CAPÍTULO 22 #2
—Es mi esperanza, yo terminé dando vueltas en redondo como un hámster.
Aferró mi codo y se puso tieso.
—Ya nos ha localizado —anunció en mi oído.
Nos dirigió con paso raudo hacia un pasillo lateral cercano a la sacristía, donde se sucedían despachos y habitaciones privadas.
La del final estaba abierta, pero Luca se detuvo frente a una cerrada, la del cuarto de la limpieza.
Comprobó que lo estaba con llave y, tras sacar una ganzúa de aspecto extraño, la introdujo habilidoso en la cerradura y al primer giro se oyó con claridad el chasquido del mecanismo al ceder.
Abrió la puerta con gesto precipitado y nos metimos dentro del oscuro cuarto.
Luca dejó la puerta entreabierta para atisbar por el resquicio.
Enseguida oímos unos pasos aproximándose por el pasillo.
Justo cuando una sombra atravesó la abertura, Luca, tan veloz como una pantera, se precipitó hacia el pasillo y se abalanzó sobre nuestro perseguidor. Oí roces de ropa, gruñidos y un golpe seco.
Luca apareció entonces cargando sobre su pecho el cuerpo inerte de su víctima, arrastrándolo con premura hacia el cuarto de la limpieza. Le abrí la puerta y me retiré. Lo depositó en el suelo y luego él se estiró jadeando.
—Juraría que es el mismo de anoche —comprobó—, y que lo he golpeado en el mismo lugar.
—Te va a coger mucho cariño —murmuré con sorna.
Alzó mordaz la ceja y sonrió ladino de medio lado.
—Seguramente, y eso que no ha probado mis besos.
Me guiñó fanfarrón un ojo y paseó la mirada por los estantes.
—No llevarás en ese bolso una cuerda y una mordaza, ¿no?
—No, se me olvidó traer a Venecia un kit de secuestrador.
Luca sonrió divertido y comenzó a rebuscar entre los botes de limpieza.
—Bueno, por fortuna, las limpiadoras secuestran mucho.
Cogió un rollo de cuerda de tender, unas tijeras y unos trapos, y comenzó a maniatar al hombre inconsciente.
—Vigila mientras —pidió agachado sobre el cuerpo.
Atisbé por el quicio, atenta a cualquier movimiento.
Oí un susurro de ropas tras de mí y, al instante, el cuerpo de Luca se ciñó a mi espalda.
—¿Camino despejado? —murmuró contra mi pelo.
Tuve que tragar saliva para lograr aclarar mi voz. Su contacto me turbaba, abotargando mis sentidos.
—Parece que sí.
Sus manos se posaron en mis caderas, lo oí inhalar y proferir una leve exclamación complacida.
—Mmm..., Alessia, qué bien hueles.
—El champú del hotel —mascullé con el pulso palpitando en mi sien.
—No, hueles a ti, y, si pudiera enfrascarlo, te juro que impregnaría cada noche mi almohada con tu olor.
Por fortuna, estaba detrás de mí y no pudo ver mi expresión. Me obligué a poner los pies en el suelo y respiré hondo.
—Será mejor que salgamos cuanto antes de aquí —mascullé asomándome más audazmente.
El contacto de sus cálidas palmas sobre mis caderas me aturdía. Salí al pasillo seguida de él, y nos encaminamos hacia el fondo, donde se abría una puerta de salida.
Al pasar por la puerta abierta, una voz nos detuvo:
—Ahora mismo los atiendo.
Luca abrió la puerta que daba al lateral de la basílica y salimos a la calle cerrando tras nosotros.
Atravesamos el campo de San Polo hasta la entrada que daba a su apartamento.
Doblamos el recodo hacia el callejón donde se hallaba la entrada privada.
Llegamos a su puerta y Luca la abrió raudo sin dejar de mirar hacia la calle principal.
Subimos la escalera y, tras abrir la siguiente puerta, entramos en su apartamento.
—¿Quieres tomar algo?
—Quiero explicaciones.
—Si no te importa, necesito darme una ducha antes.
—Adelante, estás en tu casa.
Luca me dedicó su característica sonrisa oblicua y comentó con un marcado deje sarcástico:
—Me voy tranquilo, sabiendo que no eres de las que cotillean casas ajenas.
Forcé una sonrisa cínica y, acto seguido, fruncí el ceño.
—No tardes mucho, me apetece demasiado ser reincidente.
—A mí también.
Su sesgada mirada me recorrió seductora, de mí pasó a la mesa del salón, se relamió, me guiñó un ojo y desapareció por el pasillo dejándome temblorosa y acalorada al refrescar aquel encuentro.
Me puse en pie. Necesitaba enfriarme. Y oír el sonido de la ducha sólo conseguía sofocarme más, imaginándolo desnudo bajo el agua.
Abrí el ventanal que daba al patio interior y me pregunté cómo se accedería a él.
A la luz del día, aquel patio me resultó todavía más familiar.
Los bancos de piedra, la fuente central, los muretes vestidos de hiedra y de madreselva.
.. No, no podía ser, me dije, seguramente debía de haber miles de patios así en las casas y en los palacetes renacentistas.
Tampoco había nada significativo en él, era bastante simple.
No obstante, y obviamente por su semejanza, resultaba fácil imaginarlos a ellos, a Alonza y a Lanzo, en aquel banco frente a la fuente, leyendo o charlando.
Una suave brisa acarició mi rostro, inundándome con la fragancia del jazmín. Sonreí cerrando los ojos, era mi perfume favorito. De pronto, los abrí de golpe ante la remembranza de lo que había leído la noche anterior. ¡También lo fue de Alonza!
Suspiré hondamente y sentí la necesidad de admirar de nuevo las láminas que me había regalado Gina.
Las extraje del bolso y pasé mis dedos por ellas, resiguiendo cada trazo que conformaban aquellas iniciales entrelazadas dentro de un corazón.
Y en aquel momento me pregunté qué escondían aquellas dos letras.
Por qué Luca pensaba que el hecho de llevar yo la misma inicial que ella era importante.
¿Qué secreto se escondía tras aquella «A»?
Observé con detenimiento los arabescos y las hojas engarzadas en ambas letras, como si Lanzo hubiera construido un nido alrededor, una especie de halo protector y místico, lleno de belleza, pero convirtiéndolo también en una especie de enredadera, de alambrada que los unía y los separaba del resto del papel a un tiempo.
Oí ruido de pasos acercándose y guardé apresuradamente la lámina en el bolso. Lo cerraba con cierta urgencia cuando un carraspeo me instó a alzar la mirada hacia la entrada al salón.
—¿Algún mensaje?
—¿Mensaje? —musité confusa.
Luca llevaba una fina camiseta de manga corta blanca y un pantalón deportivo en azul marino. La informalidad de su atuendo no sólo no le restaba atractivo, sino que lo rejuvenecía y le otorgaba un aspecto más desenfadado.
—El teléfono —arguyó fijando su suspicaz mirada en mi bolso.
—Ehhh..., no, no. Sólo buscaba un pañuelo.
—Si te apetece una ducha...
—No, gracias. No podría cambiarme de ropa.
—Loretta tiene algún vestido aquí.
Lo vi apretar los labios visiblemente, arrepintiéndose en el acto de aquella confesión.
—Las cosas de Loretta son de Loretta.
—Bien, creo que mandaré a alguien a que traiga todas tus cosas aquí.
Su abundante cabello peinado hacia atrás seguía mojado, despejando su rostro. Se acercó a mí y se sentó en el sofá invitándome a imitarlo.
—Y ¿puedo saber para qué? Pienso regresar a mi hotel cuando hayas terminado de contarme todo lo referente a tu investigación.
Negó lentamente con la cabeza, su mirada entornada brilló con suficiencia.
—No podemos separarnos —repuso determinante—, este asunto se está complicando demasiado. Estamos juntos en esto, Alessia, y no pienso consentir que Stefano vuelva a tener acceso a ti. Además, temo que te secuestren.
Alcé las cejas y lo miré con recelo.
—Si ésa fuera su intención, ¿por qué demonios no lo ha hecho ya?
—Porque primero ha preferido intentar ponerte contra mí y a su favor. También desea que lo ayudes en esto. Sabe que eres una pieza clave en la investigación, es más sensato ganarse tu buena disposición que forzarte a que lo ayudes, ¿no crees?
Suspiré profundamente y pasé las manos por mi rostro en un ademán de frustración.
—Sigo sin entender nada —me lamenté—. ¿Una pieza clave?, ¿por compartir una inicial?, ¿por ser la última descendiente? ¿Por qué, maldita sea?
Me llevé la mano a mi propio colgante y encerré en ella la inicial de plata.
—La compré en un mercadillo, como mucha gente.
Luca se puso en pie, avanzó hasta mí y acercó su mano a mi puño cerrado.
—¿Puedo?
Asentí y la solté. Él tomó la inicial y, en aquel gesto, rozó con el dorso de sus dedos la piel de mi escote, lo que me estremeció. Frunció el ceño observándola con atención.
—Curiosamente, es la misma tipografía del colgante que llevó Alonza.
—Simplemente me pareció bonito.
—Y lo es. Es cierto que la tipografía renacentista es muy común —explicó sin dejar de mirarme y sin soltar mi colgante—.
El Renacimiento fue una época de transición entre el diseño medieval y el moderno.
En aquel tiempo se inventó la imprenta y, así, el analfabetismo comenzó a disminuir.
Se despertó el interés por los clásicos; por eso, la tipografía renacentista era muy parecida a la romana.
Luego los textos humanistas dieron paso a la «joya de la Corona», la grafía romana veneciana de estilo antiguo, que es la que se estilaba entonces y la que seguramente utilizó Lanzo cuando hizo aquel dibujo.
Tragué saliva y me esforcé por no bajar la mirada. Tuve la impresión de que Luca me estaba poniendo a prueba y compuse mi semblante más indefinido.
—¿Hay algo que no sepas? —inquirí impresionada por sus conocimientos.
—Sí, muchas cosas —admitió. Su tono cambió y su mirada me secó la garganta—. Como, por ejemplo, cuándo comenzarás a confiar en mí.
—Cuando tú lo hagas y dejes de esconderme información.
La comisura izquierda de su boca empezó a elevarse progresivamente, dibujando una mueca mordaz. Alzó la ceja del mismo lado y sacudió con cierta sorna la cabeza.
Se apartó unos pasos y fijó su vista en mi bolso.
Chasqueó la lengua y me observó con un claro deje decepcionado.
—Un reproche algo hipócrita, ¿no crees?
Se apoyó en la repisa del ventanal y cruzó los brazos sobre su amplio pecho, mirándome acusador.
—¿Sabes lo que más pica mi orgullo de tu actitud?
Negué con la cabeza y aguanté la respiración.
—Que me tomes por imbécil.
—No sé a qué te refieres, eres un tipo muy listo.
—Lo soy —afirmó, sin un ápice vanidoso en su tono, que más bien rezumaba disgusto—, pero no debo de parecerlo, puesto que no sólo decides engañarme, sino que encima tienes la desfachatez de acusarme de hacer exactamente lo mismo.
De nuevo, miró mi bolso. Ya no albergaba duda alguna acerca de que, de algún modo, había descubierto lo que había intentado ocultarle.
—No pensé que fuera importante, yo... sólo quería evitar implicar a Gina en todo esto.
—¿Gina? —Su gesto se tensó y su ceño se frunció pensativo.
—Sí.
—Dime que no tiene nada que ver con la hija de Chloe.
Solté el aire contenido y afirmé con la cabeza con cierta expresión mortificada.
—¡Joder! Y ¿no pensabas que fuera importante? —increpó contrariado.
—Sólo es una descendiente con mucho apego por su historia familiar.
Luca resopló paciente y se pasó ambas manos por su aún húmedo y negro cabello con gesto exasperado.
—Alonza le dejó en herencia esa casa, su madre y ella fueron amigas íntimas, tu historia y la de esa mujer tienen un nexo en común, y, maldita sea, no sé si estoy más entusiasmado que enfadado.
Se dirigió al sofá, cogió mi bolso y me lo entregó.
—Jamás se me ocurriría mirar en el bolso de una mujer. Muéstrame las láminas.
Compuse un cejo confuso y le regalé una expresión escéptica.
—Si no has mirado, ¿cómo sabes lo que hay dentro?
—Porque anoche, cuando sacaste tu teléfono, asomaron dos esquinas plastificadas por la abertura que te apresuraste a esconder.
Por el tono amarillento y los bordes irregulares, intuí que eran dibujos antiguos.
Saliste con ellos de la vieja casa del placer, y sujetas ese bolso como si llevaras dentro el Santo Grial.
—Tras una tensa pausa, sonrió arrogante—.
Y porque llevo más tiempo en el pasillo del que crees.
Lo fulminé con la mirada. En efecto, era listo, y esa innegable inteligencia era un cautivador aliciente más en el conjunto de su atractivo general.
Abrí el bolso, extraje los dibujos y se los entregué.
Luca abrió los ojos como platos, maravillado, y los observó con un marcado tinte emocionado que me desconcertó.
—Éste es el diseño del colgante —anunció impávido—. El que mandó fabricar Lanzo. El que estoy buscando.