Meretrice CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Mis simpatías son difíciles de conseguir en general —adujo, deteniéndose frente a mí—. En cuanto a la pureza, sólo existe en el corazón. El cuerpo es únicamente una herramienta que nos es dada para vivir la vida y disfrutarla.

Paseó sus ojos por mi rostro y se detuvo en mi boca. Alzó la mano y delineó el contorno de mis labios.

—Tienes una boca que enloquecería a muchos hombres. Tus labios son voluminosos, suaves, resaltan en tu pálido rostro con un precioso y natural color rubí.

Su tacto me puso rígida, tragué saliva incómoda y me obligué a sostenerle su penetrante mirada.

La yema de sus dedos ascendió por mis mejillas, recorriendo mis facciones como si dibujara sobre ellas.

—Tus ojos son singulares, enigmáticos, lleno de secretos, y me atrevo a aventurar que de experiencias dolorosas. De ese gris acerado que puede restallar como un látigo o, por el contrario, fundirse melifluo como la plata.

Tomó mi trenza y la acarició sin dejar de mirarme. Soltó la goma que la contenía y comenzó a deshacerla con mimo. Luego ahuecó sus manos tras mi nuca y empezó a distribuir el cabello por mi espalda.

—Hermosa melena dorada, tan clara como un sol temprano. Ligeramente ondulada, espesa y larga —alabó acariciando un mechón—. Veamos qué más escondes.

Dio un paso atrás y me regaló una sonrisa gatuna.

—Desnúdate. Necesito ver con lo que voy a trabajar.

Mi pulso se aceleró y en aquel instante me replanteé mi decisión.

Sentí el imperante deseo de correr, de alejarme del mundo y esconderme en el más apartado rincón.

Apreté los puños y el mentón, librando mi particular lucha interior.

Sabía que desprenderme de mi vestido y aceptar quedarme cambiaría mi destino para siempre.

Era imposible vaticinar si para bien o para mal, pero aquel camino era mi única motivación ya para continuar adelante.

Ante mi titubeo y mi evidente nerviosismo, Carla suspiró forjando una mueca impaciente. Se sentó en el borde de su mesa, frente a mí, cruzando los brazos sobre su pecho, y me miró reprobadora.

—Veo que no has sopesado convenientemente tu decisión. No sé qué te habrá movido a tomarla, pero sí sé que, si no estás segura, no es una buena decisión. No me hagas perder más el tiempo.

Se sentó con una mueca molesta y comenzó a revisar un libro de cuentas que tenía abierto, dando por terminada la conversación.

—Por favor, cierra al salir.

Permanecí inmóvil, como si una fuerza invisible me anclara los pies al suelo, y, sin embargo, al mismo tiempo algo tirara de mi cuerpo hacia la puerta.

Trémula, me debatí entre ambos impulsos, y en ese momento volví a ver los rostros de los que habían arruinado mi vida y esa cólera latente que siempre estallaba para ayudarme a luchar tomó por mí la decisión.

Comencé a desenlazar los cordones de mi corpiño, aflojándolo.

Deslicé por los hombros las abullonadas mangas y me desprendí de él.

Ante el rumor de las ropas, Carla alzó intrigada la mirada hacia mí.

No me detuve, y con toda la entereza que logré reunir, me quité la camisola, y me mostré erguida y desnuda ante ella.

Aunque mantuvo el gesto duro e inalterable, en el brillo de sus peculiares ojos felinos relució un leve matiz aprobador.

Se puso en pie y se dirigió lentamente hacia mí. Cada paso en mi dirección me tensó todavía más.

Cuando estuvo de nuevo enfrente, acarició mi cuerpo con los ojos, con suavidad.

—Pareces la Venus de Botticelli —susurró con arrobada admiración.

Las yemas de sus dedos se posaron en mi clavícula y comenzaron a descender lentamente.

Contuve el aliento. Giró levemente la mano y, con el dorso de los dedos, recorrió el espacio entre mis senos, se detuvo y me miró calibrándome un instante antes de continuar.

Sabía que me estaba poniendo a prueba y me mantuve serena y expectante.

Acarició mis pezones y éstos se irguieron ante el contacto, Carla sonrió maliciosa y se apartó de mí. Parecía disfrutar de mi incomodidad.

—Date la vuelta.

Me giré tomando una profunda bocanada de aire y, al momento, sentí sus manos ahuecadas en mis nalgas. Me pareció oír un estrangulado gemido de complacencia. Tras lo que me pareció una eternidad, posó las manos en mis hombros, retiró mi cabello y acercó sus labios a mi oído.

—Eres muy bella —susurró—, y, si me dejas, te convertiré en mi mejor pupila. Pondré Venecia a tus pies y, si eres lista, hasta puede que la gobiernes.

Me giró y su penetrante mirada me secó la garganta.

—Te acepto, Alonza di Pietro. Pero acatarás todas y cada una de las normas de la casa.

Su mirada se posó en mi boca y creí distinguir un mohín anhelante que ocultó tras una máscara fría e impertérrita.

—Puedes vestirte. Ven y siéntate, tengo que ponerte al día sobre lo que espero de ti y sobre lo que obtendrás de mí.

Después firmarás un contrato que mandaré redactar.

Pertenecerás oficialmente a mi casa. —Hizo una breve pausa para sonreírme artera, clavó en mí una inquietante mirada oscura y agregó intencionada—: Y a mí.

Me vestí con atropellada torpeza y me senté frente a ella. Y, aunque aquella vetusta mesa de despacho nos separaba, de algún modo seguí sintiendo sus dedos sobre mí.

—Bien, en cuanto a tu aspecto, yo personalmente me ocuparé de tu vestuario y elegiré tus peinados y abalorios.

En ocasiones especiales te prestaré algunas de mis joyas.

Tu aseo personal será diario y no podrás tener vello corporal alguno, tampoco en tu sexo.

Acatarás mis directrices al pie de la letra.

No sólo te enseñaré el arte de dar placer, de seducir y de encandilar con una sola mirada.

También instruiré tu intelecto. Leerás a los clásicos, filósofos y humanistas, aprenderás a recitar, a tocar el laúd y el arpa, a bailar en la corte.

También te versaré en política, geografía e historia, hablarás varias lenguas y exprimiré tu cerebro tanto como tu cuerpo para que sometas a los hombres y los rindas a tus pies.

Si juegas bien tus cartas, harás una fortuna.

—Quiero poder —repliqué demasiado vehemente.

Carla me miró complacida.

—Y poder tendrás. Posees todas las cualidades necesarias, sólo debes evitar una cosa: el talón de Aquiles de toda mujer es su corazón, no dejes que te lo roben y nadie podrá dominarte.

—Mi corazón ya me lo arrancaron, nada temo —murmuré con amargura.

Tras otra intensa inspección, logré que no me temblara la barbilla ante la remembranza de Lanzo.

Ya no podía pensar en él. Debía guardarlo en el más recóndito lugar de mi mente para poder entregarme a otros hombres.

Era indispensable separar cuerpo, corazón y mente para evitar sentirme sucia y que los remordimientos me sepultaran.

Como bien aseguraba Carla, el cuerpo era tan sólo una herramienta, y en mi caso la necesitaba para cumplir mi único objetivo: ser libre, dueña de mi vida, y hacer justicia.

—Mejor, en este oficio es un gran inconveniente tenerlo.

También hay que dejar fuera la moralidad, los prejuicios, las reservas y la conciencia.

Pero lo más importante es borrar de tu mente todo lo que la sociedad grabó en ella, todo lo que la religión coartó, todo lo que tu educación anuló, y renacer con una visión nueva de ti misma.

Tú y sólo tú eres la dueña de tu cuerpo, cómo lo uses sólo es problema tuyo, ni Dios ni el mundo tienen derecho alguno sobre ti.

Si nos fueron concedidos los dones para obtener placer y darlo, no tiene mucho sentido que la Iglesia los condene cuando esos regalos nos los dio Dios, ese al que fingen servir.

Y si, como bien repiten, estamos hechos a su imagen y semejanza, lo natural sería honrar ese cuerpo y agasajarlo con las mieles que Él nos concedió.

—Respiró hondo y sus ojos ambarinos me contemplaron solazados—.

Y déjame decirte algo: una vez derrotados los rígidos preceptos impuestos, una vez diluidas las mentiras que nos someten al control de una sociedad hipócrita y manipuladora, tú tienes el control de tu vida.

»Desde que nacemos, con cada aliento nos esclavizan con pesados eslabones morales, nos oprimen con juicios constantes y amenazas vacuas, haciéndonos creer que salvaremos nuestra alma si no disfrutamos de nuestro cuerpo.

Ése es el destino de toda mujer, someterse al control del hombre, de la sociedad y de la Iglesia, por eso nos niegan el placer, el conocimiento y la libertad.

Es fácil saber por qué nos tienen tanto miedo.

Alcé interrogante las cejas. Carla sonrió de medio lado en una mueca jactanciosa.

—Porque somos mejores que ellos.

La vehemencia con la que hablaba, su firmeza y su intensidad me dijeron que era una mujer curtida a base de golpes. Una superviviente que se había superado a sí misma, quitándose una a una las cadenas que le habían puesto. Mi admiración por aquella férrea mujer creció.

—Respecto a los beneficios económicos, yo me quedaré con un tercio de todas tus ganancias.

Si alguno de los clientes que te soliciten te produce rechazo por el motivo que sea, podrás descartarlo, a menos que yo decida lo contrario si el personaje es muy relevante o la cantidad muy jugosa.

Tú eliges a tus amantes, tú los complaces y tú los conservas.

Yo los encuentro para ti, yo te preparo, yo te protejo y yo te hospedo.

No es un mal trato. Pero si descubro que si te quedas con un solo escudo que no te pertenezca, que trabajas a mis espaldas o que dejas en evidencia mi casa, no habrá sitio en Venecia donde esconderte ni hombre que pueda protegerte de mí.

Entornó admonitoria los ojos y aguardó a que yo asintiera.

—Si tienes alguna pregunta, éste es el momento.

—¿Podré dejarlo cuando lo desee?

—Si yo te dedico mi tiempo, te ofrezco conocimientos, techo, comida y ropa y, además, te muestro el oculto reino del placer, como es natural, exigiré compensación, pues lo hago por un solo motivo: lucrarme. Hasta que me sienta pagada, no serás libre.

—¿Alguna de vuestras cortesanas ya lo es?

—Todas. Siguen a mi lado porque lo desean.

—¿No hay ninguna aprendiza en este momento?

—No tenía pensado acoger a nadie más.

—¿Por qué me aceptáis entonces?

—Sé reconocer un buen negocio en cuanto lo veo.

Y eso era yo, un negocio, un artículo en venta, una inversión. Al menos, con mi consentimiento pleno y gracias a una decisión propia, no de nadie más. Y camino a mi propia libertad.

—¿Cuándo empieza mi primera clase?

Carla esbozó una sonrisa complacida y me observó regocijada.

—Esta noche. Pareces arder en deseos de aprender. Te alojarás con Chloe, ella será tu referente.

Fijó sus ojos en mis labios y yo, nerviosa, me mordí el inferior.

—¿Quién te desfloró? ¿El mismo que te arrebató el corazón?

Bajé la mirada hacia mis manos, entrelacé los dedos inquieta y temerosa de que los recuerdos me desbordaran en tan inoportuno momento.

—Sí.

—¿Gozaste?

Tragué saliva y asentí con timidez.

—Mírame cuando te hablo —exigió con firmeza.

Alcé la vista y de nuevo asentí.

—Tuviste suerte, entonces. Las primeras veces suelen ser poco satisfactorias.

—Sí, la tuve.

—Bien, veo que no quieres hablar de ello. Lo que me interesa es saber si conoces tu cuerpo en profundidad y el de los hombres.

—Creo que sí —me atreví a aventurar—. Encontré... una especie de manual erótico con... ilustraciones y, bueno, yo... descubrí algunas cosas.

— ¿I Modi?

Parpadeé ruborizada y, de nuevo, afirmé. Sentí las mejillas encendidas y dejé escapar el aliento para normalizar la respiración.

Carla rio y me contempló con incisiva curiosidad. Sus ojos se iluminaron con una luz pícara, una de sus cejas se arqueó en un mohín impresionado.

—¿Quiere eso decir que practicasteis algunas de esas escenas?

—No, no, Lanzo fue muy gentil.

—Lanzo...

Me reprendí en silencio por haber sido tan imprudente.

—En el lecho, la gentileza es aburrida. Cuanto más atrevimiento, más desenfreno y, por tanto, más placer.

Los clientes que acudirán a solicitar tus servicios no querrán una mujer pasiva ni sumisa, buscarán una gata traviesa y juguetona sin pudor alguno.

Aunque ese delicioso rubor tuyo resulta muy atractivo.

Esa cándida timidez debe de ocultar a una leona experimentada, y es justo esa combinación la que resultará irresistible, te lo aseguro.

Sus manos aletearon inquietas. Su entusiasmo era manifiesto y su manera de mirarme, reveladora. Me sentí presa de una depredadora voraz.

—Bien, dile a Elisa que te aloje en el cuarto de Chloe. Esta noche te presentaré a todas mis chicas, y estoy pensando en comenzar con una exhibición. Nada como presenciar un acto real de lo que se espera de ti. Las ilustraciones pueden dar ideas, pero nada como un espectáculo en vivo.

Reordenó los papeles que tenía diseminados por el escritorio y los separó en pilas. Cerró el libro de cuentas y me miró con semblante adusto y profesional, aunque su mirada permanecía refulgente y vivaz.

—En cuanto se redacte el contrato, firmarás y comenzaremos tus clases.

Se puso en pie y yo la imité. Alargó el brazo para invitarme a marcharme y me dirigí a la puerta.

—Huelga decir que aquí no entendemos de géneros.