CAPÍTULO 9 #2
—En ocasiones, dos veces a la semana.
Bufé y puse los ojos en blanco. Él esgrimió una sonrisa culpable y se encogió de hombros.
—Debió de ser tedioso.
—No, no lo fue.
Su mirada brilló de un modo diferente. Ante mi escrutinio, se apresuró a desviarla y, con las manos en los bolsillos de su pantalón de lino, comenzó a caminar. Esta vez lo seguí yo.
—Me gustaría visitar tu apartamento.
Alzó las cejas sorprendido y me dirigió una mirada suspicaz.
—Ahora me desconciertas tú. ¿Qué esperas encontrar en él?
—Al enigmático Luca Vandelli —aduje mordaz.
—Y ¿puedo saber por qué quieres conocer a ese cretino?
Esbocé una sonrisa que apaciguó un tanto mis ánimos.
—Me parece un tipo interesante —respondí sardónica.
»Tú me conoces y yo quiero conocerte —agregué decidida—. Dentro de poco nos aventuraremos en una isla inhóspita llena de misterios y me sentiré más segura si estoy con alguien en quien puedo confiar.
—Es razonable. Iremos dando un paseo si te parece: a esta hora de la mañana la ciudad está más descongestionada y no vivo lejos.
Caminamos uno junto al otro. En mi mente se acumulaban decenas de preguntas que deseaba hacerle y que durante el trayecto fui ordenando mentalmente.
Su negocio se encontraba en una coqueta callejuela en el pintoresco barrio de San Polo, muy cerca de la preciosa basílica de Santa Maria dei Frari.
La fachada de la tienda exudaba un mágico halo renacentista, incluso el cartel con el nombre de la casa, Antichi Segreti, parecía traído de otro siglo.
Fachada de piedra y puerta de oscura madera de nogal con aldabón.
Un pequeño escaparate como un gran ventanal ojival mostraba los artículos expuestos.
—Anticuario, hostelero, criptógrafo y detective..., ¿te da tiempo a vivir?
Luca alzó una ceja y sonrió divertido.
—Respecto a los dos primeros, sólo soy propietario; el tercero es cómodo, pues yo mismo me organizo las horas y trabajo desde casa, y en cuanto al último, ya no ejerzo. —Me guiñó un ojo y abrió la puerta para dejarme pasar. Todavía no estaba abierto al público—. Aunque ser voyeur tenía su encanto.
Aquel último comentario me incomodó de nuevo, él lo notó y se volvió hacia mí.
—Alessia, no presencié ninguna situación íntima si es lo que te preocupa.
—No es sólo eso. Es..., bueno, saber que conoces mi vida casi al completo en esa temporada.
Saber que he estado bajo vigilancia me provoca aprensión e inseguridad, creo que es lo normal, ¿no?
Sabes que me divorcié, e imagino que también la razón, y, bueno, detalles que no han sido fáciles en mi vida.
Su mirada se suavizó hasta el punto de teñirse de una ternura que me desarmó momentáneamente.
—Te conozco, Alessia, y más que espiarte, prefiero pensar que compartí ciertos momentos contigo.
A veces deseaba tanto poder acercarme y.
.., bueno, decirte que hacías lo correcto o que te equivocabas.
Otras veces te habría ofrecido mi hombro, y otras una palmada alentadora.
Pero no podía y, créeme, aquella situación me generó bastante frustración.
Su tono sonó apasionado, algo que me asombró y halagó a partes iguales.
Hablaba como un amigo, uno que yo nunca había tenido y que me habría venido de perlas.
Sin embargo, reconocía que no era persona que se abriera con facilidad a los demás, y quizá por eso nunca gocé de una amistad verdadera.
Mi carácter retraído y algo nostálgico me había aislado en cierta forma del resto.
—Y he aquí mi reino, gentil dama —anunció encendiendo varias lámparas de pie.
Observé en derredor admirando objetos diversos. Muebles, adornos, cuadros, indumentaria, incluso armas plagaban cada rincón. También había una vitrina con libros antiguos.
—Esa parte es mi preferida —murmuró siguiendo mi mirada—. Tengo grimorios que valen una fortuna, lástima que no haya compradores que sean conscientes de su valor.
—¿Te gastaste tanto dinero en ellos?
—Más bien se trata de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, y tengo un contacto que me facilita mucho esa ventaja.
—Es un sitio con mucho encanto.
Sin saber muy bien por qué, pasé la yema de mis dedos por la rugosa superficie de la piedra del muro que tenía cerca, como si el contacto me susurrara el pasado de aquel lugar o los secretos de su dueño.
—Yo también lo hago —coincidió sonriente—, acaricio la piedra o las maderas antiguas para sentirlas. Suelo preguntarme cuántos sucesos habrán presenciado, cuántas vidas podrían contar, y me siento parte de su historia al vivir la mía entre ellas.
Aquella faceta de Luca me desconcertó. En efecto, estaba descubriendo a un hombre más complejo de lo que en principio había supuesto.
—¿Todo el edificio es tuyo?
—Sí, fue una antigua botica, los anteriores dueños también vivieron arriba.
De inmediato me vino un nombre a la cabeza: Lanzo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Esgrimió una oblicua sonrisa mordaz y me guiñó un ojo.
—Ya me estás haciendo una.
Reí, y sus ojos color chocolate chispearon. Desvié la vista hacia un candil antiguo y lo acaricié repasando su globo de cristal.
—Adelante —me instó.
—¿Te afectó de algún modo la lectura del diario?
—¿Por dónde te has quedado?
—La violación de Alonza por Marco —respondí con un deje furioso.
Se aposentó en el borde de un grueso mostrador tan antiguo como el lugar en sí, cruzó los tobillos y me contempló un instante antes de contestar.
—Es una narración dura y muy vívida. Y, sí, me afectó, yo también tuve que parar para poder respirar. En ese punto en concreto, deseé meterme en el libro y matar a Marco con mis propias manos.
—Saber que es un diario, que es real, me abruma —confesé—. Ella es mi antepasada, llevo su sangre, y quizá por eso me afecta más de lo debido. Sentí que me ahogaba.
—Por eso me has llamado, ¿no es así?
Me mordí el labio inferior, pero terminé asintiendo. Pareció complacido.
—Alessia, me temo que vivirás episodios peores —me advirtió con gravedad—.
Y..., bueno, como te he contado, no pude intervenir en tu vida ni ofrecerte mi consuelo en los momentos duros.
Yo... yo sólo era una sombra, un invisible espectador atado de manos.
Pero ya no lo soy, puedes apoyarte en mí y dejarme ayudarte a pasar por esto.
No estás sola, Alessia, estoy contigo, si me lo permites, naturalmente.
Aquel ofrecimiento me erizó la piel por la velada vehemencia de su tono. Su penetrante mirada y su expresión ansiosa me alteraron. Aparté la vista de él y la fijé en una pequeña columna de granito verde. Deslicé mis dedos por su suave superficie y asentí sin mirarlo.
—Gracias, Luca.
No contestó, tan sólo me observó con aguda intensidad.
—Me gusta ver cómo acaricias mis cosas.
Lo miré agrandando los ojos, él cayó en la cuenta del doble significado de aquella frase y ambos nos echamos a reír al unísono.
—Ven, subamos a mi apartamento. Quizá quieras acariciar un hermoso jarrón de cristal de Murano que enamora a todo el mundo.
Sonreí y me dejé guiar escaleras arriba.
—¿No te resulta incómodo tener que atravesar la tienda para subir a tu casa?
—No hace falta. Tengo una entrada en el callejón lateral que es la que uso habitualmente, pero quería enseñarte la tienda.
Llegamos a un recibidor bastante sobrio, ocupado tan sólo por una butaca, un paragüero y una maceta regada por la blanca luz de una gran claraboya.
En la pared frente a la escalera, una sencilla puerta de madera oscura también con aldabón.
Luca sacó un manojo de llaves y abrió. Caballerosamente, me cedió el paso y me adentré en un espacio abierto, bastante amplio.
Era un salón y, como había imaginado, rústico y con el mismo encanto que la tienda.
Comprobé que había incorporado en él detalles más actuales, en un estilo ecléctico muy personal. Me llevó a una mesa estrecha y con burlona pompa me presentó el jarrón que había mencionado.
—Todo tuyo. Si lo deseas, puedo dejarte a solas con él.
Sonreí y negué con la cabeza, aunque no me privé de tocarlo.
Era fabuloso, tenía forma de una «A» invertida, hueco en su interior. El vidrio alternaba de color en cada franja: añiles, verdosos, rojos y naranjas atrapaban en su transparencia la luz y la irradiaban en todas direcciones.
—Es extraordinario —alabé admirada por el trabajo tan exquisito del artista.
»Debe de ser maravilloso estar rodeado de cosas tan hermosas —añadí impresionada.
—Lo es, aunque algunas no se puedan tocar.
Su tono y su forma de mirarme me secó la garganta.
—Imagino que por su fragilidad.
—Porque temo que, si lo hago, desaparezcan para siempre. Me conformo con mirarlas —musitó con gravedad.
Aparté inquieta la mirada, no quise detenerme en sus palabras ni me permití analizar su extraña expresión.
No, me dije, debía centrarme sólo en la cuestión que nos atañía.
Aunque en ese momento, en su casa y a solas con él, sentí su magnetismo envuelto en un misterio que me había decidido a esclarecer.
Quizá de ese modo perdiera ese encanto que debía reconocer me afectaba.
Algo que me llamó la atención poderosamente fue la ausencia de fotos. Sabía que no debía preguntar, pero no pude evitarlo.
—¿No hay ninguna señora Vandelli?
Luca sonrió y, con las manos en los bolsillos, enfiló sus pasos hasta el fondo del alargado salón.
—Te estás desquitando, ¿no es así?
Estaba de espaldas a mí, por lo que no pude ver su rostro. Corrió unas cortinas, dejando ver un gran ventanal.
—No, no hay ninguna señora Vandelli —aclaró abriendo las dos puertas batientes de la ventana.
—Siento incomodarte. Y, sí, imagino que es mi pequeña venganza.
—Habría preferido oír que realmente sentías curiosidad —profirió volviéndose hacia mí.
No supe qué contestar, así que compuse un gesto de disculpa y una sonrisa vacua.
—¿Te apetece tomar algo?
—Sólo un poco de agua fresca —acepté.
Mientras desaparecía por un pasillo lateral, volví a admirar el exquisito jarrón de Murano.
Comprobé que el mismo tablero de cristal de la mesa proyectaba la luz, con lo que resaltaba los colores con más viveza.
Me di cuenta de que había un cajón medio abierto, intenté cerrarlo, pero algo lo impedía.
Lo abrí y, ante mi completo asombro, descubrí que el pico de un marco de plata antigua era lo que impedía el cierre.
La fotografía que mostraba me heló la sangre. Miré agitada hacia el pasillo, no oí sus pasos, así que me permití tomar el retrato y contemplarme a mí misma.
Era yo, mirando por la ventana de mi casa que daba al jardín; el viento apartaba el cabello de mi rostro, revelando un semblante nostálgico. Recordé vivamente aquel momento de absoluta soledad.
Una sensación insidiosa y un malestar agudo me azotaron con fuerza.
Resultaba obvio que el lugar de aquella fotografía era junto al bello jarrón.
Pero él la había escondido, quizá la noche anterior, quizá esa mañana antes de salir.
¿Qué estaba pasando, realmente? ¿Quién era aquel hombre?
Y ¿por qué tenía una fotografía mía de hacía casi cuatro años en su salón?
Apareció con un vaso de agua y se detuvo sobresaltado al verme con el retrato en la mano.
—Puedo explicarlo —se apresuró a aclarar.
—Tienes cinco minutos.