaba y sentía que cada bocanada me quemaba la garganta, cada latido era una punzada lacerante y una profunda desolación embargó mi ánimo, pero no derramé una lágrima.
Me tumbé en el lecho, abracé la almohada y miré con fijeza por la ventana.
Oí la puerta abrirse y me encogí más, escondiendo mi rostro contra la almohada.
—Alonza...
Negué con la cabeza, pero unos pequeños pasos se acercaron titubeantes.
Sentí cómo Chloe se sentaba en el borde de la cama y posaba una mano sobre mi hombro.
—Necesito estar sola, pero no te preocupes, estoy bien.
—No, no lo estás, amiga. Y no quiero que me cuentes nada, sólo quiero que me permitas tumbarme a tu lado y ofrecerte mi calor, nada más.
No esperó mi respuesta. Simplemente se acomodó tras de mí y me rodeó con sus brazos.
Fue su calor y su cariño lo que finalmente hizo que mis lágrimas se derramaran.
Había perdido muchas cosas en la vida, pero también había encontrado otras, personas que me ayudaban y que, sin conocerme, me habían ofrecido su apoyo y cuanto tenían por salvarme de la muerte y de mí misma.
Lloré en silencio hasta quedarme dormida, curiosamente dando gracias esta vez al destino por haber puesto en mi camino a Chloe.
Aparté de mi mente la oscuridad que picaba insistente a la puerta de mi alma con saña, y que, por mucho que yo resistiera su empuje, se filtraba ladina por los quicios, arremolinándose espesa, blanquecina y húmeda, dilatándose en rizadas hebras que me envolvían los tobillos tirando de mí.