CAPÍTULO 19 #2
—Que tienes el escudo de armas de los Rizzoli como si fuera el tuyo propio. Y que Lanzo desapareció en 1641.
Luca entornó los ojos y me miró suspicaz.
—¿Desapareció? Y ¿de dónde sacas esa conclusión? Porque, que yo sepa, en el árbol genealógico sólo figura la fecha de nacimiento y de deceso. Veo que en verdad has estado investigando por tu cuenta. Dime lo que has averiguado y te mostraré mis archivos.
Como era natural, a alguien tan sagaz y avezado como él nada le pasaba desapercibido. Decidí ser franca y confié en recibir lo mismo.
—Esta mañana he estado consultando unos libros en la biblioteca Marciana.
Descubrí que Lanzo había participado en la batalla de Creta y que fue declarado desaparecido.
También encontré una mención a Alonza en la que retaba al dux en una apuesta, asegurando poder pasar por hombre para combatir a los moriscos.
Tengo la sospecha de que lo que deseaba era ir en busca de Lanzo.
Tras un breve silencio, Luca respiró hondo y asintió.
—Conozco esa información y todo lo que ocurrió en aquella batalla, está todo en el diario, pero llevo viviendo toda mi vida aquí y no se me ocurrió buscar el burdel que regentó Alonza.
En Venecia hay muchas casas parecidas, pero cuando vi cómo te detenías frente a ésa en concreto, la reconocí al instante. ¿Descubriste algo en su interior?
Su entornada y aguda mirada me escrutó perspicaz. Era evidente que temía que le ocultara algo. No obstante, yo no quería involucrar a Gina en toda esa trama. Había sido un hallazgo fortuito y, de todos modos, unas simples láminas no aportaban nada más que un bonito legado familiar.
—Que su propietaria es una anciana encantadora que rehabilitó el edificio conservando cuanto pudo su esencia.
Luca me observó evaluándome con recelo. Adopté una expresión serena y sostuve su intenso escrutinio sin apartar la mirada. Sabía que, si detectaba el más mínimo titubeo, me interrogaría hasta la saciedad.
—¿Nada más? —murmuró pertinaz.
Negué con la cabeza, y esta vez fui yo quien lo taladró con una mirada inquisitiva.
—Tu turno.
Dibujó una ligera sonrisa mordaz y arqueó la ceja con una mirada astuta y sibilina que aguijoneó cierta parte de mi anatomía.
Me recosté acomodándome sobre la cama. Me puse de costado, hinqué el codo en la almohada y apoyé la cabeza en la palma.
—¿Crees que podré hilar una sola frase viéndote repantigada en esa cama? —masculló reprobador.
—No veo por qué no —respondí fingiendo inocencia.
—Porque sólo tendré neuronas para lograr permanecer aquí sentado y no saltar sobre ti.
Sonreí divertida, y mi parte juguetona, esa que creía extinta, le dirigió una mirada insinuante. Mis piernas se movieron inquietas y forcé un bostezo aprovechando para desperezarme. Disfruté vanidosa cuando sus ojos se posaron en mis curvas.
Luca puso los ojos en blanco y resopló frustrado. Solté una carcajada traviesa y él cerró sus manos en los brazos de la butaca. Sus nudillos se pusieron blancos.
—O confías pronto en mí, o serás responsable de una muerte por combustión espontánea.
Reí de nuevo y me compadecí de su gesto hosco y malhumorado.
—Disculpa, no te distraeré, me interesa mucho lo que tienes que contarme.
Adquirí una expresión circunspecta y lo observé expectante.
—Vayamos por partes, como diría Jack el Destripador .
Sofoqué una carcajada, él alzó una ceja y sonrió mordaz.
—Empezaré por las instantáneas que te mostró Stefano —comenzó respirando hondo—.
Sin duda me viste hacer todas esas cosas porque las hice, pero todas tienen una explicación.
Respecto a la mujer a la que abrazaba, confieso que he abrazado a unas cuantas —me guiñó travieso un ojo—, pero seguramente esa foto corresponde a una mujer morena y atractiva, y no es una de mis clientas —matizó frunciendo el ceño—.
Esa mujer fue la esposa de Piero Rizzoli, y ese día fue el de su funeral.
Ya había tenido contacto con ella anteriormente porque solicité una cita con Piero y ella tuvo la amabilidad de ponerme al tanto de la delicada salud de su marido. Me ayudó mucho en mis pesquisas.
—¿Qué buscabas exactamente de los Rizzoli?
—Un colgante.
Aguardé una aclaración mirándolo inquisitiva. Entonces recordé las palabras de Loretta en su apartamento informándolo de que ningún coleccionista parecía saber nada de un colgante.
—Era lo que buscaba en casa de tu abuela.
Es lo que llevo buscando desde que todos mis recursos esteganográficos y criptográficos resultaron infructuosos.
Utilicé todos los protocolos conocidos para desencriptar y no conseguí nada, tan sólo el lugar donde podría estar escondido el tesoro, pero necesitamos la ubicación exacta.
He barajado mil posibilidades, y mi intuición siempre me lleva al mismo punto: el colgante.
Creo que ese colgante es el portador. Tengo la sospecha de que, usándolo sobre un párrafo determinado, nos dará la localización del tesoro.
—Pero hay dos —repuse—, el de Alonza y el de Lanzo.
—No, hay otro más. Todavía no has llegado a esa parte del diario.
—Hay algo que no me cuadra. ¿Por qué buscabas ese colgante por tu cuenta? Dabas la impresión de ser un ladrón aprovechando el sueño de una anciana.
Mi última frase torció su rictus, su mirada se endureció un ápice, pero, al cabo, su semblante se recompuso con un mohín paciente.
—Tu abuela no estaba dormida, ya había entrado en coma.
Llamé a los servicios de emergencia y rebuscaba en sus cajones la carta que dejó para ti.
—Hizo una pausa y desvió la mirada. Su expresión se oscureció, quizá recordando aquellos momentos—.
Ornella no tenía consigo el colgante, pero sí recordaba que su padre lo había vendido a un famoso anticuario de Florencia cuando ella era niña y pasaban por apuros económicos.
Asentí, intentando asimilar de manera fría aquella información.
—Respecto a la infidelidad de tu esposo, no soportaba ver cómo te engañaba, no lo merecías, y yo..., bueno, me tomé esa libertad.
—Te extralimitaste en tus funciones, aquellas fotografías se me clavaron como puñales —reproché grave y seca.
—¿Habrías preferido no saberlo?
—Creo que no sólo buscabas abrirme los ojos —aduje entornando los párpados recelosa—. Creo que querías alejarme de él, aislarme para traerme contigo a Venecia y que juntos averiguáramos el paradero de ese supuesto tesoro.
—Creo que ya tenía una relación con ella mucho antes de que yo apareciera —se defendió ofuscado—. Y, sí, la verdad suele doler, pero es la única manera de acabar con una mentira. Y vuestro matrimonio lo era.
A pesar de la veracidad de sus palabras, no pude evitar sentir ganas de increparlo. Pensar en Nicola solía llenarme de amargura, y por alguna razón tenía la necesidad de verterla sobre Luca.
—Lo fuera o no, no era asunto tuyo.
Él apretó la mandíbula y asintió levemente con una mueca tensa.
—Mis disculpas —barbotó tirante—. Quizá cuando todo esto acabe te apetezca regresar con él.
—Nicola hace tiempo que forma parte de mi pasado. Y ahí seguirá.
—Como bien dices —espetó ceñudo—, no es asunto mío.
Asentí con cierta rigidez y carraspeé para recuperar el tono de la conversación, esquivando toda emoción posible.
—Si el colgante fue vendido a un anticuario, ¿por qué lo buscaste en la familia Rizzoli?
Luca sostuvo mi mirada y suspiró profundamente antes de responder:
—Las familias de abolengo suelen transmitir y traspasar sus posesiones, su historia y sus anécdotas más singulares, e incluso sus secretos más oscuros, como, digamos, parte de su linaje.
Necesitaba encontrar más piezas del puzle, y ellos son parte relevante de la historia de Alonza.
Además, uno de los anticuarios a los que pregunté por el colgante me reveló que había otra familia interesada en su hallazgo: los Rizzoli.
—Sin embargo, el último Rizzoli murió sin descendencia, con lo cual sólo queda de esa parte la viuda. Así pues, debe de ser ella la interesada en el colgante. Pero, si así fuera, significaría que...
—... que sabe de la importancia real de ese colgante —completó Luca.
Abrí mucho los ojos, asimilando aquella información. No sólo Stefano ambicionaba el tesoro, también la viuda. Cuanto más averiguaba, más ramificaciones se atravesaban en el camino.
—Dijiste que ibas a mostrarme tus archivos y todo cuanto has descubierto del caso.
—Y lo haré, mañana iremos a mi apartamento.
—Hay otra cosa que no encaja —musité desconfiada—. Si la viuda persigue lo mismo que nosotros, no tiene mucho sentido que te ayude en tu investigación.
Luca sonrió con una mueca de suficiencia orgullosa en su rostro. Intrigada, me encogí de hombros inquisitiva.
—Pues lo hizo, y más de lo que ella misma imagina.
Se puso en pie y se acercó a la ventana, apartó apenas el visillo y atisbó por la abertura. Cuando se giró hacia mí, su mirada se posó hambrienta en mis labios. Me hormiguearon como si sus ojos tuvieran el poder de acariciarlos físicamente. Me estremecí queda.
—Creo que será mejor que coja otra habitación —anunció.
Asentí conforme y me incorporé algo nerviosa por su penetrante mirada. Ahuequé la almohada y la puse en mi regazo, como si aquel irrisorio parapeto me procurara algún cobijo ante la intensidad de la que Luca me hacía objeto.
Había muchas preguntas sin respuestas, muchos recelos no satisfechos y una tensión sexual tan palpable que tensaba poderosamente nuestros cuerpos, que hasta parecían poder oírse crepitar, sucumbiendo a la implacable llama de un deseo cada vez más voraz.
—Yo también lo creo —convine.
Luca caminó pausado hasta la puerta, esgrimiendo una calma que no sentía. Cuando la abrió y se volvió hacia mí, la contención tensaba su rictus.
—Mañana querré saberlo todo —recordé.
—Mañana te lo contaré todo, no tienes ni idea de cuánto anhelo tu... confianza.
Nuestras miradas se engarzaron más tiempo del prudente. La garra del deseo me apresó con más fuerza cuando insensatamente miré su boca, tan próxima a la mía.
—Me habría gustado seguir la lectura esta noche, dudo que duerma mucho —me lamenté.
—Puedes hacerlo, yo mismo transcribí el diario a mi ordenador para elaborar un completo y exhaustivo análisis. Lo tengo en formato pdf y suelo consultarlo desde mi móvil. Puedo pasártelo por correo electrónico al tuyo.
—Me encantaría.
Dirigí mis pasos hacia mi bolso y, al abrirlo para sacar mi tarjeta profesional, asomaron las esquinas de las láminas plastificadas. Sentí un nudo en la garganta y las acomodé de nuevo con cierta urgencia. Miré de soslayo hacia la puerta y dibujé una sonrisa vacua mientras cerraba el bolso.
—Espero ansiosa ese archivo —repuse entregándole mi tarjeta.
Luca extrajo un móvil del bolsillo interior de su chaqueta y comenzó a teclear en la pantalla mi dirección de correo electrónico. Al instante, mi dispositivo emitió el característico sonido de la notificación.
—Ahí lo tienes, feliz viaje al pasado. Por cierto, ¿por dónde vas?
—Carla Brunetti acaba de aceptarla como pupila y esa noche planea mostrarle una exhibición real de lo que se espera de ella.
Luca sonrió sibilino, sus ojos refulgieron pícaros.
—En efecto, no dormirás, tendrás demasiado... calor.
Y, tras una ligera inclinación de cabeza, salió de la estancia cerrando tras de sí.
Intrigada y anhelante, con el pulso todavía acelerado, saqué mi smartphone del bolso, me lancé sobre la cama y abrí el archivo. Sonreí al reparar en el asunto del correo electrónico: «Salir de tu cuarto debería convalidarse como grado supremo de monje tibetano».
Tuve que obligarme a apartar a Luca de mis pensamientos y centrarme en la lectura.